SÍGUENOS EN

ALGUNAS POSVERDADES

Algunas posverdades”, por Tomás Alfaro Drake, en http://tadurraca.blogspot.com.es/

En el post anterior sobre la posverdad, enumeré algunas de ellas. Las recuerdo: mencioné la ideología de género, el aborto, el sistema de pensiones de transferencias, el Estado del Bienestar tal y como lo entendemos hoy en día, la redistribución de la renta por el Estado, y la socialdemocracia. Estoy seguro de que muchos pensarán que incluir alguna de estas cosas en el concepto de posverdad es un poco drástico. Pero creo que no lo es y es lo que voy a tratar de hacer ver.

Empecemos por la más trágica de estas posverdades: el aborto. Por descontado que no voy a enfocar esta posverdad desde el punto de vista religioso, sino desde la razón y la ciencia. Ya a mediados del siglo pasado, en 1956 el genetista indonesio-americano Joe Hin Tijo descubrió definitivamente que las células humanas tienen todas 23 pares de cromosomas (en 1921 Theophilus Painter se equivocó al adjudicarles 24 pares). Lo de que se hable de pares es porque también se sabe que un elemento de cada par procede del padre y el otro de la madre, a través de los espermatozoides y los óvulos respectivamente, que tras un proceso de división celular especial, llamado meiosis, se quedan con 23 cromosomas cada uno. En cuanto un óvulo de mujer es fecundado por un espermatozoide de hombre, aparece una célula nueva, un cigoto, que por un lado es, sin duda, una célula humana con 23 pares de cromosomas y, por otro, es diferente de las células del organismo paterno y materno.Es única e irrepetible (la probabilidad de que de una misma pareja aparezcan en distintas fecundaciones dos cigotos idénticos es de algo aproximado a 1/1070, es decir, totalmente despreciable). Además, tiene en sí todo un impresionantemente complejo programa de desarrollo que, si se le permite seguir, acabará en un organismo completo. Es decir, es, desde el punto de vista científico, un ser humano diferenciado de cualquier otro. Si no, ¿qué demonios es? El hecho de que se haya implantado o no en el útero, de que todavía no haya desarrollado neuronas, que no sea capaz de sentir, de que necesite del organismo materno para sobrevivir, no altera ni un ápice este hecho. Todas las variaciones que sufra desde ese mismo momento serán progresivas y formarán un continuo sin cesuras de ningún tipo que permitan marcar una transición clara. Desde la fecundación hasta la muerte todo es un continuo. Por tanto, todos los plazos que se fijen para declarar lícito el aborto son pura invención de conveniencia. Si, además, resulta que, como ocurre en muchas leyes de plazos de aborto, se especifican momentos distintos en los que poder practicarlo según circunstancias de conveniencia, la posverdad está servida. Y, por si esto fuera poco, si le aplicamos al cigoto –o al embrión en cualquier fase de desarrollo– los elementales criterios civilizadores de protección al débil y presunción de inocencia –en este caso presunción de humanidad[1]–la conclusión de razón y de civilización es la misma: La vida del cigoto y del embrión en cualquier momento de su desarrollo debe ser respetada como la de un bebé o como la de un ciudadano adulto, sea cual sea su estado de salud o enfermedad.Si defender el aborto no es adherirse a una posverdad irracional entonces, no sé qué pueda ser una posverdad.

La ideología de género es tan absurda que casi no merece la pena dedicarle más de un par de líneas para mostrar que es algo irracional y una flagrante posverdad. Conviene sin embargo aclarar que la ideología de género es aquella que dice que los atributos sexuales primarios no son determinantes del sexo. Que el sexo es una cosa que se elije según prefiera cada uno. Nada tiene que ver con la igualdad de derechos entre hombres y mujeres o el respeto a las personas homosexuales, cosas ambas perfectamente racionales. Pero, en vez de seguir escribiendo yo y leyendo vosotros, es mejor que veáis el siguiente video:

https://m.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=xfO1veFs6Ho

¿Cabe absurdidad más ridícula? ¿Qué dirían la CNMV o la SEC americana, por ejemplo, si para cumplir el requisito de paridad en los consejos de administración de las empresas un hombre dijese que en realidad se siente mujer y que, por lo tanto, lo es? ¿Alguien piensa que estos organismos aceptarían semejante estupidez? Y, sin embargo, la estupidez de la posverdad ha llegado a la legislación española. Uno puede ir al registro civil y, sin más, decidir si es hombre o mujer y que le cambien su sexo (perdón, su género) en el carnet de identidad. ¿Hasta dónde puede llegar la estupidez humana? Si se admite la posverdad, no hay límites que la paren.

Las siguientes posverdades que cito: el sistema de pensiones de transferencias, el Estado del Bienestar tal y como lo entendemos hoy en día, la redistribución de la renta por el Estado y la socialdemocracia seguro que despiertan la extrañeza de muchos, pero espero dejar claro que también son posverdades irracionales. Las voy a ver juntas porque están íntimamente relacionadas. Todo este conjunto de posverdades nace de un tronco común: el buenismo. No hay que confundir el buenismo con la bondad. La bondad busca hacer el bien basándose en la virtud de la prudencia, es decir, de la verdad como la percibe razón. El buenismo parte de una mala conciencia y quiere tranquilizarla a base de proponer medidas imprudentes que dejan de lado la razón y se para basarse en mentiras bonitas. La virtud de la prudencia no es, como se cree en su acepción común, el evitar situaciones de peligro, sino el usar la razón para, evaluando las consecuencias previsibles de una acción, decidir si merece la pena abordarla. La prudencia puede elegir, según los casos, a la luz de este análisis, la decisión más arriesgada. Pero las mentiras, por bonitas que puedan ser, acaban siempre mal y, muy a menudo, en el horror. La socialdemocracia es la corriente política que abriga las posverdades anteriores, a las que añade alguna más, como veremos. Es la heredera del fracasado marxismo y pretende que una pequeña dosis de lo que es malo en grandes dosis, es bueno. Pero veremos que no es así. Pero, si partimos de lo particular llegaremos a lo general. Así que empecemos.

El sistema de pensiones de transferencias, es decir, aquél en el que los que trabajan pagan las pensiones con sus impuestos –impuestos son, aunque no vayan por el camino del IRPF– a los jubilados ha funcionado perfectamente mientras los primeros eran muchos y los segundos pocos. Pero por causa de otra posverdad, en la que no voy a entrar, la pirámide de población se está invirtiendo por la baja natalidad a la par que los avances de la medicina alargan la vida humana –algo verdaderamente excelente. La consecuencia es lo que estamos viendo. La llamada hucha de las pensiones se vaciará en 2017. Por supuesto, si entrásemos en otra época de boom económico, la hucha podría volver a llenarse temporalmente, pero sería sólo un espejismo, porque la inexorable inversión de la pirámide sigue su curso a paso lento pero seguro y el final es perfectamente, casi matemáticamente, predecible. Pocos no pueden mantener a muchos. No debemos confiar mucho en la inmigración, porque lo deseable sería que en los próximos 30 o 40 años la gente no tuviese que huir de la miseria en sus países sino que sólo emigrasen de ellos los que saliesen enbusca de oportunidades mejores –por la oferta y la demanda, no por sus tiranos o sus guerras– de las que encuentren en su país. Y eso les llevará, sin duda, a los países más prósperos. La única solución es aprovechar esos próximos 30 o 40 años para pasar de un sistema de pensiones contributivo a uno de ahorro personal. Si todo lo que una persona paga en su vida a la Seguridad Social para pensiones fuese a su propio plan de pensiones, el problema se habría acabado. Pero eso debe empezarse ahora. Ya. Al que le queden, digamos, 10 años de trabajo activo deberá recibir cuando se jubile un, digamos 80% de su pensión por la vía contributiva, y el otro 20% por lo que ahorre en esos 10 años. Al que le queden 20 años, pongamos que eso fuese 50-50%. Pero al que esté en los primeros años de su vida laboral hay que decirle YA que sólo recibirá el 20% por la vía contributiva y que el otro 80% tiene que ahorrarlo él mismo. Y, por supuesto, a los que empiecen mañana a trabajar hay que decirles que espabilen y ahorren porque dentro de 40 o 50 años no van a ver un euro por la vía contributiva. Pero claro, esto va contra la posverdad de que hay un Estado paternal, benéfico y omnipotente que vela por nosotros y en el que podemos depositar nuestra seguridad. Esta y otras posverdades exigen que ese Estado cobre más y más impuestos cada día. Por supuesto a los “ricos”. Pero de este tema hablaremos más adelante.

Algo muy parecido podría decirse del Estado de Bienestar tal y como lo conocemos hoy. Por supuesto que en un mundo civilizado no se puede admitir que nadie se quede sin que le curen una enfermedad por ser realmente pobre. Ni que un joven se quede sin una educación digna por su pobreza. Pero este principio, del que creo que poca gente puede dudar que deba ser así en un mundo civilizado, no es lo que hoy en día se entiende por Estado del Bienestar. No, se trata de que todo sea gratis para todos. Y además, que los servicios de salud y educación no sólo los pague el Estado, sino que, además, los realice también él. Es decir, hospitales, universidades y, en menor medida, colegios de titularidad pública. Es un hecho totalmente demostrado empíricamente y, además, lógico, que cuando el Estado gestiona unos servicios que no son suyos, aunque tenga la titularidad, lo hace muchísimo peor que quien gestiona lo que realmente es suyo. “Tirar con pólvora del rey” siempre lleva a disparar a lo loco. Así tenemos un pésimo sistema universitario que fagocita a las universidades privadas relegándolas casi a la marginalidad y una sanidad pública con unos magníficos profesionales que ofrecen una magnífica calidad para unas cosas frente a una enorme ineficacia en otras, amén de una ineficiencia económica disparatada. Pero esto es un detalle. Lo importante es: ¿Por qué la gente que tiene ingresos suficientes no puede pagarse él mismo la educación y la sanidad dónde y cómo quiera? Evidentemente, este alivio en la sanidad pública se traduciría en menos impuestos con lo que, otra vez llegamos a lo mismo que antes. Si no hubiese que pagar la barbaridad de impuestos de uno u otro tipo que se van en sanidad y educación, y éstas fuesen más eficientemente gestionadas, con lo que me ahorro de impuestos me pagaría el mejor seguro médico del mundo, mis hijos estudiarían en las mejores universidades y me sobraría dinero. Pero no. La posverdad de que el Estado del Bienestar tiene que ser totalmente público y universal es otra posverdad terriblemente arraigada en el imaginario popular.

Llegamos al mito más buenista y posverdadero que pueda existir: la redistribución de la renta llevada a cabo de forma obligada por el Estado. Hay dos cuestiones previas que debo abordar antes de meterme de lleno en el tema. Primera; por supuesto, una sociedad civilizada no puede dejar, de ninguna manera que una persona que habita en ella viva en la extrema penuria. Encuentro razonable que se garantice a estas personas un mínimo de subsistencia, siempre que se defina adecuadamente el término extrema penuria y mínimo de subsistencia. Segunda; todo hombre, tenga el credo que tenga o aunque no tenga ninguno, está obligado en conciencia a atender las necesidades de otros seres humanos. Si es cristiano, esa obligación moral está escrita en primer lugar en el código ético de su religión. Pero esta obligación es interna, voluntaria y basada en el amor o, si se prefiere, en la filantropía. Y lo mismo pasa con quien no tenga ningún credo si tiene un mínimo de humanidad.Sin embargo, nadie puede obligarle desde fuera. Porque esa obligación no es de justicia. Si alguien gana lo que gana, sea mucho o poco, sin engañar a quien se lo paga y con transparencia meridiana para éste, ese dinero es, en justicia, suyo. Por lo tanto, su obligación moral de compartir no nace de la justicia sino, como se ha dicho, del amor o la filantropía.

Y ahora entro en el núcleo del problema. ¿Cómo puede el Estado quitar a nadie algo que es suyo en justicia? ¿En nombre de qué principio de razón? Se podrá decir que en nombre del principio democrático si así lo decide un parlamento debidamente elegido. Naturalmente, la práctica totalidad de los Estados lo hacen en nombre de ese principio.

Pero volveré sobre esta falacia. Por supuesto, esa redistribución no es quitar dinero a alguien y dárselo a otro, sino quitar dinero a unos para dar a otros un servicio del tipo de los que hemos visto antes en el Estado del Bienestar. Y ese dinero, lo quita el concepto de impuesto progresivo. Es decir, no que los ricos paguen más dinero que los pobres, lo que parecería lógico, sino que los ricos paguen más porcentaje de sus ingresos que los pobres. Sin embargo, esto lleva a enormes ineficiencias. La primera ya la hemos visto al hablar del Estado del Bienestar. La segunda es que al saltarse el Estado en más elemental principio de subsidiariedad, dificulta gravemente que las personas, ricos o pobres, ejerzan libremente su obligación moral de compartir. Hay que reconocer que si el Estado le quita a alguien el 50% de lo que gana, a ese alguien le quedan pocas ganas de compartir porque piensa, y con razón, que ya se lo ha dado al Estado. A pesar de esto, nunca en la historia de la humanidad ha habido más donaciones a ni una pléyade mayor de ONG’s que se desviven por los más necesitados de los más diversos tipos y que viven de donaciones gratuitas de millones de personas. ¡Qué no sería sin esa intolerable presión del estado! La tercera es que el Estado –o los burócratas de todo tipo que ejercen la función de distribución de la renta– es demasiado grande y está demasiado lejos de la gente como para saber quién tiene verdadera necesidad de qué. Y eso hace que las ayudas vayan, demasiado a menudo a quien no las necesita y, en cambio, se quede ayuna mucha gente que sí lo necesita. Esto no pasa con las ONG’s, que están pegadas al terreno. Por último, los impuestos progresivos y los subsidios mal administrados crean dos incentivos perversos. Por el lado de los “ricos” el abuso de impuestos, por mucho que esté aprobado por un parlamento democrático, merma el incentivo para invertir y emprender. Y esto no hay ley que lo pueda suplir, salvo que caigamos en el totalitarismo. Por el lado de los “pobres”, los subsidios disminuyen el incentivo por trabajar. Conozco a gente que le quema cualquier subsidio y que si en un momento lo necesita de verdad vive sin vivir en él hasta que encuentra un trabajo y se libera del subsidio. Pero también conozco a otros que han encontrado el “trabajo” de vivir sin trabajar accediendo a diversos subsidios. Una persona que conozco, que ha dedicado toda su vida a luchar contra la pobreza en Hispanoamérica me decía: “El subsidio crea dependencia, la dependencia crea resentimiento, el resentimiento crea odio y el odio crea violencia”. Creo que es muy cierto. Algo similar pasa con el incentivo por el lado de los “ricos”. Aunque hay gente que invertiría a pesar de altos impuestos, otros lo dejan de hacer en cuanto los impuestos les ahogan un poco. Lo que nos lleva a que cuanto más progresivo sea el impuesto y el subsidio llegue con más dinero a más gente, a más personas alcanzará el incentivo perverso para no invertir o para no trabajar. Y estos incentivos perversos afectarán sin duda a la prosperidad y capacidad de crear riqueza de ese país. Creo en la mayor injusticia que puede cometerse es la de no permitir la creación de riqueza. Si se hace esto se llegará a un reparto de la pobreza, algo que ya debería resultarnos familiar en el experimento comunista. Magnífica posverdad ésta de la redistribución de la renta por el Estado.

Llegamos por último a la socialdemocracia. La socialdemocracia aglutina dentro de sí todas las posverdades anteriormente descritas, más alguna que le es propia. La socialdemocracia es la heredera del comunismo, en los países en los que éste no tuvo éxito. En la mayoría de éstos, la socialdemocracia ha renunciado explícitamente al marxismo. No es el caso de España, donde el PSOE no ha rechazado oficialmente esta ideología. Pero sea como fuere, el socialismo internacional, en los países en los que el comunismo no pudo implantarse, ha adoptado una variante del adagio de “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, por el más peligroso de “si no puedes vencerlos, parasítalos”. Y eso es exactamente lo que está haciendo la socialdemocracia en occidente. Y, además, lo está haciendo con notable éxito porque, con independencia de si gana o no las elecciones, está arrastrando a los partidos de corte más liberal a adoptar cada vez más y más deprisa sus premisas, por miedo a perder las elecciones. Porque, naturalmente, las posverdades anteriores son atractivas para la opinión pública (esa es la esencia de la posverdad). Prometer más “beneficios sociales” a costa de imponer más impuestos a los “ricos” es algo aplaudido por la opinión pública. De ahí que se puedan imponer democráticamente estas posverdades. Claro, esto lleva a considerar cada vez más personas en la categoría de “ricos” y a aumentar la presión fiscal hasta alcanzar el límite de la voracidad. Para ello se recurre a tener bajo el más estricto control las más pequeñas parcelas de la economía y a crear cada vez los más variopintos hechos fiscales imponibles con tasas inicialmente pequeñas, pero que siempre se aumentan. El Estado se convierte así, poco a poco, en Big Brother. Y a medida que mete a más personas en el saco de los “ricos”, sube los impuestos e inventa otros nuevos, frena la creación de riqueza y la prosperidad general, lo que va haciendo el problema crónico. Pero mientras la categoría de ricos sea menos numerosa que la de “pobres”, la máquina política funciona, aunque la económica se vaya atasca. Y claro, no serán estos países los que atraigan la inmigración libre que pueda suplir su nula natalidad. El problema se agrava. Y, claro, cuando subir los impuestos se va haciendo cada vez más difícil se recurre a una “solución” terrible. El endeudamiento salvaje de los Estados. Ni siquiera Keynes, cuyo nombre invocan los socialdemócratas como si fuese el oráculo de Delfos, se creería los niveles de endeudamiento a los que han llegado los países desarrollados en esta carrera hacia la socialdemocracia de todos los partidos. Ninguna familia puede funcionar bajo la posverdad de que se puede gastar indefinidamente más de lo que se gana. Pero los Estados creen, o al menos han creído hasta hace poco, que para ellos esta posverdad funcionaría indefinidamente. Y en esas estamos. Los odiados recortes, los más odiados hombres de negro, el victimismo de echar la culpa a la UE de que la posverdad no funcione, el Berxit, los populismos, etc. Pero el reino de la posverdad está acabándose, aunque no me atrevo a añadir, afortunadamente. El sano organismo que ha sido capaz de crear una riqueza inusitada en los últimos 200 años, que ha disminuido la pobreza en todo el mundo hasta hacer que sea menor al 10% y que siga disminuyendo, que va cerrando poco a poco la brecha entre los países desarrollados y los que están llegando a serlo, que ha hecho aparecer una inmensa clase media inexistente en toda la historia de la humanidad, está siendo parasitado por una socialdemocracia basada en posverdades –y ella misma una posverdad que usa mentiras posverdaderas para desprestigiar ese milagroso sistema– que la parasita hasta debilitarla y dejarla en la postración. ¿Qué pasará cuando ese sano organismo muera? No lo sé, pero no me gustaría estar ahí para verlo. Me temo, sin embargo, que tal vez lo vea. Pero me caben pocas dudas de que mis hijos y nietos lo verán y eso me preocupa profundamente. Como decía Jeremy Shapiro en el envío anterior: “los hechos se acabarán cobrando venganza, pero ¿con cuánto sufrimiento?”. Y, mientras tanto yo, erre que erre, luchando contra la hidra siguiendo el consejo de Tolkien: “no parece haber nada más que hacer que negarnos personalmente a venerar cualquiera de las cabezas de la hidra”. Porque quiero evitar, en la medida de mis pequeñas fuerzas que se haga realidad lo que intuyo, premonitoriamente, Alexis de Tocqueville cuando escribió, en 1835 en su obra “La democracia en América”: “Veo una incontable multitud de hombres, todos similares e iguales. Sobre ellos se yergue un inmenso y protector poder, único responsable de suministrarles sus diversiones y cuidarse de su destino. Es absoluto, meticuloso, ordenado, providente, y amablemente dispuesto. Es un poder regulador que extiende sus brazos sobre toda la sociedad, abarcando toda la superficie de la vida social con una red de reglas pequeñas, complicadas, detalladas y uniformes, hasta reducir a cada nación a tan solo un rebaño de animales tímidos y duramente trabajadores con el gobierno como pastor”. Lo que no llegó a ver Tocqueville es que esa sociedad sería, además, una sociedad depauperada con lo que el Estado Leviatán no podría cuidar de absolutamente nadie.

Y doña Irene Lozano, que tan acertadamente me puso sobre la pista de las posverdades con el artículo que dio pie al envío pasado, debería ayudarme en esto. Pero, ¿por qué sospecho que vive dentro de todas las posverdades que denuncio en estas líneas? ¿Tal vez por su pasado de UPyD y PSOE? Que me perdone si me equivoco. La gente puede cambiar.

P.D. Perdonad que alargue todavía un poco más este envío, pero es que anteayer mismo, las redes ardieron con un mensaje que seguramente habréis recibido y que se basa en una posverdad. Pedían un boicot a las pérfidas eléctricas que, mediante un siniestro complot subían un 33% el precio de la electricidad en plena ola de frío polar (deberían ir a Chicago o a Boston en invierno para saber lo que es frío polar), apagando la luz durante media hora para que sus pérdidas fueran notables. Hacían una llamada subliminal al gobierno para que no lo permitiese. Esto es pura lógica madura, o sea, made in Maduro. Nadie se para a pensar lo que realmente pasa. Se juntan varios factores. 1º Precisamente con el frío, la demanda de electricidad aumenta. 2º A esto se añade que las escasas lluvias hacen que las centrales hidráulicas, con la energía de coste variable más barato, tengan que producir menos. 3º El aumento del precio del petróleo, hace que el coste de las térmicas aumente. 4º Nuestro magnífico ecologismo (otra posverdad de la que podría hablar) ha hecho que no tengamos apenas energía nuclear que es la más barata junto con la hidráulica y 5º En Francia, también llevadas por un ecologismo ridículo, han cerrado varias centrales nucleares y, la demanda y la oferta de electricidad es paneuropea porque todas las redes, afortunadamente, están conectadas. Claro, esto ha hecho que la demanda aumente y que la oferta baje y, por tanto, que el precio suba. “¡Ah!,–dirán algunos– la pérfida ley de la oferta y la demanda. Que el gobierno fije el precio sin dejarse llevar por la tiranía del mercado”. Claro, con su lógica madura no se dan cuenta de que si el gobierno mantuviese el precio bajo pasándose por el arco del triunfo la oferta y la demanda, la producción de electricidad bajaría a ese precio, mientras la demanda se dispararía. Consecuencia: Nos encontraríamos con cortes de electricidad y entonces se protestaría por los cortes que tendrían consecuencias enormemente más graves. Pero, ante esto, muchos se pasan de la lógica madura a la chavista. “Pues entonces –argüirían–que obliguen a las eléctricas a producir aunque no les compense. Y so así las pérfidas eléctricas ganan menos, mejor”. Claro, pero entonces las eléctricas no invertirían y llegaríamos a lo mismo a que ha llevado la lógica madura-chavista, a cortes y restricciones de luz constantes. Porque eso, exactamente eso es lo que ha llevado a Venezuela a donde está. Y que se haga lo mismo con el pavo y el cordero en Navidad, con el pan, con el… ¿dónde paramos? Este es el camino de servidumbre –título de un importante libro del liberal Hayek– que nos lleva a la tiranía. Y una vez que estamos en el resbaladero, salir de él es muy difícil. Y se acaba en el hoyo. Podría seguir tirando del hilo y ver más facetas de esta ridícula lógica madura-chavista, pero sería abusar todavía más de vosotros. Así que lo dejo. Pero ante el incendio de las redes sociales de anteayer, no he podido evitar este comentario. Como dice Arcadi Espada a su querida liberada en su artículo de El Mundo del domingo 15 de enero pasado: “Pero ya advierto tu mohín escéptico. No solo la verdad. La objetividad, los hechos, la termodinámica, el sentido común, el futuro, la biología, la inteligencia… Todo de derechas.

Así que sigue ciega tu camino.

A”.

 

Para el que tenga ganas de leer el magnífico artículo de Espada, ahí va el link.

http://www.elmundo.es/opinion/2017/01/15/587a6623ca4741ea0c8b4585.html

D. de la P. D: Ni 48 horas ha tardado el gobierno en intervenir en el mercado para que la energía baje. Y no lo ha hecho renunciando a pare del 50% de impuestos que hay en el precio. No. Eso iría contra el déficit. ¿Para qué va a pagarlo él cuando se puede buscar alguien que lo haga a la fuerza? Ha obligado a ENDESA y Gas Natural a producir más de lo que creen oportuno para que al aumentar la oferta artificialmente, baje el precio, a costa de los beneficios de las empresas energéticas (porque el precio bajará para todas). “Muy bien –dirán los de lógica “madura”– que paguen las empresas. Qué conste que a mí me encanta que mi factura de energía no suba demasiado, pero ni dejo de preguntarme por qué demonios van a tener que pagar parte de mi factura de la luz los accionistas de las empresas energéticas. Y, la verdad, no le encuentro sentido. Tampoco se lo encontraría si lo pagase el Estado, o sea, todos los contribuyentes. ¿No pide la lógica de verdad que lo pague yo? ¿O que baje el termostato un grado? Aunque fuera haga un supuesto “frío polar”, si yo bajo el termostato un grado, en mi casa sólo bajará la temperatura un grado. ¿Qué tengo que estar en mi casa con jersey en vez de en mangas de camisa? Bueno, pues así deberá ser. Porque cuando el estado paga eso u obliga a las eléctricas a que lo paguen, eso tiene un precio para todos. Porque el Estado no es un padre benéfico que de algo gratuitamente, es más bien, en palabras de Hobbes, un Leviatán. Y cuando le entregamos a él para que nos saque nuestras castañas del fuego, lo pagamos con una moneda carísima, pero que no se aprecia hasta que se pierde. La libertad. Pero, en nombre de nuestra querida liberada, sigamos ciegos nuestro camino. Por ese camino de servidumbre se llega a Venezuela.

[1] La presunción de inocencia nace del principio de que es mejor que un culpable salga libre que que un inocente sea condenado. Admitiendo, sólo metodológicamente, porque no es razonablemente admisible, que no supiésemos cuando hay un ser humano y aplicado el equivalente a la presunción de inocencia, el principio de presunción de humanidad diría que es mejor que se respete la vida de un ser vivo del que se pudiera pensar, aún sin estar seguro del todo, que todavía no fuese humano a acabar con la vida de un ser humano.