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ARGENTINA: RETRATOS Y RELATOS

Por Carlos Rodríguez Braun, en Economía y Sociedad

En la Argentina mueven los retratos, pero no tanto los relatos. Los medios de comunicación han dado cuenta el último año de los cambios establecidos por el nuevo presidente Mauricio Macri en la iconografía del palacio presidencial porteño. “El proceso de deskirchnerización de la Casa Rosada no se detiene”, tituló en España El País. En Chile, La Nación informó sobre las intenciones de Macri: “eliminar los vestigios” de la época de Cristina Fernández.

Lo primero que hizo Macri fue quitar los retratos de Kirchner y Chávez en la llamada Galería de los Patriotas Latinoamericanos, que homenajeaba a varias de las peores figuras de la historia de América, incluyendo a revolucionarios como el “Che”, perdurables dictadores como Castro, y mandatarios aciagos como Perón o Allende.

Las nuevas autoridades manifestaron su interés en que la sede del Ejecutivo deje de ser “un museo del populismo” y se convierta en “una Casa de Gobierno más institucional, que refleje la historia argentina”. Finalmente optaron por remover todos los retratos de dicha Galería.

Podríamos concluir con un diagnóstico favorable. Los palacios y sedes de los gobiernos del mundo no deben ser exhibiciones propagandísticas, y menos aún manipulaciones sectarias de la historia de las naciones, como las que efectivamente llevó a cabo la dinastía Kirchner en su penosa gestión.

La conclusión, pues, es indiscutible: los retratos están cambiando en la Argentina. Y, como acabo de reseñar, por lo que representan de superación de la distorsión histórica perpetrada por la intransigencia izquierdista y populista, ello ha de ser motivo de satisfacción.

Sin embargo, los símbolos carecen de una autonomía plena, y la iconografía no es fruto del puro azar. Por utilizar una imagen femenina muy apreciada por demócratas y liberales, la dama de la Justicia no apareció esculpida y retratada con los ojos vendados por casualidad, sino como resultado de una idea, la idea igualitaria liberal por excelencia, la idea de la igualdad ante la ley.

Es decir, si el kirchnerismo festejó en la Casa Rosada de Buenos Aires a Fidel Castro o Salvador Allende con sendos retratos como si fueran jefes de Estado ejemplares en América Latina, ello no constituyó el inicio de una descripción adulterada sino el final. Y si es meramente el final, entonces quitar los retratos significa poco. Porque lo que importa en última instancia es el conjunto de ideas, valores y visiones de la realidad que conforman unas nociones que desembocan en el símbolo. Es lo que los kirchneristas llamaron “el relato”.

Todo indica que ese relato, una grosera deformación de la historia, sigue vigente en la Argentina. Las imágenes pueden cambiar, como cambiaron después del golpe militar de 1955, pero ello no alteró la fuerza del peronismo, que volvió a triunfar varias veces a partir de 1973. Ahora Macri puede suprimir los billetes con la imagen de Evita Perón (unos billetes que, como los demás, valen cada vez menos), pero si el relato que la ha divinizado no es analizado crítica y públicamente, el peronismo en alguna de sus variantes regresará.

De hecho, los kirchneristas ya están preparando el retorno desde el mismo momento en que perdieron las elecciones, utilizando sus recursos habituales de movilización y violencia por parte de lobbies, políticos, intelectuales, artistas, periodistas, sindicatos, piqueteros y demás grupos cómplices. Y tienen prisa porque, como dice el periodista argentino Roberto Cachanosky, “saben que si transcurre el tiempo con ellos fuera del poder pueden terminar detrás de las rejas luego de 12 años de corrupción desenfrenada y abuso del poder”.

La política del presidente Macri, en este ámbito como en otros, adolece de la timidez que suele caracterizar a los gobiernos llamados conservadores o liberales, que rara vez manejan la comunicación con una destreza comparable a la desplegada siempre por la izquierda en todas sus acepciones, desde las más carnívoras hasta las más vegetarianas.

Para ilustrar el asunto podemos comparar este reciente movimiento de retratos con lo que hizo Néstor Kirchner en marzo de 2004 con el retrato del general Videla en el Colegio Militar: ante las cámaras de televisión, convocadas a tal efecto, y en un acto solemne y cargado de significación, ordenó con un lacónico “proceda” al jefe del Ejército, general Bendini, que descolgara los cuadros de Videla y también de Bignone de la galería del Colegio, y que los retirara de allí para siempre. Así se hizo.

En cambio, no hubo fotos de Macri cuando se retiraron los cuadros en 2016. Las autoridades no quisieron plantear conflictos. Tan contemporizadora fue su actitud que lo que hicieron fue desplazar todos los cuadros de la Galería de los Patriotas a la Escuela de Mecánica de la Armada, y allí permanecerán en una exposición permanente. “Y lo harán todos juntos, para evitar interpretaciones ideológicas que el macrismo prefiere evitar”, dijo El País.

La propia Escuela, empero, es un sello ideológico del kirchernismo. En efecto, fue un centro de detención y tortura durante la dictadura militar, reconvertido por el propio Kirchner en el Espacio de la Memoria y los Derechos Humanos. Por supuesto, como siempre, no es tal cosa, puesto que sólo representa la condena de los crímenes perpetrados por la dictadura, sin mención alguna de los cometidos por las bandas terroristas que asolaron el país antes de 1976.

Este es un punto fundamental de la propaganda izquierdista que, justo al revés de lo que proclama, no se basa en la memoria sino en el olvido, y nunca defiende los derechos humanos, sino una interpretación selectiva de los mismos. De esta manera, el ex juez español Baltasar Garzón es considerado un héroe de los derechos humanos, pero no sólo porque persiguió al general Pinochet sino porque, al mismo tiempo, jamás le tosió a Fidel Castro, nunca actuó como si pensara que en Cuba el régimen comunista quebrantaba algún derecho o cometía crímenes y torturas. Esta asimetría es la base de los llamados “derechos humanos”.

Este panorama, que se repite en otros países de América Latina, está arraigado en la Argentina, en la educación, en los medios, en la cultura, y por tanto en la iconografía. Podía verse en el Museo del Bicentenario, en un anexo de la Casa Rosada. Por supuesto, se condenaba el derrocamiento de Perón, “la proscripción de las mayorías”, se alababa su regreso, “el gobierno popular”, y se atacaba la dictadura, con un cariñoso saludo a las Madres de la Plaza de Mayo, cuya líder, Hebe de Bonafini, es amiga de los terroristas argentinos, y declaró que el 11 de septiembre de 2001, cuando miles de trabajadores fueron asesinados en las Torres Gemelas, había sido para ella “un día muy feliz”.

Frente a esta escandalosa trampa, se asegura, por ejemplo, que el de Macri es el gobierno más liberal posible, y que ir más allá habría supuesto el incendio del país, como si el kirchnerismo no estuviera dispuesto a incendiarlo en cualquier caso. Y que siempre será mejor la política de Macri que los dislates atrabiliarios de Kicillof, Moreno y demás integrantes de la mafia “k”.

Puede que tengan razón, no me atrevo a refutarlos taxativamente, no sólo porque Macri es sin duda mucho mejor que el desastre del kirchnerismo, sino también porque ha acometido una defensa frente al relato populista. De hecho, cambió el nombre del mencionado Museo del Bicentenario, que recuperó el de Museo de la Casa Rosada, y lo re-inauguró con un justo e inteligente homenaje al presidente Arturo Illia y a los militares que se opusieron al golpe que lo derrocó en 1966. Cambió allí asimismo algunas de las intoxicaciones más burdas que apuntamos antes, incluyendo el descarado culto a la personalidad de Perón y Evita; hizo lo propio con el Centro Cultural Kirchner, aunque manteniendo su nombre.

Reconociendo lo anterior, termino con dos notas de cautela. En el plano económico, coincido con Cachanosky en que “sigue el gasto público disparado, la presión impositiva asfixiante y ni por asomo tenemos un plan económico para enfrentar la herencia recibida”. Y, en el plano político, advierto que, si Macri y los suyos titubean a la hora de ir más allá de los retratos, si no desafían el relato, acabarán por confirmarlo y consolidarlo. Es decir, dejarán sembrada la semilla para que vuelvan los retratos. Y quienes los exhibieron.