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EL MIEDO Y EL TEMOR DE DIOS

Publicado en Espada de doble filo

“El miedo es retoño de la vanagloria e hijo de la increencia. Un alma orgullosa es esclava del temor y, al poner su esperanza en sí misma, termina por sobresaltarse por el más pequeño ruido y tiene miedo a la oscuridad. Quien se ha convertido en siervo del Señor, solo teme a su Señor. En cambio, quien carece de temor de Dios suele asustarse de su propia sombra”.

San Juan ClímacoLa escala del paraíso, 21.

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Coda: Nuestra época poscristiana ha abandonado el temor de Dios e, inmediatamente, ha quedado esclavizada por los miedos. Especialmente el miedo a la muerte y al sufrimiento, manifestado en los desesperados intentos de ocultar esas realidades (ya sea a través del aborto de niños “no deseados”, la eutanasia de enfermos, el abandono de ancianos en asilos, la eugenesia de niños especiales y un interminable etcétera), para poder vivir como si no existieran.

Más importante es, sin embargo, la falta de temor de Dios entre los cristianos. Cuando los hijos de la Iglesia se dedican alegremente a mundanizar el cristianismo y a deformar su doctrina, el temor de Dios brilla por su ausencia. Cuando los prelados se congratulan, hablan de la “primavera de la Iglesia” y se dan palmaditas en la espalda mientras literalmente pierden naciones enteras para Cristo, uno se pregunta si realmente creen en el Juicio de Dios. Cuando se niega en la práctica la existencia del pecado y del infierno, se anima al pecador a permanecer en sus pecados bajo capa de una falsa misericordia y se trocan los mandatos de Dios por los dictados de lo políticamente correcto, ¿cómo no pensar que el tiránico temor del qué dirán ha sustituido al temor de Dios? El malvado escucha en su interior un oráculo de pecado: “No temo a Dios ni en su presencia”.

A veces, sin embargo, la tentación es más sutil. Es justo y necesario que suframos por la terrible crisis de la Iglesia, pero cuando el sufrimiento se convierte en desesperanza quizá se deba a nuestra falta de temor de Dios, a que creemos que sabemos mejor que Él lo que nos conviene, a que ponemos nuestra esperanza en nosotros mismos y en nuestras fuerzas en lugar de levantar los ojos al cielo. El temor de Dios es el principio de la sabiduría. Seamos sabios.