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ESPAÑA NO NACIÓ EN 1978

Publicado en Expansión

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La Ley de Hierro de la Oligarquía afirma que sea cual fuere la forma de gobierno – monárquica, aristocrática, republicana o democrática – el poder siempre es ejercido por un grupo muy reducido de personas. La evidencia histórica real, la dinámica del poder y la naturaleza humana apuntalan dicha ley más allá de cualquier duda, por lo que sostener que la democracia es el poder del pueblo resulta, a estas alturas, un ejercicio de una cierta ingenuidad teórica o, en el peor de los casos, de un cierto cinismo. En el caso de España, nuestro reciente período democrático ha sido divinizado por la oligarquía que, de este modo, se divinizaba a sí misma. En primer lugar, se ha querido reducir la “democracia” al hecho de poder votar un día cada cuatro años a una lista de personas preseleccionada por la propia oligarquía, y elegidas, generalmente, no por su inteligencia, carácter o virtud, sino por su capacidad de sumisión al líder. Simultáneamente se ha pretendido que este concepto tan restringido de democracia es condición suficiente para la libertad, omitiendo la separación de poderes, la debida transparencia en la gestión del dinero público, la limitación del poder del Estado, la seguridad jurídica o una verdadera libertad de expresión y prensa, pilares todos ellos deliberada y gradualmente dañados en las últimas décadas. La democracia así entendida, además, puede degenerar fácilmente en la tiranía de la mayoría, en la aplicación del “vox populi, vox Dei” que otorga a la mayoría du jour nada menos que el poder divino de decidir el bien y el mal y de arrebatar a la minoría sus derechos inalienables, es decir: dos lobos y una oveja votando qué hay para cenar esta noche. No. Para que la democracia no destruya la libertad, la mayoría debe estar sujeta a unas normas que ella misma no pueda modificar a su antojo, de modo que los derechos de la oveja no puedan ser vulnerados.

Como obra humana y de forma ineluctable, todo sistema político es falible e imperfecto, y además tiende a exacerbar sus defectos con el transcurso del tiempo por el abuso de poder de quienes lo ostentan en cada momento, puesto que el poder tiende de forma natural a expandirse y en el individuo tiende a desarrollar una patología muy específica.

En España, la propaganda ha llegado a tal extremo que pudiera parecer que el nacimiento, el Big Bang de nuestra nación, tuvo lugar en 1978, mientras que antes sólo existía la oscuridad y el caos. Esa negación de España como concepto e institución previa y superior a la Constitución del 78 oscurece toda nuestra historia, con sus éxitos y sus fracasos, y alimenta movimientos que ocupan con relatos fantasiosos el vacío dejado, como los nacionalismos o los extremismos de la izquierda leninista-estalinista que hoy sufrimos. Además, esta distorsión histórica fomenta de forma ridícula y simplista el juzgar nuestro pasado basándonos exclusivamente en la existencia o no de democracia en cada período, un fenómeno único en el mundo (ningún otro país juzga su pasado así: Francia se siente orgullosa de De Gaulle y de Napoleón, de Luis XIV y también de la sangrienta Revolución). De este modo, se mitifica el actual período exclusivamente por ser democrático, digan lo que digan los datos, y se demoniza injusta y puerilmente la mayor parte de nuestra historia, dañando así nuestra autoestima como pueblo. Hay que reivindicar la Historia de España con sus momentos absolutamente brillantes, otros mediocres y, algunos, verdaderamente tristes. Es ajeno al carácter español el chovinismo propio de otras culturas, pero con la mayor sobriedad y autocrítica que nos caracteriza, podemos sin duda sentirnos moderadamente orgullosos de nuestro pasado como nación.

Desde este punto de vista, si volvemos la mirada a estos últimos 40 años con esa misma sobriedad, resulta fácil comprender que necesitamos realizar una corrección de rumbo, pero no para virar aún más violentamente a babor, como pretenden algunos. Sin embargo, para sanar, primero hay que diagnosticar la enfermedad a la luz de la verdad, y aquí nos encontramos con un problema: la oligarquía, aplaudiéndose a sí misma, sigue repitiendo incesantemente la consigna de que desde 1978 (o sea, desde que gobiernan ellos) hemos vivido “la etapa de mayor paz y prosperidad de toda la historia de España”. Claro que en muchos aspectos España ha vivido una importante transformación y modernización y una apertura al mundo muy destacable, pero los datos no avalan un summa cum laude, sino que reflejan una visión bastante más sobria de este período. Desde el punto de vista de la “prosperidad”, en los últimos 40 años la renta per cápita española en términos reales ha crecido sin entusiasmo al ritmo del 1,5% anual (frente al 6% anual del período 1950-1974) a pesar de multiplicar por doce la deuda pública en términos de PIB, el desempleo medio ha rondado el 17% de la población activa (la mayor tasa de Occidente), el número de empleados públicos se ha multiplicado por cuatro y los impuestos necesarios para sostener todo el tinglado se han multiplicado por dos. Sin llegar a estos extremos, algunas de estas tendencias son comunes a otros países occidentales pero, hasta donde yo sé, en aquellos países no se jactan de haber vivido en los últimos cuarenta años el mayor período prosperidad de su historia. En cuanto a la “paz”, afortunadamente no hemos entrado en guerra, pero cuesta tildar de ejemplar un período en el que el terrorismo vasco y marxista ha asesinado a casi 1.000 personas, o en el que la tasa de homicidios se ha multiplicado por dos y la población reclusa por cuatro. Y qué decir de las crecientes tensiones territoriales (no resueltas), que amenazan seriamente con romper nuestro país, o del revivir de nuestro trauma colectivo, la Guerra Civil, alentado de forma siniestra por la totalitaria y falaz Ley de Memoria Histórica Zapatero-Rajoy (ya saben, uno hace y el otro no deshace) cuando la sociedad civil lo había superado tiempo atrás.

Estos datos invitan a una reflexión madura, desapasionada y ecuánime que celebre con orgullo los éxitos de estas últimas décadas aceptando con humildad (y propósito de enmienda) sus fracasos y errores, evitando triunfalismos interesados. La etapa vivida desde 1978 es una etapa más de nuestra historia, con sus luces y sus sombras, y es claramente mejorable. Corrijamos con naturalidad y prudencia sus imperfecciones y sus excesos para poner los cimientos de la siguiente etapa de nuestra larga historia como nación.