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GUERRILLEROS DEL SENTIDO COMÚN

Publicado en Actuall

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“Las mujeres no queremos ser obligadas a compartir la ducha con personas con pene”. Lo dijo el viernes en Madrid (en la “Gender and Sex Conference” organizada por HO) Miriam Ben-Shalom, lesbiana y militante histórica del movimiento feminista norteamericano.

Y la situación descrita –propia de una película de Almodóvar- se está dando ya en algunas prisiones y casas de acogida para mujeres de EE.UU. Según la ideología de género, el sexo genital no cuenta: lo importante es la autopercepción de género, la “identidad sexual”, que puede no coincidir con la genital-cromosómica. La subjetividad psicológica (“me siento mujer”) debe prevalecer sobre la objetividad biológica. Confinar al John que se cree Mary en el pabellón masculino de la prisión sería atentar contra su identidad sexual. Se le debe permitir ducharse con las mujeres, y hasta ofrecerle tampones.

Creer o desear pertenecer al sexo opuesto es un trastorno no diferente en esencia al de la chica que, pesando 40 kilos, se cree obesa. A la anoréxica se la trata con terapia psicológica para corregir su alucinación y conseguir que su autopercepción subjetiva se ajuste a la realidad de su cuerpo desnutrido. También se hizo eso durante mucho tiempo con las personas afectadas por la “disforia de género”. Hasta que, hace poco, la ideología de género tomó al asalto los medios de comunicación, los programas educativos, las leyes, y hasta las asociaciones médicas y protocolos terapéuticos (según nos explicaron los doctores Hruz y Cretella).

La ideología de género es una doctrina demencial que se ha convertido en tiempo récord en algo muy parecido a una religión de Estado. Su esencia es la rebelión contra la naturaleza: mis cromosomas y genitales no deben ser un límite para mi libre elección de género; el deseo subjetivo debe prevalecer sobre cualquier determinación natural no escogida.  Por tanto, a quien padezca disforia (deseo de pertenecer al sexo opuesto) no se le debe ayudar con terapia psicológica que le permita reconciliarse con su cuerpo y desechar una aspiración trastornada y antinatural. Al contrario: ahora hay que reafirmarle en su alucinación, arrasando sus genitales, suministrándole dosis brutales de hormonas y obligando a toda la sociedad a sumarse a la ficción de que “John es ahora Mary”. Eso incluye a las compañeras de celda o “shelter” de John/Mary, forzadas a compartir las duchas incluso si John/Mary aún no se ha operado. O a sus rivales deportivas, que carecen de cualquier opción de victoria frente a un organismo que sigue teniendo la fuerza de un varón (ya se han dado casos de boxeadoras gravemente lesionadas por “hombres convertidos en mujeres”).

¿Cómo puede la sociedad tragar tanto sinsentido? Hay mucho miedo: la “homofobia” y la “transfobia” son estigmas invalidantes, los únicos pecados imperdonables en una sociedad que dice no creer en el pecado. Y muchos excusan su pusilanimidad diciéndose que se trata de un fenómeno muy minoritario, que no les puede alcanzar a ellos. Cambiarían de opinión si hubiesen estado el viernes en la sala de ABC Serrano, o si los medios mayoritarios se hubiesen dignado conceder alguna cobertura a este simposio de nivel mundial. El movimiento “transgender” va ahora descaradamente a por los niños. Las leyes obligan a introducir la ideología de género en la educación.

Otros se dejan conmover por las historias sobre el sufrimiento –y, a veces, el bullying escolar- padecido por los niños y adolescentes afectados por la disforia de género. Ese sufrimiento existe, como reconoció el doctor Hruz. Pero el bullying no se ceba sólo en el niño que se cree niña: se practica también contra niños gorditos o gafotas, o empollones, o de otras razas o religiones. Todo tipo de bullying debe ser combatido, y existen protocolos –como el Olweus Curriculum- que permiten su reducción sin necesidad de adoctrinar en ideología de género a todos los alumnos (es decir, sin hacerles creer que el pequeño John en realidad es una pequeña Mary).

Lo razonable sería someter al pequeño John a terapia psicológico-familiar para entender qué conflictos emocionales intenta solucionar mediante su identificación con el sexo opuesto. Y esperar a que la naturaleza haga su trabajo: la disforia de género –explicó la doctora Cretella– desaparece en un 80% de los casos con la pubertad, cuando el organismo se inunda naturalmente de hormonas masculinas o femeninas; la testosterona o los estrógenos reconciliarán al sujeto con su sexo biológico.

En lugar de eso, la terapia cada vez más adoptada por un gremio plegado a la intimidación de los ideólogos de género es la administración de bloqueadores de la pubertad –que precisamente impiden esa inundación hormonal reconciliadora- y, después, de hormonas del sexo opuesto… a la espera de llegar a la mayoría de edad y poder completar el trabajo con la “reasignación quirúrgica de sexo”. Se hace oídos sordos al dato de la frecuente solución natural de la disforia, y se aboca al niño a un futuro de hormonación de por vida (con serias contraindicaciones sanitarias: mayor riesgo de infarto, diabetes,etc.) y mutilación genital.

Como explicaron Agustín Laje o Gabriele Kuby, los movilizados contra toda esta locura somos apenas un puñado de “guerrilleros” (“nuestra selva Lacandona son las redes sociales”, dijo Laje, a quien Twitter y Facebook le cierran la cuenta una vez al mes), mientras el grueso de la sociedad se encoge de hombros. Pero hay que resistir. Por los niños. Por la libertad. Por la verdad.