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LA DEUDA QUE NOS APLASTA

Fernando del Pino Calvo-Sotelo, Publicado en Expansión

En los últimos nueve años de gobiernos socialdemócratas (PSOE y actual PP), la deuda pública española ha pasado, grosso modo, del 40% al 100% del PIB, y aunque la deuda privada no financiera de empresas y hogares (que llegó a ser de las más elevadas del mundo) haya disminuido considerablemente desde el pico post-crisis, continúa suponiendo cerca del 150% del PIB frente al 88% del PIB que suponía hace 20 años, poco antes de entrar en el euro. Por tanto, en España la deuda pública y privada  suman el 250% del PIB, demasiado cerca del máximo histórico alcanzado en el 2012 (275%) y muy por encima del 155% del PIB de 1996. Pero España es sólo un ejemplo de la epidemia de exceso de deuda que está lastrando las economías occidentales. Aproximadamente desde 1955 hasta 1980 la deuda total no financiera de las economías desarrolladas se mantuvo más o menos estable (en el caso norteamericano alrededor del 150% del PIB). Sin embargo, entre 1980 y el 2010 la deuda total de los países de la OCDE pasó del 167% al 314% del PIB, según el Banco Internacional de Pagos, aumento causado casi a partes iguales por gobiernos, empresas y familias. Desde el 2010 la deuda pública ha aumentado dramáticamente (en sólo ocho años la administración Obama ha multiplicado por dos la deuda pública en términos absolutos), mientras que la deuda privada se ha comportado de forma distinta en cada país. En suma, la deuda total de los países occidentales sigue encontrándose cerca de máximos.

Pero ¿importa la deuda? Durante décadas, la mayoría de economistas que abrazaban la intocable ortodoxia intervencionista han despreciado la deuda como algo irrelevante. Las variables fondo no encajaban bien en sus bonitos modelos matemáticos y, aunque el sentido común parecía indicar que la deuda era algo importante, cerraban la puerta al debate afirmando que los pasivos de todos los deudores siempre coincidían con los activos de todos los acreedores, por lo que el efecto neto era siempre cero. Esto no es nuevo, desde luego: desde que Fray Luca Pacioli inventara la contabilidad por partida doble en el siglo XV, todos sabemos que activo y pasivo coinciden, pero esto nunca significó que los niveles de deuda no importaran o que el impago de la misma no tuviera consecuencias.

Imaginemos por un instante a Robinson Crusoe prestando a Viernes su preciado bote de pesca. El primero está preocupado por el riesgo que corre y el segundo por la responsabilidad que asume, pero ambos son tranquilizados por el chamán de una isla vecina que, con enorme seguridad, afirma que no hay nada que temer puesto que activo y pasivo (el bote) cuadran. Desafortunadamente, Viernes no es hombre de mar y en el arrecife el bote vuelca y se hunde sin remisión. Desde un punto de vista contable, activo y pasivo siguen cuadrando: Viernes se ha declarado en bancarrota y Crusoe ha amortizado su bote. Sin embargo, posiblemente debido a su ignorancia, ambos sienten que algo no va bien: lo que ven, pobres diablos, es que ya no hay un bote de pesca en la isla, y sospechan, por tanto, que como comunidad son ahora más pobres. En vez de seguir construyendo utensilios y bienes nuevos y esa nueva cabaña para el invierno, argumentan, tendrán que dedicarse a reconstruir un bote que ya tenían. El chamán, que no tiene experiencia alguna ni en pesca ni en construcción, les vuelve a tranquilizar argumentando que un extraño fetiche al que llama PIB y que, según él, mide la riqueza de la isla, aumentará de tamaño cada vez que tengan que reconstruir un bote hundido o una cabaña destruida por un huracán. Crusoe y Viernes se miran estupefactos: reconstruir una y otra vez una misma cosa que ya tenían no parece aumentar su riqueza. Compadeciéndose de ellos, pobres mortales, el chamán decide compartir el hechizo secreto de todos los chamanes: “debéis comenzar a valorar el trabajo que realizáis y las cosas que tenéis en unidades de conchas marinas. En caso de que volváis a perder un bote, lo único que tenéis que hacer es pensar en términos de conchas marinas, ir a la playa (donde hay muchísimas), coger unas cuantas para compensar la pérdida y, creedme, será como si nada hubiera pasado”.

Cuando nos centramos en la riqueza real, tangible, en vez de distraernos con su equivalente monetario, el hechizo pierde su poder de sugestión y volvemos a comprender que el nivel de deuda importa, que el impago empobrece y que la alquimia monetaria de los bancos centrales es sólo un truco de magia.

El enorme endeudamiento que vivimos es un síntoma de enfermedades más profundas. En primer lugar, es síntoma de una ciencia económica que, en cierta medida, ha perdido contacto con la realidad y el sentido común cuando, envidiando la Física, se ha centrado en desarrollar de forma narcisista complejos modelos matemáticos convertidos en fórmulas mágicas. Las ecuaciones han sustituido al razonamiento e importantes variables han sido olvidadas por no ser fácilmente medibles: variables flujo, como el PIB, se convertían en fetiches y variables fondo como la deuda o la riqueza real acumulada (el Balance de Situación) eran ignoradas. Como consecuencia de ello, cavar una zanja para luego rellenarla suponía un aumento de PIB y, como tal, absurdamente se defendía como un aumento de riqueza.

Al menos hasta el 2007, la deuda era también un síntoma de vivir por encima de nuestras posibilidades dentro de una sociedad hedonista que basa la felicidad en el consumo compulsivo y ostentoso de bienes materiales, una sociedad obsesionada con la satisfacción inmediata de todo deseo. Parafraseando a Freddie Mercury, queríamos todo, y lo queríamos ya. Desde entonces, en algunos países empresas y familias se han apretado el cinturón, pero no así unos gobiernos para los que reducir el gasto es anatema y cumplir el presupuesto, un chiste.

Finalmente, en muchos países occidentales la deuda ha sido síntoma de tasas de inflación reales superiores a las oficiales: los gastos de los hogares crecían acordes a la inflación real (oculta) mientras que sus ingresos, ligados a la tasa de inflación oficial (inferior y nunca auditada) se iban quedando atrás, por lo que mantener un estilo de vida constante exigía endeudarse.

En los viejos tiempos, los excesos de deuda eran desincentivados por dos fuerzas: unos tipos de interés normales, dolorosos (que nos recordaban que el capital no era gratis), y una grave obligación de repago del principal (que nos recordaba que el dinero no era nuestro). Hoy en día, los tipos de interés han sido irresponsablemente destruidos por los bancos centrales y las refinanciaciones se han convertido en norma para barrer bajo la alfombra esos préstamos incobrables que pueden tumbar nuestros bancos. En definitiva, hemos perdido respeto al capital.

Abundantes estudios muestran que las economías crecen menos cuando los niveles de deuda superan unos umbrales que dejamos atrás hace tiempo. Dar a un sistema enfermo de exceso de deuda más de lo mismo es como dar a un adicto dosis cada vez mayores para evitar el síndrome de abstinencia: eso se llama huir de la realidad y no cura, sino que mata. La alquimia monetaria de los bancos centrales es una fantasía, un vano ejercicio de posponer lo inevitable que además aumenta enormemente la fragilidad del sistema. Seamos claros: este sendero conduce al abismo y, de seguir por él, la desastrosa caída es tan impredecible en sus detalles como absolutamente inevitable. Debemos afrontar la realidad: es lo que se supone que hacen los adultos, esa especie en peligro de extinción que el Estado de Bienestar casi ha aniquilado.