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LA EFEMÉRIDE: 10 DE JULIO DE 1099

El 10 de julio de 1099 moría en la ciudad de Valencia el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, un héroe de su tiempo, un héroe eterno.

Rodrigo Díaz de Vivar nació noble en una aldea burgalesa en 1043. El príncipe Sancho lo tomó como miembro de su séquito (Rodrigo quedó huérfano de padre muy pronto) y, tras armarlo caballero, lo llevó a la guerra. Cuando a la muerte del Rey Fernando I el Grande Sancho lo sucedió en el trono, Rodrigo fue nombrado jefe de la milicia real, donde se desempeñó extraordinariamente bien, hasta el punto de ganar su título de Campeador, Campi Doctor, maestro en el combate en campo abierto, experto en batallas campales.

Las cosas cambiaron cuando el Rey Sancho II fue asesinado en el cerco de Zamora (1072). Según crónicas posteriores, Rodrigo habría cuestionado al nuevo Rey, Alfonso VI, interpelándole con dureza sobre su participación en la muerte de Sancho II en lo que se conoció como “La jura de (la Iglesia de) Santa Gadea”. Posteriormente Rodrigo, ya casado con Jimena (sobrina de Alfonso VI), fue desterrado. Soldado al cabo, entró al servicio de Al-Mutamín, Rey de la Taifa mora de Zaragoza, aliado de Castilla. Enfrentado con el Gobernador de Lérida, lo venció y se ganó el título de Sidi, señor, que devino en Cid. El Cid Campeador, el señor que domina la lucha en campo abierto. A partir de ahí la historia documenta sus victorias en múltiples combates, poniendo de relieve su extraordinaria capacidad y fortaleza.

En 1086, los almorávides atacaron Toledo, que había sido conquistado por Alfonso VI, el mismo que consintió el destierro al Cid 13 años antes. Rodrigo no vaciló en sumarse al combate y Alfonso le ordenó defender el área del Levante, en peligro ante el empuje africano. El Cid venció a las Taifas, sometió a sus pobladores y finalmente tomó Valencia en 1094. De ella fue nombrado Príncipe, bajo Castilla. El éxito había sido completo y desde entonces, el Cid Campeador forma parte del elenco de héroes de España.

Cinco años después, el Cid moría en la ciudad que más gloria le había dado. Como valenciano que soy, viví desde pequeño a la sombra de tan gran personaje de la Historia de España, cuya estatua ecuestre (Juan de Ávalos) se halla asimismo en otras muchas ciudades del mundo. Ese gran vasallo que no siempre tuvo un gran señor (¡Dios, qué buen vasallo si oviese buen señor!, verso 20 del Cantar del Mío Cid) que lo mandara adecuadamente ha dado su ejemplo a generaciones. Suele pasar que la gente sea de mucha mayor envergadura moral que sus teóricos superiores. Ahora mismo, sin ir más lejos.