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LA NUEVA ERA VISTA POR EL RETROVISOR

‘La nueva era vista por el retrovisor’, de Antonio Camuñas

Publicado en Actualidad Económica

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Recuerdo bien cuando escuché por primera vez el término “nueva era”. Fue en una reunión en el Vaticano de labios de un distinguido miembro de la curia: la frase exacta fue “Hemos entrado en una nueva era. No sabemos todavía cómo llamarla, ni las consecuencias que puede tener. Pero sí que mucho de lo que hemos conocido hasta ahora está destinado a cambiar para siempre.” El tono de la aseveración era marcadamente neutro, sin visos negativos. Pero no por ello fue menos impactante, pues contenía toda la gravedad que solo una institución milenaria y universal puede imprimir a una frase. Estábamos todavía en el pontificado de Benedicto XVI.

No pude evitar entonces evocar a Marshall McLuhan, el primero en acuñar allá por los años sesenta el término de aldea global porque -en realidad- el profesor canadiense lo había tomado prestado de James Joyce quien en su intraducible “Finnegans Wake” parafraseaba el “Urbi et Orbe” papal con un “Urban et Orban” del que nació precisamente el concepto que en estos tiempos cobra nuevas e interesantes perspectivas.

McLuhan, un profesor de literatura canadiense formado en Cambridge, fue el primero en advertir de los efectos que los nuevos medios de información, la radio, el cine y -de manera muy especial- la televisión, tendrían en la conciencia colectiva, así como de las consecuencias socioeconómicas y culturales de percibir cosas distintas y lejanas como cotidianas. Para este presbiteriano, posteriormente convertido al catolicismo, la cultura moderna se había forjado en la era pre-industrial a través de la imprenta, el motor del hombre civilizado que sale de su entorno (su tribu) para observar las cosas desde una perspectiva en la que no tiene por qué verse involucrado necesariamente. Por el contrario, lo que él llamaba la revolución eléctrica obligaba a una implicación total del individuo dado que su universo estaba rodeado, inmerso, en una nueva realidad creada por los medios, que en última instancia daría lugar a una nueva cultura.

Evidentemente, la capacidad de influencia que ofrecían los nuevos medios fue aprovechada de inmediato tanto por los gobiernos como por las empresas para crear esa nueva cultura que, sin dejar de ser un gran negocio para las partes involucradas, se amparaba en la trasmisión de unos valores, de un lenguaje y de unas aspiraciones comunes que contribuirían al progreso de la humanidad en su conjunto y que desembocarían en una nueva conciencia planetaria. Estos postulados -que desde el ángulo teológico fueron magníficamente tratados por el jesuita francés Teilhard de Chardin- representan lo que hemos vivido desde el final de la segunda guerra mundial, en un escenario en el que EEUU ha dominado de forma abrumadora el mercado de la información transmitiendo las ventajas de su modelo político, económico y social en contraposición al modelo comunista.

Superioridad

La superioridad del modelo americano era tan evidente en términos de progreso y bienestar que el bloque soviético acabó derrumbándose como un castillo de naipes, alterando el statu quo establecido por las dos potencias ganadoras de la guerra mundial. Este fue sustituido por la hegemonía norteamericana y sus tesis en favor de la expansión del modelo capitalista de democracia liberal al resto del mundo. En las décadas posteriores a la caída del muro de Berlín el mundo vivió un desarrollo económico extraordinario, particularmente en los países menos desarrollados que supieron adaptar sus economías al modelo occidental. La globalización propició que más de mil millones de habitantes salieran de la pobreza extrema y se crearan nuevas clases medias compuestas por muchos cientos de millones de personas.

En el mundo occidental, sin embargo, y tras la lógica euforia económica y financiera derivada del triunfo sobre el modelo socialista, la gran recesión de 2008 mantiene abiertos interrogantes de importancia, particularmente en el segmento de las clases medias, que han visto mermadas tanto su capacidad adquisitiva como las opciones de progreso que les resultaban características. Los salarios se mantienen estancados y los incrementos derivados de la productividad tecnológica no se traducen ya en nuevos puestos de trabajo. Amplias capas de la población tienen la sensación de estar quedándose atrás -cuando no al margen- de un sistema cuyos beneficios no revierten en ellas de manera proporcional, como había sido habitual en las anteriores fases de expansión económica.

Esta realidad, unida al descredito de la democracia y sus instituciones políticas y económicas, ha propiciado un desencanto generalizado hacia las elites y el repliegue hacia los intereses nacionales incluso en quien ha sido el principal valedor de la globalización. No se puede entender de otra manera la victoria de Donald Trump si no es como síntoma de que la sociedad americana atraviesa por una crisis de confianza que abre un paréntesis en el que los Estados Unidos inician un proceso de repliegue en línea con lo que se viene observando en las economías europeas desarrolladas.

Mientras escribo estas líneas he tenido conocimiento de la muerte de Michael Novak, uno de los pensadores católicos más importantes de los EEUU, cuya amistad con Juan Pablo II se tradujo en su innegable impronta en la encíclica Centesimus Annus que informa la Doctrina Social de la Iglesia hasta el momento presente. Su recuerdo viene a colación al evocar cómo en su obra “The Spirit of Democratic Capitalism” (1982) Novak resaltaba el notable contraste del optimismo norteamericano por la globalización y sus ilimitadas oportunidades frente el pesimismo europeo marcado por el creciente envejecimiento de su población y su falta de productividad.

Hoy ese optimismo parece haberse desvanecido en una parte significativa de la población norteamericana, acercándose al desánimo que experimentan las sociedades europeas ante los nuevos retos que se adivinan en el horizonte, que a mi entender podrían resumirse en dos categorías diferenciadas, si bien quiero hacer notar que dejo al margen a mi pesar la más importante: la referida al ámbito moral y trascendente, al estar claramente soslayada por las cuestiones políticas, económicas y sociales que -por desgracia- no dejan espacio para la dimensión espiritual del ser humano.

Hecha esta salvedad, podríamos decir que, por un lado, nos adentramos a una velocidad sin precedentes en un mundo marcado por los constantes avances tecnológicos que se hacen cada vez más presentes en nuestra vida. Por otro, la aldea global ha ido conformando unas sociedades multiculturales y multiétnicas que despojan al hombre en no poca medida del sentido de identidad y pertenencia a la tierra en la que ha nacido, con todos los componentes históricos, sociales y culturales que ello conlleva. Las consecuencias de ambas realidades nos abocan a superar todos los límites humanamente conocidos tanto en lo que se refiere a la ciencia, la tecnología y la robótica como a las estructuras y planteamientos sociales, familiares, jurídicos y morales completamente desconocidas y ajenas en no poca medida a las tradiciones propias de nuestra cultura occidental. En el camino nos aguardan multitud de dilemas de difícil resolución para los que -posiblemente- las herramientas de las que nos hemos servido hasta la fecha no resulten de particular utilidad. La capacidad de que cambios radicales en estructuras aparentemente sólidas y fraguadas durante décadas pudieran venirse abajo de una manera relativamente rápida no es en absoluto descartable. La historia nos muestra suficientes ejemplos de ello, el más reciente de los cuales (la caída del bloque soviético y su vasta área de influencia) ha sido descrito anteriormente.

Endeudamiento

A los novedosos e impredecibles fenómenos políticos a los que estamos asistiendo hay que sumar el volumen de endeudamiento de la economía globalizada (cercano al 300% sobre PIB) y los déficits crónicos que arrastran los países desarrollados, con modelos de Estado de Bienestar insostenibles, horizontes demográficos suicidas, un papel del Estado punitivo con quienes son capaces de generar riqueza, sofocante para las clases medias, y una liberalidad que ha multiplicado las capas sociales dependientes en lo que ya Tocqueville intuyó podía derivar en un neo-esclavismo “disciplinado, moderado y tranquilo” decidido a cambiar la libertad por la seguridad (algo de mucha actualidad ahora que se debate sobre la Renta Básica Universal).

Conviene en este momento regresar de nuevo a McLuhan, para recalcar -en todo caso- que él nunca atribuyó a la aldea global los atributos de homogeneidad y tranquilidad que han calado en el imaginario colectivo. Esa fue la lectura interesada de quienes desde instancias gubernamentales y empresariales vieron en los nuevos medios de información de masas la herramienta idónea para imponer una determinada cultura y un modelo económico y social. Antes al contrario, basta leer al canadiense para comprender que ésta estaba conformada por un hombre tribalizado y comprometido por completo en un universo nuevo, y que el destino de la aldea global era ser “una permanente fuente de conflictos y divisiones mucho mayor que la de cualquier nacionalismo”. Esta fuente de conflictos parece estar multiplicándose con el uso generalizado de internet, el último de los grandes descubrimientos tecnológicos llamado a culminar el concepto que McLuhan fue capaz de intuir con enorme clarividencia con cuatro décadas de antelación.

Algunos autores contemporáneos como Jeremy Rifkin han empezado a mostrar los primeros esbozos del perfil de ese futuro de manera bastante precisa en trabajos como “La sociedad de coste marginal cero”, una obra muy recomendable centrada en los efectos que traerá consigo esta economía basada en la información en la que la escasez de recursos dejará de existir. Este nuevo paradigma, en el que los datos que proporciona ‘El Internet de las cosas’ es fundamental, encierra cambios de proporciones colosales que permitirán que la mayoría de los servicios y productos sean gratuitos (recordemos hasta qué punto muchos de ellos ya lo son en la práctica) o que la automatización del trabajo libere al hombre de la necesidad de tener un empleo. Para Rifkin ello implica que estamos abocados a una economía social que sustituirá a la economía de mercado, de igual manera que las cadenas de valor verticales dejarán de existir en favor de extensas cadenas de valor horizontales, en lo que él denomina como un nuevo ‘procomún colaborativo’ destinado a eclipsar el capitalismo tal y como lo conocemos.

Llegados a este punto es muy posible que la ansiedad del lector se haya acentuado de manera notable. Y es normal que así sea, porque los cambios que nos aguardan van a ir sucediéndose de manera acelerada en los próximos años, como ha venido ocurriendo en determinados momentos críticos de la historia de la civilización. Es de suponer que los hombres que en el siglo XVI vieron cómo la economía feudal se desvanecía tras siete siglos de existencia sintieron el mismo vértigo, desconcierto y desesperación, al ver cómo las tierras comunales se cercaban y se trasformaban en propiedades privadas. Un tránsito en el que millones de familias de campesinos tuvieron que abandonar sus tierras y trabajar como asalariados en el naciente mercado medieval. Los sentimientos de sus hijos y nietos no debieron ser muy distintos en las siguientes oleadas que les obligaron a cambiar la vida rural por la urbana mientras la revolución industrial empezaba a asentarse.

Metáfora

Antes de terminar me gustaría centrarme otro de los lúcidos pensamientos de este estudioso de los medios y de la comunicación, que se mantiene tan actual como entonces: la llamada metáfora del retrovisor. Para McLuhan cada época de la historia produce una imagen utópica del pasado, que contrasta con la del tiempo futuro, un ‘enemigo’ que desconocemos, que nos causa incertidumbre y miedo. Según McLuhan, la humanidad se adentra en el futuro sin dejar de mirar por el retrovisor, de forma tal que -mientras avanza por el camino que conduce hacia lo desconocido- busca con la mirada retrospectiva no perder las referencias de lo que ha sido un universo cierto y previsible.

En cualquiera de esos momentos que implicaron cambios sociales de envergadura como los que hemos reseñado, se produjo con seguridad esa ‘mirada por el retrovisor’ en busca de ese mundo utópico que quedaba a nuestras espaldas. Se trata lógicamente de una mirada subjetiva que dulcifica, obvia y elude las grandes convulsiones que cada uno de esos cambios trajo consigo. La perspectiva que brinda el tiempo contribuye a paliar en el imaginario colectivo los efectos reales de esos cambios, los dramas y calamidades humanas derivadas de los ajustes que conllevaron y las convulsiones políticas que generaron, así como los problemas irresueltos de esas transformaciones que aún siguen vigentes (como vemos en los subsidios agrícolas que reciben hoy los granjeros europeos y norteamericanos).

No me cabe duda de que los cambios en todos los órdenes que vamos a experimentar en los próximos tiempos darán lugar a un debate social de primera magnitud que hará que las miradas al retrovisor se multipliquen en busca de ese mundo que conocimos pero que ya habrá dejado de existir. Sería un fraude por mi parte si tratará de dar soluciones a lo que afronto con la misma incertidumbre que cualquiera. Por el contrario, no quiero hurtarles de la convicción de que más allá de mirar de frente al futuro y de reojo al pasado, conviene elevar la mirada y decir con el propio Teilhard de Chardin “Ya no se trata de preguntarse por qué ocurrió, sino de preguntarse cómo vamos a responder y qué vamos a hacer, ahora que ya pasó”. Porque, en última instancia, no duden que ese futuro que hoy nos abruma, algún día también formará parte del pasado.

Antonio Camuñas es presidente de Global Strategies y miembro de la Fundación Centessimus Annus y del Centro Diego de Covarrubias.