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LA RESPONSABILIDAD MORAL DE LOS GOBERNANTES

Por León Gómez Rivas

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En medio de la preocupante situación política, jurídica y de convivencia ciudadana que se vive estos días en Cataluña (y en toda España), quiero escribirles a propósito de un estimulante coloquio con el Cardenal Rouco Varela sobre “Las relaciones Iglesia-Estado”, pero que derivó en un buen montón de preguntas y reflexiones alrededor de los acontecimientos que estamos viviendo. Resulta que don Antonio María acababa de publicar en la Tercera de ABC un interesantísimo artículo titulado “La Iglesia Católica, España y su futuro”, donde entre otras cosas escribe: “España es una sociedad multisecular con una unidad basada en un proceso histórico complejo y amplio, y que no se puede poner en peligro de modo unilateral (…) España es una sociedad que lleva siglos unida; y es más que eso: es una verdadera comunidad de aspiraciones y de valores, de convicciones profundas espirituales y religiosas, que han generado una cultura común que nos une a todos. El problema de la unidad de España tiene una raíz moral”.

No me parece inadecuado compartir con ustedes este análisis de una situación, mucho más grave que la disputa sobre si deben reconocerse los resultados de un supuesto referéndum; o incluso el alcance de un artículo de nuestra Constitución. Apelar a la responsabilidad moral de los gobernantes significa hacerles considerar, por ejemplo, los riesgos del nacionalismo: algo sobre lo que están hablando (y muy bien) tantos líderes europeos; y sobre lo cual nos remitía el cardenal Rouco a un importante documento de la Conferencia Episcopal Española (2002): la Instrucción Pastoral “Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias”. En el número 30 podemos leer: “En consecuencia, no es moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y la creación de un nuevo Estado, y en esto la Iglesia siente la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los hombres de buena voluntad”.

Verán que se trata de una afirmación valiente, no siempre comprendida -dentro y fuera de la propia Iglesia, como ahora estamos comprobando- pero que se fundamenta en las raíces de un catolicismo que aspira a ser universal. Ese mismo documento recuerda algunas frases de Juan Pablo II, quien distinguía muy bien el patriotismo del nacionalismo, avisando de los peligros que tiene extremar este último: “Nos encontramos ante un nuevo paganismo, la divinización de la nación”. Y yendo más atrás en el tiempo, cita a Pío XI para explicar que “cuando la voluntad de independencia se convierte en principio absoluto de la acción política y es impuesta a toda costa y por cualquier medio, es equiparable a una idolatría”.

Ya sé que es difícil, sobre todo para un político, reflexionar y -llegado el caso- rectificar tu posicionamiento; pero hay momentos en los que deberíamos exigir esa responsabilidad a nuestros gobernantes… y a quienes les votan.