SÍGUENOS EN

YUVAL NOAH HARARI Y EL FINAL DEL HUMANISMO

Publicado en Actuall

——————————–

No leí Sapiens, pero eché un vistazo a Homo Deus, de Yuval Noah Harari, y ya no pude dejarlo. Se comprende que haya sido un best seller mundial. Propone una recapitulación de la historia de la humanidad, una teoría sobre la naturaleza humana y una predicción del futuro probable. Es una lectura a un tiempo amenísima y aterradora. Y, aunque uno no comparta sus supuestos antropológicos materialistas, no deja de resultar instructiva para los que consideramos que el hombre es algo más que “un algoritmo biológico”.

Nuestros antepasados cazadores-recolectores, explica Harari, profesaron el animismo y concebían el mundo como una novela coral en la que el hombre era solo un personaje más: atribuían racionalidad al hermano mamut y al bisonte sagrado, aunque también los cazaran: “Tú vives en la selva y yo también; tú has venido aquí a cazar y yo a buscar tubérculos: no he venido a hacerte daño”, le explica todavía el nayaka al tigre con el que se encuentra en la jungla.

Según Harari, la revolución neolítica trajo consigo una mutación cosmovisional: si los cazadores paleolíticos trababan una relación horizontal de empatía con los animales superiores, los agricultores-ganaderos, en cambio, entablaron una relación vertical con los dioses: en virtud del “pacto agrícola”, la divinidad promete buenas cosechas a cambio de ofrendas y holocaustos. El hombre se afirma ahora como rey de la creación y criatura favorita de los dioses, legitimada por ellos para dominar la naturaleza. Los animales ya no son sus iguales, sino sus bestias de carga. En la Biblia solo hay un relato animista: significativamente, es el de la serpiente que tienta a Eva y provoca la Caída. Harari interpreta esto como una advertencia contra la tentación del retorno al animismo: ha concluido la era de los animales parlantes y la danza del hechicero-ciervo. Si los mitos animistas de la Creación presentaban a menudo a los hombres como descendientes de los animales (adelantándose en milenios a Darwin), el relato teísta, en cambio, asegura que el hombre es fabricado directamente por Dios a partir de materia inanimada, lo cual le garantiza un estatus especial.

Así como la revolución agrícola propició el paso del animismo al teísmo, la revolución científica, piensa Harari, permitió un nuevo salto del teísmo al humanismo. Si la expulsión del hermano animal había convertido la anterior novela coral en “un deprimente drama de Ibsen, con solo dos personajes, el hombre y Dios”, ahora la muerte de Dios dejará al hombre solo en escena. En la era humanista, el hombre ya no adorará a los animales o a los dioses, sino a sí mismo. En lugar del pacto agrícola, la ciencia trae consigo el “pacto de la modernidad”: cambiar el sentido por el poder. En la era teísta, el poder del hombre estaba muy limitado –poco se podía hacer contra las pestes, malas cosechas o la mortalidad infantil-, pero la dura existencia humana tenía sentido: somos actores de un gran drama cósmico; Dios nos ha puesto aquí, nos ordena obedecer sus leyes, y nos premiará o castigará en la otra vida; nuestros actos importan porque tendrán consecuencias eternas. En la era moderna, el hombre asume que su existencia no tiene sentido: estamos aquí por una sucesión de accidentes bioquímicos en un universo ciego. Pero, renunciando al significado, ve en cambio multiplicado su poder: no tiene sentido que mueran los niños… pero, desde que descubrimos virus y vacunas, podemos intentar erradicar la mortalidad infantil. Podemos modificar el entorno natural y nuestros propios organismos –en los que no hay nada sagrado- para hacer la vida humana cada vez más longeva y placentera.

Esta idea del “pacto de la modernidad” como trueque de sentido por poder (tecnológico) es muy sugestiva, pero Harari no la desarrolla de manera consecuente. Pues reconoce que el hombre moderno es incapaz de contentarse con la gestión económico-tecnológico-sanitaria, y que una y otra vez reaparece la necesidad de sentido, supuestamente acallada por el pacto de la modernidad. Y así se desarrollarán las “religiones [ateas] modernas”, las tres versiones del humanismo: liberal, socialista y “evolutiva”. El siglo XX, dice Harari –y creo que tiene razón- consistió en una guerra civil entre religiones humanistas, en la que se impuso finalmente la versión liberal: tras un largo desvío por fallidos experimentos colectivistas, en 1989 retomamos la historia de la humanidad donde la habíamos dejado en 1914: en la convicción general de que lo deseable es una organización socio-económica que garantice el máximo de libertad individual compatible con la sostenibilidad social. En 1910 un cliente de Harrod’s podía solicitar artículos exóticos de cualquier punto del mundo: fue el Amazon eduardiano, la globalización de la belle époque, interrumpida después por nazis y comunistas.

Pero el liberalismo no solo promete más poder (cuanta mayor sea la libertad de investigación, expresión y comercio, mayor será el progreso tecnológico y el crecimiento económico, haciendo así más cómoda nuestra vida carente de sentido), sino que se hace trampas en el solitario e intenta ofrecer lo que, según el “pacto de la modernidad”, no puede dar: significado. El truco consistirá en afirmar que, aunque no exista un sentido objetivo-cósmico, sí podemos encontrar sentido “subjetivo”, crearlo desde nuestro interior. Y así se ha desarrollado una ética humanista-liberal cuyo precepto único viene a ser “es bueno si te hace sentir bien”, una educación humanista que solo pretende enseñar a “pensar por sí mismo”, una política humanista basada en la premisa de que “el votante sabe lo que le conviene” (y, por tanto, las cuestiones políticas deben resolverse por votación), una estética humanista que afirma que “la belleza está en los ojos del espectador”, y una economía humanista que afirma que el cliente siempre tiene razón (o sea, que millones de individuos intercambiando libremente bienes y servicios conducirán la economía más eficazmente que ningún planificador vertical-coactivo). Y de la interacción de todas ellas se intenta destilar un nuevo sentido existencial que se podría resumir en “ser uno mismo”. La libertad como fin en sí mismo y fuente de significado.

¿Es este humanismo relativista-subjetivista la última palabra de la Historia, según Harari? No, y ahí es donde el libro se pone más interesante. Pues Harari, asumiendo una lectura materialista de los hallazgos de la neurología y la biología (que no es la única posible, y quien quiera conocer otras debería leer Mitología materialista de la ciencia, de F.J. Soler Gil), considera que el yo y el libre albedrío son mitos que la ciencia está desenmascarando a toda velocidad: “A medida que los científicos abrían la caja negra de los sapiens, fueron descubriendo que allí no había alma, ni libre albedrío, ni “yo”… sino solo genes, hormonas y neuronas que obedecen las mismas leyes físicas y químicas que rigen el resto de la realidad”. “Para que el liberalismo tenga sentido, debo tener un verdadero yo. […] Sin embargo, las ciencias de la vida han llegado a la conclusión de que este relato liberal es pura mitología. El yo único y auténtico es tan real como el alma cristiana eterna, Santa Claus y el conejo de Pascua”.

Creo que Harari se equivoca al considerar la idea de Dios una superchería neolítica y al encerrarse en una lectura monista-fisicalista de los hallazgos de la neurología y la genética. Pero hay que reconocerle el coraje de denunciar la contradicción flagrante en que incurre el progresista ilustrado medio de nuestro tiempo, que de un lado proclama a grandes voces los dogmas de la religión humanista-liberal (libertad de conciencia, dignidad humana, democracia…) y del otro piensa que ese sujeto sagrado que idolatra el liberalismo –el “yo” autónomo- en realidad no existe: “Los humanos somos maestros de la disonancia cognitiva, y nos permitimos creer algo en el laboratorio y otra cosa totalmente diferente en el tribunal o el Parlamento. […] Richard Dawkins, Steven Pinker y los otros […], después de dedicar cientos de páginas eruditas a deconstruir el yo y el libre albedrío, efectúan impresionantes volteretas intelectuales que milagrosamente los hacen caer de nuevo en el siglo XVIII [o sea, en el liberalismo y sus ideales humanistas]”.

A la muerte de Dios le seguirá tarde o temprano, pues, la del hombre, como ya había anunciado Michel Foucault en “Las palabras y las cosas”. Si la mente es un mito y el cerebro humano no es más que un procesador de datos, es solo cuestión de tiempo que nuestro imperfecto ordenador de carbono sea completado, dominado y, finalmente, sucedido por ordenadores de silicio regidos por algoritmos mucho más potentes. La inteligencia artificial nos ha descargado ya de muchas tareas y toma decisiones por nosotros: en el futuro nos encomendaremos totalmente a ella. Nos transportarán coches autónomos, vigilarán nuestra salud sensores que controlarán nuestros niveles de azúcar o tensión arterial: conectados a potentes ordenadores médicos, detectarán a tiempo infecciones o tumores incipientes. Delegaremos cada vez más decisiones de nuestra vida en algoritmos que nos conocerán mejor que nosotros mismos (no es cierto, pues, el dogma humanista-democrático de que el votante o el consumidor-rey sabe lo que realmente le conviene): Facebook ya puede resolver cuestionarios sobre nuestros gustos y opiniones –sobre la base de nuestro historial de búsqueda y “likes”- con más porcentaje de aciertos que nuestro propio cónyuge. Amazon me tiene calado y sabe proponerme el libro o DVD que me gusta. Es solo el principio.

La gran mayoría de la humanidad quedará ociosa, a medida que la mayor parte de los trabajos y decisiones sean asumidos por máquinas: habrá que distraerla quizás con una realidad virtual alternativa, como en “Matrix”. Solo una minoría de técnicos y científicos hiperespecializados seguirán teniendo una función: diseñar y vigilar a los robots que harán todo lo demás. Se abrirá una brecha abismal de riqueza y poder entre la élite tecnológica y la masa redundante, jubilada por la inteligencia artificial. La élite podrá acceder a caros procedimientos de renovación de tejidos, multiplicación de capacidades a través de la ingeniería genética o ingeniería cyborg (órganos biónicos mejorados) y alargamiento de la vida.

Y surgirá una nueva religión: el “dataísmo” o “religión de los datos”, que rinde culto al flujo de información en cuanto tal, del cual los humanos son instrumentos imperfectos. Tiene sus profetas en Silicon Valley, y la practican ya sin saberlo los cientos de millones de personas para las que lo importante no es tanto lo que viven o sienten –como ocurría en la superada era humanista- como el registro y transmisión de esas vivencias en las redes sociales: el “yo” no existe; somos meras ondas en el flujo infinito de datos, el Internet de Todas las Cosas. Si piensan que Harari exagera, abran Facebook y comprueben cuántos usuarios han colgado su paseo por el campo o el cumpleaños de sus hijos.