LA CARTA DE LOS MARTES – 23 DE ABRIL DE 2019

Carta de los martes del 23 de abril de 2019

Queridos amigos:

El 23 de abril de 1521, los Comuneros fueron derrotados en Villalar (Valladolid) por las tropas imperiales del rey Carlos I (Habsburgo) de España, quien con este acontecimiento segó desde la base cualquier ulterior posibilidad de cuestionamiento de su autoridad en la España que sus abuelos constituyeron.

Los líderes del alzamiento, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, fueron decapitados en la plaza de Villalar.

¿Por qué estalló la revuelta? Por la confluencia de diversas causas. Una fue el malestar creado por la llegada de un rey extranjero (Carlos I de España había nacido en Flandes y no hablaba español cuando entró por Asturias en 1516 para posteriormente presentarse ante las Cortes de Valladolid). Otra, que su séquito flamenco ocupó importantes puestos de la Corona contra lo inicialmente comprometido por el Rey, despojando a los castellanos de tales destinos[1]. Otra, que Castilla atravesaba una larga época de inestabilidad desde la muerte de Isabel la Católica en 1504, debido en parte a que su hija Juana (“la Loca”) estaba incapacitada para gobernar y en parte por los discriminatorios problemas económicos y sanitarios que Castilla había estado experimentando. Otra, que a pesar de su compromiso en contra, le Rey recaudó en Castilla impuestos que no fueron utilizados en la Península sino en su elección como Emperador en tierras germanas. Ésta última razón fue el detonante concreto de las primeras revueltas comuneras en 1520.

Si al principio del alzamiento sólo la alta aristocracia estuvo con el Emperador, poco a poco fueron pasando a sus filas muchos de los nobles urbanos que inicialmente se rebelaron; en parte por conveniencia a la vista del cariz de la revuelta (cada vez más popular y más violenta) y en parte por la sagaz política de división que aplicó con éxito el responsable de sofocar la revuelta, Adriano de Utrecht (futuro Papa Adriano VI). Ello, más la poca pericia militar de los comuneros, supuso su derrota y la muerte de sus líderes.

No era la primera vez que unos reyes desactivaban enfrentamientos con los nobles mediante la fuerza. Isabel I (por tratarse de su reino, Castilla) truncó en 1482 las pretensiones de los nobles gallegos mediante el expeditivo método de desmochar sus castillos, cosa perfectamente al alcance de la plenipotenciaria Santa Hermandad[2] que se encargó de ejecutarla. Tampoco Ramiro II de Aragón, llamado El Monje (porque era Obispo de Roda de Isábena/Barbastro) allá por 1135, se quedó corto: recuerden el episodio conocido como “La campana de Huesca”, en el que se dice decapitó a 12 nobles que habían desafiado su autoridad y amenazado con desmembrar el Reino de Aragón.

En resumen: la Edad Media había terminado. Era el alba del Estado moderno.

***

En el seno del Aula Política del Instituto de Estudios para la Democracia del CEU, el lunes 29 de abril de 2019 D. José Miguel Ortí Bordás hablará sobre “El valor de la nación española”. El acto tendrá lugar a las 19:30 horas en Sala Isidoro Martín del Colegio Mayor San Pablo, C/ Isaac Peral 58 de Madrid. El acto promete ser de extraordinario interés.

Por otro lado, el próximo 13 de mayo, el Centro Riojano (Calle Serrano 31) acogerá la presentación de La Tradición de la Libertad, nuevo libro de Dalmacio Negro. El número de confirmados no para de crecer y cada vez hay menos asientos disponibles, de modo que no tarden en confirmar su presencia mandando un correo a centrocovarrubias@gmail.com

***

Hoy tocaba, según mi esquema de trabajo, hablar de la jerarquía eclesiástica, refiriéndome por supuesto a la Iglesia Católica. Durante semanas he ido acopiando textos variados para dar con ellos una idea diversa que, como un mosaico, pudiera ofrecer al lector un panorama en el que poder contemplar el problema desde distintas perspectivas.

Una de ellas estaba referida al profesor Josef Seiffert y su perplejidad: “¿Cómo puede Dios querer religiones que niegan la divinidad de Cristo?” Otra de ellas era un comentario sobre el discurso de Monseñor Joseph Strickland, obispo de la diócesis texana de Tyler: “Nuestra misión es salvar almas, no el Cambio Climático”.

Estaba dispuesto asimismo a explicar este título, “Félix Sardá y Salvany, flagelo contra el liberalismo”. Y quería exponer los excelentes argumentos de José Luis Aberasturi sobre el inmenso trabajo multisecular de la Iglesia Católica, al hilo de un comentario aparecido en la COPE en el mes de noviembre de 2018. Pero sobre todo, iba a cerrar el sector central de esta carta con un enlace a Aleteia donde reside un artículo excelente que reza así: “When Father Joseph Ratzinger Predicted the Future of the Church”.

Cuando me encontraba inmerso en las labores de selección de textos, un buen amigo (no sé qué haría sin el permanente concurso de mis buenos amigos) me envió por WhatsApp un enlace que leí inmediatamente. Lleva a este artículo que ven. Su contenido me impresionó profundamente: su corrección formal, su lenguaje no especializado y el vigor de su exposición me indujeron a leerlo con interés. Quizá porque pone el dedo en la llaga, a pesar de que no es Santo Tomás sino Jorge García-Contell, el artículo golpea la conciencia del creyente y permite hacerse a una idea bastante completa de la situación al que no lo es.

La frase de hoy pertenece al Padre Joseph Ratzinger. La expresó en una entrevista radiofónica en 1969, como hemos comentado más arriba. Su transcripción es ésta: “And so it seems certain to me that the Church is facing very hard times. The real crisis has scarcely begun. We will have to count on terrific upheavals. But I am equally certain about what will remain at the end: not the Church of the political cult, which is dead already, but the Church of faith. It may well no longer be the dominant social power to the extent that she was until recently; but it will enjoy a fresh blossoming and be seen as man’s home, where he will find life and hope beyond death”.

Joseph Ratzinger, durante toda su vida, ha sido un maestro de la expresión y de la Fe. Dios lo guarda.

Un abrazo

José-Ramón Ferrandis Muñoz

PD: A punto estaba de terminar la redacción de esta carta cuando supe que Notre-Dame de Paris, templo referencia de la Cristiandad, había ardido, resultando parcialmente destruido. Es, sin duda, una gigantesca desgracia para todos, pues se trata no sólo de una magnífica obra de arte universal sino de un símbolo clave para los católicos. Muchos ven este incendio como una metáfora mayor del catolicismo, cuyos aparentemente sólidos fundamentos arden sin fin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *