ES ‘OBLIGADO’ EL PROGRESO EN ‘LIBERTAD’

Ustedes me perdonarán unas letras, éstas, aparentemente expresivas de un sentimiento subjetivo. Claro que, bien pensado, acaso no tenga que disculparme pues hoy día cualquier sentimiento dicta el juicio sobre cualquier cosa con la seguridad de que serán acreedores, el sentimiento y el juicio, de que ante ellos se invoque su acogida por parte de los demás con la mayor consideración y, por supuesto, con el máximo “respeto”.

Entre paréntesis, el respeto se entiende como síntoma del acatamiento que todos debemos a lo “políticamente correcto” (no, si le digo a usted que “hoy los tiempos adelantan…”).

Pero dejando ya este excursus y volviendo a lo central de mi preocupación, mis años y mis costumbres ancladas en un odioso pasado me autorizan a pensar que el sentimiento subjetivo que transpira este desahogo pueda no ser compartido por todos ni tampoco que haya quien encuentre adecuada la exposición pública de lo que pueda sentir; ya ven, ¿qué quieren?, respecto a determinadas cuestiones hay gente que se resiste al progreso. Pero pasemos ya a exponer lo que siento y el porqué de mi sentir.

Pues me embarga una profunda preocupación y desasosiego desde que anoche vi en televisión –en su obsequio callaré la identificación de la emisora- un spot en el que implícitamente se equipara una fregona a un perro de lanas. Comprenderán ustedes mi inquietud. Nada menos que un perro equiparado a un mero instrumento material que, hoy por hoy y quién sabe si mañana todavía será así, no es merecedor de ningún reconocimiento particular.

Fácilmente entenderán que mi desasosiego no proviene del hecho de que semejante monstruosidad no haya sido objeto de prohibición a que se publicara; no, eso no, de ninguna manera, pues representaría una censura y por lo tanto una restricción al derecho humano, fundamental y etc. de libertad de información y de expresión, ahí es nada, ¿cómo voy a pensar siquiera en semejante barbaridad?, ¿cómo podría alguien pensar siquiera en que la solución al problema planteado se resolvería cercenando aquella  preciada libertad tan duramente conseguida gracias a los sacrificios sin cuento de los progresistas en el pasado y tan esforzadamente defendida día a día por los mismos benefactores de la humanidad como conquista irrenunciable? No, de ninguna manera. Me tengo por ciudadano que, con los demás, reconoce, agradece y acepta todo lo que alcanza la existencia gracias al sinvivir de quienes están atentos a lo que el progreso demanda en cada instante para imponérnoslo como muestra de su generosidad.

El desasosiego que me causó el spot al que me refiero proviene de comprobar que, pese al esfuerzo y sacrificio de nuestros formadores como hombres libres y no sometidos a nada extrínseco o trascendente a nosotros, todavía queda alguien que actúa al margen de la tabla de los derechos humanos, ¡huy! qué digo, de los derechos del perro que son salvaguardia de su dignidad. O es que los perros no tienen la misma dignidad que nosotros ¿eh?.

La subsistencia de quienes todavía conservan resabios antiguos, freno del progreso, justifica sobradamente dos cosas esenciales: en primer lugar, que todavía se prolongue en el tiempo el fraccionamiento social en grupos y grupitos según sea el grado de su aceptación del progreso; en segundo término, que sea necesario contar con alguien investido de la potestad de marcarnos a todos los demás el rumbo que ha de seguir nuestro modo de pensar y de actuar de hombres libres.

¡Uf!, terminado el presente papel, advierto que yo mismo todavía estoy contaminado por las obsoletas ideas antiguas. Pobre de mí, ¿pues no he hablado solo de perros sin tener en consideración la necesidad de usar el lenguaje inclusivo que es síntoma del progreso?

En fin, que progresando, progresando pronto nos encontraremos de nuevo en las cavernas. ¡Yupiii!

José Mª De la Cuesta y Rute

Madrid,  19 de febrero de 2019

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