¿TENEMOS ALMA LOS LIBERALES?

¿TENEMOS ALMA LOS LIBERALES?

«Así que, sí, los liberales sí tenemos alma, no somos unos desalmados. Es más, creemos que una sociedad regida por nuestros postulados sería una sociedad más libre, más próspera y en la que el estado no tendría la posibilidad de aplicar coercitivamente ninguna receta ideológica».

Publicado originalmente en el blog Tadurraca

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El pasado Jueves 21 de Marzo leí en “El Mundo”, en la siempre interesante sección “Tribuna”, un artículo de Andrés Betancor, Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Pompeu Fabra. Pongo a continuación un link al mismo para el que quiera ir a las fuentes.

https://www.elmundo.es/opinion/2019/03/21/5c92445afc6c838e308b46a0.html

Me llamó la a tención su título, una pregunta dura: “¿Tienen corazón los liberales?” El título ya revela dos cosas: 1ª Que el autor no es liberal y, 2ª, que el autor no tiene mucha estima por los liberales, porque la pregunta es una pregunta retórica que lleva la respuesta implícita. No, los liberales no tienen corazón. Como me considero liberal, lo leí y encontré en él curiosos desenfoques. De ahí que me haya lanzado a escribir estas líneas poniéndoles un título que, primero, parafrasea y agrava la pregunta del autor, segundo, me incluye a mí y, tercero, no está formulado de forma retórica sino reivindicativa: “¿Tenemos alma los liberales?”

Lo más chocante del artículo es una digresión situada en el centro del mismo, como metida allí con calzador. En ella, el autor se declara en contra de una ley que “modifica la legislación electoral a los efectos de permitir a los partidos políticos, en el marco de sus actividades electorales, ‘la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas’” (art. 58 bis Ley orgánica 5/1985, añadido por la Ley orgánica 3/2018). Y, curiosamente, parece concluir de ese circunloquio que a los liberales no nos importa la protección de la libertad del individuo frente a tal desafuero. Por supuesto que nos importa y por supuesto que nos parece una aberración. Si algo ha caracterizado el pensamiento liberal desde sus inicios, es su intento de limitar el poder del estado evitando que interfiera, limite o, incluso, anule, la libertad individual más allá de unas pocas leyes de convivencia justas e iguales para todos. Sorprende, por tanto, que se lance esta piedra sobre el tejado de los liberales. Volveré sobre este tema al final de estas páginas. Pero, dejando aparte esta extraña digresión, el resto del artículo, antes y después de esa pieza central, también presenta curiosos desenfoques.

El primero se refiere a la figura de Adam Smith. Cuando los no liberales hablan de Adam Smith lo hacen con dos desenfoques importantes. El primero es considerar a este economista como el santón, intocable e inmensamente venerado, de los liberales. El segundo es presentar a Smith como una persona que evolucionó desde ser un hombre con sanos principios morales hasta llegar a ser un pequeño monstruo que únicamente elogia el egoísmo. Y sería este supuesto segundo Adam Smith el venerado por los liberales y el padre de la famosa y “culpable” mano invisible. Voy a intentar enfocar ambas imágenes.

La primera: Los liberales vemos a Adam Smith como un ancestro lejano, venerable, digno de respeto, pero muy superado por el pensamiento liberal actual. De hecho, el pensamiento liberal de Smith nació ya superado por los primeros liberales conocidos de la historia y muy anteriores a él: Los componentes de la Escuela de Salamanca de la escolástica tardía. Me explico. Smith jamás fue capaz de resolver el problema del precio y del valor. Se quedó en un estadio contradictorio en el que reivindicaba el valor sustancial de los bienes frente a su precio. Los bienes deberían acabar tendiendo a su valor sustancial. Si su precio no coincidía con aquél, era debido a cuestiones espurias, llamadas a desaparecer y a hacer que el precio se ajustase a ese valor sustancial. Jamás dejó muy claro Smith cuál era y cómo se determinaba ese valor sustancial de los bienes. De hecho, esa ambigüedad dejó juego a Karl Marx para llegar a formular la teoría de la plusvalía, según la cual, el valor sustancial de las cosas era el valor del trabajo acumulado en ellas. La diferencia entre el precio de ese bien y ese valor sustancial era lo que Marx llamaba plusvalía, y consideraba a ésta como un simple y llano latrocinio del sucio capitalista. Porque, naturalmente, para Marx, el capital no tenía el más mínimo derecho a ser retribuido. La estupidez de semejante teoría de la plusvalía es tan evidente que me da casi vergüenza dedicar unas líneas a mostrarla. Pero a veces no le queda a uno más remedio que dedicar unas líneas para desmontar estupideces patentes. Vayamos primero con el valor sustancial del trabajo acumulado. Para Marx, si para hacer, digamos, un coche de caballos, se incurría en ineficiencias que hiciesen que hubiese que pagar por el trabajo acumulado cantidades extraordinarias, ese era el valor sustancial de ese bien. Daba igual si estaba bien o mal hecho, si era más sólido o más frágil, si era bonito o espantoso, si ofrecía mucha o poca resistencia al esfuerzo de los caballos, etc. El valor sustancial de ese coche de caballos era el del trabajo acumulado en él. Por supuesto, no decía ni una sola palabra sobre el valor sustancial de los salarios que había que pagar a los que trabajaban. Esa pescadilla que se muerde la cola fue sistemáticamente ignorada por Marx. Pero, además, ¿quién ha dicho que el capital no merece retribución? ¿Por qué no? Habría que preguntar a quien eso diga si él, o alguien a quien él conozca, pondría su dinero para producir unos bienes sin recibir por ello nada a cambio. Seguro que ni Marx ni nadie en su sano juicio lo haría. Porque nadie pone dinero sin esperar de ello una rentabilidad. Y esa rentabilidad, en una economía libre de mercado, está en proporción al ingenio de quien pone el dinero o de quien lo administra. Porque, precisamente, si hace unos bienes tan apetecibles por los que la gente, libremente, paga más que lo que ha costado producirlos, esa plusvalía será la retribución a su dinero. Por el contrario, si hace bienes por los que nadie pagaría libremente lo que ha costado producirlos, ese capitalista pierde su dinero. Esto es lo que hace justa y válida la retribución del capital. Retribución sujeta a riesgo y, por tanto, variable en función del ingenio de aquél a quien se le ocurre hacer un bien apetecible y hacerlo bien y barato. Por supuesto, para hacerlo barato, podrá intentar pagar poco a quienes trabajan. Esto llevaba a Marx –y a otros muchos más, entre otros a David Ricardo, otro padre putativo del liberalismo, no tan respetado como Smith– a pronosticar un panorama apocalíptico en el que los salarios reflejarían exactamente el mínimo de subsistencia vital del trabajador. Pero si hay mucha gente que quiere contratarlos, el mercado hará que salario de estas personas suba. No hay que ser un lince para ver que eso es exactamente lo que ha pasado con los vaticinios catastrofistas de todos los agoreros, David Ricardo incluido. Si me he extendido hablando de Marx es para decir que el pensamiento de éste, debe mucho a Smith y, por lo tanto, los liberales, aún reconociendo mucho valor al pensamiento de éste, no lo consideramos como al oráculo de Delfos del liberalismo. Los autores de la escuela de Salamanca, en cambio, dejaron muy claro, más de un siglo antes de que naciera Smith, que no existía nada que pudiese considerarse como valor sustancial de un bien y que el libre acuerdo entre las partes que lo compraban y vendían era el precio justo del mismo. No hablaban aún de la oferta y la demanda, porque esa terminología no se había inventado todavía, pero, aún sin nombrarlas, estaban implícitas en su pensamiento. Tal vez la proscripción en Inglaterra y sus dominios del pensamiento y los escritos católicos, hizo que el pensamiento de la Escuela de Salamanca cayera en el olvido. Pero de no haber sido así, Smith hubiera estado mucho más acertado en sus teorías sobre el valor y el precio y, sin duda, el mundo sería distinto. Quién sabe si ni siquiera se hubiera formulado la estúpida teoría de la plusvalía de Karl Marx. Pero la historia es la que es. Queden, no obstante, aquí estas reflexiones sobre nuestro ancestro, respetado, pero no deificado, Adam Smith.

Voy ahora a la segunda imagen desenfocada en el artículo de Betancor. Para los no liberales que nos ven a los que lo somos con cierta sospecha, hay dos Smiths: el bueno y el malo. El bueno sería el que escribió en 1759 la “Teoría de los sentimientos morales”. El malo sería el que escribió, 17 años más tarde, en 1776, “La riqueza de las naciones”. Según estas personas, en este lapso de tiempo Smith se convirtió de un probo ciudadano en un desalmado. El Profesor Betancor es, sin duda, una de estas personas. Para corroborarlo, cito textualmente dos párrafos de su artículo (que, como he dicho, puede leerse íntegro en el link de más arriba)

“Adam Smith, uno de los padres del liberalismo, es recordado por una frase, recogida en su libro ‘Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones’ (1776), que dice lo siguiente: ‘Al perseguir su propio interés [el individuo] frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentarse fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo’. Utiliza la célebre metáfora de la ‘mano invisible’; la que une la persecución del interés propio con el de la sociedad. Es la máxima exaltación del egoísmo: sirve a tu interés, ya que el de los demás se verá satisfecho como la consecuencia natural de aquel.

Sin embargo, con anterioridad, su libro La teoría de los sentimientos morales (1759) comenzaba con la siguiente afirmación: ‘Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla’. Y extrae la siguiente consecuencia: ‘Quien no está dispuesto a respetar las leyes y a obedecer al magistrado no es un ciudadano, y quien no aspira a promover, por todos los medios a su alcance, el bienestar del conjunto de sus compatriotas no es ciertamente un buen ciudadano’”. (Las negritas son del artículo original).

Lo que pasa por alto el autor del artículo es que el Smith de 1759, el de la “Teoría de los sentimientos morales”, escribía en esa obra:

“Los hombres de negocios están guiados por una mano invisible […] y de esta manera, sin buscarlo, sin saberlo, sirven al interés de la sociedad”.

Y que, por otra parte, el Smith de 1776, el de “La riqueza de las naciones” escribía en esa segunda obra:

“no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”.

Así es que no existen esos dos supuestos Adam Smith. Son el mismo con, naturalmente, la evolución que se puede producir en 17 años en el pensamiento de cualquier ser humano. Pero también es un grave desenfoque decir, como hace Betancor, que unir la persecución del interés propio con el de la sociedad. Es la máxima exaltación del egoísmo: sirve a tu interés, ya que el de los demás se verá satisfecho como la consecuencia natural de aquel’. Otra de las frases de “La riqueza de las naciones” que hace alusión a la mano invisible dice:

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero por las que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

¿Acaso es egoísmo que el carnicero, el cervecero o el panadero tengan a tiempo para nuestra cena la mejor carne, cerveza o pan posibles al mejor precio y con el mejor servicio para sus clientes? ¿O tal vez si estuviesen pensando en un bien social de altísimo nivel pero que está fuera de su alcance y, haciendo eso descuidasen la calidad de la carne, cerveza o pan, serían más generosos? ¿O deberían hacerlo sin pensar en su propio interés que es el que les lleva a poder alimentarse el mismo y su familia, educar y cuidar a sus hijos? ¿La persecución honesta del lícito propio interés es egoísmo? Pues entonces, todos, incluido el autor del artículo somos egoístas. No hay ninguna contradicción entre buscar honestamente el lícito interés propio y querer el bien de la sociedad haciendo lo que uno sabe hacer bien hecho. Más aún, hay una clara sinergia. Sin duda, hay más egoísmo en los que tienen pensamientos y discursos grandilocuentes sobre el bien común y la erradicación de la pobreza, pero no hacen bien lo que tienen que hacer. Por lo demás, la historia demuestra con los hechos, de una manera notoria para quien quiera verlo, que esa búsqueda del propio interés es el que ha llevado a que, por ejemplo, haya riqueza suficiente que permita cosas como las vacaciones pagadas, las bajas de maternidad, el seguro de desempleo, la sanidad universal y otras cosas que hoy nos parecen normales pero que hace tan solo un siglo eran un sueño, una utopía.

Pero conviene, además, darse cuenta de que Smith, prudentemente, mete la palabra frecuentemente en el texto citado por el autor del artículo: “Al perseguir su propio interés [el individuo]frecuentemente[1] fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentarse fomentarlo”. Es evidente que al introducir este “frecuentemente”, Smith está diciendo que eso no ocurre siempre. Esto es lo que da lugar a que haya gente que piense que el estado es capaz de arreglar estas “imperfecciones” del mercado. Craso error porque el sapientísimo estado está formado por personas que, en primer lugar, su inteligencia está totalmente superada por la inmensa complejidad del mercado y, en segundo lugar, no son espíritus puros y fácilmente caen en la tentación, a menudo irresistible, de usar el poder que les dan esas intervenciones supuestamente correctoras para sus propios intereses o, lo que es peor, para los intereses de aquellos que pueden verse afectados por sus correcciones. Es muy típico, y podría poner bastantes ejemplos, que estas intervenciones que pretenden arreglar un problema del mercado, no sólo no lo arreglan, sino que crean otros mucho mayores. Lo que suele ocurrir es que el problema que se quiere resolver es público y mediático y los problemas que se crean son difusos, anónimos y no saldrán nunca en ningún medio de comunicación más que a través de sus perniciosos efectos difusos que no se atribuirán a esa “benéfica” intervención. Frédéric Bastiat, economista francés del siglo XIX ilustró esto magníficamente en una serie de artículos agrupados bajo el nombre de “Lo que se ve y lo que no se ve”. El que quiera leerlos, los puede encontrar fácilmente en internet.

Alguien podría pensar que si es cierto que la complejidad del mercado supera con mucho la capacidad del funcionario que quiere “mejorarlo”, también superará la de los agentes que lo forman. Pero ocurre que el mercado es una inteligencia distribuida. Nadie toma decisiones globales, sino que cada agente toma pequeñas decisiones que, coordinadas espontáneamente con miles de millones de otras, a través de las miles de millones de señales de precios que emiten los mercados crean la inmensa eficiencia del mercado, imperfecta, cierto, pero no mejorable por la intervención del estado. En el mercado, el que acierta en sus decisiones, que son decisiones a la medida de su capacidad, gana dinero y crece. El que se equivoca, pierde. Así, pagan de su bolsillo sus propios errores en problemas a su medida. Esta autoselección hace que la mano invisible funcione bastante bien, aunque no perfectamente bien. Pero estos fallos que pueda tener el mercado no pueden ser subsanados por una mente limitada de un probo funcionario, por muy cargado de buena voluntad que esté. Además, los macroerrores que cometa el funcionario, no recaen sobre su bolsillo, sino sobre los de los ciudadanos. Y no digamos si actúa con intereses ajenos al mercado, cayendo en la tentación de favorecer a quien más le pueda favorecer a él. Entonces gana cuando prevarica. Esto es un claro ejemplo de incentivos perversos. No me resisto a poner aquí dos links a un curiosísimo relato de Leonard E. Read con el título “Yo, lápiz” que ilustra magníficamente lo que aquí digo. El primero lleva al texto original en inglés. El segundo a una animación magnífica de 6 minutos, hecha en base a ese texto y con subtítulos en español. Recomiendo vivamente ambos.

https://fee.org/media/14940/read-i-pencil.pdf

https://youtu.be/sDgwzMBJeio

Sin embargo, hay un refrán español que dice que “unos escardan la lana y otros se llevan la fama”. Esto es lo que ha pasado con Adam Smith y Bernard de Mandeville. Efectivamente, este autor holandés escribió en 1714, nueve años antes de que naciera Smith, un libro titulado “La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública”. En esta obra pueden leerse frases como: “Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer que un gran panal sea un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir si queremos gozar de sus dulces beneficios”, o: Me congratulo a mí mismo por haber demostrado que ni las cualidades amigables, ni los tiernos afectos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir por la razón y la abnegación son el fundamento de la sociedad; sino que lo que llamamos mal en el mundo […] es el gran principio que nos hace criaturas sociables […], de la vida y del soporte de todas las transacciones y contrataciones de trabajo, sin excepción: que en el momento en que el mal cese la sociedad será expoliada si no totalmente disuelta”. Es difícil encontrar frases más terribles y, a la vez, más falsas. Como si el carnicero, el cervecero o el panadero tuviesen que ser unos desalmados para tener una carnicería, una cervecería o una panadería prósperas. Al revés, sus cualidades amigables, sus tiernos afectos que son naturales en el hombre, y las virtudes reales que son capaces de adquirir por la razón y la abnegación, unidos a su sano y legítimo interés, harán que su negocio vaya mejor. ¿Leyó Adam Smith esa obra de Mandeville? ¿Cuál fue su juicio sobre ella? Las respuestas a estas dos preguntas son: “sí”, y “muy negativo” Efectivamente, en su “Teoría de los sentimientos morales”, Smith escribe: “Hay otro sistema que parece desechar la distinción entre el vicio y la virtud y cuya consecuencia es, en mi opinión, absolutamente perniciosa: Me refiero al sistema del Sr. Mandeville”. Y no hay nada que pueda hacer pensar que en los diecisiete años que median entre la “Teoría de los sentimientos morales” y “La riqueza de las naciones” Smith se hiciera “mandelvilliano”. Y lo mismo ocurre con los liberales de hoy en día. No creo que haya uno solo que crea en ese perverso sistema de Mandeville. Ese liberal desalmado es tan solo una caricatura creada por la izquierda y consumida acríticamente por algunos “bienpensantes”. Pero la historia a veces juega esas jugarretas y al pobre Adam Smith le ha tocado llevarse la mala fama de la sucia lana que escardó Mandeville. Y lo mismo nos pasa a los liberales.

Otra crítica que los no liberales hacen a menudo al mercado se refiere a su ceguera para cosas que no sean inmediatamente traducibles a dinero. Crítica totalmente falsa. Los mercados, además de considerar aspectos materiales que inciden en la fijación de precios, ponen también precio a nuestros sentimientos, buenos o malos, en función de la importancia que nosotros mismos les demos. Supongamos, por ejemplo, que la gente tiene un deseo inmenso de comprar productos que sean amigables con el medio ambiente. Por ejemplo, que en su fabricación se consuma poca agua y se produzca el mínimo CO2 posible. Si ese sentimiento, por profundo que sea, no nos lleva a estar dispuestos a pagar más por esos productos, evidentemente, el mercado no los tendrá en cuenta porque, sencillamente, a nosotros nos importan tan poco que no pasan del puro sentimentalismo. Pero imaginemos que hubiese, digamos, un 30% de las personas que estuviesen dispuestos a pagar un 10% más por un producto amigable con el entorno ecológico. Entonces el mercado haría que pasasen dos cosas. La primera que apareciesen empresas capaces de medir la huella de CO2 o hídrica de la fabricación de esos productos y, la segunda, que las empresas empezasen a invertir en procesos productivos que lograsen rebajar esas huellas. Desde luego, como dijo Adam Smith, lo harían buscando su propio interés, pero lo harían. He aquí la mano invisible. Y lo harían mejor que cualquier medida que pudiese impulsar el estado y, además, de manera más justa, porque sólo pagarían más por esos productos los que les importasen esas cuestiones, mientras que si el estado, para dar subvenciones, aumenta los impuestos, éstos los pagarán tirios y troyanos, con independencia de que les interese o no el asunto. Y, además, las subvenciones se darán, con gran seguridad, con sistemas erróneos cuando no corruptos. He puesto el ejemplo de productos amigables con el medio ambiente, pero lo mismo podría decirse de empresas que ofrezcan mejores condiciones de desarrollo profesional o respetuosas con la conciliación o con principios éticos sanos, etc., etc., etc. El mercado asignaría pecios y recursos en función de nuestro interés real, no en base a deseos buenistas.

Por otro lado, un terrible problema que puede crear el estado es el de convertirse en una plataforma de coerción a favor de ciertas ideologías que puedan ganar la suficiente fuerza como para utilizarlo subrepticiamente a su favor. Por ejemplo, la ideología de género no podría subsistir si la fuerza coercitiva del estado. Sólo un estado dominado de forma solapada, por la dejación de su inteligencia por parte de los legisladores, puede obligar a alguien a que si mañana un hombre decide que es mujer en vez de hombre, el resto de los ciudadanos puedan ser multados o, incluso condenados, si no aceptan su pretensión. Cada uno, naturalmente, en uso de su libertad, puede decir que es una mujer, un hombre o un caballo. Pero lo que no debería poder es obligar a otros a que acepten una afirmación así. O, como ocurre en España, que una persona con tendencias homosexuales que quiera luchar contra esa tendencia no pueda recibir ayuda psicológica por un profesional y que éste pueda también ser multado o condenado si se la presta. No entro en la estúpida discusión de si la homosexualidad es o no una enfermedad o una anomalía ni si los tratamientos que pueda haber para paliarla son o no eficaces. Lo que digo es que una ideología que solapadamente se ha hecho con ciertas palancas del estado, consigue que éste promulgue leyes que prohíban ese tratamiento, sea éste eficaz o no. Hay una enorme cantidad de tratamientos ineficaces que son seguidos por millones de personas ayudados por quien cree en ellos, sin que por ello se pueda considerar que quien los prescribe y guía es un delincuente. Estos dislates sólo se logran con un estado que se sale de lo que le es propio. Pero aquí, en España, lo tenemos. Los liberales estamos contra un estado que pueda actuar así.

Entre estas actuaciones indeseables del estado se encuentra la que el autor del artículo denuncia en el mismo: una ley que “modifica la legislación electoral a los efectos de permitir a los partidos políticos, en el marco de sus actividades electorales, ‘la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas’”. No, señor Betancor, los liberales, en este asunto, no somos parte del problema, sino parte de la solución.

Así que, sí, los liberales sí tenemos alma, no somos unos desalmados. Es más, creemos que una sociedad regida por nuestros postulados sería una sociedad más libre, más próspera y en la que el estado no tendría la posibilidad de aplicar coercitivamente ninguna receta ideológica.

[1] Esta negrita es mía

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