¿TIENE RAZÓN TRUMP EN LA GUERRA COMERCIAL CON CHINA?

¿TIENE RAZÓN TRUMP EN LA GUERRA COMERCIAL CON CHINA?

Cuando hablamos de guerra comercial como si fuera una novedad, cometemos un error de diagnóstico. Llevamos años de guerra comercial. Estados Unidos lleva denunciando las barreras comerciales impuestas por China y otros países de manera directa e indirecta desde hace años, con una Organización Mundial del Comercio que no hacía nada al respecto.

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Artículo de Daniel Lacalle publicado originalmente en «Actualidad Económica»

¿Tiene Razón Trump En La Guerra Comercial?

Los beneficios del libre comercio son evidentes. La eliminación de aranceles y trabas administrativas han supuesto una mejora de las condiciones de vida de todos y un avance del crecimiento sin precedentes.

Sin duda, el libre comercio y la apertura han sido los grandes avances de la humanidad y la mejor forma de reducir la pobreza y el hambre.

Sin embargo, últimamente escuchamos con insistencia dos palabras que creíamos erradicadas del diccionario. Proteccionismo y aranceles.

¿Se ha acabado la era del libre comercio y volvemos a la época oscura del proteccionismo? Para nada. Lo que estamos viviendo estos meses con la disputa comercial entre Estados Unidos y China no es una guerra comercial, es una negociación entre el mayor consumidor (Estados Unidos) y su mayor suministrador (China). Como en cualquier negociación de esas características, el cliente exige que se le trate de manera preferencial y aprieta al suministrador.

Cuando hablamos de guerra comercial como si fuera una novedad, cometemos un error de diagnóstico. Llevamos años de guerra comercial. Estados Unidos lleva denunciando las barreras comerciales impuestas por China y otros países de manera directa e indirecta desde hace años, con una Organización Mundial del Comercio que no hacía nada al respecto.

El resurgimiento del proteccionismo no es una novedad y no ha llegado con Trump.

Desde 2008, el país que más medidas proteccionistas ha impuesto ha sido EEUU, según Geopolitical Intelligence Service. Entre 2010 y 2015, se implementaron entre 50 y 100 nuevas medidas proteccionistas en los primeros cuatro meses de cada año. En 2016, más de 150.

La defunción del tratado Transpacífico (TPP) no era una novedad tampoco. Hillary Clinton afirmaba, ya en 2016, que se oponía al tratado y lo iba a eliminar.

Lo triste de toda esta ola proteccionista es que llega por todos lados, desde Japón a India. Cincuenta y cinco países han aumentado medidas proteccionistas en los últimos ocho años, según Global Trade Alert. La Unión Europea no se queda atrás, imponiendo medidas que limitan el libre comercio en agricultura, automóviles, industria y alimentación.

Adicionalmente es divertido ver que los medios ensalcen las palabras del primer ministro chino sobre globalización y apertura cuando una de las naciones más proteccionistas del mundo es China, que alienta el proteccionismo a través de sus empresas estatales ineficientes. Más de un tercio llevan años en pérdidas con respecto a su coste de capital y aumentando sobrecapacidad mientras se las mantiene zombis con bancos y dinero público. Esa sobrecapacidad, que alcanza el 40%, les lleva a vender el exceso de producción a precios muy inferiores al coste. Pero además, China impone medidas restrictivas en otros frentes: no respetar la propiedad intelectual, imponer controles de capitales y unos tribunales que son un brazo del poder político.

El gran problema de las disputas comerciales con China es que la Organización Mundial del Comercio no está funcionando como ente defensor de los principios de libre comercio. La inmensa mayoría de las disputas ganadas no llevan a medidas liberalizadoras.

Entre 2004 y 2018, Estados Unidos presentó 41 quejas contra China, en 27 diferentes áreas. De esas 27 áreas, la mayoría (22) se quedaron en unos compromisos poco claros y con medidas vagas o que se quedan en papel (“Paper Compliance: How China Implements WTO Decisions,” Michigan Journal of International Law).

Las cifras son muy importantes. Según al Departamento de Comercio de EEUU, la propiedad intelectual supone casi el 38% del PIB de EEUU (U.S. Department of Commerce, Intellectual Property and the U.S. Economy, 2016). Pues bien, el 87% de los bienes pirateados confiscados en los EEUU viene de China y el 70% del software utilizado en China está pirateado de los EEUU. El impacto negativo para la economía norteamericana, solo en el área de propiedad intelectual, es de $600.000 millones (China: Effect of Intellectual Property Infringement and Indigenous Innovation Policies on the U.S. Economy,” Investigation No. 332-519). Una cifra que casi duplica el superávit comercial que China tiene con EEUU. Es decir, que si China cumpliese con la legalidad en propiedad intelectual, seguridad jurídica y libertad de capitales, no solo no tendría superávit comercial con EEUU sino que tendría el mayor déficit comercial del mundo.

Es esencial comprender este aspecto a la hora de analizar por qué China incumple insistentemente las reglas mínimas de comercio internacional. Su economía entraría en barrena y el PIB no estaría creciendo ni la mitad de lo que las autoridades muestran.

Es por ello que episodios como los de algunas empresas tecnológicas son más fáciles de entender con la perspectiva de los incumplimientos de propiedad intelectual de China. El gigante asiático ha puesto innumerables barreras en su territorio, copiado y pirateado software, ha prohibido la actividad de empresas norteamericanas y “creado” desde la connivencia con el poder político empresas aparentemente competidoras. Y ahora se queja.

Si China cumpliese con las reglas mínimas anti-dumping y de respeto a la propiedad intelectual, perdería más de $1 billon de PIB al eliminar subvenciones ilegales a empresas estatales, financiación de circulante a empresas con sobrecapacidad y comprar patentes a su coste de mercado (U.S. Department of Commerce, 2016).

Los aranceles son la peor forma de combatir el proteccionismo.

El mercantilismo estatista y el proteccionismo de China no se debe combatir con aranceles, en eso estamos de acuerdo todos los defensores de la libertad. La postura lógica, que comparto, es argumentar que el proteccionismo chino solo perjudica a China y que el resto del mundo se beneficia de bienes y servicios más baratos. Que el proteccionismo se combate con más libre mercado. Y es cierto… Si el objetivo del rival es el progreso, no el control.

Esta teoría sería impecable en un mercado abierto. Las empresas chinas ineficientes caerían por su propio peso, y el mercado solventaría a medio plazo el error mercantilista chino, beneficiando a consumidores de todo el mundo en el proceso. Solo hay un problema. En China no hay mercado abierto.  Cuando el sistema financiero no funciona con criterios económicos sino que continúa refinanciando sectores deficitarios, perpetuando la sobrecapacidad y manteniendo las empresas zombi, entonces los mecanismos de mercado se desvirtúan ante un objetivo de largo plazo más peligroso. Ahogar a los competidores globales para suplantarlos.

El lector liberal me dirá, con razón, que esa práctica financiera terminará por quebrar a los bancos, y tiene razón… Si en China el movimiento de capitales fuera libre y la moneda flotara libremente. ¿Cuál es el problema? Que no ocurre. China mantiene estrictos controles de capitales que impiden la circulación abierta de los mismos. Tanto, que el famoso tweet de Trump que reabrió los aranceles en mayo de 2019 se produjo unos días después de que China impusiese mayores restricciones a la salida de divisas. Lo mismo ocurre con el Yuan, una moneda que solo se usa en el 4% de las transacciones globales (el dólar se usa en el 87%) a pesar de la enorme relevancia de China en la economía global. ¿Por qué? Porque es una moneda artificialmente cotizada.

Estos dos factores, control de capitales y moneda intervenida, convierten a China en una economía extremadamente intervenida que está manteniendo esos enormes desequilibrios –sobrecapacidad, endeudamiento y rentabilidades muy por debajo de coste de capital en sus grandes empresas- durante un periodo mucho mayor a lo que  ninguna economía podría soportar. Ni EEUU ni ninguna. Si le añadimos un poder judicial completamente dependiente del poder político, nos encontramos con una dictadura mercantilista, no con una economía abierta. Y esa aparente, gradual y mínima apertura se ha tolerado porque “China crece mucho” en el pasado. Sin embargo, tras dos décadas, la evidencia nos muestra que China juega con las cartas marcadas.

Estados Unidos está ganando este desafío.

China necesita mucho más el superávit comercial con Estados Unidos para mantener su crecimiento extremadamente endeudado que Estados Unidos las compras de deuda por parte de China. China no es el principal comprador de bonos de Estados Unidos, ni de lejos. Son los propios fondos, reserva federal y seguridad social de Estados Unidos. Diez fondos de inversiones norteamericanos (Vanguard, Fidelity, Blackrock, Capital, PIMCO, JP Morgan etc) tienen más bonos de EEUU que China en su totalidad. La demanda de las emisiones de deuda norteamericana se mantiene en más del doble de la oferta y la rentabilidad exigida al bono a 10 años se ha reducido a un 2,2%, no ha aumentado. Incluso si China vendiese, ese papel se absorbería en el mercado en pocos días. Pero es que, si China vendiera, el yuan se desplomaría en poco tiempo incluso con el control de capitales, porque esos bonos de EEUU son reservas para China.

China no puede mantener su crecimiento –basado en una enorme burbuja de deuda- si sus exportaciones caen. Y su superávit comercial con Estados Unidos es ya de casi $300.000 millones anuales.

Una caída del crecimiento de las exportaciones de China supondría un desplome de las reservas en moneda extranjera. Dichas reservas se han ido recuperando un poco recientemente, pero han caído un 21% desde los máximos de 2014.

Un desplome en las reservas de moneda extranjera acentuaría la fuga de capitales que ya se está dando, lo que llevaría a aumentar los desastrosos controles de capitales en China, y con ello, tres efectos. Una caída del crecimiento, un aumento de la ya desproporcionadamente alta deuda y el riesgo de una importantísima devaluación del Yuan.

Para China, la guerra comercial sería devastadora. Para Estados Unidos, un país que exporta muy poco (un 12% del PIB más o menos), cualquier amenaza que lleve a un acuerdo es buena.

El primero que sabe que los aranceles son una mala idea a medio plazo es Trump, pero los aranceles solo son una táctica para forzar que China implemente las reformas que se niega a llevar a cabo. Es una táctica arriesgada, y Trump lo sabe. Porque China, igual que otros países, puede utilizar la excusa de los aranceles para aumentar, no reducir, su proteccionismo y echarle la culpa a EEUU. Lo que está claro es que la política de dejar a China mantener sus barreras anti-comercio esperando que cambien, no funciona.

La táctica de Estados Unidos, no está mal pensada aunque no exenta de riesgo. Aprovecha un momento en el que China ha aumentado de manera desproporcionada sus desequilibrios y en el que la economía y la posición financiera de Estados unidos es muy sólida. En realidad, es parecida a la estrategia que llevó a cabo Reagan con la URSS. Y, como en esa ocasión, EEUU tiene más posibilidades de ganar. Trump, como decía Carlos Slim, es un “negotiator” no un Terminator. Y el resultado de esta disputa será probablemente un acuerdo, pero no una capitulación a los deseos de China.

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