LA POLÍTICA COMO ‘COMMEDIA DELL ‘ARTE’

La respuesta es categórica: nuestros males tienen fácil remedio, si es que la sociedad quiere mayoritariamente afrontarlos y resolverlos.

Artículo de Jesús Banegas Núñez, publicado originalmente en El Independiente

Según Wikipedia: “La comedia del arte –Commedia dell’Arte– o comedia del arte italiana es un tipo de teatro popular nacido a mediados del siglo XVI en Italia y conservado hasta comienzos del siglo XIX. Como género, mezcla elementos del teatro literario del Renacimiento italiano con tradiciones carnavalescas –máscaras y vestuario–, recursos mímicos y pequeñas habilidades acrobáticas. Su aparición es contemporánea de la profesionalización de los actores y de compañías estables”.

Si sustituimos las palabras actores por políticos y compañías estables por partidos políticos, es fácil constatar que la política española de estos días se ha convertido en una comedia teatral, o incluso en un sainete español. En mayor o menor grado -según los partidos políticos- la política se ha convertido en el destino de muchas personas –no todas– carentes de atributos ni experiencias profesionales previas, que encuentran en ella un medio de vida.

Se suele decir que en España los políticos están mal retribuidos, lo que es cierto en los escasos supuestos en los que el político se ganó antes la vida en el mercado profesional, no en todos los demás, la inmensa mayoría, que reciben ingresos gracias a la política que no habrían soñado fuera de ella. Los nuevos actores políticos se pasan ahora la vida actuando permanentemente en los estudios de televisión, formato espectáculo, y en las redes sociales. Las ocurrencias, sin calado ni fundamentos, convertidas en cortas frases twiteras, están a la orden del día, y cambian sin cesar ni norte alguno.

La integridad moral -pensar, decir y hacer lo mismo- ha desaparecido de la escena política, con el actor mas de moda, el presidente interino del Gobierno, liderando esta huida de nuestros más sagrados principios civilizadores. Los guiones políticos ya no los escriben sesudos filósofos, ni pensadores acreditados, ni académicos de prestigio; quedan en manos de especialistas de marketing al servicio de cualquier ideología política.

El espectáculo de la formación del Gobierno de la nación y de otros autonómicos llena horas de las televisiones y las radios, cual vodeviles –“Comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco…” según la RAE– sin que los ciudadanos mas serios y responsables sepan a qué atenerse. Y cuando los más solventes expresidentes del gobierno de la actual etapa democrática recomiendan atender primero los intereses de la nación y en consecuencia centrar la política, nuestros actores políticos aprovechan la ocasión para “echarse al monte” mediante alianzas antisistema.

Mientras tanto, el país funciona gracias al quehacer de la gente normal que libre de nuevas regulaciones y leyes, siempre obstaculizadoras de la vida económica y social, que felizmente no se pueden aprobar, sigue trabajando en sus cosas y “haciendo país” mientras que los políticos lo deshacen. Llegados a este punto, cabe preguntarse si esta comedia–vodevil político tiene remedio, o debemos conformarnos con un destino tan ridículo como de triste final que algunos países como Italia andan recorriendo desde hace tiempo camino de un destino fatal: convertirse en un Estado fallido.

La respuesta es categórica: nuestros males tienen fácil remedio, si es que la sociedad quiere mayoritariamente afrontarlos y resolverlos. Y el remedio no es otro que una reforma del sistema electoral muy simple y resolutiva de los problemas descritos: elección de los diputados en distritos unipersonales por mayoría simple o segunda vuelta si el ganador no supera el 50% de votos emitidos en la primera. La elección de diputados en distritos unipersonales expulsa de la política a quienes carecen de reconocimiento profesional, personal y político de los votantes, ya que en distritos pequeños es crucial “ponerle cara” al candidato: no bastan unas siglas políticas, importa y mucho la personalidad y prestigio de los aspirantes a la representación política.

La segunda vuelta, que debería aplicarse también y de inmediato a la elección de alcaldes, conllevaría a que fuesen los electores, directamente, y no los actores de la commedia dell´arte quienes decidieran los gobiernos. Los espectáculos a que nos tienen últimamente acostumbrados los políticos dejarían de existir y los comediantes se tendrían que emplear en otras cosas, a lo mejor más provechosas.

En ausencia de la segunda vuelta los partidos terminan negociando siempre más cargos públicos, mas prebendas, más gasto público inútil, sin distinción de ideologías; recogen, sin pudor, el botín de sus victorias políticas, cuanto más pírricas mas costosas pues hay que “colocar” a más.

A las élites extractivas de la literatura económica moderna, que obtienen grandes beneficios de su cercanía a los políticos, hay que añadir un enjambre cada vez mayor intereses creados en torno a la política: amiguetes sin competencias ni méritos colocados a dedo en cargos públicos sin pruebas de acceso -que de existir no superarían- y organizaciones cuya única finalidad es cobrar subvenciones públicas asignadas a los fines mas peregrinos y absurdos; el penúltimo, espiar a los niños en el recreo.

Librándonos de los comediantes políticos, las élites extractivas, el capitalismo de amiguetes, las organizaciones subvencionadas y los enchufados políticos, además del alivio de las cuentas públicas todo funcionaría mejor en España al tiempo que la respetabilidad moral regresaría a la política.

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