LA OBSESIÓN ANTICAPITALISTA

LA OBSESIÓN ANTICAPITALISTA

Las pautas que gobiernan el pensamiento del Papa Francisco y que hoy día por cierto se comparten por un no reducido sector de la Iglesia, singularmente por lo que toca a clérigos y pastores, son pautas, innecesaria y erróneamente, coincidentes con las ideas izquierdistas o marxistas.

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El artículo que pueden ver a continuación versa sobre la inmarcesible inclinación del papa Francisco a condenar un sistema de producción – la economía de mercado – que es el que ha sacado al mundo de la miseria ancestral.

Y en esa deformación vaticana reciente, sus epígonos se empeñan en demostrar que no hay en los desarrollos del entorno discursivo del Papa convergencia alguna con el marxismo.

Pues sí que la hay.

Su base es un sumatorio de falsedad, desinformación, desconocimiento, asunción de la lucha de clases y bendición (técnicamente) de la intervención del poder político a través del Estado. A ello sigue su consecuente mengua de libertades personales. Si les parece poco marxista el potaje, pueden ingerirlo.

Ese brebaje, preparado por la ideología de izquierdas, ha sido asumido por el papado. Y en el proceso, ha arrojado por la borda los tesoros que acumula la limpia búsqueda de la verdad y del bien, desde siempre patrimonio del Cristianismo y hasta hace unos años, de la cabeza visible de la Iglesia católica.

En el proceso se han ido jirones de ética, de racionalidad y de libertad. Negar la superioridad del sistema de mercado y su plena congruencia con el Cristianismo no es el menor de los problemas del Papa. Tampoco lo es la verbalización que éste utiliza con ligereza. Esta economía de mercado, Santidad, no mata. Al contrario, da y sustenta la vida. No fastidie.

El autor nos recuerda la famosa parábola de los talentos, que tantos ríos de tinta ha hecho correr. No es baladí. En ella se halla el pilar de los conceptos de igualdad, de responsabilidad, de esfuerzo y de iniciativa que son la base de la economía de mercado.

Y terminada la revisión de la parábola, De la Cuesta pregunta sin retórica alguna dónde en el Evangelio aparece la “opción preferencial por los pobres”. Si usted, lector, la ha encontrado, le estaremos muy agradecidos si nos desvela dónde. Y si no la encuentra – entre otras cosas porque no está – entenderá mejor la superchería de los descartados, esa categoría tan querida al que fuera cardenal Bergoglio.

Dios no tiene preferencias, salvo entre los que siguen la voluntad del Padre. Eso es todo. No la tiene por los pobres, ni por los ecolojetas, ni por los calentólogos. No. La mentira no está entre las opciones divinas. Ni el castigo a los ricos como tales. No lo está.

Por eso es evidente la convergencia entre el discurso papal de nuestros días y el decálogo marxista. Y no sólo la convergencia. La identidad también.

 

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LA OBSESIÓN ANTICAPITALISTA, por José Mª De la Cuesta y Rute

Recientemente se ha publicado que el Papa Francisco no participa de las tesis marxistas de carácter económico aduciendo  en defensa de la inequívoca raíz cristiana de sus ideas que quien se permitiera motejarle de izquierdista por su preocupación por los pobres es que no conoce la literatura de los Santos Padres de la Iglesia. Pues bien, convengo en que la Patrística no puede, por obvias razones, entenderse no ya dirigida a justificar las ideas marxistas sino ni siquiera como convergente con las mismas. La condena de la avaricia así como de la idolatría del dinero, la fácil caída en ellas por parte de quien es rico, la necesidad de cumplir con las obras corporales de misericordia, que es ejercicio de caridad, para con los pobres obedecen a referencias que se encuentran en el Evangelio y, en este sentido, tanto las desarrollan los Padres como el Papa Francisco.

Pero las pautas que gobiernan el pensamiento del Papa Francisco y que hoy día por cierto se comparten por un no reducido sector de la Iglesia, singularmente por lo que toca a clérigos y pastores, son pautas, innecesaria y erróneamente, coincidentes con las ideas izquierdistas o marxistas.

Esta convergencia se pone de manifiesto al considerar que las pautas a que me refiero se sostienen, en primer lugar, sobre falsedades y sobre el deficiente conocimiento de la realidad; en segundo término, se atienen a la fragmentación de la sociedad en grupos que se enfrentan en lucha entre sí; postulan, en tercer lugar, erróneamente, la intervención pública en los procesos económicos a fin de ponerlos al servicio de una igualdad sin fundamento real, y, finalmente, esa intervención que engrandece el Poder del Estado va en detrimento de la libertad de la persona y su perfeccionamiento mediante la práctica de las virtudes al sentir que sus deberes  hacia los demás han sido asumidos por el Estado.

Las falsedades o errores en los puntos de partida, las falsedades o errores en los objetivos y en las consecuencias de su cumplimiento, el fomento del totalitarismo en la práctica y la pérdida de sentido trascendente de la persona son características de la ideología de izquierdas que encima tiene la impudicia de alardear de una “superioridad moral” que queda acreditada por su atención a los que menos tienen. De pasada diré que esto último le es reconocido por una derecha acomplejada que ha renunciado, quizá por ignorancia pero principalmente por la generalizada descristianización, a determinarse por lo que efectivamente le ha distinguido siempre de la izquierda: atenerse a la verdad y al bien.

Presentando mis disculpas por la autocita, encuentro útil referirme a que el año pasado he publicado dos pequeños ensayos que tratan, por lo que aquí interesa, el primero, del significado y alcance de la ciencia de la economía, que si ajena a la finalidad de hacer mejor a la persona, de marcarle el cauce para su perfeccionamiento personal, no deja de favorecer ese mejoramiento por descubrir el modo más adecuado de proceder económicamente, es decir, según el sistema de mercado, y, consiguientemente, en conformidad con la naturaleza y destino terrenal del hombre. Mi segundo ensayo se refiere precisamente a la necesidad de ampliar la razón para de este modo hacer posible una valoración ética, hablando en términos generales, de la actividad económica practicada en el mercado. Pero presupuesto de esta posibilidad es que la acción económica capitalista es de suyo y en su orden buena para la persona en cuanto ser que convive en sociedad con otras personas iguales en dignidad. Ahora bien, la dotación de valor ético para cada persona de cada una de sus acciones de significado o, mejor, contenido económico es cuestión que inevitablemente depende del propio sujeto de cada acción y no del sistema de economía imperante.

He aquí, pues, que, vistas así las cosas, entonces se nos presenta la necesidad de diferenciar respecto de la acción de ese carácter lo que corresponde a su modo de producirse, de un lado, y, de otro, lo que se refiere a su valor ético para el sujeto de la acción. En el primer sentido, es el sistema económico lo que ha de considerarse en cuanto que él determinará el modo de producirse la acción económica; en el segundo, será de considerar el comportamiento de la persona en relación con el resultado positivo de esa acción.

Insistamos en que el sistema económico como tal ha de desenvolverse según los principios que determinan los mejores resultados en el orden económico si es que se desea, como ha de desearse, que dichos resultados sean los mejores posibles.  En román paladino, siendo el fin de la acción económica la generación o intercambio de bienes mediante la utilización de la menor cantidad de recursos siempre escasos, esa acción debe producirse según la ciencia económica enseña; y esa enseñanza tiene como centro sin género de duda al sistema de economía de mercado sustentado en los elementos que lo definen según la Escuela Austriaca de Economía. Es indiscutible que la generación de bienes en que se traduce el sistema no solo no es inconsistente con la condición de la persona sino que se ordena a lo que ésta es.

Significativamente el Génesis (I, 28) señala que al crear Dios al hombre –“hombre y mujer los creó- a su imagen y semejanza pronunció unas palabras que ponen de manifiesto que lo hacen capaz de determinar su actuar del modo que produzca buenos, o sea congruentes, resultados según el mandato que se le confiere. A partir, pues, del momento mismo de su creación, la persona tiene bajo el ámbito de su propio poder cuanto pertenece al desenvolvimiento de su vida. Ello presupone la libertad que, en efecto, implica su carácter de imago Dei.

Pero no se olvide que desde el primer instante, la persona es una unidad indisoluble de cuerpo y espíritu por lo que ejercerá sus potestades tanto sobre uno como sobre otro de esos componentes esenciales. Y, puesto que por causa de la caída la persona perdió la integridad, don que no se restableció por la Redención por Jesucristo, quedaron    separadas las dos esferas –temporal y espiritual- de la persona. Todo lo perteneciente a la esfera temporal quedó disponible para el hombre, como, por otro lado, se deduce de la referencia evangélica a Dios y al César. Y, en concreto, respecto de las diferentes vertientes de la esfera temporal del César ha de conducirse el hombre del modo que resulte mejor según imponga la naturaleza de la acción. De ahí que, tratándose de la vertiente económica, la acción debe conducirse de acuerdo con los resultados que se obtienen a partir del sistema que tiene como centro al mercado.

Consideradas así las cosas, me atrevo a afirmar que el sistema de economía de mercado es plenamente congruente con las ideas cristianas sobre el hombre y sobre el sentido de la autonomía de la esfera terrenal de sus acciones, por lo que no cabe pensar en su contrariedad al orden espiritual, ni siquiera mediante el recurso a ese confuso y, por lo que alcanzo a entender, erróneo concepto de estructura de pecado. Nada que pueda tener relación con el pecado se puede deducir directamente del hecho de atenerse al actuar económicamente al curso de las acciones en el mercado. Sobre que de este sistema se siguen los mejores resultados económicos es algo sobre lo que no puede caber duda por lo abrumador de las pruebas irrefutables a su favor y aunque injustificadamente se nieguen de contrario en una muestra de olvido de la verdad que no puede dejar de asimilarse al apego a la mentira propio del pensamiento (?) marxista.

Pues bien, para el Papa Francisco toda búsqueda de beneficio económico, excluido desde luego el que aun sin ese nombre sin embargo lo integra como es la parte que corresponde al recurso trabajo, es una acción reprobable, una acción nada menos “que mata”.  Se da por supuesto que la acción económica no considera las necesidades de los que no cuentan con recursos de capital para efectuar acciones de esa índole por lo que siempre resultan “explotados” o “descartados”. De aquí deduce la proliferación de los pobres que, por cierto, cada vez son más en número y acreditan mayor pobreza, mientras los ricos, que cada vez son menos en número, son, al mismo tiempo, cada vez más ricos.

Interesa subrayar la falsedad, o al menos falsa creencia, que encierra la última de las afirmaciones anteriores a que sin embargo se atiene, en su beneficio, quien profesa la “religión” marxista en cualquiera de sus obediencias. Y no sólo no es cierta la afirmación anterior sino que es derechamente contraria a la verdad de los hechos que se prueban irrefutablemente por sí mismos. Sólo los marxistas son capaces de negar los hechos que se oponen a sus imaginarias falacias sustentadoras de sus propuestas ideológicas en tanto que éstas les favorecen. Siendo así las cosas, negar en este punto la realidad, como hace el Papa Francisco, es por cuanto se dijo anteriormente contradictorio con nuestra fe así como, por lo últimamente avanzado, conforme a la ideología de las izquierdas.

Por otro lado, tal y como se considera la economía de mercado que, recordémoslo, según el Sumo Pontífice, mata además de someter a explotación a los que prestan su trabajo a los fines de la generación de riqueza, se contradice con la realidad que evidencia el efectivo progreso de la humanidad tanto en cuanto a los modos de vida como a su alargamiento que se ha producido gracias a la economía de mercado, esto es, el capitalismo. Tal parece que es un ideal –hoy perdido- vivir en las cavernas y en régimen tribal. Aquí conviene sin embargo recordar que fueron los monjes de San Benito quienes iniciaron las técnicas agrícolas que mejoraron la producción de ese carácter; no parece, pues, que mantener por encima de todo las formas arcaicas del cultivo agrario pudiese ser un objetivo permanente.

Por lo que se refiere a la participación de todos cuantos intervienen en la generación de riqueza en los beneficios según resulta del ejercicio empresarial proyectado al mercado, una crítica “moral” de ese ejercicio no puede formularse desde la estricta práctica capitalista; ni, de otro lado, tampoco siquiera en las peores circunstancias en que esa práctica se ejerza dejará de ser posible la extensión y, en consecuencia, el mantenimiento como mínimo del número de puestos de trabajo. Si bajo el pretexto de acrecentar el número de esos puestos se recurre a cualquier medio coactivo o incluso a crear artificialmente puestos “públicos”, o no se crearán tales puestos o será a costa de engañosos artificios de imposible mantenimiento incluso a corto plazo. Quien piensa como se rebate aquí puede ser considerado entre los marxistas que fían todo al Poder, naturalmente por ellos detentado y “usufructuado”.

Mi condición de lego en los saberes de la teología moral la suplo para poder decir lo que acabo de sostener con mi conocimiento de la Escritura. La parábola de los talentos es bien expresiva de que nuestro Padre Dios alaba a los hombres que pusieron sus talentos a producir o generar nuevos bienes, mientras que condena a quien se limitó a atesorar su haienda. Por cierto que no me resisto a mencionar la escasa atención que, a mi juicio, se presta a esta luminosa parábola en la acción pastoral de la Iglesia. Su luz irradia hasta inundar otros aspectos, que gracias a ella quedan invalidados, de lo que se dice es doctrina de la Iglesia y, en particular, de la que sostiene como tal el Papa Francisco. Con el fin de que este ensayo no alcance dimensiones muy considerables, enunciemos sencillamente alguno de los aspectos que cubre la repetida parábola de los talentos que sistemáticamente se marginan.

Nadie, que yo sepa, formula la menor observación con referencia a la falta de igualdad entre los siervos por las cantidades que el señor entregó a cada uno; por lo demás, con el hecho de esa diferencia queda evidenciado que reconocer desigualdad entre los hombres no es algo que se oponga a la doctrina cristiana. En este sentido son iluminadoras las Encíclicas Quod Apostolici Muneris y Humanum Genus del gran Pontífice León XIII.

Digno de decir también es que la parábola alude expresamente a “negociar” con los talentos y a los “banqueros” que los hacen fructificar; y una y otra cosa se alaba, como se condena, en cambio, el atesoramiento improductivo de los talentos entregados. Nótese que en este último caso no se trata de “dilapidación” del dinero sino de su no uso a los fines de la producción. No puedo evitar que me invada la mente, de un lado, la inacabable cadena de tópicos condenatorios de la economía financiera por su contrariedad al Evangelio; ni tampoco, de otro lado, las ideas que atribuyen al dinero la condición de “depósito de valor”, ideas que dejan en evidencia la no menor ristra de tópicos que condenan el dinero por considerarlo, erróneamente, inconsistente con las ideas establecidas desde la fe cristiana. Una cosa es el dinero como tal instrumento de cambio y de pago e incluso como medida de valor y otra bien distinta es el “apego” al dinero como bien supremo para el hombre. La condena de esto último nada implica respecto del dinero como cosa en sí.

Permítaseme que traiga de nuevo a la memoria mis dos últimos ensayos a que antes ya me he referido para subrayar lo que deduzco como enseñanza de la repetida parábola de los talentos. Con aquéllos intento esclarecer que la acción económica en sentido estricto, esto es, como acción dirigida a la producción o al intercambio indirecto, debe sujetarse a la ciencia de la economía que es una ciencia descriptiva referida a la vida terrenal del hombre y cuyo objeto se refiere a los aspectos materiales de su vida sin que por ello pueda considerarse “materialista”. El juicio moral de la acción económica no depende de su práctica según es de rigor que se produzca, sino que deberá formularse según el hombre se comporte con el producto de aquella acción; esto implica que ese juicio no se deduce ni ha de poder deducirse de las reglas de la ciencia económica sino de lo que resulta de una “razón ampliada” de modo que se considere el proceso total que abarca la acción del hombre que tiene como centro la actividad económica; la ampliación de la razón, que hace llamada al orden moral, no se refiere, pues, a la acción económica stricto sensu, sino al significado bueno o malo de la actividad total de carácter económico de que en cada caso se trate dadas las circunstancias que concurran en el mismo; pero teniendo en cuenta además que la acción económicas stricto sensu no solo no debe ser juzgada como algo malo, sino, al contrario, como bueno en atención a lo que se deduce inequívocamente de la parábola evangélica de los talentos.

Llegados a este punto es tiempo de preguntarnos si es verdad que resulta tan desacertado e injusto tener por izquierdista, incluso por marxista, al Papa Francisco. Y para responder con el mayor rigor a esa pregunta, pasemos a considerar algunas cuestiones referentes a la fragmentación de la sociedad en grupos que se enfrentan en lucha por la supremacía. Una vez que se han sentado las erróneas conclusiones que se han visto acerca del dinero y la igualdad entre los hombres, queda señalado el camino para la consideración de los pobres como grupo humano de descartados en una sociedad en que rige el sistema de mercado o capitalista. Con independencia de lo que podría decirse acerca de la pobreza como concepto relativo que es, y relativo cabalmente por su referencia a la riqueza de la que cabe hablar precisamente gracias al sistema económico de mercado o capitalista, con independencia, digo, de ello el tratamiento de la pobreza como característica de un grupo en confrontación con el grupo de los ricos se enuncia mediante el subterfugio de aludir a la opción preferencial por los pobres” que, según se dice, manifiesta el Evangelio.

Rogaría a quien pudiere hacerlo me ilustrase sobre los lugares y pasajes del Evangelio de Jesucristo donde se fundamenta esa “opción”, y no ya de manera expresa pero ni siquiera indirecta o implícita. Desde mi ignorancia teológica me atrevo además a asegurar la improcedencia de hablar de preferencias del Padre Dios respecto de sus hijos. Y cuando, según el Evangelio, se puede pensar que el Señor Jesús se refiere a alguna “preferencia”, ésta se articula sobre los hombres que en su vida se atienen a la voluntad del Padre. El hombre que así proceda es, según Jesucristo, “su hermano, y su hermana y su madre”. Nótese que esa circunstancia no conoce diferencias ni presupuestos respecto de la supuesta riqueza o pobreza del hombre de que se trate.

Por otro lado, en ningún lugar del Evangelio se alaba la pobreza, porque no es alabarla la censura que, a veces, se hace del rico, por cierto siempre en singular. También por cierto que Cristo se refiere a los pobres en plural cuando alude a que siempre estarán con nosotros, significativa alusión. Al rico no se le condena ni se excluye su salvación, luego el dinero en sí no merece reproche alguno, únicamente lo merece el hombre que poniendo en él su corazón o lo atesora –es decir, es un avaricioso- o lo dilapida (podría consistir en esto el denostado consumismo), es decir, hace de los bienes de la tierra objeto último de su vida. Pero que el Evangelio no hace cuestión de la riqueza en sí se deduce de que no la condena por sí misma ni de ninguna manera se hace de peor condición el hombre rico que al pobre. De acuerdo con la olvidada parábola de los talentos, el que resulta condenado es el que menos talentos había recibido pero no había sabido hacerlos fructificar. El mismo Jesucristo, que no es impertinente decir que no descarta que exista diferencia entre los hombres, nos advierte que al que más hubiere recibido más se le dará si supo emplear lo que se le dio, mientras que se quitará lo poco que tiene al que se dio poco pero lo atesoró.

Esta última consideración hace sencillamente incomprensible, también desde el punto de vista de la fe cristiana, el invento de la justicia social cuyo concepto, por otra parte,  es más que discutible. Pero no cabe la menor duda de que con sus referencias a la igualdad respecto de la cantidad de bienes y, en último extremo, a esa sedicente justicia social, las ideas del Papa Francisco coinciden con las propias de las izquierdas marxistas. Y la cuestión no tendría mayor trascendencia si se detuviera tan solo el análisis en lo que esas ideas tienen de error y, muchas veces, de falsedad. Porque, en mi opinión, de gravedad que no puede encarecerse resulta la idea que ocupa el centro de ese conjunto de errores y falsedades. Me refiero a la llamada que se hace al Poder político para que intervenga en el sistema económico mismo a fin de procurar la justicia social. Y la gravedad no está principalmente en lo nocivo que resulta esa intervención a los efectos de generar riqueza y poder hacer partícipes a todos en la misma, ni tampoco en que el proponer esa intervención implica una reducción de la persona al más crudo materialismo. Lo inadmisible por su contrariedad a nuestra fe es que, de acuerdo con aquellas falsedades, la intervención del Poder Público limita la libertad esencial constitutiva de la persona a la que se lleva a desentenderse del ejercicio de la caridad, que para mayor sarcasmo, a veces, se menosprecia de hecho al referirse a la filantropía. Como ejemplo, piénsese en la majadera oposición a que un buen empresario realice un considerable donativo para la adquisición de material de quirófano para la Sanidad incluso Pública. La estúpida oposición se justificaba (?) en que no cabe donar como caridad lo que, al parecer, se debe por justicia social. ¿Esta perversa necedad -y perdón por el pleonasmo- sería compartida por el Papa Francisco? Es de subrayar en este punto lo que en el rechazo y su motivación hay de envidia, éste sí, inequívoco pecado capital.

Finalmente es obligado decir que las indudablemente negativas formas que, en ocasiones, adopta el capitalismo y que se traducen en formas de poder sustentado en el tener se deben precisamente al contubernio que procura la intervención del Estado en el proceso económico. Y quizá no sea ocioso señalar el tan injustificado como lesivo crecimiento constante del Poder del Estado que se sigue del reconocimiento de una potestad dirigida a promover la igualdad y la misteriosa justicia social.

Sin realizar ningún juicio sobre la persona del Papa Francisco, creo que no se falta a la verdad cuando se considera que sus ideas sociales son más conformes a la ideología de las izquierdas, a la ideología marxista en definitiva que ajustadas a la fe cristiana en cuyo horizonte siempre se encuentran el bien y la verdad.

José Mª De la Cuesta y Rute

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