LA CARTA DE LOS MARTES – 22 DE OCTUBRE DE 2019

LA CARTA DE LOS MARTES – 22 DE OCTUBRE DE 2019

Con el comienzo de la «guerra fría» desapareció cualquier posibilidad de éxito guerrillero en un entorno internacional muy diferente del que existía en 1939. Los efectos de la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial no habían sido los que Stalin esperaba.

Queridos amigos:

El 22 de octubre de 1948, siguiendo órdenes de Moscú (lo que quiere decir de la Secretaría General del PCUS, al frente de la cual se hallaba Iosif Vissarionovich Djugashvili, más conocido por su nombre de batalla, Stalin) el Partido Comunista de España, dirigido por Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo[1], abandonó la conocida como “lucha armada”.
El eufemismo escondía la llamada guerra de guerrillas, el maquis, el terrorismo, la resistencia violenta a un régimen que había vencido en la Guerra Civil y que no iba a consentir que un conjunto fragmentado de guerrilleros lo menoscabara. Es más, al decir de los líderes comunistas en el exterior, “Franco no sólo no se tambaleaba, sino que hasta semejaba reforzado”.

La Guardia Civil llevó prácticamente sola el peso de la lucha contra las partidas de enemigos del régimen, aunque se veía acompañada a menudo por somatenes, guardas forestales y guardas jurados de las zonas en que se desarrollaban las operaciones. En 1947 se aprobó una ley destinada fundamentalmente a la lucha contra el terrorismo rural. Fue la Ley para la Represión del Bandidaje y el Terrorismo cuya eficacia precipitó el final del maquis.

La razón para desmontar desde fuera de España el terrorismo rural era doble.

Por un lado, los resultados prácticos de las acciones terroristas eran escasos, por no decir nulos. Incluso la incursión militarmente organizada por el Valle de Arán en octubre de 1944, de la que ya hemos hablado en una Carta anterior, fue un rotundo fracaso. La muerte de muchos militantes (la mayoría comunistas) y la pérdida de apoyos entre la población rural hacían imposible continuar un esfuerzo tan costoso en vidas. Mas eso era poco relevante comparado con la segunda razón: la voluntad de Stalin. Éste creyó inicialmente (tras 1939) que la mentada “lucha armada” daría al traste con Franco. Supuso que la caída de Franco y de su Estado era cosa de pocos meses, porque el pueblo español sin duda sufría bajo el peso de la dictadura y se echaría en manos de quienes vinieran a destruirla. Se equivocaba.

Con el comienzo de la «guerra fría» desapareció cualquier posibilidad de éxito guerrillero en un entorno internacional muy diferente del que existía en 1939. Los efectos de la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial no habían sido los que Stalin esperaba.  Desde que la Guerra Fría obtuvo carta de naturaleza, a Stalin le resultó imposible orquestar intervención extranjera alguna para desalojar a Franco.

Una cosa era evitar que España participara en la ONU y sus organismos desde junio de 1945, cuando se creó, y se cerrara el cerco institucional mediante la intervención estelar de Polonia (lo dicho, Stalin) en la Asamblea General en diciembre de 1946, y otra dar trigo. Las potencias se habían repartido Europa y esta parte del tablero era occidental. Punto. Marginarían a España, la condenarían al ostracismo (Portugal y Argentina no aceptaron esa orden) y crearían problemas de suministro, pero no intervendrían.

Así que Stalin ordenó pasar a la siguiente fase (ese era su lenguaje. En realidad se trataba del Plan B: infiltrarse en las estructuras del Régimen de Franco para destruirlo desde dentro).

El PCE tardó tres años en hacer pública la orden de Stalin. Tres años de muertes en vano, que venían precedidas por depuraciones físicas de quienes discrepaban de la línea política establecida por Carrillo e Ibárruri. Se impusieron ejecuciones sumarias arbitradas por la dirección del partido y ejecutadas por agentes venidos de Francia, genuinos comisarios políticos. Mas fue inútil, pues todo se resumió en un nuevo fracaso.

Cinco años más tarde, en junio de 1956, el PCE y su Secretario General, Santiago Carrillo, lanzaron el eslogan de la “reconciliación nacional”. Siguiendo órdenes de Stalin, por supuesto. Las uvas estaban verdes para la zorra.

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En el Centro Diego de Covarrubias llevamos mucho tiempo preparando un tipo de evento que esperamos consolidar como uno de los principales compromisos anuales de nuestra organización. Se trata del Día de la Libertad, una fecha que gira en torno a la conmemoración del derribo del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, hace ahora exactamente treinta años. Es un buen momento para conmemorarlo.

Nuestro I Día de la Libertad tendrá lugar el próximo jueves 14 de noviembre en el Centro Riojano de Madrid (Calle Serrano, 25), a las 19:30 de la tarde. Reflexionaremos sobre el futuro de la libertad en Europa de la mano de un invitado de especial importancia, Hermann Tertsch, con una conferencia de título muy sugerente: “Europa treinta años después de la caída del muro”. Destacado periodista y escritor, Tertsch conoció de primera mano la caída del comunismo, merced a su trabajo como corresponsal en Europa del Este para el diario El País o la Agencia EFE. Tertsch es uno de los pensadores más importantes e influyentes de España y ha colaborado en los últimos años con medios como ABC o esRadio. Cuenta, además, con un gran seguimiento en redes sociales como Twitter, donde casi 150.000 personas están suscritas a sus contenidos.

Para asistir al Día de la Libertad, por favor envíen un correo con su nombre y apellidos a centrocovarrubias@gmail.com Dado que la expectación es grande y la capacidad del recinto limitada, la reserva de plaza se hará por estricto orden de confirmación. ¡No se lo pierdan!

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Ustedes saben que el pasado 14 de septiembre, un ataque con drones (y eventualmente misiles) a dos de las instalaciones más importantes de la empresa saudita Aramco[2] las destruyó parcialmente y redujo la oferta de crudo de manera que los precios de éste subieron de golpe un 19,5 %. Lo cierto es que la mera insinuación de la puesta en servicio de las reservas estratégicas saudíes y norteamericanas relajó rápidamente la tensión de los precios, pero la sensibilidad está a flor de piel.

La situación es muy difícil y muy compleja. Hay que valorar aspectos geoestratégicos en un entorno volátil, con raíces históricas de enorme calado. Desde una de las múltiples perspectivas que operan simultáneamente, estamos ante un pulso de largo alcance y duración por ganar la hegemonía del área.

También hay que tener en cuenta que el desencuentro histórico entre tendencias interpretativas del islam entre sunníes y chiíes no es baladí ni pacífico y trufa los países musulmanes de manera inextricable. Ese hecho genera un conflicto permanente que se suele patentizar en enfrentamientos armados.

Hay que considerar asimismo la dificultad de mover un 20% del crudo que se desplaza en el mundo por un mar pequeño y alargado, con un estrecho (Ormuz[3]) realmente angosto, con enemigos irreconciliables a cada lado del Golfo Pérsico/Arábigo[4].
El petróleo sigue y seguirá siendo el fluido vital de la producción y el transporte en todo el mundo durante muchos, muchos años. En muchas zonas la dependencia es casi absoluta. Y ni hablamos del gas. Dicho de otra forma, un incremento sustancial y duradero de precios de los hidrocarburos alteraría el patrón de crecimiento de los países del mundo hasta generar nuevas jerarquías que no se establecerían pacíficamente.

Es obvio que nadie se cree que ni la responsabilidad, ni la planificación, ni la ejecución del ataque sea de los rebeldes yemeníes hutíes. También es evidente que las cosas no pueden quedar así, porque el mensaje que se envía es que se puede volver a hacer, que sale gratis. Todo eso está claro, pero ahora, ¿qué?

El avance tecnológico que les presento hoy es distante. Distante de nuestros quehaceres, distante de su comprensión y distante siquiera de su mera imaginación. Resulta que los neutrinos, esas elusivas partículas que nos atraviesan sin dañarnos y que tan difícil resulta localizar (precisamente porque no interactúan), tienen masa. Poca, muy poca. Ya, pero ¿cuánta? Y esto ¿qué quiere decir? Pues que cuanto más sabemos sabemos menos, aproximadamente. Y ¿a dónde nos va a llevar esta búsqueda? Esa no es la pregunta. No es a dónde vamos, sino la humana innata curiosidad por saber cómo funciona el universo. Desde el minuto uno. No es poca cosa.

Podemos completar esa información. Sabemos que, hace muchos millones de años, se produjo una gran explosión: el Big Bang. Según el Premio Nobel Steven Weinberg, durante los dos primeros minutos de la creación (usted, lector, puede llamarla como prefiera) apareció el 98% de la materia constitutiva del universo. Eso ocurrió, al decir de Georges Lemaître[5], en un billonésimo de segundo. En otras palabras, el Universo no es algo que haya existido siempre y vaya a existir siempre[6].

En ese sentido, cuanto podamos investigar nos ayudará a saber cuándo, cómo, por qué … y quién.

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La frase de hoy continúa lo dicho la semana pasada por Ayn Rand y viene a incidir en el mismo problema de descomposición de las sociedades. Si la frase de Ayn Rand es de 1950, la de Marco Tulio Cicerón rebasa los dos mil años, porque es del 55 antes de Cristo. Marco Tulio Cicerón fue un orador, político y filósofo latino. No nació (106 a.C.) en Roma pero desde muy joven realizó toda su carrera de abogado en la capital.

Estudió filosofía con epicúreos y estoicos, recibiendo formación específica en oratoria. Aunque su trayectoria es muy dilatada, es sobre todo conocido tanto por sus Catilinarias como por sus Filípicas, discursos rayanos en una cierta violencia verbal cuya forma alcanza las más altas cumbres de la expresión. Las primeras se llaman así por su oposición a Catilina[7], que conspiraba para desencadenar una dictadura tras haber perdido las elecciones. Cicerón pronunció[8] cuatro famosos discursos ante el Senado para acabar con los conspiradores. Enfrentado con Marco Antonio, consiguió la amnistía para los asesinos de César. Al poco, Cicerón se despachó con sus catorce Filípicas contra el propio Marco Antonio.[9] Unidos Octavio Augusto, Marco Antonio y Lépido para formar el segundo triunvirato (43 a.C.), Cicerón, que siempre había mostrado una actitud abierta y flexible, fue ejecutado por venganza.

Volviendo ahora a lo esencial, las dos frases traídas consecutivamente a las Cartas se refieren a la gestión de lo público en términos análogos. Sus contenidos y su puesta en práctica resultan vitales para nuestra supervivencia:

“El presupuesto debe equilibrarse. El Tesoro debe ser reaprovisionado. La deuda pública debe ser disminuida. La arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar en vez de vivir a costa del Estado”.

Pues sí. La cosa viene de antiguo y se repite incesantemente. Es asunto perteneciente al ámbito de la naturaleza humana. La cuestión estriba en cómo lo tratan las instituciones, sujetas a qué principios, a las órdenes de quién y con qué objetivos. Casi nada.

Saludos


[1] Así como Francisco Antón, mucho menos conocido.
[2] Aramco es un acrónimo antiguo. Viene de Arabian American Company. Es una de las compañías más rentables del mudo, con beneficios anuales en torno a los 150.000 millones de dólares. En 1933, Arabia Saudita firmó una concesión con la Standard Oil Company of California (SOCAL). El acuerdo lo gestionó una subsidiaria, la California Arabian Standard Oil Company (CASOC). El 31 de enero de 1944, la compañía cambió su nombre de CASOC a Arabian American Oil Co.: Aramco.
[3] Ormuz (Ahura Mazda) es un personaje capital de la doctrina de Zaratustra. Podemos decir que es el espíritu del bien. Se opone casi eternamente a Ahrimán, Angra Mainya, el espíritu destructivo.
[4] El Golfo es el mismo, pero se llama de una u otra forma según esté usted en Arabia Saudita o en Irán, también conocido por Persia. El asunto no es irrelevante, pero si usted lo cree así, utilice la denominación errónea en el lugar equivocado y verá.
[5] Lo postuló en 1920.
[6] Pierda cuidado, lector. No le va a tocar ver el final.
[7] Lucio Sergio Catilina ​ fue un destacado político romano de la era republicana tardía, miembro de la facción de los populares. Habiendo perdido sus opciones de ser elegido, optó por la insurrección.
[8] Se sigue enseñando, aunque cada vez menos: ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina?)
[9] El título de los discursos debería haber sido, por lógica, Antoníacas o Antoniarias. Pero Cicerón admiraba a Demóstenes y recordaba con estas piezas suyas los discursos que Demóstenes escribió contra Filipo II de Macedonia

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