LA CARTA DE LOS MARTES – 03 DE DICIEMBRE DE 2019

LA CARTA DE LOS MARTES – 03 DE DICIEMBRE DE 2019

La crisis luterana, de honda raigambre política, cuyas raíces se encontraban precisamente en la descomposición de la jerarquía católica y sus maneras, había dividido profundamente a la Iglesia.

Carta de los martes del 3 de diciembre de 2019

Queridos amigos:

El 3 de diciembre de 1563 se celebró la vigesimoquinta y última sesión del Concilio de Trento, que había comenzado en 1545; por lo tanto, duró 18 años. ¿Pero, por qué se convocó este Concilio?

La Iglesia católica había entrado en una fase de crisis debido a los excesos de su cúpula: obispos inadecuados, nombramientos políticos, simonía[1], incumplimiento de las normas más básicas de decoro y comportamiento, desconsideración y abandono generalizado de los tres votos… La Iglesia Católica se desangraba.

Detectado y diagnosticado el problema, muchos altos dignatarios habían intentado mejorar o resolver ese estado de cosas. Los cardenales Francisco Jiménez de Cisneros y Pedro González de Mejía y el arzobispo de Granada Hernando de Talavera se dedicaron, durante el reinado de los Reyes Católicos, a enderezar la institución, nombrando obispos de grandes cualidades y fundando establecimientos educativos.

La crisis luterana, de honda raigambre política, cuyas raíces se encontraban precisamente en la descomposición de la jerarquía católica y sus maneras, había dividido profundamente a la Iglesia.

Desde 1518, los protestantes alemanes reclamaban la convocatoria de un concilio alemán. El emperador Carlos I intentaba unificar las filas de católicos y reformistas para hacer frente al turco. Tres años después, en la Dieta de Worms (1521), la unificación se intentó de nuevo, sin éxito. Martín Lutero acusó a Roma de tiranía y Carlos I se comprometió por escrito a defender la fe católica.

El emperador presionó sin éxito al papa Clemente VII para que convocara un Concilio. En 1529, finalmente, el papa se comprometió a celebrarlo, pero entonces quien se opuso fue el rey Francisco I de Francia. Al cabo, Pablo III convocó el Concilio General en Trento (norte de la península itálica) el 13 de diciembre de 1545. Las 25 reuniones se prolongaron, como ya sabemos, hasta el 3 de diciembre de 1563. El concilio culminó bajo el mandato del papa Pío IV.

El Concilio había establecido las líneas fundamentales de la Reforma católica, que se ha dado en llamar Contrarreforma. En resumen, se estableció que los obispos debían poseer idoneidad y una vertebración ética intachable; que no podrían acumular beneficios y debían residir en su diócesis. Se ordenó crear seminarios para la formación de los sacerdotes. Se confirmó la exigencia del celibato clerical.

Se impuso la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, para lograr la salvación del hombre, reafirmando la jerarquía eclesiástica. El Papa es y será la máxima autoridad de la Iglesia. Se ordenó a los párrocos predicar los domingos y días de fiestas religiosas, así como e impartir catequesis a los niños. Además, debían registrar nacimientos, matrimonios y decesos.

Se reafirmó la validez de los siete sacramentos y la necesidad de aunar fe y obras; ambas, más la gracia divina, se respaldaban y reforzaban entre sí para lograr la salvación. (Como es sabido, Lutero sostenía que el hombre se salvaba por la sola Fe). El Concilio se opuso a la tesis de la predestinación de Juan Calvino, manteniendo que el pecado original no destruye la naturaleza humana, por lo que el hombre puede (y debe) realizar buenas obras.

La misa y los santos fueron reivindicados y se afirmó la existencia del purgatorio.
Para cumplir estos mandatos, se creó la Congregación del Concilio, cuyos trabajos fueron sistematizados por el llamado “Catecismo del Concilio de Trento”.

Se reinstauró la práctica de la Inquisición, que surgió en el siglo XIII para depurar Francia de la herejía albigense[2]. Restablecida en España desde 1478, fue conocida en Europa como Santo Oficio, que utilizó la tortura (usual en la época y practicada sobre todo por el poder civil) para obtener confesiones. El protestantismo debió soportar una Inquisición especialmente operativa en España, Italia y Portugal. Los protestantes, en los países donde dominaban la situación[3], no contaron con similar instrumento judicial y practicaron la brutal supresión del disidente. No incurrieron en juicios ni ejecuciones legalmente establecidas: sus muertos se cuentan por decenas de millares[4], pero eso no les impide sentirse superiores.
En 1557, el Concilio creó el Índice o censura de la publicación de textos contrarios a la Fe católica.

En 1592, mucho después de la finalización del Concilio de Trento, se publicó la edición definitiva de la Biblia, fuente de la revelación de la verdad divina junto con la Tradición. Se rechazó la libre interpretación, pues ésta corresponde al Papa y a los obispos, herederos de San Pedro y los apóstoles.

Destacaron en el Concilio los jesuitas Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres; el teólogo Gaspar Cardillo de Villalpando y el arzobispo de Granada, el teólogo Pedro Guerrero. Merecen destacarse muy especialmente las aportaciones de Domingo de Soto, dominico y confesor de Carlos I, Reginald Pole, arzobispo de Canterbury, del agustino italiano Jerónimo Seripando y de Melchor Cano, dominico. Los teólogos y prelados españoles e italianos fueron los más relevantes, tanto por su número como por la influencia que ejercieron.

La Iglesia Católica que hemos conocido, al menos hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965), ha sido conformada y sostenida, en lo esencial, por el Concilio de Trento. Cuatro siglos de vida ordenada, fructífera y potente, consecuencia de un extraordinario logro de aquellos hombres de Fe. Todo apunta a que necesitamos otro Concilio ya mismo. Esta vez sin aggiornamento, por favor. Y sin Pachamamas.

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El pasado 12 de noviembre, Nicolás Jouve, Catedrático emérito de Genética, escribió un estupendo artículo en la publicación Religión en Libertad, cuyo enlace sigue a estas palabras https://www.religionenlibertad.com/opinion/353035016/El-desarrollo-embrionario-humano-en-4D.html El autor explica con detalle algo que es bien conocido, pero que por razones políticas (en sentido amplio; incluye las culturales) se vienen negando desde foros variopintos, pero todos unidos por su odio a la vida de los demás, incluida la del no nacido. El primer párrafo es capital, así que lo reproduzco textualmente: “A nadie que conozca un poco de biología le deberían quedar dudas sobre el hecho de que la vida de cualquier ser, sea de la especie que sea, comienza cuando se constituye la información genética que le es propia y de la que dependen sus características biológicas, y finaliza con la muerte, con la suspensión de todas las funciones vitales”.

¿Le queda al lector alguna duda? Pues si es así, el artículo termina de la siguiente manera: “Si hay que ver para creer, los nuevos avances tecnológicos no dejan lugar a dudas para comprender la transformación autoorganizada a partir del óvulo fecundado, el cigoto, hasta un organismo animal adulto, sea ratón, humano o de cualquier otra especie de morfogénesis equivalente”.

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La frase de hoy es del Cardenal John Henry Newman, sacerdote anglicano convertido al catolicismo en 1845. Nombrado venerable por San Juan Pablo II, beatificado por Benedicto XVI y santificado por su sucesor, Newman es venerado por católicos, anglicanos y episcopalianos. Rara avis. Buscó la verdad doquiera le llevara, siguiendo siempre su conciencia, durante toda su vida. Rara avis.La frase es esta: ”La Iglesia siempre parece estar muriendo pero triunfa frente a todos los cálculos humanos. … Las suya es una historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas; en fin, la regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso”

Saludos


[1] Para los más jóvenes, que acaso no hayan tenido oportunidad de oir este término antes, la simonía es (DRAE) la compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos. A cambio de bienes materiales, se entiende.
El origen del nombre simonía radica en el sacrilegio de Simón el Mago, quien quiso comprar al apóstol Pedro el poder de impartir el Espíritu Santo a quien él quisiera.
[2] La herejía albigense afectaba a los principios doctrinales y a los morales; en los doctrinales, afirmaba la coexistencia de dos principios opuestos entre sí, uno bueno, y el otro malo. El bueno es el creador del mundo espiritual; el malo es responsable del mundo material. En el ámbito de los principios morales, los albigenses afirmaban que el hombre es una contradicción en sí mismo. Por eso la liberación del alma de su cautividad en el cuerpo es la verdadera finalidad de nuestro ser. El suicidio era un vía habitual para ello.
Los albigenses fueron una secta neo-maniquea que floreció en el sur de Francia (En la zona de Albi, capital del Departamento de Tarn) en los Siglos XII y XIII.
[3] Recuérdese el aforismo: “Cujus Regio, ejus religio”. Al cabo, las raíces de la Reforma luterana eran políticas. Su justificación fue religiosa.
[4] Era un comportamiento criminal auspiciado por las élites políticas y ejecutado por el populacho. Sin juicios, Sin actas. Sin memoria histórica

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