‘BENEDICTO XVI. UNA VIDA’, RESEÑA DE JESÚS HUERTA DE SOTO

‘BENEDICTO XVI. UNA VIDA’, RESEÑA DE JESÚS HUERTA DE SOTO

Reseña del libro

Benedicto XVI. Una vida

de

Peter Seewald

(Ediciones Mensajero, Bilbao 2020,

Traducción de José Manuel Lozano-Gotor Perona y Juan Antonio Albaladejo Martínez)

por

Jesús Huerta de Soto

 

De obra maestra puede calificarse la biografía que sobre el papa emérito Benedicto XVI, y de 1184 páginas de extensión, ha logrado culminar y acaba de publicar Peter Seewald. El libro, una vez que se empieza, literalmente engancha desde un principio y no puede dejar de leerse. La agilidad y brillantez expositiva, la claridad explicando y concatenando los hechos, el pensamiento y la vida de Joseph Ratzinger, a la vez que se insertan en el contexto histórico de la evolución de la humanidad y de la Iglesia Católica durante el último siglo de una manera perfectamente comprensible y muy lógica y veraz, convierten a Peter Seewald, originariamente periodista de profesión, en un consumado historiador. Y todo ello hasta el punto de que nos atrevemos a vaticinar que este libro se ha de convertir en poco tiempo en un verdadero clásico y en un libro de lectura obligada para todo aquel que quiera conocer y entender la esencia, devenir e historia de la Iglesia Católica y del mundo que la rodea durante los siglos XX y XXI.

El libro, además, creo que es de especial interés para todos aquellos, sean o no creyentes, cultivadores de la Escuela Austriaca y amantes de la libertad que continuamente denuncian la “Fatal Arrogancia” del estatismo. En efecto, la dictadura e imperialismo de lo políticamente correcto, la manipulación de las masas y, en suma, el endiosamiento de la razón humana que está detrás y alimenta esa inmensa borrachera de poder político e ingeniería social que atenaza al mundo moderno, son denunciados de manera recurrente y constituyen, como si dijéramos, uno de los principales leitmotiv del pensamiento y obra de Joseph Ratzinger a lo largo de toda su vida.

Seewald presenta a nuestro biografiado como una persona extremadamente humilde y bondadosa, siempre abierta al diálogo y a la aceptación de sus adversarios, no importa cuales sean los ataques y manipulaciones sesgadas de que sea víctima. Aunque ello no es óbice para que defienda la verdad con los argumentos poderosos de su mente (y oración), de manera que “cuando ve que las cosas están mal le es imposible estar callado” (p. 319). En este sentido, Ratzinger también podría hacer suyo el lema de Ludwig von Mises recogido en las conocidas palabras de Virgilio: “Tu ne cede malis sed contra audentior ito” (jamás cedas a la maldad, por el contrario oponte a ésta con todas tus fuerzas). Y todo ello hasta el punto de que para Ratzinger “cuando se trata de disputas teológicas no hay lugar para los compromisos” (p. 448). Posición que creo que es la única aceptable para un académico que busca la verdad y que yo también, humildemente, he intentado hacer mía: en el campo de la teoría y de la búsqueda de la verdad “no se hacen prisioneros”. Y es que, como subraya Seewald, para Ratzinger “resulta funesto asumir lo falso, impuro y malo o conquistar el éxito y el prestigio público renunciando a la verdad o aprobando la opinión mayoritaria, aunque esta se base en la mentira” (p. 262). Por eso es destino del hombre bueno y responsable “ir siempre contra corriente”, y en esto se ve también otra clara coincidencia con el sino de los amantes de la libertad que se oponen al estatismo de nuestros días por basarse en la “fatal” (en expresión de Hayek) “arrogancia que lleva al hombre a atribuirse autoritariamente el derecho de convertirse en configurador autónomo de un paraíso terrenal” y que solo puede llevar a la autodestrucción del ser humano (p. 173). Y es que, así como para todo libertario la historia de la humanidad no es sino la historia de la lucha entre la libertad y la coacción y servidumbre propias del estado, para Ratzinger la historia es, en último término la historia de la lucha entre la fe y la increencia, entre el bien y el mal, representado este último por todo intento humano de elevarse a la perfección por las propias fuerzas (yo añadiría, utilizando el poder político y la ingeniería social) y que está abocado a acabar en desastre (ibídem). Para Ratzinger, además, aunque sean formidables las fuerzas del Maligno, que yo considero especialmente encarnado en el estado y en el poder político que se basa en la mentira (y que continuamente coarta la libertad humana – nuestro principal atributo – y el orden espontáneo del mercado y la sociedad) el poder “del Altísimo siempre es más fuerte que todas las demás fuerzas juntas” (p. 1024). El futuro no es un porvenir sino un por hacer a la vez “nuestro y de Dios” (p.1034) en el que, a pesar de lo que suceda, nunca triunfará el destruccionismo (en la terminología de von Mises) propio del socialismo estatista y que no es sino una de las principales manifestaciones del continuo intento del Maligno de destruir, por envidia, la obra de Dios y a su principal criatura: el ser humano.

La biografía escrita por Seewald está repleta, además, de pequeños detalles y noticias sorprendentes sobre la vida de Ratzinger. Así, por ejemplo, cuando nos relata cómo sus padres se conocieron y casaron gracias a un anuncio que puso su padre – un probo policía local – en un periódico católico buscando novia (p.22); o el poco gusto de nuestro biografiado por contar y celebrar sus cumpleaños (p.723); o la historia del tío abuelo y sacerdote Georg Ratzinger, que fue diputado en el Reichstag de Berlín en el siglo XIX y feroz opositor al militarismo prusiano y a la megalomanía nacionalista alemana de Bismark y sus acólitos (p. 395), por cierto, en esto en plena coincidencia con el líder de los verdaderos liberales alemanes Eugene Richter al que Seewald no cita; o, en suma, como cuando fue nombrado, con motivo de su setenta cumpleaños en 1997, doctor honoris causa por la Universidad de Navarra junto con el economista norteamericano Julian Simón, miembro de la Mont Pelerin Society y gran teórico Hayekiano de la población, al que tuve el honor de conocer antes de su prematuro fallecimiento. Seewald nos cuenta también con detalle el periodo de formación académica de Benedicto XVI y como su principal vocación siempre fue el estudio, la docencia y la investigación, sin que nunca buscara medrar o hacer carrera en la Iglesia Católica, por lo que achaca a la “casualidad”, es decir, a la providencia divina, su continuo ascenso (camino nunca por el deliberadamente buscado ni previsto) hasta llegar a ser papa.

Especialmente atractivo e interesante para un profesor como el que escribe estas líneas, es llegar a conocer, de la mano de Seewald y de los múltiples documentos y testimonios de alumnos que refleja en su libro, como Joseph Ratzinger siempre ha sido un “magnífico profesor que apasionaba a sus alumnos”. Dotado de una extraordinaria memoria y capaz de escribir no solo con la cabeza, sino también con el corazón, su principal habilidad consiste en hacer que parezcan fáciles incluso las materias teológicas más complejas. A pesar de su humildad, sencillez y pequeña voz de falsete, siempre hablaba con seguridad, fundamento y entusiasmo contagioso, dando incluso una nota poética a sus pensamientos (así, por vía de ejemplo, cuando explica que la Iglesia recibe y proyecta la luz de Cristo, de la misma manera que la luna recibe y proyecta la luz del sol, pp. 564 – 565). Y como todo buen profesor, Ratzinger no ha dejado de reconocer sus deudas con sus principales maestros y aquellos pensadores que le han precedido y mas han influido en su trayectoria como san Agustín, san Buenaventura, el Cardenal Henry Newman (al cual el propio Ratzinger beatificó), los teólogos de Lubac y von Balthasar, o el filósofo y politólogo Eric Voegelin (que, por cierto, fue asiduo asistente al seminario de von Mises en la Viena de los años treinta del siglo pasado). Que un profesor así, que siempre tenía sus clases a rebosar cuando las de sus colegas catedráticos quedaban semivacías (p.443) fuera víctima de todo tipo de envidias e intrigas universitarias, no debe sorprender a nadie que mínimamente conozca como se desenvuelven las instituciones académicas. Y Peter Seewald nos explica con detalle todas estas vicisitudes para que el lector entienda los porqués del periplo del catedrático de teología dogmática Joseph Ratzinger por las universidades de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona, hasta ser nombrado por Pablo VI en 1977 y con 50 años de edad, primero arzobispo de Munich y poco después Cardenal.

Quizás nada haya hecho más por encumbrar a Joseph Ratzinger que su participación como joven teólogo asesor del cardenal Frings en los trabajos del concilio Vaticano II. Hasta el punto de que el propio papa Juan XXIII, muy impresionado por una conferencia clave de Frings, llegó a decirle: “ha dicho usted todo lo que yo había pensado y quería pero no podía decir”. A lo que Frings contestó turbado: “Santo Padre la conferencia no la redacté yo, sino un joven catedrático de teología” (Ratzinger); añadiendo Juan XXIII: “mi última conferencia tampoco la escribí yo: lo importante es contar con los asesores adecuados” (p. 383). Aunque en el concilio Ratzinger siempre lucho a favor de una reforma y aggiornamento de la Iglesia que le permitiera superar el anquilosamiento, posteriormente observó con gran decepción como los postulados recogidos documentalmente en el Concilio e impulsados por él, fueron manipulados y tergiversados por la mayoría de los medios de comunicación que se alimentaron de una corriente de “progresismo desbordado que escapa de la verdadera fe y da una imagen periodística y desdibujada del Concilio”. Como botón de muestra, Ratzinger se refiere al caso de un compañero “teólogo del que yo sabía que había abandonado la fe, pues él mismo me lo había dicho, uno que no creía en nada, que comenzó aun así a enseñar que sus ideas sobre el concilio representaban el auténtico catolicismo” (p.504). Para la bondad personificada de Joseph Ratzinger esto le generó un gran dolor, solo comparable al que le produjo el posicionamiento en contra suya de gran parte del mundo teológico de lengua alemana. Seewald explica y documenta con detalle como, en este sentido, ha sido especialmente perversa y manipuladora la influencia de Hans Kung, hasta ahora el “niño bonito” de la teología para los medios de comunicación mas hipócritas y farisaicos que, encabezados por Der Spiegel, siempre han aprovechado el mas mínimo pretexto para criticar a Juan Pablo II, Benedicto XVI y, en general, a la Iglesia Católica (véanse, por ejemplo, las pp. 537, 552, 665, 667, 681 y 737). Dolor que Joseph Ratzinger siempre ha sabido sobrellevar sin la mas mínima queja, con gran estoicismo, y  hasta el punto de recibir cariñosamente a Kung tras ser nombrado papa y justo después de que este anunciara a bombo y platillo su “profunda decepción” por el resultado de la elección que hizo papa a Benedicto XVI.

Seewald nos explica también con detalle y brillantez las grandes contribuciones de Ratzinger hacia el ecumenismo y la unión con las iglesias anglicana, ortodoxa y protestante, así como el acercamiento con judíos y musulmanes, tratando siempre de tender puentes y resaltar mas lo que une que lo que separa “pues en todos ellos se pueden encontrar muchos elementos de santificación y de verdad” (p.732). Pero sin caer nunca, como es lógico, en el extremo de desdibujar la verdadera fe católica ni dejar de defenderla. Y así es muy ilustrativo como Judíos y musulmanes han manifestado, en muy diversas ocasiones, como, y a pesar de todas las campañas manipuladoras de muchos medios de comunicación, las relaciones entre el judaísmo o el mundo musulmán con la Iglesia Católica han alcanzado gracias a Benedicto XVI un grado de comprensión y aceptación nunca antes visto en la historia de la Iglesia (p.732).

Otro tema recurrente de gran importancia para Ratzinger ha sido el de la ineludible relación íntima que existe entre la Fe y la Razón pues “los grandes conocimientos morales son igualmente razonables y verdaderos que los de las ciencias naturales y la tecnología; la ley natural es ley moral” (p.718). Y es que la fe sin razón deviene en fanatismo y la razón sin fe se hace estéril y destructiva. En este sentido es especialmente brillante la crítica de Ratzinger a la denominada “Teología de la liberación”, verdadera herejía del siglo XXI, que tuvo su origen en el pensamiento de intelectuales marxistas del mundo occidental, tradición completamente alejada de la cultura latinoamericana y en gran parte culpable de la huida hacia las iglesias evangélicas de muchos antiguos católicos de América del Sur (pp.676 y 679). En otro lugar he resumido con detalle la brillante, atinada, sopesada, equilibrada y, a la vez, demoledora crítica de Ratzinger a la “Teología de la liberación” con motivo de mis comentarios al volumen X de las obras completas de Joseph Ratzinger (Procesos de Mercado, volumen XVI, nº 1, Primavera 2019, pp.487-489) y que deben darse aquí por reproducidos.

En suma, para Benedicto XVI, la Iglesia Católica surge y se desenvuelve como un verdadero orden espontáneo instaurado y guiado por Cristo (pp.664-665) continuamente enriquecido por múltiples iniciativas comunitarias y alimentado y mantenido sobre todo por la fe “sencilla y directa” de múltiples cristianos de a pie. Y es que, para Ratzinger, lo que de verdad vivifica a la Iglesia es la “fe del barquero”, del “sencillo” o “pobre de espíritu”, verdadero bienaventurado “frente a la fría religión de los catedráticos” (p.439), que continuamente sacan las cosas de quicio (pp.529, 704 y 869).

Explica también Seewald el surgimiento y evolución de diferentes crisis magnificadas y manipuladas por los medios de comunicación y adversarios de Benedicto XVI como, por ejemplo, el caso del levantamiento de la excomunión al arzobispo negacionista Williamson, o el del discurso de Ratisbona, manipulado como si fuera una ofensa al mundo musulmán, o la denominada crisis de los preservativos. Entre ellas destaca la de la pederastia en la Iglesia cuya más enérgica denuncia y efectiva persecución se ha debido precisamente a Joseph Ratzinger, como Peter Seewald documenta y demuestra con detalle en su libro. Ninguna de estas crisis explican la dimisión, hecho sin precedentes en la Iglesia Católica, de Benedicto XVI tras ocho años de muy fructífero e intenso papado y que Joseph Ratzinger ha justificado una y otra vez en su falta de salud y pérdida de fuerzas físicas para seguir desempeñando, casi a los ochenta y siete años de edad, su trascendental labor de forma adecuada.

También es muy interesante la figura del papa Francisco que se trasluce, al menos entre líneas, en el libro de Seewald. Por un lado, se nos indica que un papa debe hacer “declaraciones claras, no confusas, a la vez que conciliadoras, para no dividir al rebaño”, y “que debe tener un aspecto agradable o que, al menos, no sea feo” (!) (pp. 760-761). Por otro lado, se deduce que, aunque todavía es pronto para evaluar el pontificado del papa Francisco, a este se lo han puesto muy difícil sus dos predecesores, uno ya santo (Juan Pablo II) y otro el que quizás haya sido el teólogo más bondadoso e importante de la Iglesia Católica en los últimos tiempos (Joseph Ratzinger). En todo caso, no debe extrañar que el papa Francisco corra el riesgo de terminar siendo considerado como un “bluf” para el ala mas “progresista” cuando vea que sus audaces expectativas, siempre jaleadas por los medios de comunicación, quedan en nada o en casi nada; o como un papa desestabilizador que más que unir genera confusión y división en el Pueblo de Dios siempre que, de manera precipitada, hace declaraciones poco sopesadas o fácilmente manipulables, como puede llegar a pensar el sector mas “conservador” de la Iglesia, y en general todos aquellos que observan como el papa, en esta difícil tesitura, a menudo se refugia en los aspectos mas mundanos, políticos y, por ende, más fáciles (“descarte”, desigualdad, medioambiente, necesidad de un “gobierno mundial”, etc.). Y es más que ilustrativo el relato de como Bergoglio fue el candidato favorito del llamado “grupo de cardenales progresistas de San Galo” y que, encabezado por el cardenal Martini, arzobispo emérito de Milán, fueron acérrimos adversarios de Wojtyla y Ratzinger y conspiraron todo lo que pudieron para que Benedicto XVI no saliera elegido (p.766). A pesar de todo ello, la profunda bondad de Ratzinger se manifiesta y aflora de nuevo, cuando una y otra vez declara que “mi amistad personal con el papa Francisco no solo perdura, sino que es cada vez más profunda” (p.1080).

Toda obra, por buena que sea, siempre tiene algunas insuficiencias, carencias o afirmaciones sorprendentes que, como decía Marañón, a veces incluso la embellecen aún más, como sucede con los lunares que adornan la tez de una bella mujer. Son pocos los comentarios que podemos hacer en este sentido a la obra de Seewald (por cierto, traducida de manera excelente y publicada con poquísimas erratas que a lo largo de 1150 páginas apenas se pueden contar con los dedos de las dos manos). Así, por ejemplo, aunque Seewald pone perfectamente de manifestó la esencia socialista del nazismo y como la Iglesia Católica alemana aglutinó uno de los frentes opositores más efectivos en contra del mismo (en agudo contraste con el tradicional apoyo de los protestantes al estatismo alemán ya desde la época de Bismark), sin embargo no profundiza en el papel protagonista que la Economía Social de Mercado impulsada por Erhard tuvo en el “Wirtschaftwunder” o milagro económico alemán (aunque en la p. 340 reconoce que Ratzinger fue un gran admirador de Adenauer). Tampoco se refiere Seewald a como en el grandioso discurso que pronunció en el Bundestag el 22 de septiembre de 2011 Benedicto XVI calificó, siguiendo a san Agustín, de “banda de ladrones” a todo gobierno no sometido al Derecho (importante andanada anarcocapitalista pues, como es bien sabido, hoy en día la principal amenaza al Derecho – con mayúsculas – siempre procede del propio gobierno). También me hubiera gustado conocer que influencia tuvo Ratzinger en la encíclica de Juan Pablo II Centesimus annus (Seewald destaca que todas las Encíclicas eran revisadas concienzudamente por Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe). Esta Encíclica de Juan Pablo II es muy importante pues opta claramente a favor del capitalismo frente al socialismo al que considera un sistema intrínsecamente inmoral, y ello contrasta con la cierta equidistancia manifestada en alguna ocasión por Ratzinger con posterioridad (pp.557,667). Lo mismo podría decirse de las tardías concesiones de Ratzinger al ecologismo, si bien destacando siempre que el ser humano es también miembro del entorno natural que hay que proteger y que , por tanto, no hay mayor contradicción, por ejemplo, que defender las especies animales a la vez que se acepta el aborto. O las también sorprendentes revelaciones de Seewald en relación con la matizada “oposición” de Frings y Ratzinger a que Pablo VI declarara, como así lo hizo el 21 de noviembre de 1964, Madre de la Iglesia a la Virgen María, para evitar crear un muro innecesario y adicional de separación con los protestantes (p.478). O, en fin, la referencia a la reformulación no suficientemente explicada de las ideas de Ratzinger sobre la comunión a los divorciados vueltos a casar incluida en el volumen IV de sus Obras Completas publicado en 2014 (p.561).

Pero debemos terminar esta ya extensa reseña (aunque la importancia del libro así lo justifica). Es claro que, en un mundo anarcocapitalista, en el que no existan estados, ni política, ni izquierda ni derecha con los que flirtear, la Iglesia podrá, por fin, liberarse y dedicarse plenamente a su misión fundamental: transmitir la Fe en Cristo (p. 560). Para esta transcendental misión como pone de manifiesto el agudo Nicolás Gómez Dávila en sus Escolios para un texto implícito, el Fundador Jesús, no dejó escritos, tan solo discípulos. Por eso, también en los tiempos actuales, y como indica Ratzinger (pp. 752-753) “lo que más necesitamos son personas que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios resulte creíble en este mundo… Necesitamos personas cuya mente sea iluminada por la luz divina y cuyo corazón sea abierto por Dios de tal forma que su mente pueda hablar a la mente de los demás y su corazón pueda abrir los corazones de los demás”. El resto hay que dejarlo a la divina providencia que siempre actúa, como sabemos,  de forma sutil, silenciosa, casi imperceptible, pero siempre bondadosa y benigna.

Madrid, 20 de diciembre de 2020

Jesús Huerta de Soto

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