LA CARTA DE LOS MARTES – 30 DE MARZO DE 2021

LA CARTA DE LOS MARTES – 30 DE MARZO DE 2021

En nombre de Dios Todopoderoso
Carta de los martes del 30 de marzo de 2021

Queridos amigos:

El 30 de marzo de 1867, los Estados Unidos, tras una negociación llevada a cabo por el Secretario de Estado estadounidense William H. Seward, compraron Alaska[1] (1.518.800 kilómetros cuadrados) al Imperio ruso por 7.200.000 dólares estadounidenses. ¿Cómo fue posible?

Rusia, por un lado, se encontraba en una difícil situación financiera tras la derrota ante Francia y el Reino Unido en la Guerra de Crimea. Por otro lado, temía no poder defender un territorio extracontinental de eventuales ataques por parte de la Gran Bretaña. Las tropas británicas, estacionadas en Canadá, tenían toda la ventaja estratégica y, en caso de conflicto, podrían llegar fácilmente incluso hasta las Islas Aleutianas.  A la vista de la situación, Alejandro II Románov decidió intentar vender Alaska a los Estados Unidos[2]. Su ministro Eduard de Stoeckl inició negociaciones con Seward a primeros de marzo de 1867 y éstas finalizaron a finales de ese mismo mes, con un precio final de 7.200.000 dólares. La ceremonia de entrega se llevó a cabo en Nueva Arcángel/Sitka el 18 de octubre de 1867.

Las razones para la compra residían en el decidido esfuerzo de expansión territorial de los EEUU, en la defensa de sus intereses estratégicos (en los EEUU se pensaba que Asia iba a ser un mercado relevante para sus producciones y Alaska podría servir de base para explotarlo), en sus buenas relaciones con Rusia[3] y en su prevención/desconfianza frente al Reino Unido, a la sazón propietario de Canadá, adyacente. Así, los territorios británicos quedaban rodeados por enclaves norteamericanos, lo que en el futuro podría ser de interés[4].

El senador Charles Sumner, presidente del Comité de Relaciones Exteriores, apoyó decididamente la iniciativa, pues pensó que Alaska contenía valiosos animales y grandes bosques. Patrocinó la Ley de adquisición del territorio. Como erudito que era, pronunció un famoso discurso abarcando temas como la historia, el clima, la configuración geográfica, la población y los recursos económicos de Alaska. Desde una perspectiva de Estado, argumentó que el tratado era un paso claro para ampliar la envergadura de la Unión según el lema de su patria: E pluribus unum.

Sumner aportó estimaciones de origen ruso sobre la población de Alaska, que estaba habitada por unos 2.500 rusos y personas de razas varias, además de unos 8.000 aborígenes. Estos 10.000 sujetos se encontraban bajo control de la compañía de pieles rusa. Fuera de su jurisdicción vivirían unos 50.000 esquimales (inuit) y americanos nativos. Por entonces había dos ciudades más pobladas: Nueva Arcángel, (ahora Sitka), fundada en 1804 para controlar el comercio de pieles de nutria, con 968 personas y Saint Paul (en la isla Kodiak, entonces Islas Pribilov) con 283 habitantes, que era el centro de la industria de la piel de foca[5].

El Senado de los Estados Unidos ratificó el tratado el 9 de abril de 1867 (37 votos a favor y 2 en contra). El pago se retrasó hasta julio de 1868 por la oposición de la Cámara de Representantes, algo renuente a autorizar el desembolso.

Alaska siguió casi despoblada hasta la Klondike Gold Rush de 1896. Hasta entonces, muchos colonos, que se habían apresurado a desplazarse hasta el norte, se percataron de que la explotación de sus riquezas requería una fuerte inversión en capital: todo estaba por hacer. La mayoría abandonó a las primeras de cambio, de manera que, en 1873, la población de Sitka se había reducido desde los 2.500 que fueron tras la adquisición del territorio a unos centenares.

La nueva área continental no contigua de los EEUU quedó organizada inicialmente como Departamento de Alaska; se redenominó Distrito de Alaska en 1884, territorio de Alaska en 1912 y finalmente Estado de Alaska in 1959.
La opinión pública estadounidense reaccionó positivamente, aunque algunos medios se mostraron acerbamente en contra de la adquisición[6]. Les parecía un dispendio innecesario, máxime en una época de reconstrucción tras la Guerra Civil. Con la perspectiva que da el tiempo, el trato no pudo ser mejor, aunque quizá sí más barato. Obtener un territorio dos veces el tamaño de Texas por un montante aceptable y sin derramar una gota de sangre es algo realmente inhabitual y muy positivo. Al cabo, fue considerado como el mayor logro de la presidencia de Andrew Johnson.

Algunos cálculos revelaron que, a corto plazo, no fue un gran negocio para el Tesoro norteamericano. Los impuestos percibidos y las tasas pagadas por la explotación de pieles y minerales no igualaron inicialmente el coste de la administración y los intereses de los fondos solicitados a la banca para para Alaska. Otros economistas afirman que, según esos cálculos, casi ningún Estado de la federación hubiera reportado beneficios al Tesoro. Si se atiende a la renta nacional neta en lugar de a los ingresos del Tesoro, la inversión sí era rentable.

Desde una perspectiva general, parece ridículo argumentar así. ¡Quién pillara una Alaska a coste humano cero! Basta con echar un vistazo a la Historia para darse cuenta.

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La noticia de esta semana es una bien distinta de las habituales de esta sección. Es llamativa, sobre todo para quienes, como yo, ignoramos los matices de la vida salvaje, aunque cotidianamente suframos los embates de la carpetovetónica vida animal.

Pues resulta que los ornitólogos llevan siguiendo desde hace tiempo la pista de un ave de 70 años de edad que consistentemente viene poniendo huevos de los que salen polluelos que ella cría con éxito, el último de los cuales eclosionó el pasado 1 de febrero de 2021. El ave (Wisdom por su nombre de pila) es un albatros de Laysan (Phoebastria immutabilis) que está empadronada en el atolón de Midway, el cual recibe más de un millón de albatros que regresan a las islas a anidar cada año. Una de ellas es Wisdom, quien fue anillada en 1956 por el biólogo Chandler Robbins, ya fallecido.

El artículo no es muy riguroso desde una perspectiva científica (apunta a que se aparean poco como argumento para explicar la reducción de poblaciones de albatros, como si esa no fuera una pauta estándar permanente), pero sí ameno. Se lee fácilmente e induce paralelismos. Por supuesto, como sucede en estos últimos tiempos, alberga las habituales mamarrachadas sobre el cambio climático, pero eso ya está descontado. En fin, la pieza es lacrimógena, pero con todo, un ave de 70 años (y sin duda son una gran cantidad de ellas, porque entre millones tiene que haber muchos más casos de ejemplares longevos fértiles) que se sigue reproduciendo es una maravilla. Vean las fotos.

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El avance tecnológico de hoy es en realidad algo que se sabe bien (en sus efectos) desde el Evento Carrington (1859), del que ya hemos hablado, pero no está de más recordarlo periódicamente, tal es su importancia. No se trata de un avance tecnológico sino de un recordatorio de que la espada de Damocles pende sobre nuestras cabezas y de que los estados harían mejor en gastar nuestro dinero preparándose para una eyección de masa coronal directa hacia la Tierra que, por ejemplo, combatiendo de manera suicida contra los molinos de viento del llamado cambio climático.
Es el sol quien guía el clima de la Tierra en última instancia, no el CO2, ni el metano, ni el óxido nitroso, ni ninguna de las paparruchas que nos quieren hacer creer los globalistas del mundo, unidos. El Sol. Y los rayos cósmicos. Y la fuerza de la gravedad del sistema solar y de sus planetas, de creer a Milankovich[7], que le creemos porque se han probado sus tesis al respecto.

Voy a copiapegar el primer párrafo del artículo, que resume bien las novedades al respecto: “Un equipo de científicos de la Universidad de Warwick acaba de anunciar en Geophysical Research Letters un descubrimiento excepcional: una vez cada 25 años (de media, claro), la Tierra es golpeada por una gran súper tormenta solar lo suficientemente poderosa como para causar estragos en las redes eléctricas, los satélites, los sistemas de navegación aérea y telecomunicaciones y, en general, los equipos electrónicos. Según el nuevo estudio, otras tormentas menos potentes, aunque también peligrosas, ocurren mucho más a menudo, más o menos una vez cada tres años”.

El artículo está muy bien. No es hiperbólico, ni alarmista, ni sensacionalista. Simplemente los científicos avisan: el impacto directo de una masa gigantesca de partículas de energía acabaría con nuestro modo de vida por años. Y la forma de evitarlo – salvo que se asevere otra cosa – es desconectar los sistemas de generación y transformación inmediatamente antes y mientras la tormenta se halle entre nosotros. Eso ya sería, en sí mismo, un gigantesco problema, con daños de gran envergadura, pero nada comparado con lo que pasaría de no hacerse.

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La frase de hoy es del prominente científico israelí Nir Shaviv, quien afirmaba lo siguiente en agosto de 2019:“El cambio climático ha existido siempre y así seguirá siendo. Las emisiones de CO2 no juegan el rol principal. Sí lo hace la actividad solar”

Saludos
CDC


[1] Alaska es un nombre de origen aleuta. En tiempos denominó la península de Alaska, que los rusos llamaban Alyaska.
[2] Esta era una idea acariciada desde largo tiempo antes. La Guerra Civil frenó las negociaciones. Tras la victoria de la Unión en 1865, el Zar ordenó a Stoeckl retomarlas.
[3] Rusia había sido un importante aliado de la Unión durante la Guerra Civil estadounidense.
[4] “Eso haría que John Bull entendiese que la única salida era la venta de sus intereses a Brother Jonathan”.
[5] La caza de focas (por sus pieles) fue una de las consideraciones principales para la compra de Alaska. Sólo el pago de los derechos de caza dobló la suma de lo pagado por el territorio.
[6] Se la denominó de varias maneras: la locura de Seward, la nevera de Seward, el parque de osos polares de Andrew Johnson o «Walrussia» (nótese el juego de palabras o sumatorio entre walrus – morsa en inglés – y Rusia)
[7] Milutin Milankovich fue un científico serbio que vivió entre 1879 y 1958. Las variaciones orbitales o ciclos de Milanković/Milankovich (esta grafía refleja mejor la pronunciación debida) describen los efectos agregados que los cambios en los movimientos de la Tierra provocan en el clima a lo largo de miles de años. La rotación de la Tierra alrededor de su propio eje y su traslación alrededor del Sol son influidos en el tiempo por otros cuerpos astronómicos del Sistema Solar. Dichas variaciones son de una gran complejidad y unos ciclos dominan sobre otros.
La órbita terrestre oscila desde un modelo casi circular a otro casi elíptico, de forma que su excentricidad cambia. Cuando la órbita es más elongada, hay más distancia entre la Tierra y el Sol y el conjunto global de la radiación solar difiere en las distintas estaciones del año. Además, la inclinación de la Tierra (su oblicuidad) también cambia ligeramente. Una mayor inclinación provoca estaciones climáticas más extremas. Finalmente, la dirección a la que apunta el eje de rotación terrestre también cambia con el paso del tiempo (la denominada Precesión de los Equinoccios) mientras la órbita elíptica alrededor del Sol se altera igualmente.
La expresión “ciclos de Milankovich” se acuñó en la década de 1920. Milankovich aventuró que las variaciones orbitales provocaban cambios cíclicos en la radiación solar que llega a la superficie terrestre, lo que a su vez influía considerablemente en los patrones de los cambios climáticos en la Tierra.
De todos los ciclos orbitales, Milankovich creía que la oblicuidad tenía el mayor efecto sobre el clima, y que lo hacía variando la insolación del verano en las latitudes altas del hemisferio norte. De ahí dedujo un período de 41.000 años para las grandes glaciaciones. Investigaciones posteriores han demostrado que los ciclos de la edad del hielo de la glaciación cuaternaria durante el último millón de años están más en consonancia con un período de 100.000 años, que coincide mejor con el ciclo de excentricidad
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