MUJER

MUJER

Por León Gómez Rivas

 Vivimos una época de enorme confusión en muchos fundamentos culturales, antropológicos o de interpretación histórica (como ejemplo, sirva la necedad de proscribir por franquista al almirante Churruca… ¡muerto en 1805!). Permitan que comparta con Uds. algunas consideraciones en torno a la biología humana del hombre y la mujer.

Vaya por delante que hombre y mujer deben compartir iguales derechos y oportunidades o merecer el mismo respeto personal; siendo diferentes en su naturaleza física, desarrollo emocional y habilidades cognitivas.

La especie humana, como todos los mamíferos, como la inmensidad de los animales, se divide en dos sexos. El género es un invento cultural, muy exitoso en su rápida y generalizada aceptación por una sociedad sorprendentemente aborregada. Sobre esto pueden encontrar un buen montón de explicaciones: recuerdo ahora mismo la de nuestro Premio Diego de Covarrubias, el catedrático Francisco J. Contreras, que habla de la búsqueda de un nuevo ‘sujeto revolucionario’ por parte del marxismo cultural: visto el fracaso de la revolución proletaria, ahora nos quieren imponer una nueva lucha de clases con el protagonismo de este constructo imaginario.

Es cierto que, a lo largo de la historia, en la organización social, familiar o política de la especie homo ha tenido un mayor peso el sujeto masculino: voy a tratar de explicarlo siguiendo el razonamiento del Proyecto Gran Simio, una de las típicas teorías de esa ‘agenda progresista mundial’ tan de moda. Lo que hoy llamamos ‘machismo’ es una consecuencia evolutiva de aproximadamente dos millones de años: nuestros antepasados, como los actuales gorilas o chimpancés, vivían en grupos liderados por uno o varios machos, con una incuestionable jerarquía social que respondía a la propia adaptación biológica. Tales conductas fueron generando en nuestro cerebro más profundo muchos hábitos, que hoy desde luego nos resultan insoportables, coherentes sin embargo con estas sociedades-manadas de antropoides y homínidos.

Incluso al surgir el sapiens sapiens, hace unos doscientos mil años, esa brutal carga genética no desapareció. Las hembras de los grupos cazadores, que eso fuimos los seres humanos hasta apenas diez mil años atrás, vivían sometidas a una vida nómada y machista. Entonces descubrimos la agricultura, y el Neolítico supuso un cambio radical en la organización social, familiar y política; pero no suficiente. Porque esos dos millones de años de herencia genética no pueden esfumarse de repente: ¿cómo empezaron a modificarse las cosas?

En mi opinión, hay un momento clave hace unos cuatro mil años, cuando una tribu semi-nómada del Asia Menor experimentó algo difícilmente comprensible para las mentes cientistas contemporáneas: la Revelación de un Dios personal. El pueblo de Israel, a pesar de tantas imperfecciones, supone un gran avance en el acercamiento de derechos entre hombres y mujeres; que encuentra su plenitud en el mensaje de Cristo, solamente dos mil años atrás. La igualdad radical entre los dos sexos, con sus diferencias evidentes, descansa en la suprema dignidad que otorga la filiación divina. A partir de aquí se construye lo que entendemos como civilización Occidental: hasta el momento la que más derechos y libertades otorga al ser humano (la desviación islámica del siglo VII no se puede considerar, objetivamente, un triunfo para la mujer; ni tampoco pienso que las grandes civilizaciones orientales sean un buen ejemplo a seguir). Cómo se ha venido aplicando ese mensaje en el mundo Antiguo, Medieval o Moderno es otra cosa: la naturaleza humana es muy limitada y desde luego ni revoluciones francesas, bolcheviques o maoístas han reconocido a la mujer todos esos derechos que venimos reclamando.

Comprenderán que esta larga y compleja historia no se puede resolver en unas pocas decenas de años; y mucho menos a base de cambiar el lenguaje, inventarse términos imposibles, o reeducar a los niños al estilo goebbeliano. Pienso que la única solución puede venir insistiendo en aquella propuesta moral que se originó en Palestina hace unos cuarenta siglos y ‒lo quieran reconocer o no‒ también es la base cultural de todos los movimientos feministas, lobbies LGBTIQ+, agendas progresistas o perspectivas de género. Educar en la virtud, en el respeto al prójimo, en el esfuerzo de la voluntad hacia el bien, etc. es la auténtica forma de conseguir esa sociedad inclusiva que todos queremos.

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