LA CARTA DE LOS MARTES – 07 DE DICIEMBRE DE 2021

LA CARTA DE LOS MARTES – 07 DE DICIEMBRE DE 2021

“En nombre de Dios Todopoderoso”

Carta de los martes del 7 de diciembre de 2021

Queridos amigos:

A las 7:48 a. m. del 7 de diciembre de 1941, la armada imperial japonesa lanzó un sorpresivo ataque aéreo contra la flota norteamericana atracada en la base naval de Pearl Harbor, Oahu, Hawaii. El resultado inmediato fue una gran victoria táctica para Japón[1], cuya acción fue muy destructiva[2] y dejó inutilizada gran parte de la flota norteamericana por un plazo de seis meses. ¿Por qué arremetió Japón contra los buques de los EE. UU.? Hay razones de fondo y razones militares inmediatas.

Durante la Era Meiji[3], Japón había modernizado su ejército y se había abierto al exterior, abandonando su secular aislacionismo. Tras derrotar al Imperio Chino en la Primera Guerra Sino-Japonesa[4] y al Ruso en la Guerra Ruso-Japonesa[5], Japón ocupó Formosa y Corea. Desde la década de 1920, Japón se hallaba embarcado en una estrategia de crecimiento económico que, dada su completa carencia de materias primas para el desarrollo industrial (combustibles, minerales, caucho), requería obtenerlas de otros países. La vía de su adquisición a precios internacionales propiciada por los gobiernos japoneses chocó con la belicosidad y superioridad de un ejército que pugnaba por la obtención de esos inputs invadiendo las zonas productivas correspondientes próximas al archipiélago nipón. La situación general se deterioró con la invasión japonesa de Manchuria[6] en 1931.

La Segunda Guerra Sino-japonesa se desencadenó en 1937. La masacre de Nankín[7] de 1937 tiñó al régimen imperialista nipón con una indeleble tacha de comportamiento genocida. De inmediato, los EE. UU., el Reino Unido y Francia proporcionaron asistencia financiera a la República de China para la compra de armamento. Además, los Estados Unidos reaccionaron suspendiendo la venta de aviones, combustible de aviación y maquinaria, y más tarde[8] la de crudo, imprescindible para Japón. En 1940, Japón ocupó la Indochina francesa para cortar sus suministros a China.

A comienzos de 1941, la flota del Pacífico se desplazó desde San Diego a Hawaii y comenzó el rearme norteamericano de las Filipinas para disuadir a Japón de efectuar la invasión de ese país. Esta estrategia llevó a los japoneses a poner en marcha planes de conquista de las Indias Orientales Holandesas, ricas en petróleo.

Y aquí empiezan los movimientos militares previos al ataque a Pearl Harbor. La planificación japonesa comenzó a principios de 1941[9]. Su mentor fue el almirante Isoroku Yamamoto, comandante de la Flota Combinada japonesa. La idea era eliminar la flota norteamericana del Pacífico mediante un devastador ataque por sorpresa[10] y entonces hacerse con las colonias del Reino Unido[11], Francia[12], Países Bajos[13] y los propios EE. UU.[14] en el sureste asiático sin obstáculos. Tres eran los objetivos buscados: destruir el máximo de buques para anular la flota norteamericana en el Pacífico; ganar tiempo para consolidar la propia superioridad naval japonesa y destruir la moral de combate de los EE. UU., lo que según esa hipótesis les conduciría a negociar[15].

En septiembre comenzaron los ejercicios de simulación bélica en la bahía de Kinko, parecida a Pearl Harbor[16]. El 26 de noviembre de 1941, una fuerza de ataque japonesa compuesta por seis portaaviones y los buques de acompañamiento habituales, al mando del vicealmirante Chuichi Nagumo, zarpó de la bahía de Hitokappu (Islas Kuriles). Llegado el día 7, el ataque fue llevado a cabo por 353 aeronaves japonesas[17] en dos oleadas. A los 90 minutos de haber comenzado, el ataque finalizó. Murieron 2.460 norteamericanos[18] y 1.282 resultaron heridos. Diecinueve barcos (de los que cinco eran acorazados) fueron hundidos o quedaron encallados.

Con todo, el hecho de que los tres portaaviones de la Flota del Pacífico (EnterpriseLexington y Saratoga) estuvieran fuera de Pearl Harbor en el momento del ataque supuso un importante contratiempo para Japón, cosa que muchos analistas subrayaron de inmediato.

El ataque conmocionó profundamente[19] a los EE. UU. y acarreó su inmediata entrada[20] en la Segunda Guerra Mundial, tanto en Europa como en el Pacífico. La Alemania nacionalsocialista y el tercer miembro del Eje, Italia, declararon a su vez la guerra a Estados Unidos el 11 de diciembre.

Como es sabido, el ataque tuvo lugar antes de que el Imperio nipón efectuara ninguna declaración de guerra, aunque el almirante Yamamoto quería realizar el ataque 30 minutos después de una declaración formal de “finalización de las conversaciones de paz”, lo que se entendería como el inicio de las hostilidades[21]. Ese factor tuvo consecuencias importantes: la primera, unió a los EE. UU. de manera solidaria hasta la rendición incondicional de Japón. La segunda, desencadenó la movilización completa de los EE. UU., su conversión en una economía de guerra y la multiplicación de las capacidades industriales del gigante dormido. Finalmente, suprimió eventuales escrúpulos a la utilización de la bomba para finalizar la guerra.

Los japoneses dieron el paso de atacar a la flota norteamericana cegados probablemente por el llamado “mal de la victoria”: llevaban casi cincuenta años venciendo en todas las guerras que habían iniciado y eso les hizo perder la perspectiva de contra quién se enfrentaban esta vez. El almirante Yamamoto no se hacía ilusiones[22], pero el ejército y la armada imperiales pensaban de otra manera. Finalmente, guerrear contra los EE. UU. implicó al cabo una completa, dolorosa y enormemente costosa (en vidas y medios) derrota japonesa. A su vez, la victoria norteamericana en los frentes asiático y europeo convirtió a ese país en la potencia hegemónica, pronto enfrentada a la URSS, a la que asimismo contribuyó a hundir en 1991, esta vez sin ejércitos mediantes.
Pearl Harbor fue el acto de guerra que más consecuencias duraderas y profundas ha desencadenado de los acontecidos en el Siglo XX, incluso por encima de la Operación Barbarroja.

No es poco decir.

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La noticia de esta semana está en un artículo de Esteban Hernández que, lo confieso, me descolocó inicialmente, incluso desde el mismo título. Interesado, lo leí con atención. Y hube de concluir que ni mucho menos andaba desencaminado, aunque la categorización del colectivo a que se refiere Javier Gomá y que vertebra el texto sea demasiado extremada: no toda la clase alta (que no dominante) desprecia las ideas y a los intelectuales.

No es la “gente fina” quien diseña y aplica descabellados planes de estudios sucesivos que dicen obedecer a las necesidades que se derivan del pragmatismo productivo del sistema; son los arribistas de la política, y en este caso se entiende perfectamente su rechazo a las humanidades, a las ideas y a la cultura: a todo ello son refractarios en su cortedad. Y eso sí, esa casta política se suma de inmediato a “los finos” y pronto funge de aristocrática clase dirigente: el mecanismo es siempre el mismo. Al fin y al cabo, estas gentes han llegado a la cúspide: ¡qué les importa saber de dónde vienen y a dónde van! Carpe Diem. La Verdad, la Historia y la Justicia son conceptos ajenos a su mismidad.

En realidad, lo que más choca es la enorme capacidad que han desarrollado para desvalijar a las clases medias y trabajadoras con todo tipo de mentiras apenas elaboradas. La magnitud del latrocinio (y la tendencia creciente que éste sigue) es nueva desde una perspectiva histórica. Vamos, que antes saqueaban menos que ahora y ahora, menos que en el futuro.

Gran parte del texto se dedica a poner de relieve la importancia de las Humanidades. La tiene, por supuesto. Sin ellas no se entiende nada. Y cuanto dice el autor es indiscutiblemente ajustado. Pero cuando uno termina de leer, una suerte de difusa melancolía lo invade todo: es cierto cuanto afirma, pero ahí están los bárbaros cancelando la cultura con el apoyo, la financiación y la aquiescencia de las clases dirigentes.

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La frase de hoy se halla en Mateo, Capítulo 26, Versículo 52: “Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán”. Nuestro refranero lo expresa de otra manera, con el mismo significado: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

Cordiales saludos

José-Ramón Ferrandis, Director CDC


[1] Cuyas bajas fueron mínimas: 29 aviones destruidos, 4 minisubmarinos hundidos 1 encallado, con 64 muertos y 1 prisionero.
[2] Las cifras son explícitas: 4 acorazados hundidos, 3 dañados y 1 encallado, otros 5 barcos hundidos, 3 cruceros dañados, 3 destructores dañados, 188 aviones destruidos y 159 aviones dañados. Y, sobre todo, 2.402 muertos y 1.247 heridos militares, además de entre 48 y 68 civiles muertos y 35 heridos.
[3] La era Meiji (23.10.1868 – 30.7.1912) se refiere al reinado del emperador japonés Meiji. Durante este período, el país se occidentalizó, convirtiéndose en una potencia. Su modelo fue la Prusia de Guillermo II.
[4] 1894/1895
[5] 1904/1905
[6] A la que Japón redenominó Manchukuo.
[7] Nankín era por entonces capital de China. En ella fueron brutalmente asesinados 200.000 civiles.
[8] Los Estados Unidos cesaron la exportación de petróleo a Japón en julio de 1941, tras la invasión nipona de la Indochina francesa subsiguiente a la rendición de la metrópoli en el frente europeo.
[9] Los planificadores militares estudiaron a fondo el ataque aéreo que los británicos lanzaron en 1940 contra la flota italiana en el golfo de Tarento.
[10] La estrategia japonesa de lanzar un gran ataque naval preventivo ya fue utilizada por Japón contra Rusia en la Guerra rusojaponesa el 8 de febrero de 1904 (Port Arthur).
[11] Malasia (incluido Singapur), Birmania y Hong Kong.
[12] Indochina.
[13] Indias Orientales neerlandesas, ahora Indonesia.
[14] Las islas Filipinas, el atolón de Wake (Isla de San Francisco, como la denominó el español Álvaro de Mendaña de Neira, quien la descubrió en 1568) y Guam (territorio español desde el siglo XVI hasta 1898)
[15] Ese era el núcleo central del argumentario del almirante Yamamoto, quien no creía que Japón pudiera vencer en una guerra larga a los EE. UU. Sólo podrían vencer en una negociación inducida por el fuerte impacto inicial. Vean su frase: “Durante los primeros seis o doce meses de guerra contra los Estados Unidos y Reino Unido, causaré estragos en todos sus flancos y conquistaré una victoria tras otra. Después… no tengo esperanzas de ganar”.
[16] No sólo eso; vean la fotografía que acompaña a la Carta.
[17] Sorprendentemente, los japoneses no atacaron la central eléctrica, los astilleros, los talleres, los depósitos de combustible y torpedos, los muelles de submarinos y los edificios del cuartel general. Eso les costó caro más tarde. Dejar intactas esas infraestructuras significó que los estadounidenses pudieron responder relativamente pronto a las actividades japonesas en el Pacífico. La destrucción de todas las instalaciones y suministros que quedaron intactos habría dañado mucho más a la flota del Pacífico estadounidense que la pérdida de sus acorazados. Se estima que, si todo hubiera sido destruido, el retraso norteamericano hubiera sido superior a un año. Adicionalmente, el almirante estadounidense Chester Nimitz, estimó que “ello hubiera prolongado la guerra otros dos años”.
[18] Casi la mitad de los muertos (1.177) se produjeron por la explosión de la santabárbara del acorazado Arizona.
[19] Téngase en cuenta que no hubo previa declaración de guerra por arte de Japón. Eso habilitó la respuesta del presidente Franklin Delano Roosevelt: “Ayer, 7 de diciembre de 1941 — una fecha que vivirá en la infamia — Estados Unidos de América fue atacado repentina y deliberadamente por fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón”. Y eso permitió que el ataque a Pearl Harbor fuera juzgado en los Juicios de Tokio como un crimen de guerra.
[20] Al día siguiente, 8 de diciembre.
[21] Eso les hubiera permitido afirmar que habían respetado las convenciones de la guerra. De todas maneras, parece que el retraso en la declaración formal obedeció a divisiones en el seno del gobierno japonés.
[22] “Puedo moverme a mis anchas durante seis meses. Después de eso no albergo esperanzas de tener éxito”.
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