CAMINANDO, QUE ES GERUNDIO

CAMINANDO, QUE ES GERUNDIO

CAMINANDO, QUE ES GERUNDIO — 

Por Walden Fernández Lobo — 

 

Reflexionando sobre los famosos versos de Antonio Machado, “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar,” etc., de los que nos hicimos eco en nuestro artículo anterior sobre el existencialismo, nos vino a la mente el recuerdo de un ensayo de Henry D. Thoreau, titulado precisamente Walking (Caminando), que en algunas traducciones aparece como El arte de caminar.

Se trata de un ensayo que vio la luz en 1862, que acaso sea el más famoso que escribió después del de la desobediencia civil, que tanto impresionó y motivó a Gandhi, y donde Thoreau llega incluso a decir que se trata de un arte, el arte de caminar y que sus adeptos forman la orden de los caminantes. Sin embargo, es una orden muy restrictiva, puesto que, en su opinión, Ambulator nascitur, non fit (el caminante nace, no se hace). Nosotros no llegamos a decir tanto y pensamos simplemente que, con un poco de determinación, uno puede llegar a ser un caminante. En cualquier caso conviene aclarar que aquí no nos estamos refiriendo a esa práctica felizmente bastante extendida de salir a correr o trotar, que es un deporte muy saludable, la primera forma de ejercicio, el ejercicio más natural. Pero no estamos hablando de esto, sino de algo más sofisticado que involucra a algo más que nuestras piernas y por ello hablamos del arte de caminar. Aunque como se suele decir hoy en día, hay mucha gente que no es capaz de andar 100 metros sin saber que llevan el móvil en el bolsillo. Pudiendo disfrutar de la posibilidad de desplazarnos de un sitio a otro, ello implica la ventaja de poder encontrarnos unos con otros, de lo cual a menudo no somos conscientes, pero basta con recordar que los árboles y las montañas nunca se encuentran, muy a su pesar, suponemos, para ser conscientes de lo grato que nos puede resultar el poder concertar citas para encontrarnos con nuestros seres queridos.

En el texto que sigue vamos a destacar algunas de las partes que nos parecen más interesantes del documento original de Thoreau y las vamos a acompañar con nuestros propios comentarios.

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Dice Thoreau que no puede permanecer en su habitación por más de un solo día sin oxidarse de alguna forma y que por ello, para preservar su salud mental y física, suele dedicar todos los días varias horas a andar errante por los bosques, sobre las colinas y los campos. Solemos pasar la mayor parte de nuestro tiempo debatiendo sobre los problemas de nuestra sociedad, pero ya desde el principio del ensayo advierte Thoreau que el hombre es una parte de la naturaleza, más  bien que un miembro de la sociedad; que hay muchos campeones de la civilización, pero que a lo largo de su vida solo se ha encontrado con una o dos personas que comprendieran el arte de caminar. Y pasear por el bosque es la forma más natural de caminar, el sentir la proximidad de la naturaleza con todos los sentidos, en fin, el mejor ejercicio al que podemos dedicarnos. De hecho, el alejamiento del bosque es la causa de buena parte de los males que aquejan a nuestra sociedad.

A los seguidores del pensamiento filosófico de Aristóteles se los conocía como peripatéticos. Esta palabra procede del griego peripatētikós, que es un adjetivo que literalmente significa “que pasea” y es que Aristóteles caminaba con sus discípulos mientras les impartía sus enseñanzas en el “liceo”.  No cabe duda alguna de que era consciente que esa era la mejor forma de transmisión de la enseñanza al discípulo.  La expresión de que “la letra con sangre entra” es una de las numerosas falacias de la sabiduría popular. No todos los seres vivos tienen la posibilidad de caminar, de desplazarse de un lugar a otro para encontrarse con sus amigos y sus seres queridos. Los árboles, y no digamos ya las montañas, nunca se encuentran entre ellos, como acabamos de comentar en la introducción. Por ello no debemos desestimar esta maravillosa facultad que poseemos de caminar. De entrada, el caminar regularmente nos permite librarnos de esa enfermedad ya crónica de nuestra civilización que es el sedentarismo. Pero no solo se trata de esto.

Thoreau ya previó el día en que la propiedad privada invadiría el paisaje y las cercas se multiplicarían por doquier, como sucede hoy en día. Sin embargo, tuvo la suerte de vivir en una época en la que el paisaje no era de propiedad privada; pero ya advirtió que disfrutar de una cosa exclusivamente es privarnos del auténtico disfrute de ella. Algún tiempo después de que yo adquiriese una finca en el campo, unos vecinos, una familia integrada por 5 hermanos, se repartieron, no sin las habituales disensiones, la finca que sus padres les habían dejado como herencia tras su fallecimiento. Una vez concluido el reparto y antes incluso de poner la cerca exterior, lo primero que hicieron fue construir las cercas interiores entre ellos.  Seguimos y parece que seguiremos teniendo los graves problemas de comunicación de siempre. En lugar de intentar hacer algo por amortiguar este problema ya cronificado, optamos por la solución de poner cercas, muros y todo tipo de barreras a la comunicación entre nosotros, desaprovechando así las ventajas que nos ofrece la posibilidad de caminar para poder encontrarnos entre nosotros y mantener unas relaciones gratificantes.  Pero volvamos al texto original.

Cuenta Thoreau que cada vez que sale de casa para un paseo y deja que su instinto decida por él, inevitablemente siempre se dirige hacia la franja entre  el oeste y el sudoeste, y considera que el futuro para él está en esta dirección, donde la tierra parece menos agotada y más rica. Y cita la expresión latina de que Ex Oriente lux; ex Occidente frux (de Oriente, la luz; de Occidente, el fruto). Nacido tan solo 40 años después de la independencia de su país, no siente ninguna inquina hacia los países que lo colonizaron, pero también desarrollaron y encauzaron debidamente al suyo para que más tarde llegara a ser la nación más poderosa de la tierra; no como actualmente, cuando Estados Unidos parece embarcado en una aventura revisionista de su pasado que no hace presagiar nada positivo de cara a su futuro. Los países que no saben honrar adecuadamente su pasado, a pesar de los errores que puedan haber cometido, no pueden construir un futuro prometedor. Y eso es lo que le sucede a Estados Unidos actualmente. Sin embargo, Thoreau, incluso a pesar de su origen francés, a juzgar por su apellido, muestra por ejemplo un reconocimiento hacia España y esto es lo que dice sobre su tendencia a dirigirse hacia el oeste en sus paseos:

“Colón sintió la tendencia hacia el oeste más fuertemente que nadie antes de él.  La obedeció y descubrió un Nuevo Mundo para Castilla y León”. (La traducción del original en inglés es propia). Y más adelante, ya casi al final del ensayo, vuelve a hacer referencia a nuestro país, con otra mención:

“Hay otras letras, además de las que inventó Cadmo[1]. Los españoles tienen una buena denominación para expresar ese conocimiento salvaje y oscuro, Gramática parda (sic en el original en inglés, que a continuación traduce como   tawny grammar), una especie de sentido común derivado de este mismo leopardo al que me he referido”. También era un magnífico conocedor de la mitología grecorromana. En definitiva, Henry D. Thoreau: un norteamericano que reconoció y agradeció sus orígenes europeos, dicho de forma sucinta.

Cuentan los biógrafos de Beethoven que era acaso el compositor más ecologista y también un caminante en el sentido en que estamos considerando aquí esa expresión, porque le gustaba pasearse por los alrededores de Viena con un cuaderno musical en el que transcribía los sonidos del campo, como el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos, etc., que luego incorporaba a sus famosas sinfonías. Por ejemplo, su sexta sinfonía, la Pastoral, tiene varios ejemplos de esta peculiar forma de componer. Fue precisamente esta sinfonía la que escuché siendo todavía un niño y, al percibir esta sucesión de sonidos campestres, me convertí desde entonces en un apasionado amante de la música clásica, afición que me ha durado toda la vida. Pero Beethoven también era lo que coloquialmente se denomina un “culo inquieto”, que se pasó toda la vida mudándose de casa en casa, pues siempre terminaba peleándose con el casero y es que era bastante huraño o misántropo y su sordera posterior no hizo sino acrecentar este temperamento.  Sin embargo, cuando se paseaba por los bosques que circundan Viena, se encontraba muy a gusto y, de hecho, se había hecho muy amigo de determinados árboles a los que iba a visitar regularmente, pues los quería más o se comunicaba con ellos mejor que con la mayor parte de los humanos. Los árboles no podían ir al encuentro de él, pero él sí podía ir a su encuentro. Este rasgo de su personalidad es particularmente llamativo, aunque no se trata de un caso aislado.

Por ejemplo, la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou (nacida como Fernández Morales), que vivió entre 1892 y 1979, tiene un poema titulado La higuera, donde muestra su aprecio por este árbol que no pasa por ser uno de los más bonitos. Estos son sus primeros versos:

«Porque es áspera y fea,/ porque todas sus ramas son grises,/ yo le tengo piedad a la higuera./ En mi quinta hay cien árboles bellos,/ ciruelos redondos, limoneros rectos/ y naranjos de brotes lustrosos./ En las primaveras,/ todos ellos se cubren de flores/ en torno a la higuera. / Y la pobre parece tan triste/ con sus gajos torcidos que nunca de apretados capullos se viste…”

Lo que hace la poeta – es una delicia saber que al otro lado del charco existen escritores que dominan magistralmente nuestro idioma común – es una recreación del mito del paraíso perdido, ese jardín del Edén lleno de árboles frutales del que nuestros primeros padres fueron expulsados, según cuenta el Génesis; y que desde entonces todos soñamos con volver a ese paraíso perdido. En mi quinta hay incluso más de cien árboles frutales, una buena parte de los cuales higueras. Menos mal que algunos de ellos, como los almendros, los cerezos o los ciruelos se cubren de flores en las primaveras en torno a las higueras, para que estas no parezcan tristes.

Y continúa la poeta:

«Por eso, cada vez que yo paso a su lado,/ digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento:/«Es la higuera el más bello/ de los árboles todos del huerto»./  Si ella escucha,/ si comprende el idioma en que hablo,/ ¡qué dulzura tan honda hará nido en su alma sensible de árbol!/

Juana de América, como la apodaron oficialmente en 1929, recurre al subterfugio de pretender que la higuera comprende el idioma en el que habla, para poder establecer una relación con ella. Y concluye su poema con un rasgo algo narcisista de su condición de mujer:

«Y tal vez a la noche,/ cuando el viento abanique su copa,/ embriagada de gozo le cuente:/ ¡ Hoy a mí me dijeron hermosa!”

Desde hace muchos años adopté la costumbre de levantarme temprano, antes del alba. No sé si Dios me ha ayudado por ello, pero otra de las cosas que hago más recientemente es la de salir fuera a contemplar este amplio y misterioso universo, aprovechando que todavía se pueden contemplar las estrellas, siempre que el cielo no esté cubierto de nubes. Así, pues, cada día acudo a mi cita con la Osa Mayor, la Osa Menor, la Alfa Centauri, etc. Al contemplar tantas estrellas y sabiendo que en la mayor parte de ellas podrían entrar centenares de miles de Tierras (nuestro planeta), dejando todavía espacio libre, no soy capaz de imaginarme lo vasto que puede ser el universo. Sabiendo también que todas las estrellas se están moviendo en el espacio, a veces me he preguntado si no podría una de ellas chocar con otra, pero me he tranquilizado al saber que, en un modelo reducido donde las estrellas fueran como barcos, cada uno de estos viajaría solo y a más de un millón de kilómetros de su vecino más próximo. Lo único que puedo pensar en ese momento es que el espacio es infinito. Y para rematar, si llego a imaginarme caminando por medio del espacio como una hormiguita minúscula en medio de tantas estrellas, lo único que se me ocurre pensar ya es si más allá del espacio se encuentra algún Ser -o por ponerlo de otra forma, un Motor Inmóvil- que mueve eternamente este vasto y misterioso universo. Pero regresemos al minúsculo planeta Tierra.

A Thoreau también le gustaba hacer digresiones como esta que acabo de hacer. Por ejemplo y ya al final del ensayo, comenta que ha oído hablar de una sociedad para la difusión del conocimiento útil; que el conocimiento es poder y cosas parecidas. Pero añade a continuación que tenemos la misma necesidad de una sociedad para la difusión de la ignorancia útil, puesto que lo que llamamos conocimiento a menudo no es más que nuestra ignorancia positiva; y la ignorancia, nuestro conocimiento negativo. Esta aparente contradicción se basa sobre el axioma de que es mejor ser ignorante que conocer cosas que no son verdaderas. Pero ¿qué es la verdad? La mayor infamia que debió cometer Pilatos en toda su vida fue la de sentenciar a muerte a Jesucristo, pero después de esta, acaso fue la de no ser paciente, cuando en el diálogo que mantuvo con Cristo y éste le dijo que para eso él había venido al mundo, para dar testimonio de la verdad, le preguntó: «¿y qué es la verdad?» Pero el muy cretino de Pilatos, en lugar de esperar a la respuesta de Cristo, se encogió de hombros y salió al patio para decir a los judíos que no encontraba ningún crimen en Cristo (San Juan, 18, 37-38). Con lo que dejó a toda la cristiandad con la miel en los labios por no poder conocer las que acaso hubieran sido las palabras más profundas pronunciadas por Cristo justo antes de ser crucificado. ¿Qué es la verdad? Ahí queda la pregunta.

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Estas han sido las reflexiones que se nos han ocurrido a cuenta del mencionado ensayo de Thoreau y que nos han permitido hablar de lo divino y lo humano. De todas formas, nada puede sustituir a una lectura del documento original. Pero en cualquier caso lo que debe quedar meridianamente claro es que caminar es algo muy saludable que nos permite librarnos de esa enfermedad crónica de nuestra civilización que es el sedentarismo. Por ello, si les apetece y pueden hacerlo, salgan de su casa a caminar regularmente, como hacían los peripatéticos, pues esa es una forma dinámica de aprender muchas cosas interesantes sobre la vida y sobre nosotros mismos, más interesante que la de estar sentados en el salón de nuestra casa leyendo un libro cuyo contenido no nos resulta interesante y que por ello bostezamos continuamente.

A lo largo de la historia ha habido muchos caminantes que eran filósofos, músicos, escritores de todo tipo, etc., que supieron practicar el arte de caminar y beneficiarse de sus efectos positivos. Es una lástima que la parcelación del campo, con todas sus cercas y barreras, dificulte y mucho el encontrar lugares interesantes y, sobre todo bosques, donde poder practicar a plena satisfacción ese saludable arte. Esto resulta especialmente difícil para los habitantes de las grandes ciudades, que son hacia donde converge cada vez más la mayor parte de la población. Pero de cada uno de nosotros depende el saber encontrar esos lugares donde poder desconectar del ruido urbano y contactar con la madre naturaleza.

[1]    A quien se le atribuye la introducción del alfabeto en Grecia, al igual que la del arado.

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