SINTETIZANDO EL CONFLICTO — Por José Ramón Ferrandis Muñoz

SINTETIZANDO EL CONFLICTO — Por José Ramón Ferrandis Muñoz

La noticia de la semana es un relato que pretende aunar muy superficialmente la enorme cantidad de información, análisis y opinión que se ha vertido desde la invasión rusa del territorio de Ucraina. Seleccionar uno u otro documento se revela tarea de titanes, pues cualquier criterio que se utilizara dejaría de lado magníficos textos. Con todo, intento una síntesis.

El 24 de febrero de 2022, el Ejército ruso invadió Ucraina. Su intención podría ser consolidar definitivamente, a través de un posterior tratado de paz bilateral, la absorción de iure ya realizada de Crimea y el Donbas en la Federación Rusa. En segunda instancia, Rusia intentará convertir a Ucraina, gobierno títere mediante, en una nueva Bielorrusia que remede y mejore el fiasco de la CEI para desarrollar el embrión de una nueva URSS. Esta hipótesis está basada en evidencias, así como en apreciaciones derivadas de la historia personal de Vladimir Putin. Asimismo, existe en Rusia un difuso sentimiento de amputación teñida de melancolía irredenta derivada del desmembramiento de la Unión Soviética. La gente que así piensa estaría a favor de la recuperación por distintos medios de los territorios correspondientes.

Si los países de Occidente, individualmente o asociados bajo la OTAN y la UE, consienten este primer paso para redefinir las fronteras de Belaviezha[1], debe esperar que el próximo tenga que ver con las Repúblicas Bálticas, es decir, Estonia, Letonia y Lituania. Las tres son miembros de la OTAN y de la UE y esto constituiría un casus belli que daría paso a la Tercera Guerra Mundial, de nuevo iniciada en Europa. Esta vez, con abundancia de armamento nuclear, con un reputado psicópata al frente de Rusia y un anciano incapacitado dícese que al frente de los EE. UU.

La reacción internacional ha sido variada, con un claro predominio de quienes rechazan esta invasión. En votación efectuada en la ONU el día 2 de marzo, a las 11:55 hora de Nueva York, se ha puesto de manifiesto el cuadro que refleja la posición de los estados allí representados. La incorporo al final de la Carta. Con Rusia han votado sólo 4 países, que son Bielorrusia, la República Democrática de Corea, Eritrea y Siria. Tres comunistas y un dependiente del ejército ruso. 35 países se han abstenido: los sospechosos habituales, con China y Cuba a la cabeza, algunos antiguos miembros de la URSS en los que Rusia tiene la mano alta (Kazajstán), más el notable desempeño de cuatro de los cinco países del imperio británico en la India y algunos otros que han votado por razones probablemente espurias. La brutalidad rusa en una invasión cantada, calculada y producida después de la implosión de la Pax americana puesta de relieve recientemente en Afganistán ha impactado fuertemente en todo el mundo.

Tras una tibia reacción inicial de los países y organizaciones más relevantes, el tesón ucraino por no dejarse vencer ha obrado el milagro: Occidente planta cara, a medias y con muchos renuncios, caveats y excepciones, pero ha plantado cara vía sanciones y exclusiones, que sin ser definitivas marcan el camino. Y más notablemente, empresas, instituciones deportivas, gestores de canales de comunicación y el sistema bancario están poniendo a Rusia, a medio plazo, contra las cuerdas, aunque no en la lona. El problema es que esta guerra injustificada y criminal se decidirá a corto plazo por la enorme supremacía material (que no militar: es el mismo desastre de siempre) por parte de Rusia.

La masacre de civiles, la utilización masiva de artillería, vehículos blindados y misiles, el uso de explosivos prohibidos, la tremenda superioridad en mar y aire y la prepotencia soviética exhibida por Moscú han puesto a la mayoría del mundo a favor de Ucraina. No se descarta que Rusia ponga de rodillas al gobierno ucraino tras un ataque exitoso a Kiev, pero entonces se encontrará con el medio plazo militar, económico, político y social: Rusia se convertirá en un paria. Podrán asesinar al presidente Zelenski, pero entrarán en un infierno del que Rusia puede salir hecha jirones en lo económico, en lo social y en lo militar. La población rusa más joven va a ver en sus carnes el efecto de la guerra de un solo hombre ansioso de jugar un rol equiparable al de Pedro I Románov o del propio Lenin. Todo es posible a la sombra del Kremlin.

Y mientras tanto, China, con 1.370 millones de habitantes y un apetito desmesurado por nuevos territorios, mira impávida desde el Este.

[1] El Tratado de Belavezha fue firmado el 8 de diciembre de 1991 por los presidentes de la RSFS de Rusia, RSS de Ucrania y RSS de Bielorrusia, a la sazón Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkévich, en la reserva natural de Belovézhskaya Puscha o bosque de Bialowieza, según este uno en Bielorrusia o en Polonia. El Tratado estableció la disolución de la URSS y el establecimiento de sendos Estados en las antiguas Repúblicas de la Unión Soviética.

 

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