LA TECNOLOGÍA: ¿SALVACIÓN O PERDICIÓN? (1ª parte)

LA TECNOLOGÍA: ¿SALVACIÓN O PERDICIÓN?  (1ª parte)

LA TECNOLOGÍA: ¿SALVACIÓN O PERDICIÓN?  (1ª parte)

                                                       por Walden Fernández Lobo

Mientras estudiaba ciencias económicas y empresariales en la universidad y muy en concreto la asignatura de Microeconomía, uno de cuyos primeros capítulos era el de la función de producción, es decir y para aquellos que no conozcan esta materia, la relación funcional entre los factores productivos, el capital y el trabajo, y el nivel de producción, los manuales y los profesores decían que la tecnología estaba dada, lo cual quería decir que el análisis se centraba en las proporciones variables de los dos factores productivos mencionados, mientras que todo lo demás, tecnología incluida, se mantenía bajo el criterio de «ceteris paribus» o que todo eso permanecía constante.

Este análisis de las proporciones de los factores productivos entre sí es lo que en la teoría económica se denomina procesos productivos, que no son lo que normalmente se entiende como tales en el mundo de la empresa, donde un proceso productivo es el conjunto de tareas que realiza dicha empresa para elaborar un bien. Pero en la Microeconomía los procesos productivos, que son los métodos de obtener un producto a partir de una determinada proporción de los factores, pueden ser intensivos en capital o en trabajo. Y lo de hacer que todo lo demás permanezca constante es para simplificar el análisis y realizar gráficos bidimensionales.

Se define la tecnología como el conjunto de conocimientos y métodos de un determinado oficio o arte industrial. Por ello se la puede equiparar a la función de producción. De hecho algunos manuales de Microeconomía así lo hacen. El hecho de mantenerla constante es para simplificar el análisis, pero evidentemente la tecnología ha evolucionado y mucho a lo largo de la historia.

En el artículo que sigue vamos a analizar las diferentes opciones tecnológicas existentes para ver cuál es la más apropiada en función del objetivo que se persigue.

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El desarrollo tecnológico a lo largo de nuestra historia ha sido espectacular a lo largo de los últimos 200 años. Hoy en día la mayoría de las empresas desean utilizar la tecnología punta, la más avanzada y moderna, en sus procesos productivos. Esto es comprensible, puesto que lo que más les interesa a casi todas ellas es ser competitivas y utilizando la última tecnología piensan que es la mejor forma de conseguir ese objetivo. Sin embargo resulta interesante conocer las diferentes tecnologías que se han utilizado a lo largo de la historia y no solamente como un ejercicio académico, sino para conocer los pros y los contras de cada una de ellas, pues el progreso no implica necesariamente una mejora absoluta; a veces puede implicar un retroceso en determinados aspectos.

Hace ya bastantes años fui invitado a visitar con unos cuantos colegas una fábrica de fibras textiles de una multinacional francesa a las afueras de Lyon. En ese momento ya había visto imágenes en los manuales de economía de las fábricas de textiles de la segunda mitad del siglo XIX, con unos talleres insalubres llenos de operarios, mujeres y niños incluidos, que habían inspirado a Karl Marx sus teorías sobre la plusvalía del capital. También había visto recientemente una famosa película sobre la vida de Mohandas K. Gandhi, donde se veía en repetidas ocasiones al Mahatma hilando manualmente con una rueca.

Al iniciar la visita nos llevaron a un pasillo largo que se asemejaba a los de un hotel, con puertas con unas mirillas acristaladas que se abrían a dicho pasillo. A lo largo de este se paseaban unos señores vestidos con unas batas blancas que se asomaban a las mirillas de las puertas y en algunas ocasiones entraban dentro para ver no sé qué. Llevado por mi ignorancia le pregunté a nuestro guía si nos iba a llevar a ver los telares con sus operadores; a lo que éste me respondió que ya estábamos en la zona de los telares, pero que la producción estaba totalmente automatizada, por lo que no había ningún operario, sino que las máquinas lo hacían todo y los individuos de la bata blanca que se paseaban por el pasillo eran los técnicos de mantenimiento, cuya función consistía en ver si las máquinas funcionaban correctamente; y si observaban alguna anomalía, entraban en el compartimento de los telares para ver si había que realizar alguna reparación. Esto ya era el telar moderno, totalmente automatizado; pero su precursora fue la rueca, que fue adaptada en Europa entre los siglos XIII y XIV, y el precursor de esta última fue el huso o torcedura, que fue inventado durante el Neolítico. Si suponemos, que es mucho suponer, que el huso fue inventado a mediados del Neolítico, que va desde el 7.000 al 2.000 a. de. C. , fueron necesarios unos 6.500 años de evolución para que llegáramos al telar moderno.

Si consideramos el medio de transporte de las personas, el primer automóvil con motor de combustión interna fue inventado por Karl F. Benz en 1886. Su precursor fue el vehículo con ruedas tirado por caballos. Cuando el constructor de automóviles francés Citroën sacó su modelo más popular, lo denominó el “dos caballos”, suponemos que en honor a sus predecesores.

En 1903 fue creada la constructora automovilística norteamericana Ford Motor Company, con un capital inicial de 150.000 dólares, de los cuales sólo se desembolsaron 28.500. El economista John Kenneth Galbraith (1908-2006) realizó un estudio muy interesante sobre esta empresa en su libro The New Industrial Estate. Cuenta que el inicio de las operaciones de dicha empresa se realizó en junio del mismo año y en octubre llegó al mercado el primer coche, es decir, en el breve plazo de cuatro meses. La plantilla de trabajadores era de tan sólo 125 personas, por lo que la inversión de capital por cada puesto de trabajo era de 228 dólares. Sesenta años más tarde, es decir, en 1963, la empresa decidió sacar al mercado un nuevo modelo, el Mustang. El tiempo empleado en la preparación de este nuevo modelo fue de tres años y medio. El capital de la empresa era de 6.000 millones de dólares y el capital invertido por cada puesto de trabajo era de casi 23.000 dólares, es decir, unas cien veces más que sesenta años atrás.

Galbraith saca varias conclusiones de todo esto, de las cuales vamos a destacar algunas. La primera es que un largo intervalo de tiempo separa en ese momento el inicio de un proyecto hasta que se se completa. El primer modelo de Ford apareció en el mercado cuatro meses después del inicio de operaciones; pero en 1963 un mero cambio de modelo requirió cuatro años. En segundo lugar se ha producido un enorme incremento en el capital invertido por cada puesto de trabajo, que en el intervalo de 60 años se ha multiplicado por 100. Como consecuencia de esto se ha producido un enorme incremento de la inflexibilidad. Comenta Galbraith que, si Ford hubiera decidido en 1903 cambiar la combustión de gasolina por la de vapor, el taller se habría acomodado a ese cambio en tan sólo unas pocas horas. Pero 60 años más tarde, si se decide cambiar un solo tornillo, hacen falta varios meses para hacerlo. También comenta que, con unas organizaciones productivas tan complejas se requieren unas organizaciones de negocios igualmente complejas, que pueden estar emparejadas con una tecnología cada vez más avanzada.

Si pasamos ahora a considerar el aspecto de la conducción, al moderno conductor de automóviles le precedió el auriga, que ya en la Grecia clásica conducía los carros de carreras de caballos en el circo. Pero en la actualidad, gracias a la aplicación de la inteligencia artificial, vamos a dejar de conducir nuestros automóviles y encargar esta tarea al coche sin conductor, que aparece unos 130 años después de la aparición del primer automóvil.

Y para acabar con estos ejemplos, si nos centramos en el diabólico arte de la guerra, en estos momentos los generales rusos que están planificando la invasión de Ucraina, siempre que invaden una ciudad o territorio, una de las primeras cosas que hacen es destruir los puentes. Al actuar de esta forma, inconscientemente están honrando a Cayo Julio César, quien 2.000 años antes, después de cruzar con sus tropas el Rubricón, procedente de la Galia Cisalpina, pronunció la famosa frase «alea iacta est» (la suerte está echada), justo antes de dirigirse hacia Roma, a razón de 40 kms. al día, para enfrentarse Pompeyo en una guerra civil. Pocos debían saber como Julio César de la importancia de los puentes en un conflicto bélico.

Llegados a este punto, nos podemos preguntar cuál sería la opción tecnológica apropiada para un país subdesarrollado que deseara industrializarse adecuadamente. Pero antes de contestar a esa pregunta, vamos a definir algunos conceptos previos. Teniendo en cuenta que el nivel de tecnología viene determinado por el coste del equipamiento por cada puesto de trabajo, podemos definir la tecnología indígena de un país totalmente subdesarrollado como una tecnología de 10€, pongamos por caso, mientras que la tecnología moderna de un país desarrollado, una tecnología puntera y altamente sofisticada, sería -seguimos suponiendo- de 10.000€ por cada puesto de trabajo.

En estos momentos no creemos que a ningún país del mundo, por muy subdesarrollado que sea, no haya llegado la telefonía móvil, por lo que por sus calles también se podrá ver a la gente consultando sus móviles. Sin embargo, aún siendo todavía subdesarrollado, la opción tecnológica no es por la tecnología punta más sofisticada, que es intensiva en capital y escasa en el factor trabajo. Al contrario se debería crear una estructura agro-industrial en las zonas rurales y en las pequeñas ciudades con una tecnología sencilla que permita la creación de muchos puestos de trabajo para detener así la migración del campo a las grandes ciudades. El no haber optado por esta vía es la causa de lo que ha sucedido en muchos países subdesarrollados donde se ha creado una economía dual: una propia de un país desarrollado y otra, la subdesarrollada de siempre. De esta forma ese país ha quedado dividido en dos partes. Esta situación también se ha dado en países desarrollados, como es el caso de Italia, cuya industria se concentra principalmente en el norte y donde el sur de la península y Sicilia no se desarrollan como consecuencia del crecimiento económico del país en su conjunto. Antes, más bien, la competencia del norte frena la producción en el sur y drena su mano de obra formada y emprendedora.

Entonces también nos podemos preguntar si algunos países desarrollados querrían contar, al lado de un plantel de grandes empresas que usan una tecnología punta, con otro sector de pymes y autónomos dinámico y competitivo, y que además cree muchos puesto de trabajo. La respuesta es la tecnología intermedia. Si retomamos el supuesto definido anteriormente de la tecnología indígena y la moderna, la tecnología intermedia se encontraría entre estas dos, pongamos por caso con un coste de 1.000€ de equipamiento por cada puesto de trabajo. Este equipamiento no es el rudimentario de la tecnología indígena ni el altamente sofisticado de la moderna, sino uno que utiliza unas herramientas excelentes, pero de uso sencillo.

El concepto de tecnología intermedia fue definido por el economista germano-británico Ernst Friedrich Schumacher (1911-1977) en su famosa obra Small is beautiful, 1973, (Lo pequeño es hermoso). No obstante años antes, en 1966, creó en Londres el Grupo para el Desarrollo de la Tecnología Intermedia. Sus funciones se resumen en la recolección de información sobre las técnicas apropiadas para las zonas rurales y pequeñas ciudades; la transmisión de dicha información normalmente a los países en desarrollo; y la realización de proyectos de demostración de tecnologías intermedias.

Hemos dicho que la tecnología intermedia se adapta muy bien a los países en desarrollo. Sin embargo también se puede adaptar a los países desarrollados, donde la tecnología moderna se aplica en gran parte de sus sectores productivos. Normalmente la tecnología moderna sirve muy bien para la industria pesada, como metalurgia o la construcción automovilística, donde la dotación de capital por cada puesto de trabajo es elevada. Es decir, que la tecnología moderna se adapta muy bien a la producción a gran escala. Pero existen otros sectores productivos donde no es tan necesaria una alta dotación de capital por cada puesto de trabajo. Por ejemplo, la producción de alimentos de calidad se puede realizar muy bien con una tecnología intermedia. Es más, la producción de alimentos a gran escala se produce a costa de una merma de la calidad, mientras que si esta se produce a pequeña escala, se puede obtener un producto de alta calidad. De hecho los consumidores, cuando desean adquirir productos alimenticios de calidad, no acuden a las grandes marcas, sino a marcas desconocidas de producción artesanal.

Recuerdo que en una ocasión fui invitado por un señor suizo a comer junto con un reducido grupo en un pequeño restaurante situado en una pequeña población a las afueras de Ginebra. La comida que nos sirvieron fue muy buena y así se lo hice saber a nuestro anfitrión, gesto al que este correspondió orgulloso diciéndome que «los grandes curas están en las pequeñas iglesias» . La tecnología intermedia también se puede adaptar a otros muchos sectores productivos, como la confección y el calzado (de hecho a toda la producción artesanal), los materiales de construcción, la producción de combustibles a partir de la biomasa, bombas para la elevación de agua a pequeña escala, el comercio minorista (la idea de que no puede competir con las grandes superficies es equivocada; se mueve en una escala diferente) y un largo etcétera. Pero la tecnología intermedia no significa un retroceso en la historia hacia métodos pasados de moda, aunque bien es cierto que existe toda una serie de métodos de producción que se han ido desarrollado a lo largo de la historia reciente y que por diferentes motivos fueron descartados, pero que introduciéndoles algunas mejoras, podrían volver a ser utilizados como tecnologías intermedias y compitiendo sin ningún problema con las modernas.

Merece la pena que consideremos por un momento el ejemplo de los Países Bajos, país que cuenta con una población muy laboriosa y que está muy orgullosa de ello, pues tienen un dicho según el cual “Dios creó el mundo, pero los holandeses crearon Holanda”. Este país tiene una extensión equivalente a la de Aragón, pero cuenta con una población de 17 millones de habitantes y es por ello uno de los países más densamente poblados del mundo. Es como un país complementario del nuestro: nosotros contamos con bastante superficie para ser cultivada y muchas horas de sol, mientras que los Países Bajos cuentan con muy poco espacio cultivable (incluso han tenido que robarle tierra al mar) y muy pocas horas de sol; por otro lado a los Países Bajos les sobra el agua que nos falta a nosotros. Han desarrollado una industria y un sector servicios muy potentes. Sin embargo en vez de renunciar a la agricultura por falta de espacio, han desarrollado una muy intensiva que los sitúa como una de las grandes potencias agrícolas mundiales: son el segundo exportador mundial de patatas después de USA; el tomate precisa de muchas horas de sol para madurar, pero a pesar de ello los Países Bajos producen 5 veces más de tomates que España por metro cuadrado. Pues, bien, ¿cómo son capaces de tener una agricultura tan potente? Reciben muchas menos subvenciones de la UE que Francia, Italia o España. La respuesta está en la tecnología, sí, pero ¿qué tipo de tecnología? Ciertamente que no se trata de una tecnología de grandes explotaciones agrícolas, con miles de hectáreas cultivadas, una maquinaria enorme y muy pesada, y con avionetas fumigando desde el aire los cultivos, como en USA. No puede ser así: la explotación media es de 7 hectáreas únicamente. Bien es cierto que la tecnología empleada es moderna, pero dada la pequeña dimensión de las explotaciones, la tecnología utilizada tiene que adaptarse a esa pequeña dimensión y ser por tanto intermedia en algunos aspectos.

Lo mismo debe pasar con Israel, un pequeño país de cuya agricultura sé muy poco, pero sí sé que cuenta con unos agrónomos excelentes que han desarrollado unas técnicas apropiadas para cultivar en el desierto y que, por ejemplo, han sido los descubridores del riego por goteo, una técnica que formalmente hay que catalogar como de tecnología intermedia.

Una de las conclusiones que podemos sacar de estos ejemplos es que, independientemente de los avatares de la economía, siempre se debe continuar con la agricultura. Decía el general De Gaulle que un país que no es capaz de nutrirse adecuadamente (lo decía mirando a sus vecinos de las islas del norte) no puede ser nunca un gran país.

Todas estas consideraciones nos llevan a concluir no solamente que lo pequeño es hermoso, sino que también lo pequeño es posible gracias a la tecnología intermedia. Pero volvamos de nuevo a ese mundo altamente tecnificado que ya es una realidad y que utiliza profusamente la inteligencia artificial. En ese mundo la economía está ampliamente terciarizada, es decir, la mayor parte de la población activa trabaja en el sector servicios. En los demás sectores productivos la producción está totalmente automatizada y los pocos trabajadores que trabajan en esos sectores serán unos meros sirvientes de unas máquinas gigantescas que realizarán por sí solas toda la producción.

Hace unos años la prestigiosa publicación británica The Economist dedicó un informe especial a la inteligencia artificial y en la imagen que encabezaba el informe se veía un parque público donde la gente aparecía esparciéndose por todas partes con actividades lúdicas. Alrededor del parque se veían unas máquinas gigantescas que serían las que producirían por su cuenta los bienes de consumo que precisaría la sociedad. Una representación gráfica del futuro que aparentemente nos espera: la paguita del PER, y la cervecita y el móvil para jugar en el bar de la esquina. Puede estar bien que las máquinas realicen los trabajos pesados que antes tenían que realizar los animales domésticos o nosotros mismos. Ya no veo tan bien que los «coches inteligentes» nos lleven de un sitio a otro mientras nosotros hacemos crucigramas, pudiendo realizar por nuestra cuenta la tarea nada pesada de conducir. ¿Acaso hemos dado ya por superado el mandato bíblico de que «ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Génesis, 3:19). Seguimos viniendo a este mundo con una boca y dos manos.

Gandhi, al que hemos hecho referencia de pasada al inicio de este artículo, quería que en la bandera de la India libre de la colonización británica figurase una rueca, cuando él ya tuvo que conocer el telar moderno. ¿Porqué siguen existiendo todavía organizaciones como los Amish en USA o la de las Doce Tribus, que llevan una vida sencilla y que se resisten a adoptar tecnologías modernas como la electricidad o las máquinas en general? Tenemos la tendencia de condenarlas de inmediato como sectas destructivas, sin pararnos ni un momento a analizar su ideología, aunque no la compartamos ni pretendamos imitarles.

Bien, volviendo de nuevo a ese futuro tan prometedor que nos espera, la verdad es que sobre mis espaldas ya tengo bastante más pasado que futuro. Pero si tuviera que pasar la mayor parte de mi vida activa con la paguita y jugando en un jardín público, sin realizar ningún trabajo creativo a secas o en contacto directo con la materia, pienso que mi vida tendría muy poco sentido.

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Este artículo llega a su fin aquí, pero como se indica en el título, esta es la primera parte. Queda una segunda parte donde vamos a analizar las diferentes alternativas que podemos utilizar para encontrar puestos de trabajo que no consistan en actuar como los fieles sirvientes de unas máquinas gigantescas e inteligentes.

No siento ninguna admiración por las grandes corporaciones. Además, a medida que se van volviendo más grandes, cada vez las comprendo menos. Recientemente tuve conocimiento de la conversación que mantuvo un ingeniero de Google con una asistente «inteligente» de esa empresa. Al principio la conversación se mantuvo dentro de un contexto aceptable, pero llegado un momento, la asistente entró en alguna intimidad y parecía como si se hubieran puesto a coquetear. El ingeniero cometió el error de hacer pública esta conversación y Google le suspendió de empleo y sueldo. Lo que parecía una broma se convirtió en algo muy serio y que se nos escapa a algunos mortales por la forma de comportarse de estos dinosaurios empresariales.

¿Puede alguno de estos asistentes realmente expresar sentimientos y emocionarse? Ahí queda la pregunta.

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