LA TECNOLOGÍA: ¿SALVACIÓN O PERDICIÓN? (2ª parte) — Sept 2022

LA TECNOLOGÍA: ¿SALVACIÓN O PERDICIÓN? (2ª parte) — Sept 2022

Cuenta la tradición que, tras haber pasado varios años encarcelado a causa de un proceso iniciado por la Inquisición, fray Luis de León volvió a su cátedra de la universidad de Salamanca y lo primero que dijo fue: «dicebamus hesterna die» (decíamos ayer).

Aunque esta es una de las frases más famosas pronunciadas por fray Luis, algunos historiadores ponen en duda que realmente llegara a pronunciarla. Bien, no regresamos de la cárcel ni tampoco han pasado varios años desde la publicación de la primera parte de este artículo. Pero el hecho es que decidimos estructurarlo en dos partes para no resultar demasiado largos. Viene ahora la segunda parte después de haber cerrado la primera con la pregunta de si esos asistentes inteligentes pueden expresar sentimientos y emocionarse. La pregunta había surgido tras hacernos eco de la noticia de que un ingeniero de Google había sido suspendido de empleo y sueldo por este dinosaurio tras haber estado coqueteando durante la jornada laboral con una de esas asistentes virtuales. Hasta ahí podíamos llegar.

Pero contestando a la pregunta que habíamos dejado en el aire, pues no, esos asistentes supuestamente inteligentes no pueden expresar sentimientos en la forma en que nosotros lo hacemos. No dejan de ser máquinas cargadas de inmensos datos que les pueden permitir que digan un montón de cosas, pero lo que no pueden hacer es ser conscientes de lo que dicen.

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En nuestro mundo de la alta tecnología, donde el producto del trabajo humano es cada vez más insignificante, vamos a ver qué medidas cabe adoptar para contrarrestar los perniciosos efectos que tiene sobre el nivel de empleo la adopción de tecnologías cada vez más ahorradoras del factor trabajo. En concreto vamos a analizar tres de estas medidas: la reducción de la jornada laboral, la potenciación del tercer sector y la tecnología intermedia.

 

Reducción de la jornada laboral.

Puesto que el trabajo es un bien cada vez más escaso y puesto que los nuevos yacimientos del empleo también son igualmente escasos, una de las soluciones más sencillas es reducir la jornada laboral, de forma que trabajemos menos, pero trabajemos todos. De hecho durante los siglos XIX y XX se ha ido reduciendo la jornada laboral, que ha pasado de 80 a 40 horas semanales. Ahora se plantea una reducción hasta las 30 horas semanales distribuidas en una semana laboral de 4 días. De esta forma se estimularía todavía más al sector servicios, al disponer todos de más horas de ocio.

Esta idea de reducir la jornada laboral es lógicamente del agrado de los líderes sindicales y de algunos partidos políticos de izquierda. Ahora, bien, donde ya no hay consenso es en si se deben mantener los salarios o si la reducción de jornada debe ir acompañada de la correspondiente reducción de las retribuciones. Tendría sentido mantener los salarios si se redujera la jornada laboral de 80 horas semanales, pero si se trata de bajar a 30 horas, ya estaríamos ante una jornada reducida, por lo que técnicamente hablando la reducción de jornada debería ir acompañada de la correspondiente reducción de salarios. Recientemente la compañía Telefónica, que en su época gloriosa llegó a los 100.000 empleados y que actualmente solo cuenta con 16.000, hizo una encuesta preguntando a sus empleados si deseaban una reducción de la jornada (con ajuste de salarios) y solo el 1% contestó afirmativamente, es decir, aquellos que necesitaban una reducción por conciliación laboral o cualquier otro motivo, pero hoy en día la mayoría de los trabajadores necesita trabajar siempre que el trabajo sea satisfactorio.

 

Potenciación del tercer sector.

Cuando hablamos del tercer sector, no nos estamos refiriendo al sector terciario o sector servicios, aunque la mayor parte del trabajo desarrollado en el tercer sector pertenece por su naturaleza al sector servicios. Sin embargo no se incluye ahí, porque la prestación del trabajo no se realiza en términos de mercado (jornada laboral a cambio de un salario), sino en régimen de voluntariado. Pero veamos cuáles son los otros sectores.

El primer sector es el mercado, que todos conocemos. El segundo sector es el sector público, es decir, el gobierno y las administraciones públicas. Y el tercer sector es el de las ONGs o asociaciones sin ánimo de lucro.

Otra de las obras que atrajo mi atención en relación con el tema que estamos tratando fue la del economista norteamericano Jeremy Rifkin (1945 – ), titulada El fin del trabajo (como subtítulo se indica Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era). Cuenta este autor que en los países desarrollados el 75% de los trabajos consisten en meras tareas repetitivas que pueden ser realizadas por la maquinaria automatizada, los robots y los ordenadores. Esto significa, por ejemplo, que en España, de los 20 millones de puestos de trabajo existentes, 15 millones pueden ser realizados por máquinas. Esta revolución tecnológica actual afecta, según la nomenclatura utilizada por Rifkin, por supuesto a los trabajadores de cuello azul, es decir, los trabajadores manuales, pero también a los de cuello blanco, es decir, los que trabajan en oficinas, y a los de cuello rosa, es decir, las que desempeñan tareas realizadas habitualmente por mujeres, como las secretarias y otros servicios. La única clase emergente es la de los trabajadores de cuello de silicio, es decir, la nueva élite de los trabajadores de la información y el conocimiento, que, según Rifkin, se está convirtiendo en la nueva aristocracia.

El tercer sector siempre ha tenido una amplia tradición en Estados Unidos desde el inicio de su existencia. El problema es que desde el advenimiento del imperio y las empresas multinacionales,  el aspecto solidario del pueblo norteamericano es muy poco reconocido fuera de sus fronteras; ello es debido a que la América que más se conoce en el exterior es la de Wall street o de Hollywood. No obstante todos los presidentes desde Ronald Reagan se preocuparon del voluntariado durante sus mandatos. Quien más se involucró fue acaso Bill Clinton, quien tuvo conocimiento de lo que Rifkin había escrito sobre la relación entre tecnología y desempleo.

Con el objeto de fomentar una mayor presencia del tercer sector en la vida económica, Rifkin dijo que los gobiernos podrían crear «salarios fantasma» bajo la forma de desgravaciones fiscales por las horas de trabajo voluntario cedidas a las organizaciones legalmente certificadas con exenciones fiscales. Estos salarios podrían ser complementados por los «salarios sociales», destinados a aquellos desempleados permanentes dispuestos a ser reeducados y empleados en el tercer sector.

La potenciación del tercer sector permite en definitiva que muchos desempleados caigan irremisiblemente lo que Rifkin denomina el cuarto sector, que no es otro que el de la economía sumergida. Sin embargo su gran inconveniente es que su gestión queda encomendada al sector público, el cual muy a menudo se guía, no por la búsqueda del bienestar general de la sociedad, sino por criterios ideológicos de partido político.

 

La tecnología intermedia.

«Esencialmente joven y profundamente en paro «. Esta inscripción que aparecía sobre uno de los pupitres de los alumnos de una universidad madrileña en la que el autor de este artículo impartía clases de Teoría y política económica a finales de los 90, llamó su atención un día en el que distribuía los exámenes sobre dichos pupitres un poco antes de que entraran los alumnos para la realización de la prueba. El paro era precisamente uno de los temas que trataba en sus clases y, lógicamente, no le resultó nada extraño el comentario que el joven estudiante de empresariales había dejado impreso sobre su pupitre; pero lo que sí le sorprendió fue la forma que había elegido para manifestar su preocupación por su futuro.

Precisamente en una ocasión, mientras disertaba sobre el mercado de trabajo y las políticas de fomento del empleo, uno de los alumnos me entregó una copia de la columna Los placeres y los días del escritor Francisco Umbral (1932 – 2007) en el periódico El Mundo, con el título de El paro intrínseco, y me preguntó si, cuando hablaba del paro, me estaba refiriendo a lo mismo de lo que hablaba el señor Umbral. Leí rápidamente el texto y, sin dudarlo un instante, le dije que sí. A continuación reproducimos el inicio de la columna.

«Buscando en Marx, hombre, encuentro al fin la expresión que necesitaba: el paro intrínseco. Paro intrínseco al capitalismo tardío que es el nuestro. De modo que la cosa no la va a resolver Aznar, aunque ahora hable de un millón de puestos de trabajo para 2001 o así, como tampoco la resolvió Felipe González. No es culpa ni cosa de ellos. Es el paro intrínseco, el fallo intrínseco del sistema, una de las famosas contradicciones que Marx dio casi como profecías y que ahora se están cumpliendo todas, para perplejidad de quienes daban a Marx por muerto y le confundían con la momia de Lenin».

Me sorprendió que, al tratarse de un escritor, Francisco Umbral (el cual, del mismo modo que hemos citado la frase más famosa pronunciada por fray Luis de León, posiblemente haya pasado a la historia por pronunciar con su profunda voz la frase «yo he venido a presentar mi libro») hubiese hablado con tanta precisión sobre el paro tecnológico, aunque no lo mencionara expresamente. El grupo al que impartía clases era de postgraduados y por tanto población activa. Cuando hablaba con ellos, resultaba que la mayoría estaba con becas, contratos de interinidad o directamente contratos basura. Han pasado poco más de 20 años de esta anécdota y desde entonces la situación no ha hecho sino empeorar. Para rematar su columna, Francisco Umbral dice:

«El paro, que se da en todos los países capitalistas, es el cáncer de nuestro sistema, un quiste duro que no cabe mejorar ni operar. El industrialismo primero y la tecnología después generan paro como las propias máquinas generan chatarra».

La realización de un simple análisis de los datos del desempleo nos indica que nuestro país se encuentra entre los que tienen los porcentajes de paro más elevados de Europa. Es decir, que nuestro paro es estructural: existe un porcentaje importante de la población activa que sencillamente prefiere vivir de subvenciones o paguitas antes que trabajar. En artículos previos hemos hablado de la laboriosidad de algunos pueblos, como los holandeses, los taiwaneses, los alemanes o los japoneses. No es ese, lamentablemente, nuestro caso. Aún existiendo una alta tasa de desempleo, nos enteramos de que en algunos sectores productivos, como la hostelería y la restauración, el transporte de mercancías o la construcción, no se encuentra personal suficiente para cubrir la demanda. Aunque no pretendo ponerme como modelo de nada para nadie, recuerdo que cuando estudiaba en la universidad, no tuve ningún inconveniente en trabajar como camarero a tiempo parcial para obtener así unos ingresos adicionales a mis escasos recursos financieros de ese momento. Hoy parece que muchos de nuestros jóvenes estudiantes miran con desdeño esa profesión y prefieren seguir viviendo con sus padres, encadenando beca tras beca, y aplazando hasta muy tarde el momento de la emancipación.

La teoría económica tradicional ha venido obviando el problema de la opción tecnológica con el argumento de que esta es una cuestión resultante de los precios relativos de los factores productivos y en este sentido ha centrado su análisis en la elasticidad de sustitución del trabajo por el capital. No obstante los economistas clásicos hablaban de tres factores productivos: la tierra, el trabajo y el capital; pero posteriormente para poder hacer representaciones gráficas en el plano bidimensional, se ha hecho abstracción de la tierra, aunque esta sea la base misma de nuestra existencia. En los análisis posteriores la opción tecnológica está dada, como ya hemos comentado al inicio de la primera parte de este artículo.

También hemos comentado en la primera parte que la tecnología intermedia es intensiva en el factor trabajo y se adapta muy bien a los países en desarrollo, pues va emparejada con el nivel cultural de la gente del país que la utiliza. Pero que también puede funcionar en el mundo desarrollado. Y como hemos comentado igualmente, fue Ernst F. Schumacher quien acuñó este concepto. Desde el principio intuyó que la primera objeción que le iban a formular desde los países ricos era que él estaba intentando ocultarles lo mejor y hacerles conformarse con algo ya pasado de moda. Él era perfectamente consciente de que la tecnología moderna estaba destinada a suprimir al factor trabajo de la producción. Por eso replicó en su libro Small is beautiful (Lo pequeño es hermoso) :

«El desarrollo de una tecnología intermedia significa un movimiento genuino hacia un nuevo territorio donde el coste enorme y la complicación de los métodos de producción con el objeto de ahorrar mano de obra y eliminar puestos de trabajo se evita y la tecnología se vuelve apropiada para las sociedades con excedentes de mano de obra».

La aplicabilidad de la tecnología intermedia no es universal. Como dice Schumacher, «hay productos que son en sí mismos el resultado típico de una industria moderna altamente sofisticada y que no pueden ser producidos nada más que por tal industria «. La industria automovilística es un ejemplo de ello. Pero existen otros sectores donde la tecnología intermedia puede ser más deseable, como ya hemos comentado. Es más, resulta deseable para los países desarrollados que coexistan varios sectores de tecnología intermedia junto con otros de grandes empresas, ya que esta coexistencia favorece la iniciativa empresarial. Esto es lo que dice Schumacher a este respecto

«Hombres bastante incapaces de actuar como empresarios con una tecnología moderna pueden sin embargo ser totalmente capaces de operar con éxito una empresa de pequeña escala basada en una tecnología intermedia, por las razones apuntadas más arriba. De hecho me parece que la aparente escasez de hombres de empresa en muchos países en desarrollo, hoy en día, es precisamente el resultado de la prueba negativa de una tecnología sofisticada infiltrada en un medio no sofisticado. La introducción de una tecnología apropiada e intermedia no supondría ningún recorte para la habilidad emprendedora. Tampoco disminuiría el flujo de empresarios para las empresas del sector moderno; al contrario, al extenderse la familiaridad de toda la población con los métodos sistemáticos y técnicos de producción, ello ayudaría sin duda alguna a aumentar el flujo de los talentos requeridos «.

Hace ya varios años que, ante la competencia de Sudáfrica, algunos productores valencianos de naranjas dejan de recogerlas y terminan pudiéndose en el árbol. Enorme e imperdonable despilfarro: un fruto de calidad cargado de la generosidad de la naturaleza y del sol mediterráneo tirado a la basura por falta de iniciativa. La tecnología intermedia puede ofrecer soluciones para evitar este despilfarro, que pasan por utilizar unas técnicas de producción diferentes hasta el procesado del fruto para transformarlo en mermeladas o jaleas. En las confrontaciones entre David y Goliat, que no es el caso, a veces es David el que gana. Cuando uno trabaja con una producción a gran escala tiene que soportar una estructura de costes fijos muy elevada; pero si se trabaja a pequeña escala, esos costes son más pequeños y uno puede ser más competitivo en determinadas circunstancias.

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A lo largo de este artículo hemos visto cómo la búsqueda por parte del gran capital de mayores beneficios le ha llevado a la eliminación progresiva del factor trabajo de los procesos de producción. Pero esto es un arma de doble filo que podría llevarnos también, si no a la desaparición del sistema capitalista, sí a su marginación de la vida social, al no tener que ofrecer a la sociedad más que unos bienes y unos servicios fruto de una tecnología altamente sofisticada y mecanizada, pero no la renta que permita a los trabajadores adquirir esos bienes. Es en este sentido que Jeremy Rifkin, en uno de sus últimos libros, La sociedad de coste marginal cero, habla del eclipse del capitalismo por marginar al factor trabajo del proceso de producción. Henry Ford era mucho más consecuente cuando decía que pagaba bien a sus trabajadores para que pudieran comprar los coches que su empresa fabricaba.

Aunque la fuerza de trabajo esté aparentemente en declive, nuestra capacidad para crear nuevos empleos es ilimitada, y el tercer sector y la tecnología intermedia son dos ideas sencillas que pueden paliar el problema en buena medida, conscientes como somos de lo que dijo Tolstoi de que «todas las ideas que tienen consecuencias inmensas son siempre sencillas». En la columna de Francisco Umbral sobre el paro intrínseco se refería ocasionalmente a los fallecidos en los accidentes de tráfico como «los mártires del capitalismo «. Pues, bien, los desempleados son los mártires del desarrollo tecnológico y a ellos va dedicado este artículo, advirtiéndoles que no se trata de pasarse la vida lamentándose de lo mal que está el mercado de trabajo, que sí lo está, puesto que este es el mundo que hemos heredado y en él hemos de vivir nuestra vida, nos guste o no nos guste; se trata más bien de tener la suficiente imaginación para lograr situarse en el tercer sector o para crearse su propio trabajo con una tecnología intermedia.

Junto con el desarrollo de la moderna tecnología, la industria bélica no se ha quedado atrás y ha sido capaz de diseñar unas armas que pueden aniquilar el planeta y a todos nosotros con él en muy poco tiempo. Como decía Albert Einstein: «no sé cómo será la 3ª guerra mundial, pero sí la 4ª; con piedras y palos». Pienso que nunca como ahora, desde 1945, hemos estado tan cerca de la 3ª.

El tío Sam está dando muestras de cansancio y agotamiento: tropieza y se cae repetidas veces al subir por la escalerilla del avión; extiende la mano, tras pronunciar un discurso, para saludar a unos fantasmas imaginarios; se ha ido de Afganistán con el rabo entre las piernas. El futuro parece bastante incierto. ¿Cuáles podrían ser las alternativas? ¿El modelo chino?; ¿el neoindigenismo latinoamericano? ¡Ay, madre! El último que cierre la puerta. Ya estemos cerrando este artículo, pero en nuestra humilde opinión, una de las mejores soluciones sería un capitalismo y una tecnología con rostros humanos. Y lo que decía nuestro tío Albert (Einstein) de que necesitamos una nueva forma de pensar si queremos que nuestra civilización siga existiendo.

 

Walden Fernández — Sept 2022

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