INSTRUMENTOS CONTRA LA LIBERTAD III: LA “ECONOMÍA CONDUCTUAL” – MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ ROLLAND

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 19 DE DICIEMBRE DE 2023

 

Si hay una rama del pensamiento humano que merecería ser apartada en el olvido y el oprobio junto a la nigromancia y al legendario arte de las pócimas envenenatorias perfeccionado por la emperatriz Livia Augusta, ésa es la ‘economía de la conducta’ o ‘economía conductual’ (behavioural economics).

No obstante, en el estado actual del pensamiento económico predominante, recibe, naturalmente, premios Nobel y una creciente y particularmente nociva influencia.

La esencia de la ‘economía de la conducta’, y de la psicología de la conducta más ampliamente, se centra en la existencia sesgos cognitivos y de conducta en las personas, que ponen en cuestión la racionalidad de los seres humanos en sus decisiones, en particular en el ámbito económico. La economía de la conducta estudia a fondo estos sesgos y las maneras en que se pueden utilizar -es decir, manipular a las personas-. El ascenso de esta disciplina ha sido promovido y acogido con entusiasmo por los intervencionistas de todos los partidos, que han encontrado un renovado brío para su letanía sobre los ‘fallos de mercado’. La principal aplicación de la economía conductual ha sido su uso para ‘incitar’ o ‘empujar’ (nudge) mediante normativas restrictivas insidiosas y, en particular, para justificar y desarrollar el renovado uso de la manipulación psicológica a gran escala.

Quizá el aspecto más tenebroso de esta disciplina ha sido su utilización para justificar y reforzar la suspensión de los derechos y libertades constitucionales durante los estados de emergencia o de excepción de facto. El ejemplo reciente más visible y dramático ha sido en el Reino Unido, con la “nudge unit” oficial SPI-B (Scientific Pandemic Insights Group on Behaviours) que formuló campañas y políticas destinadas a inducir deliberadamente el miedo en la población. Varios de sus miembros llegaron a renunciar públicamente por reconocer la falta de ética de sus actuaciones. Es conocido desde hace mucho tiempo que el miedo, y en particular el pánico colectivo, así como la coacción y la intimidación, inducen a decisiones subóptimas o irracionales. Así pues, la paradoja es que la aplicación a gran escala de la economía y la psicología conductual ha resultado en una mucho menor racionalidad y unos mayores sesgos en las percepciones de los ciudadanos.

Resulta particularmente instructivo que los sesgos cognitivos que se ha decidido estudiar bajo la ‘economía conductual’ se circunscriban principalmente al ámbito económico y financiero. Es decir, según el desalentador estado del pensamiento dominante, solamente hay problemas de irracionalidad y sesgos de conducta por parte de los participantes de los mercados, pero no en las administraciones, en los procesos políticos, en la prensa o en el mundo académico. Nos vemos impelidos a creer que los participantes en los mercados, que normalmente están hipermotivados para actuar de forma racional ante la perspectiva de ganancias o pérdidas, son precisamente los únicos irracionales y en cambio los gobernantes, los comités, los partidos políticos, o los departamentos universitarios, son angélicos centros de eficiencia y superior criterio.

El aprovechamiento de los sesgos cognitivos no es algo nuevo y se desarrolla desde el nacimiento de la psicología: el arte de la propaganda ‘oscura’ y de la manipulación psicológica tuvo un gran impacto en la primera mitad del siglo XX, con Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, como figura clave para desarrollar campañas al servicio del poder del Estado y de algunas grandes empresas con menos frenos morales o religiosos en sus directivos, en EE.UU. y en otros países.

Los sesgos cognitivos y de conducta siempre han existido y muchos eran conocidos, pero lo que diferencia a la economía conductual es su sistematización y la atribución de un protagonismo desproporcionado a los mismos, o su aprovechamiento y refuerzo para alcanzar objetivos del Estado o de algunos particulares. Normalmente, cuando existe libertad, los errores repetidos tienden a desplazar del mercado a los que los cometen -tanto más rápido cuanto más consecuencias tengan-, con lo que se tienden a diluir. Por su parte, los sesgos de la ciudadanía, en todos los ámbitos, serán tanto mayores, y la efectividad de la manipulación será mayor, cuanto menos se fomente el pensamiento libre y crítico en las instituciones académicas y educativas. Cuanto más abierto sea el debate intelectual, cuanta menor censura e intimidación, mejor será el criterio del público (su racionalidad), y más se podrá defender de la intervención arbitraria de los poderes públicos. Podríamos comenzar por afear la enseñanza y el uso de herramientas poco éticas como el ‘nudging’ y la economía conductual.

 

Miguel Ángel Martínez Rolland
Licenciado en Administración y Dirección de Empresas, es Técnico Comercial y Economista del Estado. Su trayectoria se ha centrado en la economía internacional dentro del Tesoro y la Dirección General de Financiación Internacional en el Ministerio de Economía. Ha sido profesor de economía financiera.

 

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