ADENAUER Y DE GASPERI: AQUELLA GRAN DERECHA NO NACIONALISTA

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EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 16 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 

Quienes se quejan de la impotente debilidad de la derecha -comparada con la inventiva revolucionaria de la izquierda- deberían recordar que aquella hizo una enorme aportación a la civilización a mediados del siglo XX. El Occidente post-1945, en el que todavía vivimos, fue modelado por hombres de derechas: de un lado, los norteamericanos (Truman, Eisenhower, Dulles, Acheson, etc.) que, en vez de replegar las tropas a EE.UU. (como habrían hecho los Republicanos aislacionistas de hoy: America First!), asumieron a partir de 1947 el enorme desafío de contener al comunismo en todo el mundo, empezando por Europa occidental. Y de otro, los estadistas democristianos europeos que reconstruyeron material e institucionalmente un continente arrasado.

Los hombres del segundo grupo compartieron afinidades decisivas: su profunda fe religiosa, su trayectoria antifascista y su convicción de que el nacionalismo había arrastrado a Europa a la catástrofe y debía ser superado definitivamente. Paul Johnson los caracterizó así: “Eran católicos devotos, antinacionalistas, que reverenciaban a la familia como unidad social, desconfiaban del Estado y creían que la característica más importante de la sociedad organizada debía ser el imperio del Derecho, que a su vez debía reflejar el Derecho natural. En resumen, se opusieron a muchos de los rasgos destacados de [la primera mitad de] el siglo XX”[1].

Quizás los dos más significativos fueran Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer, procedentes de los dos países en los que había triunfado el fascismo en 1922 y 1933. Los paralelismos son notables: ambos ya provectos (De Gasperi, 65 años en 1945; Adenauer, con 69 en 1945, era trece años mayor que Hitler); ambos piadosos católicos, y ambos excluidos de la vida pública durante la dictadura. De Gasperi procedía del Partido Popular Italiano de Dom Sturzo, ilegalizado por Mussolini en 1926. En el último congreso del partido, en junio de 1925, dijo: “Los principios teóricos y prácticos del fascismo son la antítesis de la concepción política cristiana, que establece que los derechos naturales de la persona, de la familia y de la sociedad son anteriores al Estado”[2]. De Gasperi deploraba la divinización de la nación, la religione della patria, y se definía como “católico, italiano, demócrata, por ese orden”. Encarcelado en 1927, fue liberado en 1929 gracias a la mediación de Pío XI, quien le facilitó un refugio discreto como bibliotecario vaticano hasta la caída del fascismo en 1943. A partir de 1945 impulsa el nuevo Partido Demócrata Cristiano, que alcanza el 48’5% de los votos en 1948 e impide la no descartable victoria del Partido Comunista.

Adenauer era tan viejo que tenía pasado político, no ya en la república de Weimar, sino incluso en el Segundo Reich. Concejal en su Colonia natal a partir de 1906 y alcalde de la ciudad desde 1917, dirige con acierto su reconstrucción tras la Primera Guerra Mundial (aunque los daños sufridos fueron superficiales si los comparamos con la destrucción apocalíptica de 1945) y se convierte en una figura importante del Zentrum, el partido católico de la república de Weimar. El líder zentrisch Von Papen jugó un papel funesto en 1933 facilitando el ascenso de Hitler a la cancillería desde la ingenua convicción de que sería fácil manejarle. Adenauer marcó distancias respecto al nuevo régimen escabulléndose de recibir a Hitler cuando este visitó la ciudad como canciller el 17 de febrero de 1933; también prohibió que se izase la enseña de la cruz gamada en los edificios municipales.

Destituido como alcalde tras la victoria del NSDAP en las elecciones parlamentarias del 12 de marzo de 1933, Adenauer ve intervenidas sus cuentas bancarias y conoce el proceso de ostracismo social (amigos que dejan de saludarle, etc.) tan bien descrito por Joachim Fest en sus memorias de infancia, Ich nicht[3].  Su esposa y él se refugian algún tiempo en el monasterio de Maria Laach. Cuando tiene lugar, en 1934, la Noche de los Cuchillos Largos -en la que no sólo fueron exterminados Röhm y la plana mayor de las SA, sino también políticos de la república de Weimar, incluidos conservadores como el excanciller Von Schleicher-, Adenauer es detenido, pero puesto en libertad sin daños tres días después. Pasa los diez años siguientes recluido en su casa rural de Rhöndorf; en el otoño de 1944 es encarcelado de nuevo, pues los nazis sospechan su implicación en el atentado contra Hitler (Operación Walkiria), con el que no tuvo nada que ver. Su esposa Gussie, interrogada por la Gestapo, reveló su paradero, lo cual le generó después una depresión de la que nunca se recuperó totalmente[4].

En este segundo arresto, su carcelero intentó prevenir su suicidio argumentándole que no acelerase lo que la naturaleza ya tenía previsto en todo caso, dada su avanzada edad. Poco podrían imaginar uno y otro que precisamente entonces, a sus 69 años, comenzaban las dos décadas estelares de Adenauer (fue canciller de la República Federal Alemana hasta los 87 años y presidente de la CDU hasta los 90).

El 16 de marzo de 1945, con la guerra aún inacabada, dos oficiales americanos bajan de un coche a la puerta de su casa y le proponen ocupar nuevamente la alcaldía de una Colonia ahora arrasada. “El que siembra vientos, recoge tempestades. Quien a hierro mata, a hierro muere”, dice a sus conciudadanos el 7 de julio de 1945 en su primer discurso, asumiendo como justo el terrible castigo recibido por un país culpable del “militarismo y el nacionalsocialismo, esa horrible aberración del alma alemana”[5].

En el Año Cero tras el desastre nazi no estaba escrito ni que Alemania fuese a volver a existir como Estado, ni que fuese a pertenecer a Occidente, ni que su renacimiento fuera a ser conducido por el centro-derecha. Dividida inicialmente en cuatro zonas de ocupación, la ruptura de los Aliados occidentales con la URSS y la prudencia exhibida por el propio Adenauer animarán, primero a los anglo-americanos y después a los franceses (siempre más reticentes y tentados de prolongar su control sobre el Sarre), a fusionar sus zonas para hacer posible la aparición de la República Federal, a la que se permitirá dotarse de una Ley Fundamental (que sigue en vigor) en 1949. La Alemania democrática se construye, pues, bajo tutela extranjera y de abajo a arriba: se constituyeron primero los Länder (cuyo número y demarcaciones son redibujados por los Aliados, desapareciendo el “super-Land” prusiano), que después se agruparán en una federación; lo mismo ocurre con el partido democristiano: Adenauer fue presidente de la CDU renana antes de serlo de la CDU federal, que establecerá una alianza duradera, no exenta a veces de conflictos, con la CSU bávara.

La estructuración federal no fue una imposición extranjera sino una recuperación de la Historia alemana: la unificación de 1871 se había producido también según este modelo federador, y el cargo de Adenauer, Bundeskanzler, ya había existido en el Norddeutscher Bund en 1867, desempeñado por Bismarck. Tanto el Segundo Reich como la República de Weimar habían sido federales; sólo durante los doce años del Tercer Reich fue Alemania un Estado “unitario”[6]. El escalonamiento federal del poder, por otra parte, encajaba bien con el principio de subsidiariedad de la doctrina social de la Iglesia y con la desconfianza de Adenauer hacia un Estado demasiado fuerte, acentuada por la experiencia del nazismo.

La gran disyuntiva de los últimos 1940s era si la nueva Alemania sería dirigida por la CDU de Adenauer o por el SPD de Kurt Schumacher. Adenauer partía con desventaja: era viejo y no tenía un historial antinazi tan heroico como el de Schumacher, que había pasado diez años en campos de concentración y había quedado lisiado por las torturas; el SPD, con casi 80 años de historia, tenía una solera de la que carecía la nueva CDU, que en todo caso podía aparecer como continuadora del Zentrum, de infausta memoria por su colaboración al triunfo nazi. Las diferencias entre democristianos y socialdemócratas se referían tanto al modelo socioeconómico como a la posición de Alemania en el nuevo orden internacional. El SPD aún no había roto con el marxismo (lo haría en el congreso de Bad Godesberg en 1959) y proponía una suerte de socialismo democrático, con nacionalización de sectores industriales estratégicos: esto les garantizaba la simpatía de los ocupantes británicos, gobernados entonces por el gabinete Laborista de Clement Attlee, también nacionalizador.

Y, sobre todo, los socialdemócratas eran más nacionalistas que los democristianos. Pues la cuestión que se plantea a principios de los 50 es si es preferible una Alemania mutilada pero capitalista y firmemente anclada en la OTAN y Occidente, o una Alemania reunificada pero neutral en la Guerra Fría y dotada de algún tipo de economía mixta. Es el propio Stalin el que pone a los alemanes ante la ardua disyuntiva con su oferta de 1952, reiterada por Kruschev en 1954: reunificación a cambio de neutralidad. Y, aunque los soviéticos no habían cumplido ninguno de sus compromisos de Yalta (elecciones libres en Europa oriental), el caso de Austria, también dividida en cuatro zonas desde 1945 pero reunificada y “finlandizada” en 1955, prueba que la URSS probablemente iba en serio[7].

Adenauer prefería la occidentalización de Alemania a su reunificación; deseaba incorporar dos tercios del país a la nueva Europa democrática en construcción (Consejo de Europa en 1951, Mercado Común en 1957, incorporación a la OTAN en 1955), antes que recuperar el tercio restante al precio de la permanencia de Alemania en un limbo geopolítico. Los socialdemócratas habrían preferido la reunificación inmediata y por tanto acusarán una y otra vez a Adenauer de ser un mal patriota[8] y un títere de los angloamericanos.

En realidad, Adenauer no renunciaba a la reunificación, aunque estuviera dispuesto a aplazarla. Pensaba que el destino final de Alemania era indisociable del pulso mundial entre la libertad y el totalitarismo; los hechos terminarían dándole la razón, pues fue la victoria occidental en la Guerra Fría lo que finalmente haría posible la reunificación en 1990[9]. Neutralizar a Alemania significaría apearla de la historia mundial, que ya no iba a ser una historia de naciones sino de grandes bloques. Afirmó en un discurso de 1952: “Existen tres posibilidades para Alemania: la adhesión a Occidente, la adhesión al Este o la neutralidad. Pero la neutralidad significa la tierra de nadie. La neutralidad nos convertiría en objeto y ya no seríamos sujeto”[10].

Por otra parte, Adenauer confiaba en lo que podríamos llamar una reunificación demográfica, ya que no territorial; o sea, el éxodo masivo de alemanes del Este hacia la República Federal[11]. Esa reunión se produjo en alguna medida: no sólo mediante el asentamiento de los alemanes expulsados de Prusia Oriental, Pomerania y Silesia (regiones transferidas desde 1945 a la URSS y Polonia), sino también por la huida de hasta tres millones de habitantes de la Alemania comunista, que obligó a finalmente a esta a construir el Muro de Berlín y sellar la frontera interalemana en 1961.

Mucho era lo que se jugaba, pues, en las primeras elecciones al Bundestag, las de 1949. El triunfo de la CDU fue ajustado (139 escaños por 131 del SPD), pero la alianza con el FDP liberal (52 escaños) permitirá formar un gobierno de centro-derecha. Adenauer hizo prevalecer su criterio frente al del sector de su partido -por ejemplo, Andreas Hermes o Jakob Kaiser- que habría preferido una “gran coalición” CDU-SPD; ese sector coincidía con en el de los que interpretaban la Doctrina Social de la Iglesia en el sentido de un “socialismo cristiano” light.

La intransigencia anti-socialdemócrata de Adenauer garantizó a Alemania un rumbo atlantista, europeísta y capitalista. La entrada en el Gobierno de Ludwig Erhard como ministro de Economía iba a permitir el desarrollo de la “economía social de mercado”[12], ya iniciada con la introducción de la nueva moneda, el Deutsche Mark, en junio de 1948. Pero esto lo contaremos en otro artículo la semana próxima.

 

Francisco José Contreras
Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de once libros individuales (entre ellos, “Kant y la guerra”, “Liberalismo, catolicismo y ley natural”, “Una defensa del liberalismo conservador” y “Contra el totalitarismo blando”). Ha recibido el premio de honor Diego de Covarrubias 2020, el Premio Angel Olabarría y el Premio Legaz Lacambra de la Academia Aragonesa de Jurisprudencia.

 


[1] Paul Johnson, Tiempos modernos, Homo Legens, 2000, p. 716.
[2] Citado en Tiempos modernos, cit., p. 717.
[3] Comerciantes que ahora niegan el saludo al cliente que no es nazi, viejos conocidos que ahora cambian de acera…: “Die seit je freundliche Bedienung im Lebensmittelladen Busch verstummte jetzt, sobald mein Vater zur Tür hereinkam; langjäharige Bekannte verdrückten sich bei seinem Herannahen in einem Hauseingang oder wechselten das Trottoir. Beim Abendtisch [la mesa de la cena en la que la familia Fest comenta la hostilidad vecinal] galten sie seither als “Auf-die-andere-Strassenseite-Geher”” (Joachim Fest, Ich nicht: Erinnerungen an eine Kindheit und Jugend, Rowohlt Taschenbuch Verlag, 2012, p. 81).
[4] Interesante el paralelismo con la detención en Chipiona del político de la CEDA Manuel Giménez Fernández, ministro de Agricultura en la Segunda República, por falangistas en agosto de 1936. Giménez sería liberado, pero su esposa quedó trastornada tras el episodio.
[5] Konrad Adenauer, “Llamamiento a los colonienses y a las colonienses”, 7 de julio de 1945 (en El fin del nacionalismo y otros escritos y discursos sobre la construcción europea, Encuentro, 2015, p. 21).
[6] “Vollzog sich hier eine überaus bemerkenswerte Rückkehr zu den Anfängen deutscher Staatlichkeit. […] In der Hauptsache waren es in Deutschland immer die Länder, die den Gesamtstaat begründeten. […] Einen zentralischen Einheitsstaat hatte es nur einmal, unter dem Nationalsozialismus, gegeben, und es war gerade wegen der schlechten Erfahrungen, die man draussen wie drinnen gemacht hatte, dass nun der Föderalismus wiederbegründet und noch stärker ausgeprägt wurde als in der Weimarer Republik” (Eberhard Jäckel, Das deutsche Jahrhundert: eine historische Bilanz, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1996, pp. 274-275).
[7] Adenauer pensaba que una Alemania neutralizada debilitaría al bloque occidental, cuya cohesión era imprescindible para disuadir al coloso soviético: “Mientras Rusia no se vea frente a una Europa fuerte y unida, la tendencia de su política [expansiva] continuará como hasta ahora” (“Alemania y la paz en Europa”, 1954, en El fin del nacionalismo, cit., p. 148).
[8] Adenauer no era un patriota amoral al estilo “my country, right or wrong”: “Desde 1933, muchas han sido las veces que en lo más profundo de mi alma me he avergonzado de ser alemán […]. Pero ahora estoy de nuevo orgulloso de ser alemán. Estoy tan orgulloso como nunca lo he estado antes, incluso que antes de 1913 o 1914” (“Discurso en el aula magna de la Universidad de Colonia”, 1949, en El fin del nacionalismo, cit., p. 26).
[9] “Adenauers lange angezweifelte Behauptung, der Anschluss an den Westen werde schliesslich die Wiedervereinigung bewirken, scheint sich 1990 bestätigt zu haben” (E. Jäckel, Das deutsche Jahrhundert, cit., p. 277).
[10] “Discurso ante el grupo de trabajo evangélico de la CDU”, 16 de marzo de 1952 (en Konrad Adenauer, El fin del nacionalismo, cit., p. 151).
[11] “Utilizó todos los medios para convencer a los alemanes de que se refugiasen en Occidente, donde él podía ofrecerles el imperio de la ley, la libertad y el trabajo” (Tiempos modernos, cit., p. 726).
[12] “Un gobierno del SPD, con la teoría económica y el programa que entonces proponía, jamás habría realizado el Wirtschaftswunder” (Paul Johnson, Tiempos modernos, cit., p. 723).

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