EL PILAR DE ZARAGOZA Y LA HISPANIDAD – P. JOSÉ CARLOS MARTÍN DE LA HOZ – OCT 25

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 14 DE OCTUBRE DE 2025

 

En 1982 el santo padre san Juan Pablo II hizo un fuerte llamamiento desde Santiago de Compostela a toda Europa para volver a sus raíces cristianas, precisamente en ese lugar donde el “Camino de Santiago” había construido Europa, al hacerle un camino, una unión y un solo pueblo, junto a Santiago el apóstol llegado desde Jerusalén para traer el mensaje del evangelio de paz y amor al “Finis terrae”, al extremo del mundo conocido.

Años después redactamos Francisco Martín Hernández, catedrático de historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Comillas y yo, un manual en ediciones Palabra titulado “Historia de la Iglesia en España” en el 2009, que fue recibido como un recordatorio de las raíces de España y consiguientemente de Europa.

Lógicamente, el primer capítulo del libro resume la intensa documentación que se conserva en fuentes directas como la carta de Clemente Romano a los fieles de Corinto en el año 96 donde les habla de Pablo y de su estancia en los límites de Occidente, y también la carta de Pablo a los Romanos (Rom. 15,24) donde les anuncia su intención de ir a Roma después de haber visitado Hispania, el “finis terrae”, así como restos arqueológicos, crónicas, etc., o indirectas de tantos autores de la antigüedad.

Todas las fuentes son convergentes en que la Virgen visitó en carne mortal Hispania, y en concreto Zaragoza, para fortalecer la fe de Santiago apóstol en la dura tarea de llevar aquellos pueblos a la recepción del reino de Dios y persuadirles de acudir al bautismo y a los sacramentos de la iniciación cristiana.

Siempre se ha dicho y, con mayor razón en “Hispania”, que un pueblo queda incorporado a la Iglesia y ha inculturizado su fe plenamente, cuando tiene lugar una aparición de la Virgen que aporta el arraigo de la fe. Esto es lógico, puesto que el fundamento de la vida cristiana es la convicción de la filiación divina, es decir, como afirma Mons. Fernando Ocariz, “hijos en el Hijo”. Con mayor razón, debemos caer en la cuenta que la filiación mariana es desde el comienzo la seguridad de la fe: somos hijos de Dios y de María Santísima.

Precisamente, leemos en el Nuevo Testamento que, el momento en que la Virgen Santísima pasa a ser Madre de la Iglesia, es en el momento de la crucifixión cuando ella fortalece a su hijo y a los que habían creído en él en la hora de la prueba, en la muerte en la cruz.

San Juan Damasceno, un padre de la Iglesia que es capital, fue quien elaboró una síntesis de los demás autores cristianos receptores de la revelación oral en su famoso tratado “de fide ortodoxa”, y exclamaba que la Iglesia nació del costado abierto de Cristo y de la misma manera la Virgen al ser entregada a san Juan nos fue entregada a todos como madre de la Iglesia.

Recordemos que la Virgen del Pilar se apareció a Santiago Apóstol en carne mortal y le fortaleció en la fe en el momento de la prueba, cuando las almas tardaban en convertirse. La presencia de María en carne mortal aseguraba que los frutos libres vendrían, como sucedió inmediatamente.

Por eso, la fiesta de la Virgen del Pilar es la patrona de toda Hispania, pues la fe cristiana irradió de boca en boca, de corazón a corazón por las calzadas romanas y por las rutas marítimas de modo que en unos años Hispania poseía iglesias, restos de villas cristianas, imágenes de la Virgen por todas aquellos valles y ciudades.

Es importante recodar que nunca se bautizó con manguera ni con un hisopo, siempre el bautismo se hizo después de la necesaria catequesis, por la persuasión de la caridad y del ejemplo de coherencia de fe y de vida.

La fe que resplandeció en el alma de Santiago apóstol y que había pasado por la intimidad con Jesucristo la dura prueba de ver al maestro humillado y crucificado, pero también fortalecido por la resurrección del señor y por la llegada particular del Espíritu Santo sobre cada uno de ellos, esa fe probada es la que, con la gracia de Dios, es contagiada a través del bautismo.

Luego vendrá la vida de fe y la prueba de la fe. Ya lo había predicho Jesucristo: “igual que me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros” (Io 15,20). Es la señal de las obras de Dios: la persecución.

Es importante la fe, como don de Dios, para afrontar las dificultades, pero también es importante la vida de fe. Libremente vivida, con conversiones y defecciones, pero siempre fruto de la gracia de Dios y la correspondencia personal. Por eso conviene recordar siempre las palabras de Jesús: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).

Precisamente, estamos terminando de vivir el año jubilar ordinario proclamado por el papa Francisco, cuyo lema ha sido “Spes non confundit” (Rom 5,5): la esperanza no será confundida. Nuestra esperanza se apoya en que Dios ha dado su palabra de fidelidad y solo espera nuestra correspondencia a la gracia para actuar con determinación.

Las persecuciones romanas durante cuatro siglos explican por sí mismas que, la rápida expansión de la fe y la victoria de la perseverancia en la fe durante cuatro siglos de dura prueba, demuestran la sobrenaturalidad de la Iglesia y la verdad de las palabras de Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35).

Finalmente, hemos de recordar que es la patrona de la Hispanidad, pues efectivamente desde las costas onubenses y después desde Sevilla y Cádiz partieron las naves que llevaron sacerdotes y religiosos que evangelizaron y bautizaron aquellos indígenas de norte a sur, pero también llevaron a cristianos corrientes, soldados, campesinos y mercaderes que se unieron con los indígenas y construyeron una sociedad nueva que ya no era ni indígena ni española sino hispanoamericana.

En el centro de esa tierra nueva tuvo lugar en 1531 la aparición de la Virgen de Guadalupe.

 

José Carlos Martín de la Hoz
Academia de Historia Eclesiástica

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