EL DEMONIO Y EL COLECTIVISMO – BENJAMÍN SANTAMARÍA – OCTUBRE DE 2025

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 21 DE OCTUBRE DE 2025

 

Cuenta el Evangelio de San Lucas (8, 26-39) la historia de cuando N.S. Jesucristo se encontró con un hombre endemoniado. A su llegada a “la región de los gerasenos”, es decir, a Gerasa, se les apareció “un hombre de la ciudad poseído de los demonios” gritando. Cristo le preguntó su nombre, y cuenta la Escritura que la respuesta fue “legión, porque habían entrado en él muchos demonios”. El Padre Fortea (2004, p. 26) explica que “sabemos por la Sagrada escritura y por los exorcismos” que “cada demonio tiene un nombre”. Entonces, ¿por qué los demonios del episodio evangélico se llamaron a sí mismos “legión” en vez de decir el nombre real de cada uno? Uno podría pensar que esto se debe a cuestiones de simplicidad, pues sería tedioso tener que mencionar uno a uno. No obstante, cabe preguntarse, ¿por qué no se limitaron a decir que eran varios o numerosos?

Una posible solución a este problema aparece en una obra muy interesante del pensador gallego Vicente Risco (1985). Una respuesta que podría vincular a los demonios con lo que hoy se entiende como colectivismo. No un colectivismo ideológico y militante, sino una forma de interpretar el mundo desde el desapego de la individualidad, la cual se sumerge en un mar de identidades con el objetivo de difuminar su propia realidad.

Primero, para poder entender esa relación entre la masa y Satanás, hay que revisar la que mantiene consigo mismo. Según Risco (1985):

(El diablo) tiene poderosas razones para negarse a sí mismo; son cuatro razones: primera, que habiendo enseñado a los hombres a negar a Dios, y no pudiendo igualársele en otra cosa, en la exasperación de su envidia, quiere ser negado él también. Segunda, el horror a la eternidad, si fuera como quiso ser, independiente y sólo sujeto a sí mismo, se hubiera anonadado en su propia negación al primer y decisivo fracaso, pero fue creado para la eternidad y no puede desprenderse de su odiosa existencia, que lo atosiga cuanto más la niega. Tercera, el odio, no ya a la propia existencia, sino al propio ser, de quien es en absoluto incapaz de amor y cuyo más ahincado anhelo sería libertarse de sí mismo, abandonar su propia naturaleza, perder su esencia, desaparecer de su propia inconsciencia. Cuarta, la terrible hambre y sed de la nada total y absoluta, que lo consume eternamente, imposible de ser satisfecha, sin vislumbre de esperanza, ni siquiera ilusoria, pues no le cabe ni el consuelo ni del autoengaño, ni el alivio de un parpadeo de inconsciencia y olvido (p. 26). (1)

Si bien el Padre Fortea (1985, p. 79) asegura que los demonios “gozan del grado más bajo de felicidad, la felicidad de existir”, también afirma que esto lo hacen “aunque ellos no lo reconozcan”. Es decir, que siendo el ser algo bueno, como nos dice la filosofía clásica, ellos mismos no son capaces de admitirlo. De hecho, el Padre Fortea sentencia algo similar a lo argumentado antes por Risco:

El demonio en definitiva es un ángel que ha decidido tener su destino lejos de Dios. Es un ángel que quiere vivir libre, sin ataduras. La soledad interior en que se encontrará por los siglos de los siglos, los celos de comprender que los fieles gozan de la visión de un Ser Infinito, le llevan a echarse a sí mismo en cara su pecado una y otra vez. Se odia a sí mismo, odia a Dios, odia a los que les dieron razones para alejarse (p. 19).

El odio a sí mismo es, por tanto, una característica clara de los demonios. Su situación es tal que sus aspiraciones se vuelven más lejanas cuanto más las sueñan, de tal modo que ese odio a su propia individualidad se va acrecentando de forma continua, sin límites. Esto es, precisamente, lo que Risco (1985) utiliza para describir sus deseos de difuminarse entre una “masa”, tal y como hacen en el relato evangélico antes mencionado:

De algunos (demonios) sabemos el nombre, o, al menos, han podido ser identificados en su individualidad o en su persona hasta el punto de poderles aplicar uno. La inmensa mayoría responde, tan sólo, como las bestias, a un nombre común. Constituyen “masa”, como los hombres cuando pierden el respeto a su propia persona (p. 30).

Al odiarse a sí mismos, al querer ser negados, al perderse el respeto, al querer “desprenderse de su odiosa existencia”; la salida que encuentran es ser “legión”, es decir, sumirse en el colectivo y en la masa, rechazar su individualidad. Una tentación que pudiera parecer cada vez más común en estos tiempos.

Al otro lado, está lo enseñado por la Iglesia desde los primeros siglos. En la propia Didajé (2023, p. 109) aparece que “los que perseveren en su fe, se salvarán”. Es decir, ya desde la enseñanza primitiva de los Apóstoles, la salvación se trata de forma individual, uno a uno, siendo aquellos que “sean hallados perfectos en el último momento (p. 108)” (los que fallecen en gracia) los que irán al cielo. Los mandamientos son directrices directas que interpelan a cada persona (por ejemplo, Éxodo, 20, 7: “No tomarás [tú, cada uno] en falso el nombre de Yavé…). Satanás, por el contrario, se niega a sí mismo, y, por extensión, induce a los demás a que hagan lo mismo.

Desde luego, sea por influencia o no del demonio, el mundo ha experimentado una notable tendencia a generar cada vez más corrientes colectivistas. Así, muchos han renunciado a su individualidad, esta vez sí a través de una expresión política y activista, a cambio de identificarse con masas. Unas masas que se caracterizan, no por el nombre de cada uno de sus miembros, sino por cualidades como el sexo, las preferencias sexuales, la edad o la procedencia.

De esta forma, un ataque a uno se convierte en ataque a todos y, de la misma manera, la responsabilidad de cada uno se diluye en el grupo. Y cuando la responsabilidad se diluye, nadie carga con el peso completo de sus actos, por lo que es más fácil cometer grandes atrocidades. Esto es lo que enseña la historia del siglo pasado, que se caracterizó, precisamente, por construir Estados-colectivos. Ahora, esos colectivos se han transformado, definiéndose por las cuestiones más cotidianas. Si se divide el mundo en dos (el nosotros y el vosotros), siempre habrá diferencias, unos estarán mejor posicionados que otros en tal o cual cosa. Por tanto, el colectivismo es la raíz de la división, el enfrentamiento y la envidia. De ahí que los demonios se regodeen tanto en él.

 

Benjamín Santamaría
Es economista, con máster en Educación. Actualmente es redactor de Economía en OKDIARIO. Es miembro de la Junta Directiva del Centro Covarrubias.

 

Notas:
(1). Pese a la longitud de este texto, he considerado que su relevancia para el argumento del artículo es tal que lo mejor era añadirlo íntegramente.

Bibliografía:
-Didajé: La enseñanza de los Doce Apóstoles. (2023). (I. Méndez-Trelles Díaz, Trad.). Delfos
-Fortea, J.A. (2004) Summa daemoniaca (Vol. 1). Dos Latidos.
-Risco, V. (1985) Satanás, historia del diablo. Edicións Xerais de Galicia.

 

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