IGLESIA CATÓLICA Y ECONOMÍA DE LIBRE MERCADO – CENTRO DIEGO DE COVARRUBIAS – NOVIEMBRE DE 2025
EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 11 DE NOVIEMBRE DE 2025
EDITORIAL

La Iglesia Católica goza de cuatro pilares que la convierten en una institución sólida y eficaz, unas claves estructurales que la han mantenido incólume a través de los siglos:
Una jerarquía única centralizada, de estructura piramidal.
El concilio, un órgano decisorio de desarrollo doctrinal.
El sínodo, un órgano consultivo de la acción pastoral.
La doctrina social, la aplicación de los principios y valores católicos a cada realidad socioeconómica.
Con esa sólida base, la Iglesia Católica ha encabezado durante los últimos mil quinientos años la evolución de la Civilización Occidental, en lo moral y en lo social, siendo de gran importancia y trascendencia sus aportaciones teológicas, filosóficas y en ciencias sociales. La antropología humanista cristiana concibe al ser humano como hecho a la imagen y semejanza de Dios, lo que le otorga una dignidad ontológica consustancial con su libertad y su responsabilidad, que se desarrolla en el marco del reconocimiento y la aplicación de los Derechos Humanos. Esa antropología, a la vez teocéntrica y antropocéntrica, es la base sobre la que se construye la economía de libre mercado, un sistema de enunciados lógicos que metodiza la asignación de recursos a través del intercambio voluntario. La antropología antropocéntrica materialista es la base sobre la que se estratifica la economía planificada/estatista, un sistema de enunciados lógicos que metodiza la asignación de recursos desde el Estado.
La libertad como concepto indivisible y la responsabilidad individual y social, son principios fundamentales del cristianismo que configuran una sociedad de libertades y derechos individuales y sociales, unos principios que deben ser los vertebradores de la economía de mercado, para que ésta pueda conseguir sus objetivos de creación y generalización de riqueza, lo que convierte a la economía de libre mercado y propiedad privada en el modelo por excelencia de economía social, un modelo cuya denominación de “capitalismo”, originada en la segunda mitad del s. XIX, no hace honor a su naturaleza, por lo que no emplearemos ese manido término en el presente escrito. De acuerdo con los datos publicados por el Banco Mundial, la ONU y el Fondo Monetario Internacional, la radical disminución de la pobreza registrada en los países en los que se ha aplicado la economía de mercado a lo largo de los últimos setenta y cinco años, ya fuera de manera completa o parcial, constituye una realidad incontestable que consagra el modelo de economía de mercado, en el que se incluye el libre comercio, como el modelo que permite a la población más necesitada poder dejar atrás su pobreza. Según datos facilitados por la ONU sobre la población mundial, la pobreza extrema ha pasado del 36% en 1990 al 9% en 2022.
Es clave señalar que la economía de mercado es un óptimo sistema económico social, es decir, al servicio de todos, siempre que se aplique en el marco de los principios y valores morales del cristianismo y en un régimen político de libertades. A este respecto, los resultados de un sistema económico en el que confluyen esas tres características, comparados con los resultados de un sistema ya sea de libre mercado, de planificación o mixto, en el que no se dan alguna de las otras dos condiciones, pueden aproximarse mediante el PIB per cápita, que nos da idea de la creación y distribución de riqueza en grandes áreas económicas:
- Datos de PIB per cápita de 2024 en US $, publicados por el FMI:
USA*: 85.373 / CHINA: 34.432 / UE*: 42.440 / JAPÓN: 33.138 /
INDIA: 2.696 / AUSTRALIA*: 66.589 / CANADÁ*: 54.856
*países de antropología cristiana vigente en mayor o menor grado
La concurrencia de los tres ejes citados, cristianismo, democracia y economía de libre mercado, son garantía de progreso y prosperidad de los pueblos que disfrutan de esa situación privilegiada. Cuando se utiliza la economía de libre mercado en un país que ha conculcado su antropología cristiana de origen o vulnera los principios democráticos, el progreso y la prosperidad alcanzan a una minoría en detrimento de una mayoría que se estanca o retrocede en su nivel de vida. No obstante lo anterior, cuando se aplica dicho modelo, aún de forma parcial y en contextos inapropiados, en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, los bajos niveles de partida permiten una reducción significativa del nivel de pobreza, fundamentalmente al facilitar su incorporación al libre comercio mundial, componente clave de la economía de libre mercado.
El modelo de economía planificada/estatista es contrario a los principios y valores del cristianismo y de la democracia, arrebatando las libertades y la responsabilidad al ciudadano en beneficio de un Estado omnipresente, sustentado en un régimen autoritario o totalitario. La sustitución de la identidad individual, única e irrepetible, que genera la enriquecedora diversidad, por la identidad de pertenencia a un colectivo, que genera uniformidad, constituye la raíz de la ineficacia del modelo estatista, lo que conlleva su fracaso, constatado en todos y cada uno de los países en los que se ha ido implantando a lo largo de los últimos cien años. El modelo estatista, al crear y generalizar pobreza es el paradigma de la economía antisocial.
La demostrada eficacia del modelo económico de libre mercado y propiedad privada, así como sus raíces cristianas, unido al alto nivel de la organización de la Iglesia Católica, podrían llevarnos a pensar que, a estas alturas de la Civilización Occidental, la actual Doctrina Social de la Iglesia se esforzaría en subrayar la necesidad de preservar el marco de principios y valores del cristianismo para asegurar que la economía de libre mercado y propiedad privada cumpla con sus objetivos de creación y generalización de riqueza, una función social que no pueden cumplir ni el Estado de la subvención, ni el Estado de bienestar, ni el Estado proveedor. Muy al contrario, la hegemonía cultural del neo marxismo se ha introducido en una parte significativa de todos los niveles jerárquicos de la Iglesia Católica, provocando la yuxtaposición en conflicto permanente entre la ortodoxia científica de la economía de libre mercado y la ideología anticientífica de la planificación estatista, criticando el modelo ortodoxo y poniéndose de perfil ante el constructo ideológico, es decir, censurando el modelo social y avalando implícitamente el modelo antisocial.
La “justicia social” que se reclama en los escritos de los Papas contemporáneos, entendida como una sociedad en la que prevalecen los principios y valores del cristianismo, que promueve el bien común, la solidaridad y el principio de subsidiariedad, únicamente puede provenir de la aplicación de un modelo socialmente justo, que es el de las libertades y derechos, la ética de la responsabilidad privada y pública y la economía de libre mercado, en el marco del humanismo cristiano y la democracia. Es un error conceptual de graves repercusiones el catalogar la “justicia social” como una forma de mitigar las negativas consecuencias de la aplicación de un modelo socialmente injusto, sin criticar al propio modelo injusto. En un modelo ínsitamente justo y aplicado en su marco connatural, sus disfunciones tenderán a ser residuales, mientras que, con un modelo intrínsecamente injusto, las disfunciones serán la norma y toda clase de intentos para mitigarlas en lo económico mediante limosnas o subsidios, serán incentivos perversos que contribuirán a cronificar la injusticia. En aquello países en los que el Estado ha adquirido un tamaño desorbitado, que se financia mediante una liquidez monetaria desbordante, unos impuestos abusivos y una deuda pública gigantesca, se está empezando a producir una alarmante involución social, consecuencia de la transición de un modelo de libre mercado a otro crecientemente estatista, un hecho que debería de ser una importante preocupación para todos los católicos y muy especialmente para la Jerarquía Católica.
Cuando un modelo socialmente justo como la economía de libre mercado se aplica fuera del marco del humanismo cristiano y de la democracia, se está corrompiendo la esencia de ese modelo, lo que produce graves daños sociales. En este caso la crítica no debe dirigirse al modelo sino a la carencia de los fundamentos morales y políticos necesarios para el buen funcionamiento del modelo. Ciertos órganos de la jerarquía vaticana son proclives a la descalificación de la economía de libre mercado y a la condena de la “especulación financiera”, a las que hacen responsables de la desigualdad social y de la pobreza, incurriendo en un doble error, el de atribuir a la economía de libre mercado una responsabilidad que concierne al abandono de sus raíces cristianas y el de proponer como solución unos parches que lejos de resolver el problema, lo eternizan. La “especulación” en cualquier mercado, siempre que respete sus bases y reglas de funcionamiento, es la opinión necesaria para establecer unos precios que permitan una actividad fluida en ese mercado. Volvemos a lo mismo, la especulación en sí es positiva, lo negativo son unas malas reglas de mercado o su incumplimiento.
La desigualdad social es propia de una sociedad libre y plural, lo opuesto a la igualdad social que es inherente a una sociedad carente de libertades y uniformadora. El problema de la extrema desigualdad económica lo resuelve la economía de libre mercado impulsando el desarrollo de las clases medias, un proceso que, tras setenta años de sólida expansión, está estancado o en retroceso, lo que sí debería de ser una grave preocupación para todo el orbe cristiano, ya que es un fenómeno paralelo al hecho de que la disminución de la tasa de pobreza extrema se esté desacelerando en la actualidad y amenace con invertir su tendencia en el futuro. Una incorrecta derivada de la inexcusable denuncia de la existencia de la pobreza extrema, en la que está cayendo la jerarquía eclesiástica, es la exaltación de la pobreza como si se tratase de una situación virtuosa, lo que solamente es cierto cuando la pobreza es voluntaria y en beneficio del prójimo necesitado, como es el caso de la vocación misionera, pero que es rotundamente falsa cuando la pobreza es impuesta. El indeclinable objetivo del cristianismo debe ser el de liberar al pobre de su pobreza, ya sea material o moral y no convertir la pobreza en una seña de identidad. La Iglesia de Cristo está en la obligación moral de promover la erradicación de la pobreza concienciando a la sociedad para que a los más necesitados “se les den peces para poder subsistir, mientras al mismo tiempo se les enseña a pescar para salir de la pobreza”.
La Iglesia Católica, es decir, universal, es la Iglesia de todos, al servicio de la Verdad, la libertad y el bien, y su doctrina está vinculada a la razón y es compatible con la ciencia.
CENTRO DIEGO DE COVARRUBIAS
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