LA INJUSTICIA DE LAS SUBVENCIONES A LA AGRICULTURA – MIGUEL ÁNGEL SANZ – DICIEMBRE DE 2025

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 16 DE DICIEMBRE DE 2025

 

 

LAS SUBVENCIONES A LA AGRICULTURA: UN ESCANDALOSO ATAQUE A LA LIBERTAD Y A LA JUSTICIA

 

No fue hasta el año 2002 cuando uno de nuestros profesores en el MBA que estaba cursando me hizo consciente de la enormidad de las subvenciones de los países de la OCDE a la agricultura. ¡Mil millones de dólares cada día! La cifra me sorprendió. ¿Cómo era posible que lo hubiera desconocido hasta ese momento? Con ese dinero, pensé, se podría dar un dólar al día, todos los días del año, a mil millones de personas, que era el número de personas en el mundo bajo el umbral de la pobreza en aquel entonces. No quiero decir que es lo que haya que hacer, pero me sirvió para hacerme una idea de su enormidad.

La cantidad total de dinero con que los gobiernos de la OCDE (Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Japón, Corea, Australia, Suiza…) subvencionan a los agricultores de sus países es enorme: unos 350.000 millones de dólares anuales. Además de estos países, el otro gran “subvencionador” de su agricultura es China, con casi 300.000 millones de dólares anuales. [1] [2]

Las subvenciones a la agricultura son tremendamente injustas por dos motivos:

  • El primero, porque el dinero de las subvenciones es extraído coactivamente de los contribuyentes.
  • El segundo, mucho más grave, porque impide a muchas personas de los países pobres vender lo único que podrían producir a un precio competitivo.

El impacto que los subsidios agrícolas en los países desarrollados ocasionan a los agricultores de países en desarrollo está bien documentado. Los gobiernos ricos reducen artificialmente el costo de productos básicos específicos y dificultan e incluso impiden así el acceso al mercado a los productores de países de bajos ingresos.

Los subsidios agrícolas deprimen los precios mundiales y hacen que los agricultores no subvencionados de países en desarrollo no puedan competir.

Los países más afectados por el dumping agrícola son, sin duda, los de África subsahariana y varios de Centro y Sudamérica. Cultivos como el algodón (en Burkina Faso, Mali o Benín), el azúcar (en Jamaica o Mozambique) o la leche (en Kenia o Camerún) sufren directamente la competencia de productos subsidiados que llegan a precios artificialmente bajos. En estos países menos desarrollados, la agricultura representa una proporción muy elevada del producto interior bruto —entre el 30% y el 50% en muchos casos—, y es la principal fuente de ingresos para la inmensa mayoría de las personas que viven en pobreza o al borde de ella. Esta alta dependencia los hace extremadamente vulnerables a las políticas proteccionistas y subvenciones de los países ricos, que deprimen los precios mundiales y cierran la puerta a su única ventaja competitiva real, perpetuando así un ciclo de subdesarrollo y dependencia.

Xavier Sala i Martín lo explicaba de modo muy claro en 2005:

“Los africanos no pueden producir aviones de dos pisos, ni siquiera pueden producir coches, ni televisores, ni radios, ni siquiera relojes, ni textil de calidad. La única cosa que pueden producir son productos agrícolas. Y la política agraria europea, norteamericana y japonesa –que nos cuesta 350.000 millones de dólares anuales, 1.000 millones de dólares al día subvencionando las vacas–, tiene un efecto terrible. Comprar leche europea en África, leche holandesa en África, es más barato que comprar leche africana. Lo que implica que millones de litros de leche van a parar al mar porque los africanos –y cuando digo africanos no digo empresas africanas, sino niños, de los que 14 millones son huérfanos por culpa del SIDA–, en algunos casos niños que tienen dos o tres vacas, no pueden vender su leche. Niños que no la pueden vender porque nosotros los europeos, además de hacer aviones y además de querer tener automóviles y de no querer que se deslocalicen todas estas empresas, también queremos producir todos los productos agrícolas. Y como somos unos incompetentes a la hora de hacerlo, pues lo subvencionamos con impuestos, sin importarnos el mal que esto causa en países africanos. Y cuando digo productos agrícolas, digo también flores, o cualquier tipo de productos simples que ellos pueden hacer. Nosotros los europeos no deberíamos estar produciendo estas cosas. Y si no queremos que ellos emigren, debemos dejar que trabajen en su casa y compremos sus productos. Decir que el problema en África es que hay un exceso de comercio internacional y que la globalización comercial les perjudica es, a mi juicio, una obscenidad.” [3]

El monto total de los subsidios agrícolas en los países de la OCDE supera con creces la cantidad que las naciones destinan a la ayuda al desarrollo. Lo primero que deberíamos hacer con África no es aumentar la ayuda al desarrollo, sino dejar de perjudicarla con nuestras propias políticas agrícolas proteccionistas. En lugar de compensar el daño con ayudas, lo justo -y mucho más efectivo- sería eliminar esas barreras que actúan como un sabotaje encubierto, permitiendo que África compita en igualdad y genere su propia riqueza.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia critica acertadamente esta distorsión del comercio internacional llevada a cabo por los Estados:

El comercio representa un componente fundamental de las relaciones económicas internacionales, contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que nunca, el comercio internacional, si se orienta oportunamente, promueve el desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de trabajo y suministrar recursos útiles. La doctrina social muchas veces ha denunciado las distorsiones del sistema de comercio internacional que, a menudo, a causa de las políticas proteccionistas, discrimina los productos procedentes de los países pobres” [4]

La solución política para eliminar las subvenciones agrícolas en los países de la OCDE no es sencilla, ya que si se suprimieran bruscamente causarían disrupciones abruptas. Se debería hacer con un enfoque gradual a lo largo de varios años, similar al proceso seguido con las subvenciones al carbón en muchos países OCDE.

En cualquier caso, espero haber abierto los ojos a un número elevado de lectores, como me los abrieron a mí. Las subvenciones a la agricultura constituyen unos de los atentados más graves a libertad:  a la de los contribuyentes en el primer mundo pero, sobre todo, a la libertad de los agricultores de los países pobres.

 

Miguel Ángel Sanz
Doctor Ingeniero Industrial por la Universidad de Oviedo, MBA por INSEAD y graduado en Teología por la Universidad de Deusto. Actualmente es Partner en Madavi. Es profesor en la Universidad de Navarra y en la Universidad de las Hespérides.

 

[1] OECD (2025), Agricultural Policy Monitoring and Evaluation 2025: Making the Most of the Trade and Environment Nexus in Agriculture, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/a80ac398-en.
[2]  Cf. http://en.wikipedia.org/wiki/Agricultural_subsidy
[3] Xavier Sala-i-Martin, Globalización y reducción de la pobreza. Julio 2005.
https://www.uam.es/personal_pdi/economicas/anavas/macro4/salaimartinalumnos.pdf
[4] Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 364.

 

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