NAVIDAD, LIBERALIDAD Y MAGNIFICENCIA – P. FRANCISCO JOSÉ DELGADO – DICIEMBRE DE 2025

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 23 DE DICIEMBRE DE 2025

 

Adoración de los magos de Gentile da Fabriano

 

NAVIDAD, LIBERALIDAD Y MAGNIFICENCIA

 

«Acreciste la alegría, aumentaste el gozo;
se gozan en tu presencia, como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín.
[…] Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9, 2.5).

Este anuncio profético se cumplió en el día del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo según la carne y se actualiza cada vez que lo celebramos litúrgicamente. No se trata de un mero recuerdo piadoso, sino de un acontecimiento real que, por la fuerza de la liturgia, se hace presente en el hoy de la Iglesia.

Los evangelistas situaron convenientemente este nacimiento en el tiempo: «siendo Cirino gobernador de Siria…». Como corresponde a la condición humana asumida por el Verbo, el nacimiento tuvo lugar nueve meses después de su concepción virginal. La tradición cristiana fijó esta concepción el 25 de marzo, fecha que, de manera simbólica, coincide también con el día de su muerte redentora, así como con la creación del primer Adán. De este modo, el 25 de diciembre el mundo entero celebra solemnemente la fiesta de la Navidad.

La fiesta es una realidad propia del hombre y, de un modo aún más pleno, del hombre católico. Mientras que el pagano celebra determinados momentos del ciclo natural o conmemora hechos pasados, el cristiano, mediante la liturgia, participa de acontecimientos históricos que están abiertos a la eternidad por la acción salvadora de Dios. La liturgia, por tanto, no sólo recuerda, sino que también actualiza.

Ahora bien, hay algo que comparte todo hombre, con independencia de su fe: la necesidad de celebrar de manera verdaderamente humana. Y eso implica necesariamente la puesta en juego de los bienes materiales. La celebración conlleva gastos; sin ellos, la fiesta quedaría privada de una dimensión esencial de lo humano. Evidentemente, el aspecto externo y material no es lo más importante, pero, afortunadamente, los católicos no estamos obligados a elegir entre lo espiritual y lo corporal. Del mismo modo que no tenemos que optar entre la fe y las obras, o entre la gracia y la libertad, tampoco entre la vivencia espiritual y la material de la fiesta.

Por eso es propio de nuestra Tradición que a las solemnes y fastuosas celebraciones litúrgicas de estos días santos se unan todas aquellas expresiones exteriores de alegría y gozo que puede idear el genio humano: el canto, las luces, los adornos, la mesa compartida, la familia, los regalos. La Navidad es una auténtica fiesta de los sentidos, a la manera de esas celebraciones barrocas que construyeron la cristiandad hispana y que se apoyaban en una profunda comprensión de la sacramentalidad: que por el gozo de lo visible lleguemos al amor de lo invisible, siempre más importante y siempre fundamento de todo.

Cromwell lo entendió bien cuando, movido por su espíritu protestante y puritano, trató de prohibir la celebración de la Navidad, junto con otras fiestas católicas. Hoy, sin embargo, con una intención aparentemente más benévola, aunque con parecidos alarmantes, escuchamos con frecuencia la voz de quienes alertan contra el consumismo propio de estas fechas. Sería lógico y justo criticar que, como consecuencia de la secularización y de la hostilidad contra la fe, se abandone el fundamento que da sentido a la fiesta. Es razonable denunciar que se sustituya el verdadero centro de la Navidad —el misterio del Hijo de Dios encarnado en las entrañas purísimas de la Santísima Virgen, que nace para iluminar al mundo disipando las tinieblas del pecado— por sucedáneos como una vaga fraternidad, un sentimentalismo familiar desprovisto de trascendencia o incluso la figura deformada de cierto personaje resultado de pasar al gran San Nicolás por la trituradora publicitaria de Coca-Cola.

Es cierto que la vida cristiana tiene como elemento fundamental la obligación de la limosna y de la caridad, y no es casual que estas virtudes se recuerden especialmente en Navidad. Pero la vida cristiana no se reduce a eso. Incluye también, como dimensión irrenunciable, la vivencia ordenada y plena de la fiesta.

Aristóteles y, siguiéndolo, Santo Tomás de Aquino, describieron con gran finura dos virtudes morales que iluminan directamente esta cuestión. La primera es la liberalidad, que regula el uso conveniente del dinero, especialmente en lo que se refiere a su reparto. La segunda es una virtud emparentada con ella, pero referida a los grandes gastos necesarios para realizar obras importantes. Esta virtud recibe el nombre de magnificencia. La magnificencia presupone la liberalidad, pero se distingue de ella por el género y la entidad de los gastos que regula.

El hombre magnífico es aquel que gasta en las cosas más honorables, que, según el Filósofo, son las relativas a los dioses y aquellas que miran al bien público. En el mundo cristiano ambas dimensiones se unen de modo natural en la celebración de las fiestas, porque son fundamentalmente religiosas, se celebran en honor de Dios y de sus santos, y porque poseen siempre un elemento de construcción social que contribuye de manera decisiva al bien común.

En el caso de la Navidad, estos dos elementos se dan de forma particularmente clara. No es casual que la Tradición haya convertido esta solemnidad en una de las más esplendorosas del calendario cristiano, junto a la Pascua de Resurrección, que la supera en importancia, sin duda, pero no siempre en gozo y alegría.

Hay que precisar que, en la concepción aristotélica de las virtudes, éstas constituyen siempre un justo medio entre dos extremos viciosos. En el caso de la magnificencia, el defecto es la parvificencia —a veces traducida como mezquindad— y el exceso es lo que Santo Tomás denomina consumismo. Se cae en este último «cuando se gasta más de lo proporcionado a la obra», mientras que se incurre en la mezquindad cuando se procura «gastar menos de lo que exige la dignidad de la obra». La proporción a la que se alude tiene que ver tanto con la dignidad de lo que se celebra como con la condición de quien gasta. Quien tiene poco deberá ser proporcionado en su gasto, pero también quien tiene mucho. Y difícilmente podrá gastar mejor el que posee abundancia que haciendo partícipes a los demás de ella, compartiéndola generosamente. No es casual que en Navidad florezcan tantas tradiciones de caridad y de vida comunitaria que forman parte esencial de su celebración.

Podría objetarse que, por el bien de la economía y del mercado, conviene que los particulares moderen sus gastos y ahorren para poder invertir en actividades productivas. Esto es cierto. Pero precisamente aquí entra en juego la otra virtud mencionada, la liberalidad, que se opone a los extremos de la prodigalidad y de la avaricia. El hombre liberal sabrá ser austero cuando así lo requiera su condición; y si además es magnífico, sabrá también que hay momentos que exigen grandes gastos y los realizará en la justa proporción.

Por tanto, si se quiere advertir con seriedad de los vicios que amenazan la celebración de la Navidad, no basta con condenar el consumismo. Es necesario, al mismo tiempo, censurar la mezquindad y la avaricia. Hay, pues, que fomentar las virtudes de la liberalidad y de la magnificencia para que los católicos, conscientes de la grandeza del misterio que se actualiza en esta solemnidad de nuestra Salvación, sepan gastar de manera justa y proporcionada, permitiendo que la alegría propia de esta fiesta sea compartida por todos aquellos con los que convivimos en sociedad.

En definitiva, tengan ustedes una magnífica y liberal Navidad.

 

P. Francisco José Delgado
Sacerdote diocesano de Toledo. Licenciado en Filosofía Tomista y en Teología Dogmática. Ha sido misionero fidei donum en la diócesis de Lurín (Perú). Dirige el canal de YouTube de La Sacristía de la Vendée.

 

**

-Gracias siempre por tu apoyo-

CDC

Compartir:

2 responses to “NAVIDAD, LIBERALIDAD Y MAGNIFICENCIA – P. FRANCISCO JOSÉ DELGADO – DICIEMBRE DE 2025”

  1. Henar Sanz dice:

    El valor principal de este artículo es recordar algo que hoy resulta casi subversivo: que la vida moral —también en su dimensión festiva— no puede ser sustituida por discursos, normas ni pedagogías públicas. Al recuperar, con Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, las virtudes de la liberalidad y la magnificencia, se devuelve el centro a donde siempre debió estar: al juicio personal.

    Y esto no es solo una cuestión moral, sino profundamente política.

    Nuestra época no ha combatido el consumismo restaurando la virtud, sino moralizando la conducta. Allí donde antes había prudencia y proporción, hoy hay consignas, culpabilización y tutela. El problema no es el exceso material, sino la sustitución de la virtud por el control. Cuando se desconfía de la capacidad del hombre para ordenar su vida, el poder ocupa ese lugar.

    La fiesta —y la Navidad de modo eminente— pertenece a una esfera anterior al Estado. No es administrable ni reducible a criterios técnicos o morales abstractos. Gasto, don, exceso simbólico y celebración no son fallos del sistema, sino formas humanas de sentido. Por eso resultan incómodas: porque no se dejan fiscalizar ni traducir a lenguaje ideológico.

    La alternativa al consumismo no es la austeridad impuesta ni el puritanismo disfrazado de responsabilidad, sino la recuperación de la virtud. Sin liberalidad y magnificencia no hay celebración; sin celebración, la vida social se empobrece; y una sociedad empobrecida acaba reclamando que el poder supla lo que ella ya no sabe hacer por sí misma.

    En ese sentido, este artículo apunta a una verdad decisiva: no hay libertad política sin una cultura previa del juicio, y esa cultura no se decreta, se hereda y se vive.

    Feliz Navidad. Que celebremos una Navidad verdaderamente humana y libre, para todos.
    Gracias, Padre Francisco.

  2. Jose Fernández Rubio dice:

    En relación con este oportuno artículo recomiendo la película El festín de Babette, que de forma magistral ilustra esta idea de alegría y celebración católicas en contraposición con la austeridad y el puritanismo calvinistas.
    Feliz Navidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información sobre protección de datos:

  • Responsable: CENTRO DIEGO DE COVARRUBIAS
  • Fin del tratamiento: Controlar el spam, gestión de comentarios
  • Legitimación: Tu consentimiento
  • Comunicación de los datos: No se comunicarán los datos a terceros salvo por obligación legal.
  • Derechos: Acceso, rectificación, portabilidad, olvido.
  • Contacto: info@centrocovarrubias.org.
  • Información adicional: Más información en nuestra política de privacidad.