EL CATECISMO NO AVALA EL BUENISMO INMIGRACIONISTA – ALEJANDRO MACARRÓN – ENERO DE 2026

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 13 DE ENERO DE 2026

 


*Salt, en Gerona, es la localidad con más multiculturalidad de España

 

EL CATECISMO NO AVALA EL BUENISMO INMIGRACIONISTA

“La verdad os hará libres”

“No he de callar,
por más que con el dedo…”
La Conferencia Episcopal Española y el Vaticano están errando gravemente en relación a la inmigración, con un buenismo deletéreo que no se compadece con lo que dice el catecismo y lo que está ocurriendo en este asunto vital en España, y en Europa Occidental en general.

En su punto 2.241, el Catecismo de la Iglesia Católica, dice lo siguiente:

“Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Las autoridades deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben.

Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas.”

En relación al primer punto, si se trata de seguridad / refugiados, ¿acoger en el propio país es (siempre) la mejor forma de ayudar? Claramente no lo fue en el caso de la crisis de 2015 de refugiados de Siria en Europa. Millones de personas se fueron a países de Europa Occidental, pese a haber unos cuantos países musulmanes y de habla árabe donde habrían causado mucha menos disrupción social y se habrían integrado mejor, algunos muy cerca de Siria, y algunos tan ricos como los petroestados árabes (por cierto, en su gran mayoría esos refugiados eran varones jóvenes o de mediana edad, en edad militar, los que en todas las civilizaciones han tenido el deber ético de proteger a sus mujeres, niños y ancianos, y no dejarlos atrás, huyendo ellos solos de la quema). Una cosa es que las naciones europeas ayudasen económicamente a esos refugiados en terceros países -y eventualmente aportasen incluso tropas y/o policía para seguridad allí donde se realojasen-, y otra muy distinta y dañina para el bien común de sus propios pueblos fue acogerlos en Europa -sobre todo, en Alemania-, donde se generaron por esta causa graves fracturas sociales y políticas.

Entre las consecuencias de aquel disparate merkeliano muy posiblemente figuró el éxito en las urnas de la opción Brexit, la salida del Reino Unido de la UE -hasta ahora, para mal del Reino Unido y de la UE-, que ganó por estrecho margen de votos, por las ondas de choque que creó en el país la percepción de que la Unión Europea funcionaba en temas tan peliagudos como éste bajo el diktat de Alemania, el gran enemigo de los británicos en la primera mitad del siglo XX, imponiendo decisiones nefastas.

Y si se trata de inmigración económica, en una España que no ha bajado de 4 millones de parados reales[1] desde 2008 –se llegó a superar la escandalosa cifra de 7 millones en lo peor de la crisis anterior-, en gran medida porque de los 5,3 millones de inmigrantes que vinieron a España de 1998 a 2008, al calor del boom del ladrillo -degenerado a la postre en burbuja-, solo se fueron 330.000 en números netos de comienzos de 2009 a finales de 2014[2], ¿es positivo para el bien de los españoles autóctonos e inmigrantes bien arraigados que desde 2015 hasta octubre de 2025 hayan venido a España cuatro millones netos de inmigrantes más? No. Ni por el elevado desempleo estructural, siendo 1/3 de los parados personas nacidas en el extranjero. Ni por la carestía de la vivienda (se crean más hogares, por la llegada masiva de inmigrantes, de los disponibles, desde hace años. Y a la escasez contribuye un número enorme de viviendas “okupadas”, en una amplia mayoría de los casos por extranjeros, por el amparo delictuoso que dan a la usurpación de viviendas nuestras autoridades, infectadas de dañino buenismo[3]). Ni por la congestión creciente de la sanidad pública, debida en gran medida al envejecimiento de la población -algo inevitable a corto y medio plazo-, y al número creciente de inmigrantes -algo evitable-, que apenas consumen sanidad privada. Ni por la creciente inseguridad ciudadana (aunque la inmensa mayoría de los inmigrantes no delinquen, sus tasas de criminalidad son mucho mayores que las de los españoles en los delitos más lesivos contra las personas, y sobre todo en el caso de los africanos y los hispanoamericanos).

Por otra parte, puestos a hacer filantropía con extranjeros necesitados, y sin dañar a la propia población con inmigración innecesaria y descontrolada, ¿a cuántas personas se puede ayudar en origen en un país pobre por el coste de mantener a un inmigrante sin trabajo en Europa? ¿5, 10, 20 veces más?

Yendo a la colonia extranjera más numerosa, la marroquí (1,2 millones de residentes en España nacidos en Marruecos ya, más en torno a medio millón de hijos suyos nacidos aquí y menores de 30 años), con 74 años de esperanza de vida ya en Marruecos (por solo 42 en 1960), y poco crimen, ¿no hay en su país seguridad y medios de vida para la inmensísima mayoría de su población? ¿Puede alguien sostener que el Estado marroquí, que gasta en defensa el doble de porcentaje de PIB que España -en 2023, más del doble-, no puede hacerse cargo de los menas marroquíes que vienen a España, donde causan sufrimiento y gran desasosiego local una parte de ellos? (o bien, siendo Marruecos un Estado autoritario, podría perfectamente lograr que sus padres se hicieran cargo de esos hijos suyos, como es su obligación)

Llegamos ahora a la parte final de ese punto 2.241 del Catecismo, donde se habla de que “el inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas”. Cabe hacerse varias cuestiones:

-¿Qué patrimonio material y espiritual de España respetaría con gratitud el foráneo de religión islámica que añore Al-Ándalus y/o crea que Ceuta y Melilla deben ser marroquíes? Es evidente, por decirlo de forma suave, que a muchos de ellos les puede costar respetarlo, y más aún respetarlo con gratitud.

Incluso en relación a la abundantísima inmigración hispanoamericana, la mitad de la cual tiene ya doble nacionalidad, cabe preguntarse qué prevalece en muchos de ellos cuando están en España, ¿la gratitud al patrimonio material y espiritual de España, o lo que dice el himno nacional de su país, sobre que su nación se liberó de la “tiránica” España (con variantes en las palabras y formas más o menos directas, eso dice la letra del himno nacional de muchos países hispanoamericanos, si no de casi todos)? Los hispanoamericanos con gratitud a España, que son muchos, sean bienvenidos. ¿Y quienes no la tengan, y compartan ese antiespañolismo que no escasea en la política y parte de la sociedad de muchos países hispanos de América?

-¿Obedece las leyes españolas quien entra en España ilegalmente? Evidentemente, no.

-¿Contribuyen a las cargas del país de acogida los numerosos inmigrantes en situación de desempleo de larga duración que viven de las ayudas públicas? (no, contribuyen a que esas cargas sean aún mayores). ¿Qué expectativa hay de que contribuyan de forma neta los nuevos inmigrantes que llegan a una España con millones de parados?

Concluimos este artículo con tres juicios de valor:

El primero es que la gestión pública de la inmigración en las últimas décadas en Europa, y en España en concreto, ha sido muy desafortunada para sus propias sociedades, a la vista de los desgarros, fracturas sociales y cargas económicas que está generando. Sin un Estado de Bienestar muy pasado de vueltas en sus prestaciones, que atrae y retiene mucha más inmigración de la necesaria, y sin el buenismo suicida de acabar extendiendo de forma incondicional su cobertura a todo el que habita en suelo español / europeo, el problema no existiría o sería mucho menor, como avisaba Milton Friedman.

El segundo es que no cabe culpabilizar a los inmigrantes, salvo a los que delincan -lo mismo que a los españoles que delincan-, porque haya demasiados en España, ni por aprovecharse de nuestro Estado de Bienestar (los que lo hacen), ni por tener otros valores culturales (los que los tienen). No, el inmigrante hace muy bien en venir a España a buscarse la vida y en ser fiel a los valores culturales que le han conformado como ser humano: todos haríamos lo mismo de estar en su piel.

Y hace muy bien, en su caso, si no encuentra un buen trabajo que le compense más, en aprovecharse de las ayudas y prestaciones públicas a su disposición. Como ser humano, su dignidad y derechos naturales son iguales a los de cualquier español. Son políticos españoles, y los españoles que les apoyan en los medios y las urnas, los responsables del descontrol de nuestras fronteras, de que la inmigración que hay en España por razones económicas supere con mucho la que precisa nuestro mercado laboral, y de dar subsidios y prestaciones desde el Estado a muchos inmigrantes que España no necesita (y a muchos españoles en paro estructural a los que, con ello, se desincentiva a buscar trabajo y a aceptar empleos que podrían desempeñar, trabajos que en muchos casos aceptan inmigrantes).

Y el tercer juicio de valor, dirigido a los obispos españoles que alientan de forma irresponsable que venga mucha más inmigración de la que España necesita y puede acoger sin perjudicar el bien común de su gente, incluyendo no pocos extranjeros a los que les va a costar mucho respetar con gratitud nuestro patrimonio material y espiritual, sería “no es eso, no es eso”. Y en relación al Vaticano, que hace lo mismo a nivel internacional alentando la inmigración masiva descontrolada hacia Europa, lo mismo, y ya en italiano, “manca finezza”.

 

Alejandro Macarrón Larumbe
Ingeniero y consultor empresarial.
Responsable de Estudios y Análisis Sociales, y Coordinador del Observatorio Demográfico del CEU-CEFAS.
Vicepresidente del Centro Diego de Covarrubias
[1]En el concepto de “parados reales” sumamos las personas sin empleo que buscan trabajo (la definición “oficial” de parado) y la gente que no tiene empleo, dice querer trabajar, pero no buscó trabajo por cualquier razón en las cuatro semanas previas a la entrevista que le hicieron para la Encuesta de Población Activa (EPA).
[2] Los africanos en concreto, en su inmensa mayoría marroquíes, llegados previamente a España de forma ilegal en una gran mayoría y posteriormente regularizados por tener empleo, alcanzaron en lo peor de la crisis la astronómica tasa de desempleo del 60%, según nuestras estimaciones con los microdatos de la EPA. Pero su número en España no bajó en los años siguientes ni un 3%. ¡Estaban mejor en paro, en una España al borde de la quiebra, que en su país! No cabe criticarles por quedarse aquí estando sin trabajo. Pero sí merecen severa censura nuestras autoridades por propiciarlo con sus subsidios y prestaciones gratuitas indefinidas -en muchos casos, a gente previamente regularizada por tener trabajo. Ergo, al dejar de tenerlo durante meses y meses……-, máxime en aquellos años en que los españoles atravesaban grandes dificultades económicas y las finanzas públicas estaban al borde de la bancarrota, por no velar por el bien común de los españoles con una gestión tan disparatada de la inmigración, cuya justificación es cubrir huecos en el mercado laboral, razón por la cual se había regularizado a muchos ilegales anteriormente, por tener trabajo.
[3] “La misericordia con los culpables es crueldad con los inocentes” (Adam Smith)

 

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