CUARESMA 2026: UN AMOR SACRIFICADO – JOSE CARLOS MARTÍN DE LA HOZ – FEBRERO DE 2026

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 24 DE FEBRERO DE 2026

 

Recordaba el papa Benedicto XVI en la primera de sus Encíclicas, “Deus caritas est” (Roma 25.12.2005) que el amor en la Sagrada Escritura aparece habitualmente con la palabra griega “agapé”, mientras que la palabra “eros”, el amor apasionado, no está presente ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Concluía su razonamiento afirmando que el amor erótico dentro del amor conyugal es digno de bendiciones.

A continuación, señalaba dos preguntas muy interesantes. La primera, acerca de si se puede dar realmente el amor a Dios. Es decir, si el hombre realmente puede amar a Dios al que no ve (cfr. 1 Jn 4, 21). Incluso en el Antiguo Testamento estaba prohibido hacer imágenes de Dios y adorarlas para que no sucumbieran a la tentación de la idolatría a la que eran especialmente proclives (Ex 20, 4-5).

La respuesta es bien conocida: hemos visto todos muchas veces a Dios en el amor humano, en la sonrisa de un niño, en religiosos o religiosas, en la ternura o generosidad de una madre, en el amor sacrificado de un marido y una esposa por su familia para empeñarse en sacar adelante el hogar que han construido, donde madurarán los hombres y mujeres del futuro y, por supuesto, en la figura amabilísima de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que se ha constituido en el rostro sereno y paciente de Dios.

La segunda pregunta que ha quedado ya respondida, y es si realmente el hombre puede superar el egoísmo para amar sacrificadamente a Dios y a los demás. No solo es posible, explica el santo Padre, sino que ahí radica la clave de la felicidad. De hecho, maduramos en el amor incondicionado a Dios y a los demás.

Recordemos la figura del Santo Padre Francisco, un pontífice de corazón apasionado que fue un ejemplo de un amor sin medida a los descartados, desfavorecidos o pobres, a los refugiados, o a todos los que de alguna manera se sintieran desplazados o denigrados.

Precisamente, el Santo Padre Francisco dedicó su mejor y más importante encíclica al amor fraterno. El texto de la inolvidable “Frattelli tutti” fue firmado el 3 de octubre de 2020 en la fiesta de san Francisco de Asís. En ese documento exclamaba que si los cristianos viviéramos en serio el precepto de la caridad y amaramos incluso a nuestros enemigos, el mundo cambiaría en cinco minutos: la “revolución de la caridad”.

El Santo Padre León XIV, en su inmenso trabajo de reunificación de la Iglesia, de curar heridas de años pasados, de las guerras en curso, de los odios enconados dentro de la Iglesia, nos ha pedido desde el comienzo de su pontificado que trabajemos todos juntos por la paz y por la unidad en la Iglesia y en el mundo.

Dentro de ese mensaje general que va impregnando todo su pontificado, ha llegado el mensaje anual de la Cuaresma de este año 2026. A nadie ha extrañado que el deseo del Santo Padre para este tiempo en la Iglesia universal sea el “amor sacrificado”. Es decir, poner el acento en la mortificación interior, en el esfuerzo y sacrificio, en la constancia y tenacidad en nuestra amabilidad, afabilidad y en el amor fraterno.

Es indudable que ese mensaje cuadra con la habitual línea de fuerza del Evangelio que propone siempre la conversión del corazón, es decir un corazón de carne que sustituya el corazón de piedra (Ez 11, 19).

Lógicamente, el Santo Padre dirige nuestros corazones al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, para vivir con ellos y con el Papa, los obispos, sacerdotes y religiosos y los cristianos del mundo entero, a una Iglesia de Comunión.

La comunión comienza en nuestro interior y de ahí que la purificación cuaresmal afecte en primer lugar a la conversión del corazón. Es lo que los autores de espiritualidad han denominado la “rectitud de intención”: buscar en todo solo la gloria de Dios y la felicidad de quienes nos rodean.

Ciertamente, el cristianismo nos recuerda a través de las palabras de San Pablo a los Colosenses, que se trata de “una vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). Es decir, que la relación del hombre con Dios es real, cierta, íntima, confiada y habitual. De modo que la santidad sería sencillamente mantener el “hilo de la conversación con Dios”, es decir “la vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). Y esa tarea no es de un día, sino de todos los días, de cada día.

El hilo de la conversación con Dios se notará externamente en la capacidad de conectar con las preocupaciones e intereses de quienes nos rodean, pues sencillamente, el vivir desde la amistad con Jesucristo nos llevará a interesarnos por lo que se interesa Cristo, que son las necesidades materiales y espirituales de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestros compatriotas, de todas las almas y, por supuesto, de los descartados y necesitados que estén en nuestras manos.

Es muy interesante que el Papa Benedicto XVI en la Encíclica “Deus Caritas est” que comenzaba hablando del amor de “agapé” y de “eros”, termine hablando de la historia de la Iglesia en relación a los pobres y necesitados, y muestre cómo la Iglesia desde el comienzo ha arbitrado y organizado la caridad y la ayuda a los necesitados a lo largo de la historia. Al igual que afirmando que han sido los santos quienes han destacado en la caridad y en la ayuda a los demás a lo lago de los siglos, y por delante de todos ellos, la Virgen Santísima de los desamparados.

José Carlos Martín de la Hoz
Academia de Historia Eclesiástica

Destacamos y recomendamos sus últimos dos libros con la Editorial SEKOTIA: LA ESCUELA DE SALAMANCA. Cuando el pensamiento español iluminó al mundo. Y el reciente, HISTORIA DEL HUMANISMO. Del Humanismo Cristiano de Salamanca al nuevo humanismo global.

 

 

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