TIEMPO DE SALVACIÓN – P. JUAN MANUEL GÓNGORA – MARZO DE 2026

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 31 DE MARZO DE 2026

 

En estos días de la Semana Santa, los fieles católicos no se limitan a recordar un acontecimiento histórico; lo vivimos como presente salvífico, conmemoración de los hechos que han transformado la historia humana. Desde el Domingo de Ramos, cuando las palmas y olivos evocan la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, hasta el Domingo de Resurrección, la Iglesia entera acompaña al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección. El trasiego en las parroquias, los santos oficios, las estaciones de penitencia, las cofradías, los pasos que recorren las calles de ciudades y pueblos, los cirios encendidos… Todo ello conforma un lenguaje que habla al corazón del creyente y, al mismo tiempo, interpela a la sociedad entera.

La Semana Santa no puede entenderse sin su dimensión pública como celebración comunitaria y manifestación catequética. Cristo no murió en un lugar oculto, lo hizo a la vista de todos, en el Gólgota, bajo el cielo de Jerusalén. Su Resurrección tampoco fue un secreto reservado a unos pocos: el sepulcro vacío fue proclamado en la plaza pública y los apóstoles fueron enviados a anunciar la buena nueva de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Por eso no nos conformamos a vivir la fe restringiéndola al ámbito de la conciencia privada, tal como algunos quieren sugerir. Es importante destacar el vínculo en la cultura, en las instituciones y en el espacio común, más aún en una nación con eminentes raíces católicas.

San Pablo lo expresa con claridad: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!». (1 Cor 9,16). Vivimos en un tiempo donde entre ambigüedades calculadas se desliza la imposición del laicismo de Estado, que lejos de ser un estatus de respeto entre la Iglesia y la autonomía de las realidades temporales, se ha convertido en una ideología militante que aspira a someter el hecho religioso católico que vertebra nuestra nación. Bajo la bandera de la separación Iglesia-Estado se pretende excluir los símbolos religiosos del espacio público, se cuestiona el derecho a procesionar, se equipara a la presencia de otras religiones o se intenta imponer una visión secularizada de la vida que reduce la fe a un asunto de “opinión personal”. En nombre de un supuesto progreso, se busca borrar las huellas cristianas de nuestra cultura, como si la historia de España y de Europa pudiera escribirse ignorando la cruz. Este laicismo de carácter masónico y agresivo olvida que la libertad religiosa, tal como la entiende la Iglesia, no es mera tolerancia, sino un derecho fundamental que incluye la libertad de profesar, celebrar y difundir la fe tanto en privado como en público (cf. Dignitatis Humanae, 2). La Doctrina Social de la Iglesia, desde León XIII hasta León XIV, pasando por san Juan XXIII, san Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha defendido siempre que la persona humana no puede ser fragmentada: no hay un “yo privado” creyente y un “yo público” neutral. El hombre es uno, y su fe ilumina toda su existencia. Por eso, cuando una cofradía sale a la calle, no solo expresa su devoción; está ejerciendo un derecho cívico y cultural que forma parte del precioso don de la libertad. Esta expresión de fe se convierte, así, en un acto de resistencia serena y gozosa ante el leviatán estatal. No se trata de imponer nada por la fuerza, sino de recordar que la fe católica es un tesoro que nos enriquece, un patrimonio vivo que ha configurado nuestras leyes, costumbres, fiestas y la propia concepción de la dignidad humana. Las procesiones no son reliquias folclóricas; son expresión de una verdad que sigue siendo actual: el hombre necesita a Dios, y la sociedad que prescinde de Él termina por deshumanizarse. En un contexto donde el Estado pretende monopolizar el sentido último de la vida —a través de leyes inicuas que relativizan la vida y la familia—, nuestra presencia en la calle es un recordatorio de que existe una autoridad superior a la de los césares de este mundo porque la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32). Además, esta manifestación pública tiene un valor evangelizador insustituible. Muchos que se han alejado de la práctica religiosa encuentran en una procesión el primer contacto con la belleza del misterio cristiano. La estética de los pasos, la música de las marchas, el silencio respetuoso de la multitud y la oración compartida transmiten un mensaje que llega e invita al conocimiento de la verdad. En un mundo saturado de ruido y superficialidad, la Semana Santa ofrece un momento de contemplación, recogimiento y de encuentro con el sufrimiento redentor de Cristo. Negar su carácter público equivaldría a privar a la sociedad de uno de sus más potentes cauces de humanización.

Por todo ello, vivir la Semana Santa con intensidad no es solo un deber devocional; es también un acto cívico y cultural de primer orden. Es reivindicar que la fe no es un estorbo para la convivencia, sino su más firme garantía. Es recordar que, frente al laicismo que quiere imponerse desde el poder, los católicos no pedimos privilegios, sino el ejercicio pleno de nuestros derechos. Y es, sobre todo, proclamar que Cristo sigue vivo y que su mensaje de salvación sigue siendo la mejor noticia para el hombre de hoy. Que en estos días santos, mientras las calles se llenan de fe, los católicos renovemos nuestro compromiso: no solo a acompañar a Jesús en su Pasión, sino a defender, con la misma entrega, el derecho a que esa Pasión sea visible, audible y proclamada en la vida pública de nuestra nación. Porque solo una fe vivida en plenitud —en el templo y en la calle, en la oración y en la cultura— puede reconstruir una sociedad verdaderamente libre y verdaderamente humana a imagen de nuestro creador, redentor y santificador.

Padre Juan Manuel Góngora
Sacerdote diocesano en la Diócesis de Almería. Nacido en Fiñana en 1988, ordenado en 2018 y con presencia activa en redes sociales. Es miembro del Canal de YouTube de La Sacristía de la Vendeé.

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