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LA CARTA DE LOS MARTES

26 DE FEBRERO DE 2019

Queridos amigos:

Definamos genocidio. Atendiendo a la RAE, “genocidio es el exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Según ese marco explicativo, aunque la RAE indica que se usa también en sentido figurado, el aborto no sería un genocidio, así que lo dejaremos en asesinato. Asesinato de niños, infanticidio sistemático que no será por motivo de  raza, etnia, religión, política o nacionalidad sino por comodidad de los progenitores, o por decisión unilateral de su madre, que de materializarse la interrupción voluntaria del embarazo (la perversión del lenguaje es la herramienta fundamental de los totalitarismos) ya no lo será. Es un crimen nefando, una mancha indeleble, un suicidio anímico, una estupidez demográfica, una bajeza imperdonable. Y aquí tenemos a los progresistas (hacia el abismo) defendiendo este crimen con argumentos variopintos, falaces y contradictorios, llevando a Occidente a la irrelevancia a lomos del nihilismo más descarnado. No sólo afecta esta lacra a nuestra civilización, pero la cuna de la Cristiandad debería haber reaccionado con más vigor ante la iniquidad. En lugar de hacerlo, Occidente ha caído bajo ese miserable hábito anticonceptivo, siguiendo los pasos de la nefanda URSS, pionera en tantas costumbres que la han sobrevivido en su ponzoña interminable. Vean cómo los progres defienden la muerte, vean.

Si el lector quiere datos cercanos (que los lejanos resultan un tanto ajenos), éste es uno oficial: En 2017, al menos 94.123 niños fueron asesinados en el vientre de sus madres. El Ministerio de Sanidad, consumo y bienestar social lo confirma. Repare el lector en el lenguaje del informe.

La pelea es desigual. Salvo la Iglesia Católica, una reacción gubernativa en Hungría (que podría extenderse al Grupo de Visegrad, vacunado contra socialismo y comunismo) y en Brasil, más crecientes movimientos sociales en los EEUU, las instituciones se adaptan a esta plaga terminal, que tiene visos de acabar con los fundamentos de la civilización occidental. Pero no todo está perdido, como vemos en esta vigorosa defensa de la vida.

La miseria abortista hunde sus raíces en el fenómeno eugenésico, que aunque en puridad se refiere al (DRAE) “Estudio y aplicación de las leyes biológicas de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especie humana”, difícilmente enmascara su querencia nacionalsocialista por aplicar criterios de supuesta superioridad. Y para cerrar este círculo diabólico, los adalides de la muerte han materializado uno de sus peores epifenómenos: la eutanasia.

El lector puede leer en este enlace la carta del padre de una niña con Síndrome de Down a Arcadi Espada, ese hijo de Satán que ronda la política española deshonrándola aún más que los lerdos que la trufan por doquier, precisamente por contar con inteligencia suficiente para ponerla al servicio de la vida y elegir lo contrario. Viene a cuento de unas declaraciones del escritor contra los niños que vienen al mundo con alguna minusvalía conocida antes del parto. El fenómeno se produjo en un programa de televisión perfectamente prescindible (el programa y la cadena, ambos).  Como es prescindible, prescindo de darles su nombre.

De la carta entresaco apenas un párrafo, de una belleza poco común: “Mire, mi hija nunca irá a la cárcel, porque ella nunca será acusada ni condenada por delitos de corrupción, de falsedad, de robo, de hurto, de acoso, de calumnias… Mi hija no inflará presupuestos, ni malversará fondos públicos; no generará fake news, ni copiará en un examen, y ni mucho menos en una tesis. Mi hija no matará nunca”. Léanla entera, se lo recomiendo.

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La frase de la semana

La frase de hoy es un clásico de todos los tiempos, al menos desde hace 2.000 años. Tan es así que no temeré reiterarla cada año, aproximadamente. Es parte del llamado discurso escatológico, es decir, el que versa sobre el último acto de la Historia.

Tiene virtudes taumatúrgicas: obra el milagro de provocar un alto en nuestra carrera cotidiana e inducir la reflexión sobre el destino de nuestra vida. “Velad, pues no sabéis el día ni la hora” Mateo 25:13. En realidad, la frase original es algo más explícita, pero se sincopa por evidente. La versión completa es “Velad, pues no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”. Ni siquiera en estos tiempos convulsos en que el santo temor de Dios pierde predicamento deja la frase de provocar un escalofrío. Al poco, el viento del mundo vuelve a soplar y nos aventa calle abajo con rumbo errático, una vez más.