EL EMPRESARIO Y EL MANDATO DIVINO – RUBÉN MANSO – ABRIL DE 2026
EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 28 DE ABRIL DE 2026
Palabras pronunciadas con motivo del XXX aniversario de Hispanidad

Permítanme comenzar agradeciendo a Eulogio y a Juana Mari la generosidad de esta invitación. Treinta años creando desde la nada uno de los medios digitales más longevos de España no es poca cosa. Es, de hecho, exactamente el tipo de hazaña de la que voy a hablar esta tarde. Y gracias también a CaixaBank por hacer posible este acto. Habla bien del patrocinador, aunque, como saben ustedes, los bancos son instituciones que cargan con más pecados originales que la mayoría. Pero hoy no estamos aquí para hablar de bancos.
Podría hablarles de Eulogio hasta bien entrada la noche, pero no lo voy a hacer. He venido a hablar del empresario. Y en concreto, de por qué la actividad empresarial es una en la que se ejerce el cristianismo. No he dicho en la que se puede ejercer, que se puede, como en casi todas —tal vez incluso en la de político, aunque eso ya requeriría un coloquio aparte—. He dicho en la que se ejerce. A veces incluso sin querer.
Debo añadir, por honestidad intelectual, que presido el Centro Diego de Covarrubias. Para quienes no estén familiarizados con el nombre: Covarrubias fue un teólogo salmantino del siglo XVI que descubrió, cuatro siglos antes de que los economistas modernos se atribuyeran el mérito, que el valor de las cosas no lo determina su coste de producción sino la estimación subjetiva de quien las compra. En otras palabras, que el precio justo es el que libremente fijan comprador y vendedor. Una idea revolucionaria entonces. Una idea que hoy llamamos economía de mercado. Les cuento esto porque van a ver que todo lo que voy a decir esta tarde tiene raíces más profundas y más españolas de lo que parece.
El trabajo: antes del pecado, antes incluso del hombre
Hay un texto del Génesis que se recita mucho y se piensa poco. Es ese versículo luminoso del primer capítulo que con frecuencia leemos como una licencia y no como lo que realmente es: un mandato. Una tarea. Una responsabilidad asignada desde el principio a la especie humana.
«Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28)
Pero antes de seguir con el mandato, quiero detenerme en algo que la tradición popular ha malinterpretado con una tenacidad admirable: la idea de que el trabajo es una maldición. Que Dios nos condenó a trabajar como castigo. Que antes de la manzana había vida contemplativa y después vino el lunes por la mañana.
Pues bien, no. El trabajo es anterior a la expulsión del Paraíso. Es anterior, incluso, a la creación del hombre. El Génesis lo dice con una precisión que me parece bellísima:
«No había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo» (Gn 2, 5)
Léanlo despacio. Dios crea el mundo. Constata que le falta mano de obra. Y entonces crea al hombre. Con las fronteras abiertas, pero escaseaba la gente dispuesta a trabajar. Algunos dirán que poco ha cambiado.
Y el destino de ese hombre recién creado queda fijado con una claridad que no deja margen a la interpretación:
«Lo dejó en el jardín del Edén para que lo labrase y cuidase» (Gn 2, 15)
El Paraíso no era un lugar de descanso eterno. Era un proyecto. Un huerto que había que cultivar. Adán no fue creado para la contemplación: fue creado para trabajar. La diferencia con lo que vino después es que en el Paraíso se trabajaba sin fatiga, sin sudor, sin el peso de la incertidumbre. Pero se trabajaba.
La expulsión solo añade penalidad a un destino que ya estaba escrito:
«Con fatiga sacarás del suelo el alimento… con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Gn 3, 17-18).
Y luego aquella frase que nos recuerda de dónde venimos todos, sin excepción de apellidos ni de patrimonios: «Eres polvo y al polvo tornarás». La expulsión del Paraíso no inventa la obligación de trabajar. Solo añade la dificultad y nos recuerda nuestro origen humilde, que ya tan pronto se nos había olvidado. La gran restricción presupuestaria. El límite temporal que nos iguala a todos y que debería, por sí solo, enseñarnos humildad. Aunque, como saben ustedes, no siempre lo consigue.
El hombre como creador: a imagen y semejanza
Ahora bien, lo verdaderamente singular de la condición humana no es el mandato de trabajar. Es el modo en que Dios equipa al hombre para cumplirlo. El Señor no hace del hombre una especie más entre las que pueblan la tierra. Lo hace a su imagen y semejanza. Y eso tiene una consecuencia que con frecuencia pasamos por alto: lo hace creador.
El hombre no solo trabaja. El hombre inventa, transforma, combina recursos que encuentra en la naturaleza y produce algo que antes no existía. En eso se parece a Dios más que ninguna otra criatura. Y el empresario —permítanme la afirmación sin ambages— es quien lleva esa capacidad creativa a su expresión más concreta y más exigente.
Sus congéneres tienen otros talentos, muchos de ellos admirables. El artista crea belleza. El científico, conocimiento. El político —en sus mejores días— crea orden. Pero nadie como el empresario está dotado, en grado tan específico, para la creación de riqueza. Y la creación de riqueza, aunque hoy incomode decirlo en ciertos ambientes, es condición necesaria para que el mandato del Génesis pueda cumplirse. No hay «creced y multiplicaos» sin los medios materiales que lo hagan posible. No hay civilización sin alguien que haya tenido la audacia de organizar recursos, asumir riesgos y apostar por un futuro que aún no existe.
La parábola que no tiene escapatoria
Y aquí es donde el empresario se queda sin coartadas teológicas, porque Jesucristo mismo se encargó de cerrarle la puerta. La parábola de los talentos —esa historia de un señor que reparte monedas entre sus siervos antes de partir de viaje y que a su regreso pide cuentas— no es solo una metáfora bonita. Es una advertencia directa sobre la responsabilidad que implica haber recibido una capacidad especial.
El siervo que enterró su talento para no perderlo no fue castigado por haberlo malgastado. Fue castigado por no haberlo multiplicado. Por la cobardía de la inacción. Por haber preferido la seguridad de lo que ya tenía a la responsabilidad de hacerlo crecer. Si el Señor les ha dado talento para crear riqueza —y a los que están en esta sala se lo ha dado— esa capacidad no es suya. Es un préstamo que se les exigirá con intereses.
El Señor también tuvo problemas con sus colaboradores
Y ya que hablamos de la parábola de los talentos y de la responsabilidad de gestionar lo que uno recibe, permítanme una reflexión que me parece pertinente y que, espero, les servirá de consuelo en sus momentos más difíciles como directivos.
Todos ustedes, en algún momento de su vida empresarial, han tenido un colaborador que no ha estado a la altura. Alguien en quien confiaron, a quien formaron, a quien dieron oportunidades, y que les decepcionó. Y en ese momento, con toda la razón del mundo, se han quejado. Han pensado que con mejores colaboradores todo habría sido distinto.
Pues bien, quiero recordarles que el Señor, que tenía la ventaja nada desdeñable de poder hacer a los hombres exactamente como le hubiera gustado, también tuvo sus problemas con sus colaboradores. Le bastaron dos para que ya el primero fallara de forma bastante estrepitosa. Hizo al hombre a su imagen y semejanza, le dio el Paraíso, le puso una sola norma —una, no ciento veinte como el Código de Comercio— y aun así, en el primer descuido, el colaborador tomó la manzana.
Si el Creador del universo, con capacidad ilimitada de diseño, no pudo evitar que su obra se desviara del plan en la primera generación, tal vez los empresarios presentes en esta sala deberían tomarse con algo más de filosofía las limitaciones de su equipo directivo. No los exime de exigir. Pero sí los libera de la pretensión de perfección que a veces se confunde con liderazgo.
El único modo de hacerlo bien
Pero el talento, multiplicado en soledad y sin mirar al otro, no es virtud cristiana. Es solo ambición. Y la ambición sola, como saben ustedes mejor que nadie, no construye nada que dure.
El Evangelio de Mateo recoge ese momento en que los fariseos intentan tender una trampa a Jesús preguntándole cuál es el mandamiento más importante de la Ley. Y Jesús responde con una elegancia que no ha envejecido:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mandamiento mayor y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39)
Lo de amar al prójimo como a uno mismo no es sencillo. Imagínense tener que querer a Eulogio exactamente igual que a uno mismo. Requiere un esfuerzo considerable. Pero si la palabra «amor» les resulta demasiado exigente para el contexto empresarial, quédense con la versión que ahora se ha puesto de moda en las escuelas de negocios: empatizar. Ponerse en los zapatos del otro.
«Put yourself in someone else’s shoes»
La formulación moderna de un precepto de dos mil años. Y fíjense en la elegancia del original: «como a ti mismo». No dice más que a ti mismo, que sería un altruismo insostenible. Dice como. La misma consideración, el mismo respeto, la misma voluntad de que le vaya bien. En la empresa esto se traduce en algo muy concreto: el empresario que no entiende qué mueve a sus colaboradores, qué les preocupa, qué les ilusiona, está dirigiendo a ciegas. Y dirigir a ciegas, con todo el talento del mundo, termina siempre de la misma manera.
Conclusión
Así pues, el empresario que desarrolla su talento para crear riqueza cumple el mandato que recibió desde antes de la creación del hombre. No como consecuencia del pecado, sino como razón de ser. La expulsión del Paraíso no cambió la vocación: solo añadió la dificultad y nos recordó, con aquello del polvo, que nadie viene de familia.
Ese mandato solo tiene sentido pleno cuando se ejerce comprendiendo al otro, mirando al que trabaja a su lado, al cliente, al proveedor, a la comunidad que le da razón de ser. Y haciéndolo con la conciencia de que incluso el Señor, con todo su poder, tuvo que aprender a convivir con colaboradores que no siempre cumplían el plan. Lo cual, si se piensa bien, es la mayor lección de humildad que nos han dado.
Sé que así lo hacen. No lo digo por cortesía. Lo digo porque el mundo de la empresa, como el del golf, es una escuela continua de humildad. Una escuela en la que uno nunca termina de graduarse. Y la humildad, al final, no es otra cosa que recordar de dónde venimos. Que somos polvo. Y que, mientras dure, merece la pena hacer algo con él.
Muchas gracias.
Rubén Manso
Presidente del Centro Diego de Covarrubias
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