LA CARTA DE LOS MARTES – 28 DE MAYO DE 2019

LA CARTA DE LOS MARTES – 28 DE MAYO DE 2019

Sin España, Europa (que, recordemos, es y será mucho más que la UE) no sería cabalmente Europa sino un remedo sin verdadero reflejo de su historia, un corpus sin vertebración. Europa somos nosotros.

Carta de los Martes del  28 de mayo de 2019

Queridos amigos:

El 28 de mayo de 1785, el rey Carlos III aprobaba el diseño de las nuevas enseñas navales de España, de las que se derivaría la bandera bicolor que es, desde entonces y con un breve intervalo entre 1931 y 1936, símbolo de nuestra Patria.

Desde 1506, la bandera nacional fue la Cruz de San Andrés en fondo blanco. Vino junto con la Guardia Borgoñona de Felipe el Hermoso. Era la llamada Cruz de Borgoña. Llegado el primer Borbón (Felipe V), instauró su bandera, que era su escudo de armas en el centro de un fondo blanco. No había nada en contra, salvo que en la mar era difícil distinguirla de la bandera de Inglaterra (Cruz de San Jorge sobre fondo blanco) y de la francesa (escudo azul sobre fondo blanco), entre otras. Mientras los ingleses cambiaron el diseño por completo (de ahí terminó saliendo la británica Union Jack en 1801), Carlos III encomendó a Antonio Valdés y Fernández Bazán, a la sazón Ministro de Marina, que convocara un concurso para recabar ideas.

Resultó ganadora una combinación de los colores tradicionales, rojo y amarillo gualda[1]. Era muy visible en la distancia. No se confundía con ninguna otra. Y una vez adoptada por la Marina, pasó a los ejércitos de tierra. En los dos casos, con un escudo nuevo en lugar del borbónico.

Su bautismo de fuego fue precisamente contra el francés, en el Sitio de Gerona. La ondearon los voluntarios catalanes. Y aunque era la bandera del ejército, el fervor patriótico de la Guerra de la Independencia hizo que la población la asumiera como suya. Y en 1843, con Isabel II, se convirtió formalmente en la bandera de España.

Durante la I República (1873/1874) lo fue también, con un único cambio: el escudo perdió la corona. Y en la II República (1931/1936) se sustituyó la franja roja inferior por otra morada, cometiendo con ello un error palmario: se quería poner el color del pendón de la Castilla de los Comuneros, que era carmesí, pero salió un color morado que no representaba a los Comuneros. Además, se cambió el escudo, se volvió a sustituir la corona por un castillo y se colocaron las columnas de Hércules con la leyenda “Plus ultra”.

En 1939 se volvió a los colores originales y se cambió de nuevo el escudo: el castillo dejó paso a la corona, se incluyó el Águila de San Juan (en honor a los Reyes Católicos) y se añadió un lema que rezaba “Una, Grande, Libre”,más el yugo y las flechas, divisa de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. Por cierto, el escudo cambió ligeramente en 1945 y en 1977.

Llegado 1981 se instrumentaron nuevos cambios: la bandera perdió el Águila de San Juan y el lema Una, Grande, Libre. A cambio aparecieron las flores de lis de los Borbones.

Y en esas estamos.

***

El 2 de abril de 2019, Alfonso Ussía escribía un artículo al hilo de unas manifestaciones del papa Francisco, que he recogido de una publicación que incorpora una ilustración que me parece acertada.El asunto está claro. El error es evidente. No se ha producido rectificación. Sería muy de agradecer, pues no estamos ante un texto pastoral sino ante unas declaraciones al vuelo que han provocado reacciones encontradas. Pastoral, dije.

Un amigo de hace muchos, muchos años me ha enviado por WhatsApp un artículo brillante, publicado en Gatestone Institute. Tirando de adjetivos sencillos, es una pieza buenísima, que no se llama a engaño. Su autor esGuy Milliére. Tiene que ver con el incendio de Notre Dame (por cierto, ya saben ustedes que el Presidente Emmanuel Macron no ha sido capaz de ganar las elecciones al Parlamento europeo en su país, donde acumula un enorme poder real así como inducido vía medios de comunicación. Sus expresiones durante el incendio de la Catedral y tras el reciente atentado de Lyon ponen en cuestión su calidad de líder; sus dificultades para resolver los problemas sociales y políticos franceses reducen la confianza del electorado y le hacen perder reconocimiento y seguidores, que se decantan por posiciones de ruptura). Ese incendio, de génesis desconocida, es lo más importante en términos simbólicos que ha pasado en Francia y en la Cristiandad desde que recuerdo. No lo olvidemos.

He aquí un repaso somero al panorama político español. A pesar de que es reciente, está obsoleto tras la celebración de las elecciones municipales, autonómicas y al Parlamento de la Unión Europea, pero su análisis es pertinente. Y más cuando hablar de determinadas formaciones políticas plenamente constitucionalistas está vedado en muchos ámbitos. No en esta Carta.

Acostumbro poner sobre el tapete textos de Francisco José Contreras. Lo hago por su precisión en el diagnóstico, su elegancia formal, su claridad expositiva, la rara (no en él) perfección del conjunto. No lo hago por su pertenencia al Centro Diego de Covarrubias, pero me alegro de que nos honre con su compromiso con el Centro, así como con el libro que hemos editado en nuestra Colección Cristianismo y economía de mercado, titulado “Liberalismo, pensamiento cristiano y bien común”.

Lo que viene a decirnos Francisco Contreras en esta ocasión es que en el Parlamento europeo España juega un rol importante, no tanto por los puestos de eurodiputados que nos corresponden, cosa tasada, sino por su posicionamiento y determinación. Y la tesis central: sin España, Europa (que, recordemos, es y será mucho más que la Unión Europea) no sería cabalmente Europa sino un remedo sin verdadero reflejo de su historia, un corpussin vertebración. Europa somos nosotros.

Lo digo así de taxativo para contrarrestar ese tipo de frases no por más repetidas menos inexactas: “En Europa nos dicen …”, “En Europa los niveles de desempleo son…”, “En Europa las tendencias sociales….”. Error. Europa somos nosotros. Ni mucho menos empieza España en los Pirineos. Ni siquiera en el Estrecho de Gibraltar, si a eso vamos.

La frase de hoy está basada en un concepto muy querido a  Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo alemán (1883-1969), que influyó notablemente en los ámbitos teológicos, psiquiátricos y filosóficos de nuestros días. Lo esgrimióDalmacio Negro en la presentación de su libro “La tradición de la libertad” del que hemos hablado la semana pasada.

Jaspers lo propuso en su genial libro “Origen y meta de la historia”. Sobre él se fundamenta la frase del día de hoy.

Se trata una construcción que el alemán denominaba “el tiempo-eje”, algo no concluyente ni palpable, algo que estaba más allá del academicismo habitual. Se trataría de un punto trascendental para la historia del pensamiento de la humanidad, que según Jaspers, parece estar situado entre los siglos VI y II antes de Cristo. Surge entonces el pensamiento crítico. Se establecen las bases de las civilizaciones actuales. El ser humano se hace plenamente consciente de sí a nivel existencial y epistemológico, iniciándose el proceso de espiritualización.

La frase dice así: “Estamos en un tiempo-eje de la Historia de la Humanidad”. No es de Jaspers. Es de Dalmacio Negro.

¿Por qué traer ahora esta oración capital, piedra miliar llena de augurios? Parecería que tras la revolución francesa y la subversión de valores y comportamientos que trajo consigo, tras el doloroso tránsito global de su hija putativa (la revolución soviética), que bebió de las fuentes del materialismo dialéctico en boga en los siglos XIX y XX, las aguas habrían vuelto a su cauce. Recordemos que ese comunismo indujo el asesinato directo de más de 100 millones de personas en el camino hacia la búsqueda de un fantástico (DRAE: acepción 1: Quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación; acepción 2: Perteneciente o relativo a la fantasía) ideal esplendoroso y sangriento, acompañado en su delirio por su reflejo especular, el nacional socialismo, que puso lo suyo al lanzarse en pos de un futuro teñido de pagana barbarie racista.

¿Decía que las aguas habían vuelto a su cauce? Pues no. No es el caso.

Son estos que vivimos tiempos de pensamiento líquido, de feroz barbarie en países de África, de persecución de los cristianos en países islámicos y hostigamiento en los nominalmente cristianos, con despreocupación evidente de una jerarquía eclesiástica que corre el riesgo de autocumplir la profecía.

Son tiempos en los que se mata a los hijos en el vientre de sus madres con la aquiescencia de éstas.

Son tiempos en los que la religión pacífica se ve reemplazada por memeces neomalthusianas que ahora tienen que ver con el clima como antes con las hambrunas.

Son tiempos en que masas cada vez más mesmerizadas votan por las cadenas frente a la libertad.

Son tiempos en que los valores mutan, en que el bien y el mal se desdibujan, en los que el cortoplacismo gana todas las carreras y todas las apuestas.

Un abrazo

José-Ramón Ferrandis Muñoz

[1] Amarillo de tonalidad dorada o levemente oscura, antiguamente obtenido de las hierbas del género Reseda, de la familia Resedaceae, en especial la Reseda Luteola.

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