EL TRABAJO QUE NOS REDIME por Walden Fernández Lobo

Casi todos hemos oído o leído esa expresión de que «ganarás el pan con el sudor de tu
frente». Para los que desconozcan su origen, proviene del Génesis, 3:19, y fue lo que les
dijo Yavé a Adán y Eva cuando los expulsó del paraíso. Se trata, pues, de una leyenda, no
urbana, pues estas carecen por completo de rigor, sino que procede de la misma Biblia y
las leyendas tradicionales siempre tienen un punto de verosimilitud.

Sin embargo hace ya muchos siglos que los humanos nos hemos embarcado en una
larga aventura encaminada a que sudemos lo mínimo posible en este proceso de
obtención del pan. Comenzamos por usar la fuerza bruta de los animales que
domesticamos y, tras atravesar la revolución industrial, hemos pasado a desarrollar la
inteligencia artificial, para que sean únicamente las máquinas las que trabajen y piensen
por nosotros, con la ventaja añadida de que estas no sudan. Pero, entonces, nosotros
¿en qué podemos emplear ese tiempo de ocio que hemos ganado? Pues el mandato de
Yavé es que con trabajo comeremos de la tierra todo el tiempo de nuestra vida. Además el
trabajo, si es un buen trabajo, no tiene por qué ser un castigo, sino más bien un grato
pasatiempo. No es que el trabajo nos haga libres, como rezaba el slogan que aparecía a
la entrada de los campos de concentración nazis, no. Pero sí nos hace independientes.
En lo que sigue vamos a analizar brevemente la evolución de los procesos de producción
de bienes y servicios, y a qué podemos dedicar el tiempo de ocio, si pasamos a la
semana laboral de 4 ó incluso 3 días, pues tampoco se trata de imitar lo que hace el
diablo, que cuando no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas.

* * *

En primer lugar, vamos a ver lo que se entiende por trabajo. Etimológicamente la palabra
trabajo proviene del latín «tripalium», que era un yugo hecho con tres palos en el que se
amarraba a los esclavos para azotarlos. De aquí procede esta palabra, tanto en español
como en francés (travail). Pero en otros idiomas como el italiano (lavoro) o el inglés
(labour), el origen es también la palabra latina labor, -oris, que significa fatiga, esfuerzo.
También nosotros la usamos como adjetivo (laborioso, laborable). En economía trabajo se
define como actividad humana aplicada a la producción de bienes, para la satisfacción de
las necesidades humanas. Y la definición vulgar (común) es actividad que exige un
esfuerzo físico o intelectual. Es decir, que en todos los casos la palabra trabajo va a
asociada a esfuerzo, incluso a castigo físico. De hecho, ya en la mitología griega se
hablaba de los 12 trabajos de Hércules, a cual más laborioso, como el de limpiar los
establos de Augías.

Como ya hemos comentado en la introducción, hace ya mucho tiempo que iniciamos el
proceso de reducir al mínimo el tiempo y el esfuerzo dedicado a la obtención de nuestro
sustento. En primer lugar, comenzamos utilizando la fuerza bruta de los animales a los
que domesticamos, convirtiéndolos de esta forma en esclavos. Pero más recientemente, a
principios del siglo XIX, arrancó la revolución industrial y con ella el desarrollo del
maquinismo. Luego la revolución energética, la tecnológica y la digital se fueron
encadenando unas con otras y finalmente la inteligencia artificial parece que viene para
que ni siquiera tengamos que pensar. Con este tipo de inteligencia hasta muchas
profesiones liberales están seriamente amenazadas. Incluso he oído recientemente que
en breve el 30% de los efectivos del ejército británico serán robots dotados de una
inteligencia artificial que les va a permitir que realicen algunas de las tareas más
arriesgadas, lo cual es una buena noticia, puesto que el ver la imagen de los cadáveres
de los soldados muertos durante la contienda es una de las imágenes más tristes de las
guerras y el sustituir esta imagen por la de un robot hecho añicos supone un progreso
importante.

Todo este proceso se fue realizando gracias a una ley de la economía según la cual la
división y especialización del trabajo aumenta el rendimiento de este. Sin embargo,
parece como si no nos diéramos cuenta de que el factor trabajo, como tal factor
productivo, cada vez se está volviendo más irrelevante. Además, esta división y
especialización, como tantas cosas, debería tener un límite, pero ese suele ser un grave
defecto de nuestra sociedad, el de no saber dónde parar, sino el de ir como el péndulo de
un extremo a otro sin saber pararse en el centro. Hace como un siglo, el sector primario o
de la agricultura, pesca y alimentación alojaba al mayor porcentaje de la población activa
en nuestro país. Pero ya hacía algún tiempo que el secundario, el de la industria, iba
ganando peso, de forma que allá por los años 70 debió superar al primario. Pero en esos
años el sector terciario, el de los servicios, también estaba en expansión, de forma que
actualmente solo el 5% trabaja en la agricultura, el 20% en la industria y el 75% en los
servicios. No es que esto sea algo malo per se, el que los servicios sean el triple de la
agricultura y la industria. La terciarización de la economía es algo que suele suceder a
medida que esta se va desarrollando.

Pero una de las grandes lecciones que estamos sacando de la pandemia y de la guerra
de Ucrania es lo frágil y vulnerable que es nuestra economía. La globalización puede
estar muy bien de acuerdo con la teoría de la ventaja comparativa. Pero cuando llegamos
a depender para algunos suministros de ciertos países que no son fiables, nos podemos
encontrar con la desagradable sorpresa de que nos pueden chantajear. Esto nos lleva a
tener que considerar la necesidad de autoabastecernos de una serie de bienes
estratégicos que deberíamos producir en cualquier caso. Ya se está hablando
actualmente de la soberanía energética, pero la energía no es el único sector donde
deberíamos ser autosuficientes. También necesitamos serlo en algunos bienes
alimenticios y en otros industriales, como algunos productos sanitarios. Y la lista no acaba
aquí. Por ello la conclusión es que necesitamos tener un cierto equilibrio entre los tres
sectores productivos al tiempo que podamos comerciar con otros países todo lo que
podamos.

Uno de los exponentes significativos del proceso de división y especialización del trabajo
fue el norteamericano Frederick Taylor (1856-1915), al que se considera como el iniciador
de la organización científica del trabajo. En una ocasión, mientras estudiaba con unos
operarios la mejor forma de realizar un trabajo, uno de estos le formuló una observación a
la que Taylor replicó diciéndole que a él (al operario) se le pagaba para que realizase el
trabajo, pero no para que pensase en la mejor forma de hacerlo. Esta anécdota es un
reflejo de por dónde iba la división del trabajo, en cuanto que unos se dedican a hacer el
trabajo y otros, a dirigir y supervisar a los que trabajan. Y esto es lo que ha hecho que la
mayor parte de los trabajos de nuestro mundo resulten monótonos y aburridos, pues se
trata únicamente de realizar unas tareas repetidas de forma continua hasta la saciedad.
Muy difícilmente puede uno enamorarse de este tipo de trabajos.

Para que un trabajo resulte gratificante, es necesario que se trate de una actividad
creativa en contacto directo con la materia, es decir, que tiene que estimular a nuestro
pensamiento mediante una actividad creativa y además tenemos que tomar contacto con
la materia a la que tenemos que transformar para que se convierta en un bien apto para el
consumo humano. Pero en un mundo donde los puestos de trabajo cada vez escasean
más a causa del desarrollo tecnológico y de la inteligencia artificial, ¿a qué nos podemos
dedicar? ¿A solicitar una paguita del estado y a pasarnos el día jugando con el móvil en el
bar de la esquina? Pero ya dijo Margaret Thatcher que la socialdemocracia se termina
cuando se acaba el dinero. Y es que hemos venido a este mundo equipados con una
boca y dos manos, por lo que podemos trabajar el doble de lo que comemos. Además,
como reza el proverbio, la ociosidad es la madre de todos los vicios. Lo que realmente
necesitamos es ser laboriosos y, en este caso, el trabajo deja de ser un castigo para
transformarse en una diversión.

En algunos pueblos, como el alemán, la laboriosidad es algo que aprenden desde la
escuela primaria. Pero los alemanes no son el único ejemplo. También los japoneses lo
son; y muy cerca de estos se encuentran los taiwaneses que, según he oído, porque
nunca los he visitado, son un pueblo con un carácter muy jovial, de tipo mediterráneo,
pero que también son muy laboriosos. Además de ser un país, o comoquiera que se lo
pueda denominar, altamente industrializado, los taiwaneses no solo trabajan en sus
numerosas industrias, sino que también suelen tener una pequeña empresa de
autónomos en asociación con algún amigo o familiar y con la que prolongan su jornada
laboral, de forma que así obtienen unos rendimientos complementarios de renta. Como
está permanentemente amenazado de ser engullido por su gigantesco y voraz vecino, el
laborioso pueblo taiwanés desea obtener de la vida todo lo que esta le pueda ofrecer.
Tras haber soportado la deficiente gestión de un gobierno que ha cometido numerosos
errores y que además ha tenido que hacer frente de forma inesperada a una pandemia y
después a una guerra que se está desenvolviendo a escasa distancia de nuestro país, y
que en ambos casos (el gobierno) ha demostrado su patente incapacidad para
enfrentarse a situaciones de este tipo, nuestro país se está viendo abocado a una
situación ruinosa. Nos hemos acostumbrado a una vida muelle tras muchos años de
crecimiento económico que nos han permitido alcanzar un nivel de vida nunca visto
anteriormente. Y ahora nos acabamos de enterar de que nos podemos ver involucrados
en una guerra y que lo de eliminar el ministerio de defensa hubiera sido una temeridad,
muy a nuestro pesar. Lamentablemente nuestra consigna sigue siendo lo que dijo Publio
Flavio Vegecio en el s. IV d. C. de que «si vis pacem, para bellum» (si quieres la paz,
prepara la guerra). Pero ahora tenemos que adaptarnos a una situación donde las
perspectivas de futuro no son nada halagüeñas, pues incluso podríamos estar en el inicio
de la 3ª guerra mundial. Conviene, pues, volver a lo básico por si tuviéramos que resolver
nuestra supervivencia de la forma más cruda. Se trataría de aprender a vivir una vida
primitiva, aunque estuviéramos inmersos en una civilización supuestamente desarrollada
como la actual. Tenemos cuatro necesidades básicas que son: el alimento, la vivienda, el
vestido y el calor. Vamos a analizarlas por separado para ver hasta qué punto podemos
satisfacer estas necesidades por nosotros mismos.

1. El alimento.
Se trata de nuestra necesidad más fundamental y que se engloba dentro del sector
primario de nuestra economía, que como ya hemos comentado, incluye a la agricultura
junto con la ganadería y la pesca. La moderna agricultura, que está dedicada a la
producción a gran escala, con una maquinaria muy pesada que compacta el suelo, y con
el uso de abonos químicos e insecticidas y fungicidas muy potentes, pretende cumplir su
función de alimentar a una población muy grande. En este tipo de agricultura el factor
trabajo es un mero apéndice de esa maquinaria cada vez mayor. Sin embargo, al lado de
ella todavía coexiste la producción agrícola y de algunos productos de la ganadería, como
la leche o los huevos, todo ello a pequeña escala. Esta forma de producción va dirigida
básicamente al autoconsumo o a una distribución local y puede utilizar una tecnología
intermedia entre la primitiva, que utiliza un equipamiento muy rudimentario y obtiene un
rendimiento muy bajo, y la tecnología moderna, muy intensiva en capital. La tecnología
intermedia no es tan intensiva en capital: utiliza un equipamiento modesto, con unas
herramientas sencillas, pero eficientes, una fertilización de tipo orgánico y un gran cuidado
por mejorar y mantener una alta fertilidad del suelo. Los habitantes de las grandes
ciudades que no dispongan de un terreno pueden recurrir a los huertos urbanos de la
periferia. Hace muchos años que la industrial Alemania, un país con una alta densidad de
población, utiliza los terrenos lindantes con las vías del ferrocarril para que los habitantes
de las ciudades que lo deseen puedan disponer de un huerto para realizar sus cultivos.
Dada la laboriosidad del alemán medio y su vocación industrial, muchos de estos
pequeños huertos son un modelo para esta agricultura a pequeña escala.
Por muy urbanos que sean los países, el campo siempre ejerce una atracción sobre las
personas estresadas de las ciudades. Pero esto viene ya de muy antiguo. Por ejemplo,
Horacio compuso una oda muy famosa dedicada a un usurero deseoso de convertirse en
agricultor. Nos estamos refiriendo, naturalmente, al epodo II, que comienza así:
“BEATUS ILLE qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium,
paterna rura bobus exercet suis
solutus omni faenore”.
No nos podemos resistir a transcribir el inicio de la traducción libre que realizó fray Luis de
León de esta oda:
Dichoso el que de pleitos alejado/ cual los del tiempo antiguo/ labra sus heredades no
obligado/ al logrero enemigo.
Pero vamos a transcribir una traducción moderna:
Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, /como la primitiva raza de los mortales, /labra
los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, /libre de toda usura./ Y sigue:
Y no se despierta como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra/
ni se asusta ante las iras del mar, /manteniéndose lejos del foro y de los umbrales
soberbios /de los ciudadanos poderosos.
Como podemos ver, hemos sustituido el foro por el bar y además el servilismo ante los
pudientes ya viene desde hace muchos siglos. Pero volviendo a fray Luis de León, si lo
hemos traído a cuenta, era porque esta oda le inspiró otra también famosa que comienza
así:
¡Qué descansada vida/ la que huye del mundanal ruido/ y sigue la escondida senda por
donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!

Seguro que a muchos les suenan estos versos, cuya simple lectura ya lo relaja a uno.
Para algunos estudiosos la «escondida senda» de fray Luis sería el «secretum iter» o
camino secreto de Horacio; pero para algunos teólogos se trata de la vía de la unión
mística. Bien, no se trata de dar una visión idílica del campo, conscientes como somos de
la dialéctica actual entre el mal denominado país vaciado y el resto de este, que
supuestamente está lleno. La vida en el campo puede resultar dura para muchos, pero no
hay que olvidar que todo nuestro sustento y todas las materias primas vienen del campo.
Por ello este nunca se podrá quedar vaciado. Pero esto es otro debate.

2. La vivienda.
El tema de la vivienda nos lleva a la construcción y el bricolaje. La construcción nos puede
parecer algo duro y efectivamente lo puede ser en el caso de las grandes construcciones,
pero aquí nos estamos moviendo a pequeña escala. No se trata de construirse una casa
de dos plantas. Se trata de la realización de pequeñas obras, como reformas en la propia
vivienda. Pero además aquellos que tengan una finquita o un huerto urbano pueden tener
que construir a veces un cobertizo de herramientas o alguna caseta para diferentes usos.
Es aquí donde la construcción puede resultar hasta una tarea agradable, sobre todo si
luego va acompañada del bricolaje, pues una vez terminada la construcción, hay que
acondicionar el interior. Hoy se puede adquirir toda una serie de herramientas eléctricas o
incluso manuales que nos pueden permitir que realicemos muchas tareas con bastante
comodidad y usando siempre nuestra inventiva.

3. El vestido.
Este asunto nos lleva al de la costura. Tampoco se trata de confeccionarse sus propios
vestidos; para eso está la industria textil. Se trata únicamente de realizar arreglos y
reparaciones de las prendas que ya tenemos o algunos pequeños útiles fáciles de hacer
con retazos de tela, como bufandas, collares, pulseras, carteras, etc. A este respecto hoy
también podemos contar con máquinas de coser eléctricas que nos recuerdan a las de
pedal de activación mecánica que usaban nuestras madres o abuelas y que nos permiten
realizar un montón de cosas con solo darle al pedal eléctrico.

4. El calor.
Nunca como ahora el consumo energético nos ha preocupado tanto a causa de la
vertiginosa subida de la factura de la luz. Finalmente, esa soberanía energética que
citamos más arriba ha puesto de manifiesto lo vulnerables que podemos ser si no
podemos autoabastecernos o contar con unos suministradores fiables. Pero en cuanto a
la producción de energía eléctrica por nosotros mismos, lo más fácil, naturalmente, es la
instalación de paneles solares fotovoltaicos en nuestros tejados; esto nos puede permitir
que vendamos incluso energía eléctrica a nuestro proveedor de ésta. Pero además los
que dispongan de una finca en una zona algo ventosa pueden instalar un aerogenerador
de pequeñas dimensiones que, aunque en algunas ocasiones se pase algún tiempo sin
funcionar por falta de viento, cuando este comience a soplar y lo haga fuertemente, la
carga energética puede ser considerable y la única cuestión es la de disponer de una
batería con una buena capacidad de almacenamiento. La conjunción de los paneles
solares junto con el aerogenerador nos puede proporcionar un grado de autosuficiencia
energética muy considerable. Pero incluso para los que en su finca tengan la suerte de
disponer de una corriente de agua continua y con caída, tienen la posibilidad de instalar
una turbina hidroeléctrica que les puede proporcionar energía eléctrica de forma continua,
lo cual no sucede con la energía solar ni la eólica. Sin embargo, se tiene que dar la
conjunción de varios factores al mismo tiempo para que esto sea posible. En todo caso
estos tres tipos de energía nos pueden proporcionar una importante autonomía
energética.

Además de todo esto, añadiremos que la gente laboriosa se caracteriza por estar siempre
cuestionándose muchas cosas, por lo que también suelen ser muy estudiosos e
investigadores.

* * *

A lo largo de este artículo hemos podido ver que por mandato divino tenemos que ganar
nuestro sustento con el sudor de nuestra frente, hasta que volvamos a la tierra de la que
fuimos tomados. Sin embargo, nosotros hemos intentado a lo largo de nuestra historia
reducir nuestro esfuerzo hasta llegar a un punto en que el trabajo humano se ha vuelto
irrelevante, lo cual tampoco es una solución, puesto que hemos venido a este mundo
equipados con dos manos que en algo habremos de ocupar. Además, el trabajo, si es un
buen trabajo que combina la creatividad en contacto directo con la materia, no es un
castigo, sino un grato pasatiempo. Aunque trabajemos en el mercado de trabajo para la
obtención de un salario digno, existen además otras muchas actividades creativas en las
que podemos emplear nuestro tiempo de ocio para satisfacer de forma complementaria
nuestras necesidades básicas.

De lo que se trata es de ser laborioso, en lugar de esperar a que el estado nos conceda
una paguita que nos permita pasar la mayor parte del tiempo viendo el móvil o de tertulia
en la cafetería. La realización de un trabajo útil y creativo nos convierte en seres
independientes y de esta forma nos redime y nos puede permitir que regresemos al
paraíso del que fueron expulsados nuestros primeros padres, de acuerdo con el relato
bíblico. Esto no es un mito; es una realidad bajo una forma mitológica.

 

Walden Fernández Lobo

Abril de 2022

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