WOLFGANG AMADEUS MOZART: MI COMPOSITOR PREFERIDO – Walden Fernández Lobo – Dic 22

WOLFGANG AMADEUS MOZART: MI COMPOSITOR PREFERIDO – Walden Fernández Lobo – Dic 22

«De gustos y colores no hay nada escrito». Así reza el dicho popular. Evidentemente cada cual es muy libre para vestirse como mejor le parezca. Sin embargo en algunos casos la indumentaria que llevan algunas personas no deja indiferentes a algunos de los que se puedan cruzar con ellas.

Cuando yo era jovencito, se miraba con compasión a las personas que llevaban remiendos en sus pantalones. Pero a los jóvenes de hoy, cuando se visten con unos vaqueros, como no estén rotos y deshilachados, sus compañeros los deben mirar como extraños o de otra galaxia. Y ¿qué vamos a decir de los tatuajes que tanto abundan entre estos mismos jóvenes? Parece como si muchos de ellos hubieran salido de una copistería donde, en lugar de imprimirles las fotocopias sobre un papel, se las han impreso sobre sus brazos o piernas. Y lo de los piercings es todavía peor. Además algunos se los colocan en algunas partes tan sensibles de su cuerpo, como las narices, el frenillo de la lengua o algunas jóvenes incluso en la parte más íntima de su cuerpo, la relacionada con el origen de la vida, que debería ser tratada como el templo sagrado de esta. Lo de las narices me recuerda las ferias de ganado del norte de nuestro país que visitaba a veces de niño y donde se les ponía a las vacas una argolla de hierro que les atravesaba las narices y a la que se ataba una cuerda para tenerlas bien controladas.

Y ya que estamos hablando de gustos y colores, nos podemos también preguntar cuál prima sobre el otro, si el gusto sobre el color o viceversa. El cuadro de Leonardo da Vinci sobre La última cena es un mural pintado en el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie en Milán hacia 1495. A mediados del siglo XVII, cansados los frailes de que su alimento llegase frío a la mesa, el prior decidió abrir una puerta en el centro mismo del muro donde estaba pintado el mural para acortar el trayecto desde la cocina. Esto supuso amputar las piernas a Jesucristo y a los dos discípulos que tenía sentados a ambos lados. En esta ocasión está claro que para los frailes el gusto (la sopa, calentita) primaba sobre los colores (la pintura del gran Leonardo), pero ¿tiene que ser siempre así? Puede ser que algunos de mis lectores que no conocieran esta anécdota se hayan echado las manos a la cabeza.

Si pasamos ahora a considerar nuestros gustos musicales, puede que algunos se sorprendieran si digo que mi compositor preferido es Wolfgang A. Mozart (1756 -1791). ¿Un compositor del siglo XVIII? Pues, sí, de la Ilustración, del siglo de las luces. Sin lo que sucedió en ese siglo no podríamos ser lo que somos ahora. Soy muy clásico en materia de gustos y por ello no es de sorprender que me fijara en un compositor – el más renombrado – dentro de lo que se denomina el clasicismo vienés. No ha sido siempre así, pues antes de Mozart tuve otros preferidos, pero ya volveremos sobre este asunto, pues lo que vamos a ver a continuación es un breve repaso de la vida y obra de este niño prodigio que en opinión de algunos no tuvo infancia, pues comenzó a componer a los cinco años y no dejó de hacerlo hasta el final de su corta vida, que no llegó ni siquiera a los 36 años.

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Mozart nació en Salzburgo en la época en que el archiducado de Austria formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Ya desde muy niño dio prueba de sus excepcionales dotes musicales (cuando se habla de niños prodigio, el primer ejemplo que se nos viene a la cabeza es él). El hecho es que a los cinco años ya tocaba el piano y el violín. Su música tiene la característica de estar siempre fresca y además de tener efectos terapéuticos. Esto último es lo que se ha denominado efecto Mozart. A finales del siglo pasado el médico francés Alfred Tomatis descubrió que, si escuchaban la música de Mozart, los niños conseguían beneficios cognitivos y se favorecían de un desarrollo de la inteligencia. Posteriormente Don Campbell atribuyó a la música de Mozart propiedades beneficiosas «para curar el cuerpo, fortalecer la mente y liberar el espíritu creativo «.

El compositor Gioachino Rossini, que nació justo un año después de la muerte de Mozart y que consideraba a este como el mejor compositor de toda la historia, dijo esto de él: «Mozart ha sido el modelo de mi juventud, la desesperación de mis años de madurez y el consuelo de mi vejez «. Mi afición por la música clásica comenzó desde mi infancia, cuando escuché la 6ª sinfonía de Beethoven, la pastoral, y desde entonces este fue mi compositor preferido . Años más tarde me aficioné a Bach; y mi admiración por Mozart no se manifestó hasta que ya era un joven adulto, aunque recuerdo que mientras hacía la carrera de piano – que dejé a medio camino -, al examinarme del tercer curso, toqué la denominada sonata fácil, nº. 16, KV 545, que para mí no tenía nada de fácil. Para aquellos que no estén familiarizados con la música de Mozart, el catálogo de sus obras, lo que en la mayor parte de los compositores es el «opus», fue realizado por Ludwig von Köchel; por ello las siglas KV vienen de Köchel Verzeichnis (catálogo de Köchel). En total están catalogadas 626 obras.

Hechas estas consideraciones a modo de introducción a la obra, Mozart tenía una gran capacidad de asimilación, además de componer muy rápido y sin corregir lo ya hecho, por lo que su obra abarca casi todos los géneros musicales de su época: música sinfónica, de cámara, conciertos para piano y otros instrumentos, óperas, música sacra y coral.

Sinfonías.

Mozart sentía mucha predilección por las sinfonías, llegando a componer 41 en total, aunque la sinfonía del siglo XVIII era muy diferente de la del romanticismo, donde las sinfonías de Beethoven eran consideradas como un género instrumental a larga escala, concebidas para ser escuchadas como la pieza central de un concierto. Por el contrario Mozart compuso sus sinfonías como teloneras de óperas, cantatas, oratorios o incluso como parte de servicios religiosos. Aunque sus sinfonías se clasifican en varios grupos, sin embargo el esquema era siempre de tres movimientos: el primero noble y majestuoso; el segundo lento y patético o encantador; y el tercero rápido, tumultuoso y animado. Sin embargo en repetidas ocasiones Mozart también se alejó del formato de tres movimientos insertando un minueto y trío entre el andante (lento) y el final. Merece la pena destacar también que todas las sinfonías están en tono mayor, con la excepción de cuatro que están en tono menor: la 40, la 25 (dos de las mejores sinfonías que compuso) y otras dos de menor importancia.

Mención especial merece la sinfonía nº. 31, KV 297, en re mayor, denominada París, que Mozart compuso en 1778 en esa capital durante el viaje en que fue acompañado por su madre y que concluyó con una tragedia, la muerte de esta. Con el objeto de satisfacer el gusto del público parisino, Mozart inició la sinfonía con el «premier coup d’archet» (primera arqueada), ese golpe que en los instrumentos de arco se da sobre las cuerdas. Pero el resto de la sinfonía, siempre tan fresco, hace que esta sea una de las más famosas de Mozart y así de bien fue acogida por el público el día del estreno.

La sinfonía nº. 25, KV 183, en sol menor, fue compuesta en 1773. El hecho de que esté en tono menor le confiere los sentimientos oscuros y apasionados de esa tonalidad. Por eso algunos la clasifican como pre-romántica, siendo una manifestación de la tendencia cultural denominada Sturm und Drang (tormenta y empuje) , un movimiento literario juvenil surgido en 1770 como reacción contra la Ilustración y que es la primera manifestación del romanticismo alemán. En este sentido la sinfonía 25 de un joven Mozart de tan sólo 17 años sería una de las importantes aportaciones a este movimiento reaccionario.

Pero si estamos hablando de romanticismo, la sinfonía más pre-romántica de Mozart es la 40, KV 550, también en sol menor y denominada posteriormente la Gran Sinfonía, que el romanticismo, que ya estaba arrancando en el momento en que fue compuesta – al final de la vida de Mozart – hizo de ella la más famosa de todas sus sinfonías, fama que todavía hoy perdura. La intensidad de la obra, su cromatismo y su profusión de ideas son algunos de los motivos de esta merecida fama.

Sonatas y conciertos para piano y orquesta.

Conviene advertir que Mozart no conoció el piano romántico con los tres pedales que conocemos en la actualidad. El pianoforte que él conoció tenía cinco octavas y un sonido más aflautado que los pianos de hoy en día. En 1782 compró uno fabricado por Gabriel Anton Walter y este fue el instrumento sobre el que compuso la mayor parte de su obra de madurez, que solo va de los 25 a los 35 años en que murió. Este piano todavía sobrevive y se encuentra en la casa donde nació Mozart (Geburtshaus) en la Getreidegasse de Salzburgo. Todavía funciona y de hecho se han realizado algunas grabaciones de sus sonatas e incluso algunos conciertos en vivo. Como el piano moderno tiene dos octavas más que el que conoció Mozart, siete en total frente a cinco, no hay ningún problema a la hora de tocar sus sonatas y conciertos en este piano y así se ha venido haciendo, si bien hay que tener presentes algunas diferencias. El piano moderno tiene un sonido más agudo y metálico que el que pudiera haber imaginado Mozart y además el uso de los tres pedales, especialmente el de resonancia, situado a la derecha, le puede conferir una mayor amplitud de sonido. Dicho esto, vamos a analizar brevemente las sonatas y los conciertos.

Mozart compuso 18 sonatas para piano, a las que hay que añadir la sonata para dos pianos, KV 448, 33 para violín y piano, y varios rondós y fantasías. En cuanto a las sonatas ya hemos mencionado anteriormente la nº. 16, sonata fácil, para principiantes, pero con bastante que masticar. Sin embargo la sonata más famosa es la nº. 11, KV 331, que Mozart debió componer hacia 1783, cuando estaba trabajando en su ópera El rapto del serrallo, ya que en ambas se incluyen elementos turcos, como veremos enseguida. El primer movimiento es un juego de seis variaciones sobre un tema en la mayor [1]. Pero el tercer movimiento es la marcha «alla Turca«, que acaso sea lo más popular y célebre que compuso Mozart junto con la serenata nº. 13, conocida como Eine kleine Nachtmusik (una pequeña música nocturna), KV. 525, sobre la que nos detendremos más adelante, pues también es una de las composiciones más populares de toda la música clásica en sí misma. Pero volviendo a la marcha turca, Mozart no quiso mostrarse ajeno a la popularidad del exotismo de la música turca en la Viena de ese momento y de ahí que apareciera en esta sonata, así como en la mencionada ópera y en uno de los conciertos para violín.

En cuanto a los conciertos para piano y orquesta el catálogo incluye 29, más uno para dos pianos y otro para tres pianos, y orquesta. Destaca el concierto nº. 20 en re menor, KV 466, en un tono dramático que atrajo particularmente la atención de Beethoven, puesto que este le iba muy bien a esa mirada hosca, esquiva y atormentada del que podemos considerar como el más importante exponente del romanticismo por lo que a la música se refiere. Mozart se encontró con Beethoven en 1787 cuando este último tenía 16 años. Para que no le tocase al piano una obra que hubiera preparado expresamente para este encuentro, Mozart le dijo que improvisase algo y nada más escuchar al joven y desaseado «Ludwig van«, se dio cuenta de que era un genio y exclamó: «Escuchen a este niño. Algún día el mundo hablará de él «.

El concierto nº. 21 en do mayor, KV 467, es famoso sobre todo por el andante del segundo movimiento, que también es una de las piezas más famosas de toda la producción musical de Mozart, utilizado en la banda sonora de grandes películas e inspirando a conocidas canciones de la música pop. Y no termina aquí el flujo de grandes conciertos para piano, pues el nº. 23 en la mayor, KV 488, no es tan famoso como los anteriores, pero el andante de su segundo movimiento, en fa sostenido menor, es de un apasionado e inefable intimismo.

Conciertos para otros instrumentos.

La relación de estos otros conciertos también es muy prolífica: cinco para violín, tres para flauta, uno para flauta y arpa, cuatro para trompa, uno para fagot, uno para óboe, y finalmente, pero no por ello menos importante, uno para clarinete; todos ellos con acompañamiento de orquesta. A propósito del clarinete, aunque Mozart era básicamente pianista, sin embargo el clarinete era uno de sus instrumentos preferidos y de ahí que compusiera un concierto para este. Había establecido una relación de gran amistad con el clarinetista Anton Stadler, amigo y cofrade masón (con el objeto de no alargar excesivamente este artículo, vamos a pasar por alto la relación de Mozart con la masonería). Fruto de esta buena amistad son dos obras para este instrumento: el quinteto para clarinete y cuerdas, KV 581, y el ya mencionado concierto para clarinete, KV 622, compuesto en 1791. Existen muchas similitudes entre ambas obras, pero el concierto para clarinete es más famoso; de hecho, otra de las obras más famosas de Mozart y ya va engrosando la lista de estas obras, pero la prodigiosa capacidad de creación del autor hace que gran parte de sus composiciones sea tildada así. Llama la atención de este concierto su carácter animado y alegre, cuando además fue compuesto en el mismo año de su muerte.

Serenatas.

Se trata de un género muy cultivado en el siglo XVIII. Al contrario de lo que uno podría imaginar, la palabra no se deriva del italiano sera (tarde), sino de sereno, aunque se trataba de una composición de ejecución vespertina y al aire libre. Mozart compuso 13 serenatas , de las cuales la más famosa sin duda alguna es la nº. 13, para cuerdas en sol mayor, KV 525, más conocida como Eine kleine Nachtmusik (pequeña música nocturna), a la que ya nos hemos referido anteriormente por ser una de las composiciones más populares de toda la música clásica. Fue compuesta en 1787 en cinco movimientos y todavía hoy es muy frecuente oírla de diferentes formas por las calles y plazas de Austria y Alemania.

También merece la pena destacar la serenata nº. 9, denominada Posthorn, en re mayor, KV 320, cuyo tercer movimiento, andante gracioso, tiene un efecto tan relajante, que es un ejemplo de las obras del efecto Mozart.

Óperas.

En este campo el repertorio es impresionante. Para comenzar, diremos que Mozart compuso 11 óperas completas y continuaremos diciendo que de las 10 óperas más representados mundialmente en la actualidad, cuatro de ellas son de Mozart y, con el permiso de Verdi y Puccini, algunos estudiosos consideran a Don Giovanni como la obra cumbre de la ópera, aunque estamos en el terreno de la opinión. Pero en mi modesta opinión, mi ópera preferida de Mozart es Die Zauberflöte (la flauta mágica). Pero vayamos al detalle.

Lorenzo da Ponte fue un sacerdote algo libertino que había tenido dos hijos con una amante, motivo por el cual fue juzgado por concubinato público y desterrado de Venecia. Entonces se trasladó a Viena, donde entró en contacto con Mozart, al que le propuso colaborar juntos. Fruto de esta colaboración fueron tres óperas , clasificados como óperas bufas, cuyos libretos fueron escritos por Da Ponte: Le nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1787) y Cosí fan tutte (1790). El título de bufas les viene de tener como denominador común el amor, o mejor dicho, los amoríos. A Da Ponte le supuso poder escribir sobre el tema que le obsesionaba y a Mozart le supuso la consagración como uno de los mejores compositores de óperas de toda la historia. Lamentablemente para nosotros como país, Mozart no tuvo ninguna relación con nosotros en toda su vida; pero al menos dos de estas óperas bufas tienen algo que ver con nosotros, aunque no para bien.

>El libreto de Las bodas de Fígaro, KV 492, se deriva de Le mariage de Figaro, una sátira escrita por Pierre August Caron, conde de Beaumarchais, en la que ridiculiza en extremo a la aristocracia y que, cuando se la leyeron al rey Luis XVI, exclamó: «Cela ne será jamás joué» (esto no se representará jamás). La obra se localiza en el castillo del conde de Almaviva, cerca de Sevilla, y se inicia el día en que Fígaro, criado del conde, va a casarse e intenta impedir que su señor conde ejerza el «ius primae noctis» (derecho a la primera noche), que en nuestro lenguaje popular se expresa de otra forma más vulgar, sustituyendo al novio en la alcoba nupcial en esa primera noche. No es de extrañar que este argumento llamase la atención del lascivo Da Ponte, el cual por lo demás había sido discípulo de su paisano veneciano Giacomo Casanova y que se animase a redactar su propio libreto en italiano sobre la obra de Beaumarchais y se lo presentase a Mozart. De esta colaboración salió una de las óperas más famosas de toda la historia, con unas arias inolvidables; pero la otra cara de la moneda fue que Mozart se granjeó la enemistad de buena parte de la nobleza, aunque ya solo quedaban unos pocos años para el inicio de la Revolución Francesa de 1789. Pero al margen de que fuese una ópera «política «, también fue un enorme éxito musical en el que Mozart desplegó su genio para retratar diferentes personajes. Entre las arias más famosas están las de «Non più andrai, farfallone amoroso» (no andarás más, mariposón amoroso), que le canta Fígaro a  Cherubino, o la que canta este último, «Voi, che sapete che cosa è amor» (vosotros, que sabéis lo que es amor) y algunas más.

> El título completo de de la segunda ópera que estamos analizando es «Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni» (el libertino castigado, o sea, el Don Juan), KV 527. Contrariamente a lo que se hizo con las otras dos óperas de la trilogía, esta no se estrenó en Viena, sino en Praga, donde tuvo un enorme éxito. El libreto en italiano se basa en la obra El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina. En él se relata la historia del seductor inmoral de jóvenes mujeres, cuyas ilusiones de invencibilidad lo envalentonan hasta el punto de la blasfemia o incluso el homicidio. Posiblemente la parte más famosa es el duetto entre Don Giovanni y Zerlina, «Là ci darem la mano» (allí nos daremos la mano) ; pero también es muy popular el aria cantada por Leporello, el lacayo de Don Giovanni, «Madamina, il catalogo è questo» (señora mía, este es el catálogo) , donde este hace un recuento de las mujeres que amó su señor. Se cuenta que Giacomo Casanova, que como acabamos de comentar, conocía a su paisano Da Ponte, visitó a Mozart en Viena cuando este se encontraba componiendo esta ópera y jugaron al billar, uno de los juegos favoritos de Mozart. Durante el encuentro que mantuvieron, Casanova le sugirió a Mozart que elevarse la cifra correspondiente a España . El cómputo del catálogo quedó así: «In Italia 640, in Almagna 231, 100 in Francia, in Turchia 91, ma in Ispagna son già 1003«. Bueno, menos lobos, Caperucita .

> La tercera y última ópera bufa, cuyo título completo es » Così fan tutte, ossia La scuola degli amanti» (así hacen todas, o sea, la escuela de los amantes), KV 588, título que hoy en día podría ser considerado políticamente incorrecto, ya no tuvo tanto éxito como las dos anteriores. El libreto relata las aventuras se dos parejas, de las cuales los nombres de las mujeres son muy operísticos: Fiordiligi y Dorabella, y viene a contar que las mujeres son volubles y terminarán cediendo ante el hombre disponible más próximo, si la oportunidad se presenta. Bien, años más tarde Verdi pondría música en la ópera Rigoletto a «la donna è mobile, qual piuma al vento«. Pero volviendo a Così fan tutte, una de las partes más bellas es el trío «Soave sia il vento» (que el viento sea suave). Pero así pasó sin mayor gloria esta ópera en espera de la última, que sería también en mi modesta opinión la mejor de Mozart.

> En Die Zauberflöte, KV 620, estrenada en Viena el 30 de septiembre de 1791, dos meses antes de la muerte de Mozart, este sustituye la ópera bufa italiana por el «Singspiel » alemán, una especie de opereta que aúna la parte literaria con la escenográfica , en combinación de partes cantadas con otras habladas, que la hacen similar a la «opéra-comique » francesa o a la zarzuela española. El libreto era del actor y empresario Emanuel Schickaneder, y consiste en una mezcolanza de personajes fantásticos dignos de un cuento de hadas, incluyendo a un mago, una bruja, un simplón mitad hombre, mitad pájaro (Papageno, papel que tomó para sí mismo Schickaneder en el estreno), un príncipe, una princesa, en suma, criaturas imaginarias del bosque.

Son especialmente populares el aria al principio de la obra, «Der Vogelfänger bin ich, ja» (yo soy el pajarero), cantada por Papageno. Tamino, el príncipe, y Pamina, la princesa, tienen unas melodías relativamente sofisticadas que cantar, aunque el aria que canta Tamino, «Dies Bildnis ist bezaubernd schön» (esta imagen es encantadoramente bella), es efectivamente para enamorarlo. Pero el personaje de la malvada Reina de la Noche se caracteriza por una alta tesitura vocal que llega a un virtuosismo casi paranoico en el aria más famosa de toda la ópera, «Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen» (una infernal sed de venganza arde en mi corazón), que solo está al alcance de muy pocas sopranos líricas. También destaca el baile de los esclavos » Das klinget so herrlich!» (¡qué sonido más hermoso!), acompañado por el sonido del «glockenspiel» (carillón); el quinteto «Wie? Wie? Wie?» (¿cómo?), cantado por las Tres damas; el aria cantada por Papageno, «Ein Mädchen oder Weibchen» (una muchacha o una pequeña esposa) y unas cuantas maravillas más. En fin y como decíamos, una mezcolanza de personajes fantásticos y un Mozart en su mejor, aunque lamentablemente última, versión.

Una broma musical.

En la introducción de este artículo realizábamos ciertas reflexiones sobre los gustos de la gente. En una ocasión Mozart le escribió una carta a su padre diciéndole que le gustaría escribir un libro sobre la estética musical, es decir, sobre lo que se podría considerar bello o feo en la música. Es una pena que no llegara a escribir ese libro; sin embargo lo que sí hizo fue componer una obra en la que reflejó las groseras equivocaciones que cometían los músicos chapuceros. Esa obra se titula Una broma musical, KV 522, que después de su muerte apareció con otros títulos, como Sexteto para músicos de aldea. Los gazapos que introdujo eran por ejemplo los gallos de las trompas en un momento dado, las exageradas pretensiones de la cadencia del solista en el minueto o las disonancias torcidas de los dos acordes, dominante-tónica, del final de la obra. En cualquier caso y a pesar de estos deliberados gazapos , la broma musical no deja de ser la obra de un gran maestro que se permite el lujo de realizar con ella una caricatura magistral.

Música sacra.

Por suerte para nosotros, Mozart nació en el seno de una familia católica, lo cual nos permite situar en nuestro contexto su música religiosa, mientras que no nos sucede lo mismo con la de Bach, cuyas interminables cantatas y oratorios no sabemos situarlos en el contexto de la liturgia protestante. A menudo Leopold, su padre, llamaba a su hijo Wolfgang por la traducción al alemán de su segundo nombre, es decir, Gottlieb (amor de Dios) por Amadeus. No es que Mozart mostrase una religiosidad muy honda, salvo al tratar un tema que lo obsesionaba, como a la mayor parte de todos nosotros: la muerte. En cualquier caso su música tiene un aire especial de devota ternura. Además fue uno de los pocos músicos de su tiempo que se acercó con admiración a la obra de Bach y de ello da buena fe su propia música para órgano, poco conocida. Ahora, bien, su misa de Requiem es la más famosa de todas las de su género que se hayan compuesto a lo largo de toda nuestra historia, fama que le vino en parte por la leyenda que acompañó su composición, la cual quedó incompleta por el prematuro fallecimiento de Mozart.

Como ya hemos comentado, durante la vida de Mozart Austria formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico y Salzburgo era gobernado por los príncipes-arzobispos. Mozart trabajó al servicio del arzobispo Jerónimo Colloredo, cuyos gustos musicales eran muy escasos y por ello determinó que la misa no podía durar más de 45 minutos, música incluida. Leopold, el padre de Wolfgang, tenía una actitud muy servil ante la nobleza, pero no era esta la actitud de su hijo, que era mucho más liberal y que llegó a vivir la Revolución Francesa. Pero Colloredo no dejó de considerar a Mozart como un mero empleado, aunque este, por el otro lado, no aceptaba ser considerado como tal. Esta situación condujo a un conflicto con la autoridad y, al igual que las cadenas se rompen por el eslabón más débil, a un despido humillante en el que el arzobispo le ordenó a su mayordomo que, tras notificarle el despido a Mozart, le diera una patada en el trasero.

Sin embargo durante todo este período Mozart no detuvo el flujo de su vena creadora y fruto de ello son nada menos que 20 misas y otras composiciones de música sacra, como las «Vesperae solennes de confesore«, KV 339, para ser interpretadas en la festividad de un santo y acompañadas por una orquesta. Mozart también había compuesto en 1773, mientras estaba en Milán, una magnífica obra para el lucimiento de las sopranos, «Exultate, jubilate«, KV 165, pero que en este caso fue para que se luciera el famoso castrato Venancio Rauzzini. Por lo que se refiere a las misas solo vamos a referirnos a una que no merece tal título, pues solo es un Kyrie, KV 341, en re menor, cuyo origen es un misterio, pero que comparte la misma tonalidad que el inacabado Requiem y además no tiene el carácter festivo de las otras obras religiosas de Mozart, sino que comparte con el Requiem su solemnidad y oscuridad, pero sin la preocupación por la muerte inminente.

Otra obra religiosa que compuso Mozart en 1791, junto con el Requiem, es el «Ave, verum corpus«, KV 618. Esta corta pieza refleja el lado espiritual de Mozart al final de su corta vida. Se trata de un breve moteto en re mayor para coro de cuatro voces, cuerdas y órgano. El texto se atribuye al papa Inocencio VI y comienza así:

«Ave, verum corpus, natum de Maria virgine» (Salve, cuerpo verdadero, nacido de la Virgen María).

Requiem, KV 626.

En junio del 1791, es decir, medio año antes de su muerte, se presentó en la casa de los Mozart un misterioso personaje vestido con una capa oscura, que se negó a identificarse y que le encargó a Wolfgang la composición de una misa de Requiem. Teniendo en cuenta que le entregó una buena suma de dinero a modo de anticipo y que Mozart estaba atravesando una etapa de penuria económica, este no tuvo otra opción que la de aceptar. Pero este encargo lo dejó sumido en la perplejidad por todo el aire de misterio que rodeaba el encargo. Esto fue lo que dio pie al inicio de la leyenda. En realidad más tarde se supo que ese encargo venía del conde Franz Walsegg, cuya esposa acababa de fallecer y, como era un músico aficionado, deseaba que Mozart actuase como compositor en la sombra de una misa durante los funerales, que se celebrarían más adelante, pero donde los asistentes creyesen que el que había compuesto la misa era el propio conde Walsegg. No obstante Mozart, que ya se encontraba debilitado por una enfermedad, terminó creyendo que ese misterioso personaje era un mensajero del destino y que el Requiem que iba a componer era para él mismo. No iba muy descaminado, pues esta sería su última obra, incompleta. Pero tenía entre manos otros compromisos previos, como terminar La flauta mágica y otra ópera, «La clemenza di Tito«, KV 621, que le habían encargado para la coronación del rey de Bohemia en Praga. Por todo ello la muerte le sobrevino antes de que pudiera terminar el Requiem.

Aunque no pudo completarlo, eso no quiere decir que la obra quedase incompleta. Su viuda Constanza necesitaba como nunca percibir el dinero que le quedaba por ingresar por la composición de la obra y por ello recurrió a uno de los discípulos de Mozart, Franz Xaver Süssmayr, el cual consiguió terminarla. De hecho parece que este pudo tomar como referencia algunas de las notas que Mozart dejó sobre lo que quedaba por componer.

Ya desde el Introito, «Requiem aeternam dona eis, Domine» (concédeles el descanso eterno, Señor), en re menor, con gran solemnidad y oscuridad, pero también con la lógica preocupación por una muerte inminente, Mozart adopta ese aire pausado con el que Giovanni Pergolesi inició su «Stabat Mater» en 1736, también poco tiempo antes de morir. En el «Dies irae, dies illa» (día de ira, ese día) Mozart expresa de una forma muy intensa esa preocupación por la muerte en la frase «Quantus tremor est futurum» (¡qué terrible es el futuro!) con el temblor de voces e instrumentos. Sin embargo la parte que más agradaba a Mozart era el «Recordare, Jesu pie» (recuerda, piadoso Jesús), que no es tan atormentado, acaso porque en el texto se dice: «Qui Mariam absolvisti/ et latronem exaudisti/ mihi quoque spem dedisti» (que absolviste a María/ y escuchaste al ladrón/ también a mí me diste esperanza).

Un día antes de morir, Mozart ensayó con algunos discípulos algunas partes de lo ya compuesto; pero cuando llegaron al «Lacrimosa dies illa» (lleno de lágrimas será aquel día), se echó a llorar y poco después entró en el trance que llevaría su vida a la extinción. Todavía en algunos momentos se le sintió que intentaba esbozar alguna melodía. Podemos decir por ello que murió con las botas puestas. Su breve vida fue un enorme flujo de actividad creadora desde los cinco años hasta que profirió el último suspiro de su Requiem.

Las partes restantes del Requiem , desde el Domine Jesu hasta el Agnus Dei, las compuestas por Süssmayr, se distinguen claramente de lo compuesto por Mozart, en cuanto que ya tienen un aire más claro de música sacra, pero no tan oscuro. Para la última parte, el «Lux aeterna«, Süssmayr optó por adaptar el Introito que había compuesto su maestro ya fallecido.

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Mozart no murió envenenado por Antonio Salieri; es cierto que ambos rivalizaron en ocasiones, pero Salieri sabía que no tenía en absoluto el genio musical de Mozart y de hecho la historia ha colocado a ambos en su sitio: la obra de Mozart sigue siendo conocida, mientras que de la de Salieri no se acuerda nadie. Lo del envenenamiento es una leyenda alimentada por el propio Mozart, el cual pensó que lo habían envenenado con agua tofana, un veneno inventado por una hechicera siciliana, cuyo apellido tomó este brebaje fatal y que se lo suministraba a mujeres frustradas que querían deshacerse de sus maridos. Es cierto que el cuerpo de Mozart se hinchó al morir, pero ello fue debido a una insuficiencia renal que acabó con su vida.

Mozart es el prototipo del niño prodigio, aunque formalmente hablando no tuvo infancia, pues, como ya hemos comentado, comenzó a componer a los cinco años y no paró hasta terminar el Lacrimosa del Requiem, dejando en el intervalo de 30 años el legado ingente de un catálogo de 626 obras, de las cuales algunas son óperas de más de dos horas de duración. También fue lo que se denomina un «ser de luz«, que también se caracterizan por morir jóvenes.

El pueblo austriaco arrastra la frustración de que, por el propio desenvolvimiento de los hechos, casi nadie acudiera a su entierro y fuera enterrado en una tumba sin epitafio. Por ello han intentado de varias formas recompensarlo por este desatino: tanto en Austria como en Alemania son muy famosos los Mozartkugeln, creados por un pastelero de Salzburgo en 1890 y que son unos bombones de mazapán de pistacho recubiertos de una capa de chocolate; y por otro lado en el anverso o lado nacional de las monedas de un euro por parte de Austria aparece la efigie de Mozart. En este sentido los austriacos han tenido una mayor perspicacia que nosotros a la hora de elegir su efigie, al haber optado por un personaje universal, mientras que nosotros elegimos a un rey caído en desgracia que además está viviendo todavía en el exilio. Tampoco era Mozart un ser perfecto, ni mucho menos, pero nos ha legado una vasta obra que personalmente a mí me ha llevado a considerarlo como mi compositor preferido y que también otros compositores anteriores a mí y con mucha mayor autoridad que el modesto autor de este artículo, como Rossini, Brahms o Tchaikovsky, han opinado lo mismo.

[1]. Conviene aclarar que el concepto de «tema» no tiene el mismo significado en la música moderna actual que en la denominada música culta. Actualmente un tema es una canción completa, como todos sabemos; pero en la música clásica un tema es la estructura musical sobre la que se basa una composición. Tiene un antecedente y un consecuente, y puede tener una coda y una cadencia. Mozart compuso algunas variaciones sobre temas populares. La más famosa son las 12 variaciones sobre la canción popular infantil y navideña «Morgen kommt der Weichnachtsmann», KV 265, traducida a nuestro idioma como Campanita (o estrellita) del lugar. Beethoven también compuso variaciones sobre temas populares; acaso las más famosas son siete variaciones para piano sobre el himno nacional británico «God save the king» (Dios salve al rey).

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