LA IZQUIERDA Y LA ENVIDIA IGUALITARIA – ALEJANDRO MACARRÓN

EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 13 DE OCTUBRE DE 2026

 

“La violencia de la izquierda no es una “protesta”. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor. Es la pataleta de los débiles, los mediocres y los cobardes contra los fuertes, los capaces y los buenos. Son aquellos que no saben construir, crear ni lograr nada grande… y por eso deciden vengarse del mundo destruyendo lo que otros levantaron con esfuerzo, talento y visión. Eso es el izquierdismo radical en su esencia más pura. Da igual la etiqueta del momento: anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista, “progresista” o “activista climático”. El ADN es siempre el mismo. Es resentimiento venenoso disfrazado de “justicia social”. Es envidia podrida maquillada de “igualdad”. Es odio a la excelencia envuelto en banderas de “liberación”. Su único talento es destruir. Su única alegría es ensuciar lo hermoso. Su único objetivo es arrastrar todo hacia abajo para que nadie brille más que su propia mediocridad. A través de la violencia, el terror y la cancelación buscan imponer su fealdad espiritual sobre la sociedad. No es idealismo. No es utopía. Es nihilismo puro con sonrisa moralista. El viejo dogma se equivocó: esto no viene de gente que sueña con un mundo mejor, sino de gente que no soporta que el mundo sea mejor sin ellos”

(Marco Rubio, Secretario de Estado de los Estados Unidos de América)

 

Es lícito, bueno y deseable hacer un especial énfasis en política en lograr que mejoren el bienestar material y el nivel cultural de la mitad de la población con menos recursos, y muy en particular del 20% – 25% más pobre. Pocos empeños hay más nobles y encomiables en la vida pública. Pero eso no se consigue, sino todo lo contrario, dañando a los mejores en lo económico o en otros campos, ni con ideas y políticas contrarias a la familia convencional fecunda y estable, al hombre masculino y la mujer femenina, so capa de la igualdad entre sexos. Y con la grave penalidad añadida de que para dañar lo que de forma natural se impondría (como la acumulación de propiedad privada por los mejores jugadores en el campo económico, y los más ahorradores), en general, se necesita limitar o anular la libertad humana, como en el caso del comunismo, o en las leyes basadas en el feminismo radical y la ideología de género. En cambio, sí se consigue en términos absolutos esa mejora de los desfavorecidos con la libertad de mercado y política, en un marco legal y moral inspirado en valores como los de la tradición grecolatina y judeocristiana, con ejemplos tan impresionantes por el poco tiempo que hizo falta para trocar miseria y ruina generalizada en prosperidad para casi todos como el milagro alemán de la posguerra. Sí se consigue con mejor formación para los de abajo -un empeño esencial de los mejores gobiernos, los sindicatos no revolucionarios, o ricos filántropos como el santanderino Ramón Pelayo, marqués de Valdecilla, o el avilesino José Menéndez, el Rey de la Patagonia-, y estimulando que se esfuercen en prosperar por sí mismos. Pero no se logra excitando en ellos el resentimiento de clase y un fuerte deseo de que el Estado eleve su nivel personal de ingresos a costa de los que más tienen, como por ejemplo mediante subsidios incondicionales a cambio de nada, que les permitan vivir sin trabajar de manera indefinida, pagados por los ricos contribuyentes, la inmensa mayoría de los cuales no son adinerados, sino simples currantes.

Como las ideas tradicionales de izquierda (“los ricos son malos, son los responsables de la pobreza y hay que expropiarles, y el mercado es el juego implacable de empresarios y mercaderes con pocos escrúpulos que depaupera a amplias masas sociales”) no sirven para elevar a los que están peor, y han fracasado del todo o arrojado resultados mediocres una y otra vez cuando se han aplicado de forma sistemática, hoy más que nunca es evidente que el verdadero impulsor de las ideas de izquierda y el igualitarismo a ultranza es la envidia y el resentimiento ante los mejores y más exitosos, como expuso con toda claridad Gonzalo Fernández de la Mora en su magistral ensayo “La envidia igualitaria”, reeditado en octubre de 2026 por Sekotia en colaboración con el Centro Diego de Covarrubias y que se presenta el 19 de octubre.

La hipótesis motriz de la izquierda, desde Marx -con antecedentes claros en la égalité guillotinadora de la Revolución Francesa-, es que los ricos no lo son principalmente por su superior mérito (inteligencia, ingenio, esfuerzo, ahorrar y luego arriesgar con éxito en inversiones una buena parte de sus ahorros…), sino por maldad, por abusar de sus empleados y apropiarse indebidamente de una parte sustancial del valor económico generado por el trabajo de sus asalariados, siendo esta apropiación la causa de que las clases bajas sean mucho menos prósperas de lo que podrían ser. También cree el ala zurda del tablero político que, a partir de ciertos umbrales, la riqueza que no gaste antes de morir alguien acaudalado se debería repartir en plan “piñata” entre todos, a través del Estado, y no a ir a parar a los herederos que desee el rico de turno, habitualmente sus hijos, pese a que es un dinero para cuya obtención ya se tributó al fisco (y por los impuestos al patrimonio donde los hay, y a propiedades como las inmobiliarias, también tras su obtención). Asimismo, considera injusto la izquierda igualitarista que se perciban grandes rendimientos por capitales invertidos, como si su generación fuera posible sin tales capitales (¿cómo habría podido Inditex dar 3.234 millones de euros de dividendos por su ejercicio de 2025 a Amancio Ortega sin sus 20.000 y pico millones de euros de fondos propios invertidos en todo tipo de activos productivos de la empresa, de los que el 59% eran propiedad de Don Amancio, ganados a base de esfuerzo y buen hacer por él?). Y como si se pudieran ganar nuevos caudales -salvo mediante actividades directa o indirectamente delictivas- sin generar a la vez valor para otras personas mediante comercio u otras transacciones económicas. También veían Marx y Engels a la familia como un entorno en el que el padre oprimía a la madre, y por lo tanto, injusto.

A mayores, el fundamento moral de la izquierda clásica y del grueso de la moderna -en el sentido amplio de Hayek: los socialistas de todos los partidos- es que los superiores no lo son de forma justa, sino por oprimir a los que tienen menos éxito y/o aprovecharse de forma malévola o ventajista de ellos. Por lo tanto, para la izquierda es lícito anular por vías coercitivas, más o menos violentas, y en general con el concurso del Estado, esa superioridad: desde el “exprópiese” de Hugo Chávez, a establecer impuestos altísimos a los que más ganan “para redistribuir la riqueza”, o a las cuotas por sexos para posiciones apetecibles en la dirección de las empresas, la política y otros ámbitos. Esta explicación de la realidad y las consiguientes recetas contra los exitosos, es para los inferiores que envidian a los superiores mucho más satisfactoria que admitir que otros puedan ser mejores que ellos, que hayan trabajado más, que sean más inteligentes, que se hayan arriesgado más… Naturalmente, los envidiosos del dinero ajeno no suelen reparar en la mucha gente que en las sociedades de libre mercado pierde caudales al intentar ganar dinero, ni en cuántos ex – ricos hay tras haberse arruinado. Los empresarios que perdieron / se arruinaron -por mala suerte, por impericia, por injusticias del poder político, etc.- suelen aparecer mucho menos en los medios de comunicación que los triunfantes, pese a que son legión. Aún peor, cuando se arruina un rico conocido, el envidioso típico se alegra. Sufre si gana mucho dinero algún prójimo o una figura pública, y disfruta si lo pierde.

En su opúsculo “Trabajo asalariado y capital”, que leí de adolescente cuando, ignaro en materias económicas y políticas, aún creía en la bondad de las falaces y factualmente siniestras teorías de Carlos Marx, el fundador del comunismo ponía como ejemplo de “explotación del hombre por el hombre” el que un capitalista que daba empleo a un obrero -que usaba máquinas propiedad del capitalista, en un local aportado por el capitalista, con insumos allegados por el capitalista, para crear productos que se vendían a clientes del capitalista, de los que salía el salario del obrero- se quedase con el 50% del valor de lo producido por su empleado. Le parecía injustísimo algo que suena tan natural en los negocios como “ir a medias”. Veía como explotación del hombre por el hombre retribuir con el 50% de lo producido a quien aportó al obrero máquinas, materias primas, entorno de trabajo y clientes para lo producido, y todo ello a riesgo de arruinarse si las cosas iban mal en el mercado. ¡Menudo explotador, en lugar de proporcionar todo eso a su empleado gratis et amore, o a lo sumo, de quedarse un porcentaje mucho menor del valor añadido por el obrero…!

Los frutos del dislate marxista fueron extraordinariamente amargos: decenas de millones de muertos y encarcelados, guerras, hambrunas, y muchos centenares de millones de personas depauperadas y tiranizadas. Eso sí, con la nomenclatura de turno al frente del Estado, igualitarista de boquilla, viviendo muchísimo mejor que el pueblo llano. Como consecuencia del atroz fracaso del marxismo sin anestesia y del enorme éxito del malvado capitalismo en EEUU, Europa Occidental y Japón, y por influencia de pensadores como Gramsci o los de la Escuela de Francfort, y posteriormente con la caída del Muro de Berlín en 1989, en la izquierda se concibieron y se acabaron imponiendo formas más suaves de lograr objetivos similares, al tiempo que se potenciaban banderas como la feminista radical, la ideología de género o la climática, siempre con “malos y buenos” (los malos en estos casos: los hombres masculinos; los heteronormativos; el capitalismo que destruye el planeta con sus emisiones de CO2). Los resultados de esos enfoques suavizados han sido menos atroces para la libertad y la prosperidad que los de regímenes tan siniestros y asesinos como el estaliniano, pero son aún mucho peores que los que se logran con libertad de mercado, valores morales conservadores como los judeocristianos (entre los que descuellan la caridad, el amor al prójimo, la honradez y la austeridad, antitéticos tanto de los de un desalmado “capitalismo salvaje” como de los del comunismo) y meritocracia. Prueba de esto es el declive de Europa en el plano mundial y en relación a su pujanza de hace 50 – 70 años, y la pérdida de libertades reales en la Europa de la corrección política, las mil reglamentaciones, el castigar / censurar por islamofobia a quien critica en público valores del Islam contrarios a la civilización occidental, o los tapones de plástico soldados a sus botellas. Es una Europa en la que, en el plano de las relaciones hombre-mujer-hijos, los valores feministas radicales contemporáneos -la izquierda real en materia de sexos: “mujer, buena; hombre, malo”- han abonado el terreno a la caída catastrófica de la natalidad y de la nupcialidad, el divorcio masivo, el aborto masivo y la discriminación contra el hombre so capa de la igualdad, con dislates meritofóbicos como las cuotas por sexos, o aberraciones jurídicas como el mayor castigo penal al varón que a la mujer por los mismos delitos de la ley española de Violencia de Género.

Sin la envidia igualitaria y el fanatismo ideológico subsiguiente, si la base del pensamiento de izquierdas fuera una genuina preocupación por la pobreza material, la mitad de los españoles en 1977 no habrían votado a la izquierda, porque su nivel de vida tras la muerte de Franco, en la inmensa mayoría de los casos, era muy superior a la del del votante promedio de la derecha en 1936. El padre de mi querido amigo Boris Eusebiovich Gutiérrez Steinberg (“Boris Cimorra”), Eusebio Gutiérrez Cimorra, comunista militante por idealismo en su juventud y primera madurez por pensar que era injusta una sociedad como la española en los años 20 y 30, con muchos menesterosos, votó a la UCD en 1979, ya que al regresar a España a finales de  1977, tras 38 años exiliado en la URSS (donde fue la voz principal de “Radio Moscú” en español[1]), comprobó encantado que la miseria había desaparecido de su amada patria española, en contraste con el desastre soviético que él conoció de primera mano, sin libertad política ni prosperidad (salvo para los de la nomenclatura del régimen). No era su nivel personal absoluto de riqueza y calidad de vida material lo que llevó a la gran mayoría de la gente de los cinturones rojos de las grandes ciudades a votar izquierdas en 1977 y años subsiguientes, como seguramente tampoco lo fue en 1936, sino su nivel relativo, muy inferior al de la clase media-alta y alta. Y eso que, también en términos relativos, el 50% de los españoles menos pudientes fue el segmento social que más mejoró con el franquismo -y sobre todo de 1960 a 1975- en las cosas más esenciales: alimentación y poder adquisitivo en general, esperanza de vida, propiedad de una vivienda digna (por los varios millones de casas que construyó el Estado franquista y luego regaló o semi-regaló a españoles con pocos recursos), acceso a sanidad moderna, alfabetización y nivel cultural, etc.

En palabras de Fernández de la Mora en la mencionada obra, “Un enmascaramiento muy actual de la envidia colectiva es la llamada “justicia social”, partiendo de la base de que una sociedad es tanto más justa cuanto más iguales son sus miembros en preparación, posición y patrimonio. Se parte de que quienes están en mejor posición social son explotadores inicuos, y los que están en inferioridad son explotados inocentes. Para el envidioso esto es música celestial: ahora el mejor es peor, y el peor, mejor. Y como corolario, hay que expropiar al superior y distribuir los bienes entre los inferiores”.

Por su parte, a la derecha le cuesta entender que la envidia sea el gran motor de la izquierda. Ya sea por soberbia, su tradicional pecado capital, o por benevolencia, la derecha tiende a creer que, con una buena gestión económica, como la del franquismo, o la de los mejores años del PP en el poder, al elevar sustancialmente el nivel de vida absoluto de la inmensa mayoría de la gente, clases bajas incluidas, la izquierda va a perder mucho apoyo popular, y se va a moderar de manera sustancial y reconducir a apoyar las recetas que realmente mejoran la vida de los menos favorecidos, que no son sus tradicionales enfoques de suma cero y expropiación a los mejores, sino lo que estimula a crear más “tarta” para todos.. Se equivoca la derecha una y otra vez al creer eso. En 1977, muy posiblemente la mayoría de los que votaron a la izquierda vivían en una vivienda de protección oficial de su propiedad, adquirida a precio nulo o muy bajo, construida por el franquismo bajo el lema del ministro de Vivienda José Luis Arrese de “mucho mejor un país de propietarios que de proletarios”. Y su nivel de vida era mucho mayor que el de 20 años antes, y no digamos que 40 años antes en el caso de los de más edad. En 2004, tras ocho años de fuerte crecimiento económico con Aznar, España bajó de un dramático 22% de paro en 1996 a un mucho más aceptable 11%, el menor nivel de desempleo desde 1980; el Estado tenía unas cuentas mucho más saneadas; y la ETA estaba contra las cuerdas, con Herri Batasuna ilegalizada. Pese a ello, bastó el atentado del 11-M y las controversias subsiguientes para que un gran amante de las joyas -según hemos sabido hace unos meses tras un registro policial-, muy izquierdoso él, ganase de forma sorpresiva y con amplitud las elecciones de marzo de 2004.

Es objetivo primordial de la mejor derecha política, de los conservadores típicos, que toda la sociedad mejore, incluidos, naturalmente, los que están peor. Pero eso no satisface a los envidiosos, que compran una y otra vez las dialécticas igualitaristas y divisivas entre clases sociales, con los empresarios y los ricos como blanco habitual de sus inquinas, desde hace décadas también dedicadas al fomento de la lucha entre sexos, con el hombre como “el malo” de la película en relación a las mujeres. Y en sociedades con fuertes tensiones interraciales, como la norteamericana, con los blancos como culpables oficiales para los progres de que, estadísticamente, los negros sean más pobres y sufran más violencia (aunque muy mayoritariamente la sufran a manos de otros negros).

* * * *

La envidia igualitaria, además del daño que produce a los propios envidiosos (la envidia es el único pecado que no da satisfacciones al pecador, sino dolor), tiene un efecto nefasto sobre las sociedades, por ser contraria al mérito. Y a más meritofobia, menos mérito. Lamentablemente, sigue siendo el gran impulsor de la izquierda política, cuya forma tradicional de entender el mundo y su gobernación (“ricos y exitosos, malos: exprópiense total o parcialmente sus riquezas”) no tendría sentido objetivo de ser en las prósperas democracias capitalistas, y mucho menos tras la caída del Muro de Berlín y las numerosas experiencias de gobierno fallidas que la izquierda igualitarista ha protagonizado.

Denunciar la envidia igualitaria, y luchar contra ella haciendo pedagogía de sus efectos destructivos para todos -menos para los políticos que medran estimulándola-, debe ser una de las grandes banderas de los que realmente quieran el progreso social y una mayor felicidad en general. Y para la derecha política, dejar de subestimar su efecto corrosivo y levógiro en una enorme parte de la población, es una imperiosa necesidad si no quiere seguir tropezando una y otra vez en esa misma piedra, en perjuicio propio y del conjunto de la sociedad.

 

Alejandro Macarrón Larumbe
Vicepresidente del Centro Diego de Covarrubias

[1] Boris Cimorra (nacido en Moscú en 1944) contó la historia de su padre en la URSS en el interesantísimo libro “Radio Moscú. La voz que venía del frío” (Sekotia, 2023).

 

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