REGULADOS HASTA LA BASURA – NICOLÁS SÁNCHEZ COMINERO – OCTUBRE DE 2026
EL SEMANAL DEL COVARRUBIAS DEL 20 DE OCTUBRE DE 2026
El próximo noviembre se cumple el plazo previsto en el Real Decreto 1055/2022 para implantar el Sistema de Depósito, Devolución y Retorno de envases, en un contexto de creciente regulación europea sobre esta materia. Este sistema, cuya puesta en marcha efectiva todavía presenta incertidumbres, contempla que al comprar determinadas bebidas tengamos que adelantar al menos 10 céntimos por cada envase, que recuperaremos cuando lo devolvamos.
Reciclamos, normalmente, por tres motivos. Primero, porque damos por hecho que reciclar es eficiente. Segundo, porque pensamos que los recursos naturales son limitados y que reutilizarlos hoy ayudará a evitar que nos quedemos sin ellos mañana. Y tercero, porque asociamos el reciclaje con cuidar el medio ambiente. La combinación de estos tres argumentos convierte además el reciclaje en una conducta moralmente satisfactoria, pues separar nuestros residuos nos hace sentir que estamos haciendo algo bueno. Pero ¿hasta qué punto se sostienen realmente estas tres razones?
Tipos de residuos: recursos y basura
Para entenderlo debemos comenzar distinguiendo entre dos tipos de residuos: recursos y basura. Algunos residuos siguen siendo recursos porque todavía pueden aprovecharse; otros se convierten en basura porque recuperarlos cuesta más que el valor que podemos obtener de ellos.
El reciclaje sólo tiene sentido económico en el primero de esos casos. Imaginemos una empresa que necesita una tonelada de aluminio. Si recoger y procesar latas usadas resulta más barato que obtener aluminio nuevo, esas latas siguen siendo un recurso y la empresa tendrá incentivos para reciclarlas. Pero si recuperar una determinada cantidad de plástico cuesta 100 y producir la misma cantidad nueva cuesta 70, gastar 100 para evitar gastar 70 supone emplear 30 de más. Ese plástico se ha convertido económicamente en basura. Los residuos que siguen siendo recursos podrán reciclarse; los que se hayan convertido en basura deberán desecharse.
El problema de la financiación del reciclaje
El sistema actual dificulta observar esta diferencia. La eliminación de basura y el reciclaje se financian conjuntamente mediante impuestos, tasas, subvenciones y contratos públicos. Cuando introducimos una botella en un contenedor no sabemos cuánto cuesta recuperarla ni cuánto habría costado tratarla simplemente como basura.
Así podemos confundir dos cuestiones muy distintas: que un material pueda reciclarse físicamente y que merezca la pena hacerlo económicamente. Prácticamente cualquier material puede recuperarse si estamos dispuestos a gastar suficientes medios, pero eso no demuestra que el proceso permita ahorrar. Para saber si compensa habría que comparar el valor obtenido con todos los costes necesarios para recuperarlo. Al financiar conjuntamente la recogida de basura y el reciclaje, esas señales quedan diluidas y no vemos con claridad qué residuos conservan valor y cuáles se recuperan a costa de financiar colectivamente el proceso.
¿Qué ocurriría con los residuos en un mercado libre?
En un mercado libre la diferencia sería más clara: por los residuos que continúan siendo recursos podrían pagarnos; por los que son basura tendríamos que pagar nosotros.
Cuando un material conservase suficiente valor, aparecerían empresas interesadas en adquirirlo, como ya ocurre con el cobre, la chatarra y otros materiales valiosos. También podrían exigir determinadas condiciones: pagar más por residuos correctamente separados, menos cuando requieran un tratamiento adicional o rechazar aquello que no puedan aprovechar. El propio precio generaría así el incentivo para preparar correctamente aquello que realmente merece la pena reciclar.
Con la basura ocurriría lo contrario. Si nadie puede obtener de ella un valor suficiente para compensar su recuperación, tendremos que pagar para que alguien la recoja, transporte, trate y elimine. No podemos acumular indefinidamente bolsas de basura en nuestra casa ni abandonarlas en la propiedad de otra persona.
Así quedarían diferenciadas dos operaciones: venderíamos los residuos que conservan valor y pagaríamos por desprendernos de aquellos que ya son basura.
El coste de nuestro tiempo y el cálculo económico personal
Existe además un recurso que suele quedar fuera del cálculo: nuestro tiempo. Reciclar exige separar residuos, comprobar dónde depositarlos, limpiar determinados recipientes, almacenar distintas bolsas y llevarlas hasta sus contenedores. Todo ello tiene un coste de oportunidad: el valor de aquello que podríamos estar haciendo durante esos minutos.
En un verdadero mercado de residuos podríamos decidir si reciclar nos compensa. Imaginemos que preparar determinados materiales nos lleva diez minutos, cuyo coste de oportunidad valoramos en 10 euros. Una empresa recicladora nos paga 5 euros por ellos y, al venderlos, evitamos pagar otros 10 euros por su recogida como basura. El resultado sería un beneficio neto de 5 euros, por lo que en este caso sí nos compensaría reciclar.
El precio del residuo, el coste de eliminarlo como basura y el valor subjetivo de nuestro tiempo determinarían así la decisión. Ni siquiera cuando un material tiene valor económico para las empresas tiene por qué compensar a todas las personas reciclarlo: dependerá de esas tres magnitudes. Hoy ese cálculo es difícil porque no sabemos cuánto dejamos realmente de pagar al reciclar ni recibimos normalmente el valor de los materiales que entregamos. La socialización del sistema elimina precisamente buena parte de las señales necesarias para decidir cuánto esfuerzo merece la pena dedicar al reciclaje.
La apuesta de Simon-Ehrlich
También tendemos a imaginar los recursos naturales como un barril cerrado del que vamos retirando unidades hasta agotarlo. Cada tonelada de cobre utilizada sería una tonelada menos para el futuro y cada árbol talado nos acercaría a un mundo sin árboles. Julian Simon dedicó buena parte de su vida a cuestionar esta concepción de la escasez.
Su conocida apuesta con Paul Ehrlich es el ejemplo más famoso. En 1980, Ehrlich eligió cinco metales —cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno— cuyo precio esperaba que aumentase durante los diez años siguientes como consecuencia de su creciente escasez. Al terminar la década, el precio real de la cesta había disminuido aproximadamente un 36% y Simon ganó la apuesta.

Simon no negaba que exista una cantidad físicamente limitada de materias primas. Su argumento era que los recursos económicos no dependen únicamente de la cantidad física disponible, sino también del conocimiento, la tecnología, los precios y la función empresarial. Cuando un recurso se vuelve relativamente más escaso y su precio aumenta, aparecen incentivos para buscar nuevos yacimientos, desarrollar mejores técnicas de extracción, reducir la cantidad utilizada para fabricar cada producto, encontrar sustitutos o recuperar materiales usados. Precisamente aquí aparece el verdadero papel económico del reciclaje: si extraer cobre nuevo se vuelve suficientemente caro y recuperar cobre usado pasa a ser la alternativa más barata, aumentará el precio de la chatarra y con él los incentivos para reciclarla.
El Simon Abundance Index mide esta evolución mediante precios temporales: cuánto tiempo necesita trabajar una persona para adquirir una determinada cantidad de materias primas. Su edición de 2026 calcula que el precio temporal medio de cincuenta materias primas cayó un 70,9% entre 1980 y 2025. Aquello que requería una hora de trabajo en 1980 podía adquirirse con unos dieciocho minutos en 2025. Los recursos siguen siendo escasos, pero pueden hacerse cada vez más abundantes en relación con nuestro tiempo y nuestra capacidad productiva. Si gracias al progreso tecnológico necesitamos cada vez menos trabajo para obtener determinada materia prima nueva, mientras reciclarla a partir de residuos sigue requiriendo mucho tiempo humano, puede llegar un momento en el que reciclarla sea precisamente la alternativa más costosa.
El coste ambiental de reciclar
Dejar de reciclar no implica necesariamente contaminar más. El propio reciclaje exige transporte, combustible, agua, electricidad, maquinaria y trabajo. Por eso, siempre que los precios reflejen adecuadamente esos costes, si reciclar resulta más caro que producir de nuevo, es una señal de que estamos empleando más medios para obtener el mismo resultado. Y utilizar más energía, combustible, materiales y trabajo difícilmente puede considerarse, por definición, una alternativa más ecológica.
Por ejemplo, solemos pensar que reciclar papel protege los bosques porque cada hoja reutilizada evita cortar un árbol nuevo. Sin embargo, quienes explotan los bosques tienen incentivos para plantar nuevos árboles y conservar su capacidad productiva. En la región centro-norte de Estados Unidos, el volumen de madera en pie pasó de unos 37.000 millones de pies cúbicos en 1953 a 83.000 millones en 1997, mientras el crecimiento anual superaba ampliamente las extracciones. Por tanto, cortar más árboles no implica necesariamente tener menos árboles: si producir papel nuevo resulta menos costoso que reciclarlo, la propia demanda de madera puede incentivar que se planten más árboles para poder seguir cortándolos en el futuro.
¿Cómo se gestiona la basura?
Reciclar menos implicaría una mayor cantidad de basura, pero esa basura también tendría un precio. Una empresa privada de recogida o un vertedero necesita suelo, maquinaria, trabajadores y capital. Cada metro cúbico ocupado durante años reduce su capacidad disponible y, cuando ésta se agota, obliga a ampliar las instalaciones o adquirir nuevos terrenos. La empresa tendría por ello incentivos para compactar mejor los residuos, reducir su volumen o mejorar su tratamiento siempre que hacerlo resultase más barato que ampliar su capacidad. El espacio que ocupa nuestra basura y el tiempo durante el que lo ocupa tendrían así un precio.
Ese coste llegaría también al consumidor. Si una familia pagase más cuanto mayor fuese el volumen de basura que genera, tendería a preferir productos con menos embalaje. Si determinados residuos fueran más caros de transportar o almacenar, existirían incentivos para sustituirlos; y si un material biodegradable redujese realmente los costes de gestión, esa ventaja se reflejaría en su demanda.
Los fabricantes reaccionarían igualmente. Si los consumidores prefieren envases cuya eliminación resulta más barata, tendrán incentivos para reducir materiales, disminuir embalajes o experimentar con otros nuevos. La reducción de residuos no dependería de la conciencia ecológica, sino de incentivos económicos.
El último recurso
Julian Simon denominó a la creatividad humana el último recurso. Las materias primas son escasas, pero nuestra capacidad para descubrir soluciones no está dada de antemano. Por eso el recurso que más deberíamos evitar desperdiciar es precisamente el tiempo y el ingenio humanos. Dedicar trabajo, capital y horas de nuestra vida a recuperar una materia prima sólo tiene sentido cuando el valor obtenido supera el coste de hacerlo.
Después de analizar los tres argumentos, considero que ninguno justifica por sí solo el esfuerzo que dedicamos actualmente al reciclaje. Reciclar no es necesariamente más eficiente que producir de nuevo, la disponibilidad de los recursos no depende de consumir un stock fijo hasta agotarlo y reciclar más tampoco equivale automáticamente a proteger mejor el medio ambiente. Por eso yo no hago un esfuerzo por reciclar: no porque recuperar materiales sea siempre absurdo, sino porque no encuentro razones para dedicar mi tiempo a hacerlo indiscriminadamente cuando no sé si estamos ahorrando más recursos de los que gastamos.
La obligación de adelantar diez céntimos por determinados envases muestra bien el problema. Durante años hemos socializado los costes de la recogida y el reciclaje, haciendo difícil saber qué materiales merece realmente la pena recuperar. Ahora se introduce un incentivo adicional para que devolvamos esos envases, pero seguimos sin responder a la cuestión principal, si reciclarlos genera más valor del que cuesta hacerlo. Mientras no exista una señal económica que lo demuestre, prefiero conservar el recurso que sí sé que tiene valor: mi tiempo.
Nicolás Sánchez Cominero
Estudiante de Derecho y Economía en la Universidad de las Hespérides. Coordinador local de Students For Liberty, colaborador con otras organizaciones y autor para varios medios de divulgación liberal.
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